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Full text of "Estudios literarios"

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OMS.t UltE LAC CO^.2 



THE LATÍN AMKRiCAN CXXXBCTKMr 

THE UBRABT 
THE UNIVERSITY OF TEXAS AT AUSTIN 




THE SIMÓN LUCUDC 
MO DE LA PLATA LEBRARY 

Purchased 
1963 



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BIBLIOTECA DE AUTORES URUGUAYOS 



jpRANCISCO ^AUZÁ 



ESTUDIOS 



LITERARIOS 






i 

iMONTEVIDEG 



ESTABIECIIÍIENTO TIPOeRJÍFICO-EDimiAL DE LA LIBRERÍA NACIONAL 

DE A. BARREIRO Y RAMOS 
1885 




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ESTUDIOS LITERARIOS 



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BIBLIOTECA DE AUTORES URUGUAYOS 



ESTUDIOS 



LITERARIOS 



POR 



FRANCISCO BAUZA 




MONTEVIDEO 



ESTABLECIMIENTO TIPOGRÍFICO-EDITORIAL DE Li LIBREKIÁ NACIONAL 

DE A. BARREIRO Y RAMOS 
Z885 



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Es propiedad. 



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FRANCISCO ACUÑA DE FIGUEROA 




I MPosiBLE estudiar á Figueroa, sin sentir- 
se solicitado por tanta diversidad de afee- 
I tos , como estendida y varia es la ju- 
I risdiccion que su fantasía invasora se 
apropió en el mundo de las letras. Aseméjanse 
sus obras, todavía inéditas en gran parte, á un 
campo prodijioso donde la naturaleza hubiese 
derramado toda clase de simiente, para hacer- 
le producir con los más delicados arbustos, gajos 
malsanos y yuyos.inútiles, formando de ese mo- 
do un abigarrado conjunto. Á poco que se medi- 
te, empero, esta variedad no es tan espontánea 
como lo deja entender su condición aparente, si- 
no que es una necesidad impuesta por la época y 
el escenario donde el poeta tuvo que desarrollar- 
se ; porque Figueroa, superior á sus contempo- 
ráneos en ilustración y gusto, debió sin embargo 



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Estudios Literarios 



amoldarse á las circunstancias, para no pasar 
inapercibido como en otra esfera pasó Larrañaga, 
el más grande y el único hasta hoy desconocido 
de los sabios sud-americanos de su tiempo. 

Si hay un espectáculo triste en la vida, es la 
lucha del talento contra la indiferencia pública, 
cuando el nivel intelectual del que emprende la 
batalla está tan distanciado del vulgo, que fatal- 
mente se cierne entre rejiones inaccesibles al al- 
cance popular. Entonces sucede, de dos cosas, 
una : ó se capitula, incorporándose á la turba y 
haciéndose perdonar la superioridad en fuerza 
de hablarle su lengua; ó se resiste y se vive anjula- 
do, pero fiel á sí mismo, en el pedazo de mundo 
ideal donde no trascienden los reproches de la 
ignorancia. Aquel fué el caso de Figueroa, y éste 
el de Larrañaga, cuyos talentos , distintos en sus 
manifestaciones peculiares, si no les han reporta- 
do ni á uno ni á otro todavía la ventaja de ser 
juzgados como deben ; han dado al primero la 
popularidad á cambio de sus concesiones, mien- 
tras al segundo le han dejado en el olvido por no 
querer conceder nada . 

No se crea por esto, que es grande la ventaja 
que el poeta uruguayo lleva al naturalista su comi- 
patriota. en orden á la fama que uno y otro se 
merecen ; pues si Larrañaga no ha pasado del 
concepto de curioso con que habitualmente se 
designa entre nosotros á los que acometen inves 
tigaciones que no constituyen una profesión lu 
crativa; Figueroa apenas goza reputación de ver- 
sificador fácil, gracias á que se recuerdan de él 
algunas composiciones satíricas, no ciertamente 



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Francisco cAcuña de Figueroa 



las mejores. Loque más vale de sus obras, y tam- 
bién lo que menos, yace inédito en los estantes 
de la Biblioteca Nacional; y allí permanecerá tan- 
to tiempo como necesite el papel para tornarse 
de blanco en amarillo, que esa y no otra es la ac- 
ción fumigante ejercida en todo país de índole 
española por los archivos sobre sus materiales 
atesorados, viniendo á constituir una manera de 
osarios, donde se clausuran á prueba de contajio, 
los productos del ingenio que escapan á la escru- 
pulosidad de algún coleccionista y no van á dar 
á manos de algún librero de viejo. 

Hasta en no sufrir escepcion á este respecto, es 
Figueroa prototipo de su país y de su época. Si 
el éxito le hubiera favorecido, no tendrían sus 
aventuras literarias y personales, ese interés dr^a- 
mático que las circunda, y que es, por decirlo así, 
como la envoltura necesaria de un producto ge- 
nuino del suelo, cuyo sabor se presiente, porque 
no falta en las esterioridades ninguno de los sig- 
nos característicos de la procedencia. Pero esta 
condición misma, á primera vista tan favorable, 
impone al crítico singulares miramientos para no 
equivocarse en las apreciaciones ulteriores. De 
seguro que si es muy atrayente para el observa- 
dor, toda investigación literaria destinada á po- 
ner en claro la vida de uno de esos autores que 
caracterizan períodos históricos, también es gaje 
de seguridad para la crítica que el espíritu se 
identifique con la época á que pertenece el autor 
en cuestión ; pues no de otro modo, ni de otro 
punto de vista, se puede llegar á una disposición 
de ánimo imparcial y amplia para decidir sobre 



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8 Estudios Literarios 



su conducta. Figueroa necesita, más que ningu- 
no tal vez, la aplicación de esta regla de criterio 
á sus obras. Porque siguiéndole al través de ellas, 
desde que empieza alentado por el vigor de la. ju 
ventud, hasta que se detiene tropezando en los 
dinteles de la edad madura; se sigue á una edad 
y á una generación de hombres, cuyos entusias- 
mos y decaimientos han ido reflejándose en las 
pajinas del maestro, necesariamente saturadas 
por las impregnaciones de la atmósfera respira- 
ble de su tiempo. 

Nacido y educado durante la dominación es- 
pañola, adquirió ideas monárquicas en el seno 
del hogar, y rudimentos de instrucción clásica 
bajo las bóvedas sombrías, del convento de San 
Francisco, edificio que es hoy para nosotros, re- 
cuerdo apenas de vetustas paredes derribadas, y 
que fué sin embargo, centro de sabios y manan- 
tial de nobles designios, allá cuando nuestros pa- 
dres buscaban una patria con las armas en la 
mano. A impulsos de la disciplina monacal que 
procuraba la ilustración del espíritu con vigorosa 
porfía, nutrió el suyo Figueroa, adaptándose los 
primeros conocimientos que habían de hacerle 
hablista consumado, correcto versificador y gran 
latinista, para encarrilar su vena chispeante den- 
tro de las formas típicas del clasicismo. Mas tar- 
de pasó á Buenos Aires, concluyendo allí su edu- 
cación en el Real Colejio de San Carlos. 

Con este bagaje literario, á veinte años de 
edad, y viviendo una vida apacible y holgada, sus 
convicciones políticas no habían suMdo merma, 
antes bien, se habían robustecido por la fuerza 



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Francisco oAcuña de Figueroa 



de las cosas, dentro de aquel período, tiempo de 
oro de la colonia, que medió entre el rechazo de 
las invasiones inglesas y el estallido de la Revo- 
lución de 1811. En vísperas de tal suceso estaba 
el país todavía, cuando renombrado por sus 
triunfos y desastres Montevideo , y obgeto de 
grandes distinciones sus principales habitantes, 
acababa de nacer el orgullo nacional bajo el estí- 
mulo del rey que premiaba nominativamente los 
servicios de los criollos haciendo á la vez acuerdo 
de la heroicidad del país ; y empezaban á tomar- 
se medidas de todo género en la corte, que hacían 
esperar satisfactorios progresos materiales. Los 
adictos á la realeza, que no eran tan pocos como 
se ha supuesto, habían acentuado las manifesta- 
ciones de su fé monárquica con motivo de los 
acontecimientos que el año anterior se produje- 
ran en Buenos Aires, y estaban orgullosos de po- 
der justificar para su tierra natal el título do fiel y 
reconquistadora con que el gobierno hispano la 
había condecorado. Todo esto conspiraba á alen- 
tar el celo de la juventud afiliada al partido ofi- 
cial, de modo que al estallar la revolución de 
181 1 que trastornaba los principios y las cosas 
admitidas, de pechos juveniles partió la primera 
protesta . 

Figueroa se encontraba en el número de los que 
debían plegarse á esa voz de reprobación, y no 
vaciló en tomar su puesto en las filas de los rea- 
listas : pues « asustado — como él mismo lo dice 
—por el áspero sacudimiento y convulsión que el 
movimiento revolucionario hacia esperimentar 
al antiguo orden social, se encontró colocado en- 



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I o Estudios Literarios 



tre aquellos que pretendieron poner un dique coi 
sus pechos al torrente que se desbordaba, sin de 
jar por eso de amar mucho á su tierra natal, 
aun experimentar dobles simpatías á sus compa 
triotas libertadores » . Singular posición, y qiM 
sin embargo era la de todos los criollos realistaSi 
destinados á defender al Rey sin poder execrar 
totalmente á sus enemigos ! 

Precedido de tales auspicios se reveló el poeta, 
encontrando tema á sus desahogos en la epopeya 
del sitio de Montevideo por las tropas revolucio- 
narias. Ninguna ocasión como aquella, para que 
un subdito de la monarquía, hijo al mismo tie/n- 
po del país donde se libraba el combate, diera 
vuelo á las concepciones del espíritu exaltado por 
las congojas del patriotismo ; pero ni la edad del 
autor, ni la índole de su inspiración, correspon- 
dian á empresa tan ardua como la que indicaba 
el asunto elejido. Nada menos que un poema del 
género heroico, era lo que pedia la narración de 
aquellas aventuras guerreras que duraron veinti- 
dós meses entre los mas variados episodios, y 
Figueroa no tenia ni el golpe de vista que permi- 
te formar el plan ajustado y correcto de un traba- 
jo de tal magnitud, ni la inspiración alta y soste- 
nida que engrandece los detalles sin prodigarlos. 
Su Diario Histórico, aunque correjido y limado 
muchos años después según confesión propia, re- 
sultó una apuntación minuciosa de los sucesos 
de cada dia ; una crónica versificada en que hay 
tantas noticias como hechos pasaron y pudo rete- 
ner su memoria. Es cierto que él no dio á su tra- 
bajo mayor importancia de la que tiene, obser- 



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Francisco (Acuña de Figueroa ii 

vando en el prólogo « que la minuciosa exactitud 
de la narración, como una traba molestísima al 
verso, haría sin duda perdonar los defectos de la 
estructura artística » ; pero con todo, lo desma- 
ñado del método dispone á hacerle cargos, pues- 
to que pudo resumir y concordar con mas tino, 
los diversos y multiplicados sucesos que narró. 

No carece de bellezas el Diario Histórico, y si su 
plan es criticable por lo difuso, la versificación en 
general es fluida^, y en ciertos lugares, bien que 
en muy pocos, levantada y noble. Las aflicciones 
del poeta se reflejan con mucha verdad al pintar 
los desastres de ks armas del rey, y suele espre- 
sar con tanto sentimiento la pena que le causa el 
incierto porvenir del país y la posible caida del 
poder monárquico, que la huella de su amargura 
queda impresa en los versos que la delatan. Con 
este motivo, las propensiones místicas que solie- 
ron asaltarle en el curso posterior de su vida, se 
vislumbran ya en algunas de las estrofas con que 
desahoga sus melancólicas inquietudes. También 
en otras, su espíritu festivo se revela sin querer- 
lo, cargando -el tinte cómico sobre ciertos episo- 
dios que por su ridiculez se prestaban á la risa. 
De todos modos, era natural que así sucediese, 
por que como quiera que una obra de largo alien- 
to abarca siempre un período considerable de la 
vida individual, es imposible que al fin no se re- 
flejen sobre ella las condiciones geniales del au- 
tor, en la medida que el tiempo las va poniendo 
á prueba y por sucesión de emociones que na- 
cen muchas veces de la naturaleza misma del 
asunto. 



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12 Estudios Literarios 



Rendido Montevideo á las armas revolucicffli 
rías bajo una capitulación que habia de violar i 
general vencedor, encontráronse comprometida 
seriamente todos los que eran afectos al gobicí 
no español ; por lo cual muchos pusieron su sal 
vacion en la fuga, y entre ellos Figueroa que fui 
á dar á Rio Janeiro, donde permaneció bastanti 
tiempo, agregado á la Legación española. AU 
despicó el fastidio poniendo á su Diario historie» 
una introducción que respira patrióticos renco- 
res por todos sus poros; y escribiendo varias 
composiciones descriptivas bajo el título de Car- 
tas poéticas que pueden servir de modelo en su 
género. Son varias esas cartas, y el interés poli- 
tico é historial de unas, la crítica social y la na- 
rración de las aventuras personales del autor que 
contienen otras, las hace muy estimables. Del 
punto de vista de la composición, Figueroa mues- 
tra en ellas aquel empeño de versificar sobre 
temas forzados que más tarde fué uno de sus 
gustos predilectos, concluyendo las estrofas con 
títulos de dramas, comedias y sainetes conocidos 
entonces, y á primera vista ajenos al asunto que 
se relata, pero que de paso dan una idea de lo que 
se sabia sobre teatros en este hemisferio. 

Por supuesto que el estado de su ánimo y el 
centro social donde vivía, se prestaban á escitar 
sus disposiciones satíricas, de manera á darle 
pretesto para encontrar tipos criticables. De este 
número fueron un maestro de escuela agraviador 
de cierto amigo suyo, una vieja hablantina que 
tenía una hija marisabidilla, y otras gentes por el 
estilo. Escritas en portugués esas composiciones, 



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Francisco (Acuña de Figueroa 13 

parecen tener un mérito mayor del que intrínse- 
camente tienen, á causa de la gárrula sorpresa 
que produce en los que hablamos castellano el 
lenguaje enfático de los compatriotas de Camoens, 
pero á la verdad no están á la altura de las del 
mismo género que más tarde publicó contra di- 
versos sujetos. Por otra parte, el tono subido de 
algunas de sus proposiciones, dejan mucho que 
desear á las exijencias de la moralidad literaria, 
que si es ridicula cuando raya en gazmoñería, 
tiene en todos los casos por límite el pudor. Des- 
graciadamente Figueroa no hacía mas que trillar 
aquí los lindes del camino que debía conducirle 
tan lejos en la huella dejada por Quevedo y pro- 
seguida después con triunfante marcha por Emi- 
lio Zola, y demás miembros del naturalismo en 
boga. Es verdad, que en su testamento literario, 
el poeta manda espresamente que tales composi- 
ciones no sean publicadas, pero i á qué las colec- 
cionó entonces ? 

Vuelto al país, para correr algunas de las yici- 
situdes que trajo la lucha contra la dominación 
portuguesa y presenciar el triunfo irrevocable del 
alzamiento nacional, pudo creer que despuntase 
una época de actividad en las esferas intelectua- 
les, como parecía anunciarlo el renacimiento de 
todo un pueblo. Mas aquellas ilusiones, si las 
tuvo, no habían de esperanzarle mucho tiempo, 
porque el período de las contiendas civiles abierto 
con tanto furor como tendencias de perpetuidad, 
llamó la atención pública por entero sobre las ar- 
mas é hizo de la guerra el obgeto predilecto de sus 
solicitudes. La nación que había perdido ya el 



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14 Estudios Literarios 

más considerable de sus centros de saber con 
convento de San Francisco, prosiguió march 
sobre el plano inclinado de la ignorancia, á 
embrutecimiento que hubo de dejarla sin ávn 
danos aptos para llenar las funciones electoi 
dentro de la modesta exijencia de saber leer y 
críbir que impone su ley fundamental. Éscej 
hecha de Montevideo, en los demás centros po- 
blados, si había alguna escuela de primera ense- 
ñanza era rejenteada por el párroco, dado caso 
de que existiesen templo y párroco, porque ni to- 
dos los pueblos tenían templo, ni los párrocos 
eran tan abundantes que pudieran corresponda* 
á uno por cada pueblo. 

Pero si bajo cierto aspecto, semejante estado 
social no se compadecía con el estímulo literario; 
bajo otro, un numen cultivado y ardiente tenía 
campo para remontar la inspiración hasta las 
más altas rejiones del lirismo, puesto que la si- 
tuación giraba todavía dentro del momento histó- 
rico .en que el pueblo uruguayo había consumado 
el acto mas glorioso de su vida, y estaba dándose 
en espectáculo á la América para consolidar su 
obra. Con torva frente y en violenta fuga, habian 
cruzado la frontera para ir á decir al emperador 
del Brasil y al gobernador de Buenos Aires que 
nuestro suelo era inconquistable, tres ejércitos 
vencidos sucesivamente en Haedo, Sarán di y Ca- 
gancha, por el pueblo rudo que aquilatando en 
mayor precio la libertad que la vida, no regateó 
su sangre ni sumó el número de los individuos 
que le retaban á combate. El primer Presidente 
constitucional había visto desaparecer en horro- 



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Francisco cAcuña de Figueroa 15 

rosa lid, las esforzadas huestes charrúas que aun 
señoreaban los confines del territorio patrio. El 
segundo, había hecho sentir el poder de su espa- 
da en los campos de Carpintería, volviéndola á la 
vaina solo cuando la batalla del Palmar le arreba- 
tó junto con las insignias de mando el lauro de la 
victoria. Tales acontecimientos, englobados en el 
trascurso apenas de quince años, daban asunto á 
la inspiración, cualquiera que fuese el punto de 
vista político en que los compromisos de partido 
obligasen á colocarse al poeta. 

Con no tomar la actitud que correspondía en 
ellos, mostró Figueroa carecer de las dotes que 
constituyen un poeta lírico; pues á escepcion del 
Himno Nacional, que tiene estrofas dignas de ser 
recordadas por su valentía, y de la Oda á la Es- 
carlatina que es una bella imitación bíblica, no 
produjo nada que arrojase de sí esos lampos con 
que la inspiración remeda los sacudimientos del 
espíritu humano, cuando se cierne sobre la frente 
de' sus elejidos. En jerga festiva, saludó la liber- 
tad de vientres decretada por la Asamblea nacio- 
nal, poniendo en boca de los negros una letrilla 
encomiástica: cantó después la Inundación de Ma- 
ciel en estilo poémico, y con una Media-caña pa- 
triótica despidió las huestes de Echagüe que 
huían en desbande. Unos versos insustanciales á 
la muerte de Bernabé Rivera, precedieron el Cun- 
to á Mayo que es muy prosaico, al cual siguió pos- 
teriormente el cuadro del Ajusticiado que es una 
mala imitación del Reo de muerte de Espronceda; 
y aquí plegó sus alas el cisne. En cambio, su ma- 
la estrella le condujo á condescendencias que 



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1 6 Estudios Literarios 



trasformaban la metrificación en oficio y la insph 
ración en cosa aplicable á cualquier obgreto, pro- 
duciendo versos á destajo, que forman en la co- 
lección de sus poesías un fárrago de acertijos y 
charadas, de botellas y copas dentro de las cuales 
hay estrofas sin elevación ni sentido, arregladas á 
las depresiones materiales del tiesto, y como 
avergonzadas por el compromiso de ocupar sitio 
tan mezquino. 

Esta época aciaga de su musa, sirve para de- 
mostrar los beneficios que una instrucción sólida 
reporta siempre á toda intelijencia bien dispues- 
ta. Aunque abandonado á sus propios esfuerzos, 
sin rivales ni censores, Figueroa no se despeñó á 
las profundidades de la esterilidad pretenciosa, é 
hizo de su parte lo que pudo por reaccionar con- 
tra sí mismo, emprendiendo algunos trabajos de 
aliento, ya festivos, ya serios, según vino la oca- 
sión. En los de género festivo, bien que su inspi- 
ración anduviese generalmente á pocas varas del 
suelo, naciendo de las cosas que le rodeaban y 
viniendo á constituir como un modelo versificado 
de ellas, reía con facilidad, haciendo reir á los de- 
más por lo espontáneo de sus chistes. Algunas 
veces sin embargo, resulta demasiado fuerte el 
condimento con que salpimentaba las bromas, 
para que no se conozca el empeño que le trabaja- 
ba en provocar la hilaridad á cualquier precio. 
Dominando el idioma, sin ser ni amanerado, ni 
oscuro, decía, empero, las cosas con sencillez, y 
empleaba de corrido una cantidad innumerable 
de términos que demuestran la posesión que tenía 
de la lengua y sus riquezas. Por ello es que nun- 



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Francisco (Acuña de Figueroa ' 17 



ca fué esclavo del consonante, apareciendo en to- 
dos los casos espontáneo el giro de su metrifica- 
ción, por más que no lo fuera siempre el sentido 
íntimo de sus versos. 

Sobre lo que él mismo pensaba algunos años 
más tarde, de estas composiciones y otras de 
igual cariz, puede sacarse la cuenta por la si- 
guiente advertencia que les puso al hacer su 
selección en 1846 : « Como las mujeres feas —dice 
— suelen encubrir su deformidad con el lujo y 
adornos, así yo deseo que todas estas mezquinas 
composiciones salgan adornadas con viñetas vis- 
tosas, alusivas al asunto que ellas contienen. » 
Deseo que pudo ver satisfecho en parte, cuando 
emprendió por si, hacia el año de 1857, la publi- 
cación del Mosaico Poético^ poniendo á concurso 
el feísimo surtido de viñetas de la imprenta del 
Liceo Montevideano^ que era la casa editora. 

En un orden más elevado, los trabajos serios 
que acometió, son dignos de recuerdo y abonan 
su buen gusto. La desesperante sencillez del Sa- 
cris Solemnis y la majestuosa elevación del Dies 
Irce, le tentaron á estremo de hacer de estas dos 
composiciones relijiosas una traducción que en 
nada desmerece de los orijinales. Tradujo tam- 
bién el salmo Super Flumina, varias Lamentacio- 
nes de Jeremías y el Siabai Mater, vertió en dos 
formas distintas el Te Deum, versificó el Padre 
Nuestro, é hizo de la Salveuna. paráfrasis, el mayor 
trabajo de su índole que tenga la lengua caste- 
llana. Á estas traducciones que acusaban perse- 
verante trato de asuntos relijiosos, precedieron 
y siguieron varias composiciones orijinales de 



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]8 Estudios Uierarios 

estraccion mística, que pintan el estado de ánimo 
delpoeta, aflijido singularmente por la afección 
que después de haberle tenido á las puertas de la 
muerte, inspirándole hasta un epitafio para su 
sepulcro, le robó la voz para siempre. 

Colocado ya en el carril de una reacción tan 
beneficiosa, volvió sus ojos á los estudios clásicos 
que habian sido la puerta por donde entrara á la 
literatura en los años juveniles. Era Horacio su 
poeta favorito, y en el esmero con que le tradu- 
cía se ven las huellas de esa afición no desmen- 
tida nunca. Tradujo de él, las odas á Mercurio y 
á Mecenas, la Canción secular, y las odas á los 
romanos y á Augusto volviendo de España ; algu- 
nas de ellas con tan rigorosa economía, que el 
verso castellano resulta calcado casi sobre igual 
número de palabras que el orijinal. También 
hizo por esos tiempos varias composiciones 
didácticas de su propia cosecha, como ser el 
Alfabeto de los niños, en el cual cada letra lleva 
una estrofa alusiva á las glorias nacionales ó á 
nombres y hechos históricos del estrangero, y los 
Signos del Zodiaco en décimas esplicativas. Perte- 
necen al mismo género aunque de fecha pos- 
terior, las Reglas para el juego del Mus y de la 
Báciga en que el autor confiesa que la poesía se 
ruboriza de prestarse á combinaciones tan mez- 
quinas. 

Esta multiplicidad de trabajos, agregada á un 
diluvio de estrofas insipientes que acostumbraba 
á lanzar anualmente en targetas para los aniver- 
sarios patrios, y á centenares de epigramas, 
muestran lo inagotable de la facundia de Figue- 



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Francisco cAcuña de Figueroa 19 

xoa, é inclinan el ánimo á lamentarse de tan pro- 
fuso derroche. Porque con ser tan rara y pere- 
grina una buena dotación intelectual, impone á 
su dueño deberes superiores, para que le sea 
tolerado malgastarla sin protestas de los demás, 
que tienen derecho á gozar en parte y por via 
de indemnización los frutos ubérrimos que les 
defrauda la imprevisión ó la holgazanería. Más 
perjudicial aun el despilfarro de la intelijencia 
que el del dinero, cuando menos éste se tras- 
mite de unas manos á otras para circular siem- 
pre ; mientras aquella se consume con quien la 
tiene, sin que sus derroches sirvan para^ produ- 
cir otra cosa que el decaimiento moral en derre- 
dor de sí. 

Como quiera que sea, durante estas oscilacio- 
nes de su espíritu, Figueroa habia dado con un 
género en el cual nadie ha podido igualarle hasta 
hoy, y del que es decididamente inventor. Nos 
referimos á las Toraidas, ó sea narraciones ver- 
sificadas de las corridas de toros. Para pintar en 
toda su deformidad esta clase de espectáculos, 
conviene decir previamente alguna cosa sobre 
ellos. Forma la parroquia habitual de las corri- 
das, el más inapropiado público que pueda darse. 
Vecinos honestos que se desvanecerían ante las 
perspectivas de matar un animal cualquiera en 
su casa; profesores de derecho natural que sos- 
tienen la inviolabilidad de la vida en todo orga- 
nismo dotado de actividad voluntaria; médicos 
que se compungen de las enfermedades de los 
animales y enseñan á los veterinarios á curarlas ; 
economistas que toman á punto de honra defen- 



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ao Estudios Literarios 

der la industria pecuaria, católicos sinceros que 
leen con atención reverente aquel precepto del 
Deuteronómio que dice: «no verás el buey de tu 
hermano 6 su cordero, perdidos, y te esconderás 
de ellos : volviendo, los volverás á tu hermano » ; 
en fin, personas nerviosas y caritativas, de todo 
linaje y condiciones, se sientan en las gradas de 
piedra del hemiciclo, y esperan alegres el san- 
griento espectáculo, después de haberse recí- 
procamente informado con el más correcto cere- 
monial inquisitivo sobre la salud de todos los 
suyos. Y estos filántropos, cuya condición huma- 
nitaria trasciende á sus doctrinas, resultan como 
tocados de epilepsia al sonido de la corneta que 
anuncia la aparición de unos cuantos chulos ridi- 
culamente pergeñados, electrizándose hasta deli- 
rar, cuando estos con esguizaro lengüeteo ofre- 
cen por complemento de sus maniobras unas 
cuantas bestias muertas á puntazos y cuchilladas. 
Entre los argumentos de mayor socorro con 
que los tauromanos defienden su causa, sobre- 
sale aquel que presenta las corridas de toros 
como una escuela de virilidad para los pueblos. 
Es de advertir, sinembargo, que sometida la 
afirmación á un análisis esperimental, queda pul- 
verizada. Porque nunca hubo nación donde se 
corrieran más toros que en España, y si se ob- 
serva que bajo Fernando V esa faena era una 
diversión de la nobleza y bajo Fernando Vil llegó 
á ser un arte popular para cuya enseñanza se 
abrieron cátedras subvenidas por el Estado ; re- 
sulta que en el país clásico del toreo, la virilidad 
pública ha ido en razón inversa de los progresos 



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Francisco (Acuña de Figueroa ai 

tauromáquicos. Ni sabríamos esplicarnos tam- 
poco, aun cuando no mediase ese hecho decisivo, 
qué clase de influencia hubieran podido tener 
sobre los guerreros españoles que pelearon y 
vencieron fuera de su país, desde Gonzalo de 
Córdoba hasta O'Donnel, la vista de las corridas 
de toros, á que solo por escepcion les permitió 
concurrir su accidentada y trabajosa vida de 
soldados. 

En nuestra sociedad, como en todas las socie- 
dades humanas, han existido siempre dos co- 
rrientes de ideas; la una, que tiende á conservar 
todo lo antiguo, y la otra que tiende á reformarlo 
todo. Con este motivo, las plazas de toros han 
tenido sus defensores y sus enemigos, aunque 
dicho se está que hasta hoy los primeros han 
vencido á los segundos. Conviene advertir em- 
pero, que desde tiempos lejanos hubo personas 
que miraran de reojo la tauromaquia, y tan es 
asi, que allá por los años de 1838 ó 39 cantaba Fi- 
gueroa lo siguiente, en una Toraida Romántica: 

Grita Mendo 
que es horrendo, 
que es infando, 
ver lidiando 
racionales 
y animales ; 
que es un juego 
musu'man : 
Y el vestiglo 
diz que el siglo 
de las luces, 
dio de bruces 
sin decoro 



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22 Estudios Literarios 



porque hay toro : 
i Qué pasiego ! 
¡ Qué patán! 

Figueroa se enojaba mucho con Metido porque 
éste criticaba la tauromaquia. — ¿Pero qué decia 
Mendo ó sea el partido anti-tauromáquico, para 
hacer enojar de tal suerte á nuestro viejo y ronco 
vate?— Decia entonces lo mismo que dice ahora. 
— Decia que es una irrisión llamar heroicidad, 
á la lucha de diez ó doce hombres armados 
hasta los dientes, contra un desvalido toro que 
ya viene encandilado, hambriento y estropeado 
del redil, para morir hecho trizas en la plaza.— 
Decia que en un país ganadero no debe declarár- 
sele una guerra insensata al animal que precisa- 
mente constituye, desarrolla y fomenta la riqueza 
pública. —Decia que el espectáculo de una corrida 
de toros, no es ni con mucho un cuadro de cos- 
tumbres civilizadas, que pueda colocarse á la 
vista de un pueblo nuevo, desgraciadamente 
harto dispuesto alas lides sangrientas. — Decia 
en fin, otras muchas cosas por este estilo, que le 
valieron entonces, y le valen hoy aun los dicta- 
dos de pasiego y patán ! 

Mendo está por lo tanto en plena derrota. La 
zambra y el bureo han podido más con sus atrac- 
tivos febriles, que las filosóficas y tranquilas re- 
flexiones de los amigos de la hueste toruna. Y 
en verdad que las emociones de una plaza de 
toros, no son para desperdiciadas, por las gentes 
que entienden lo que es el placer de gozar. ¿Dón- 
de hay nada más hermoso que un caballo des- 
tripado ala primera embestida ? Qué emoción 



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Francisco cAcuña de Figueroa 23 

igual á la producida por un toro que salta la valla 
y pone en aprietos á los entusiastas mirones que 
no contaban con aquel lance omitido en el cartel 
de anuncio? Qué cosa comparable al revuelto mar 
de un populacho furioso, que se subleva porque 
los bichos no son bastante bravos, es decir, por- 
que ni siquiera han matado á un lidiador y á una 
media docena de caballos? ¿Y no es acaso el non 
plus ultra de la delicia, ver á la turba llegar en un 
dia clásico á toda la altura de su iracundia, arro- 
jándose sobre los toreros, sacando á los toros de 
la cola é incendiando el circo ? 

La prosa es impotente para describir toda la 
grandeza de un espectáculo semejante. A no te- 
ner la poesía el atractivo secreto de la rima, la 
estructura férrea de la estrofa, el fu jitivo destello 
de la inspiración, no fuera tampoco digna de 
cometido tan excelso. Pero afortunadamente la 
poesia taurina y el poeta que debia crear este 
género estaban destinados á nacer sobre el suelo 
uruguayo. Oigamos á Figueroa cantar la heroica 
jornada popular que obligó á la autoridad á pro- 
hibir por muchos meses las lidias de toros, con 
profundo sentimiento de una gran parte de la 
población. Habla el poeta : 



En plena posesión como unos reyes 
estábamos del circo, en paz profunda, 
cuando violando las taurinas leyes 
se amotinó una plebe furibunda; 
y sobre si eran toros, ó eran bueyes 
hubo escándalo, asalto y barabúnda, 
hasta que allí volar vieron mis ojos 
tablas, sillas y bancos por despojos. 



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Estudios Literarios 



Yo ▼< ultrajada en el saqueo infondo 

la pica de Palanca ... oh, lance fiero I 

pica que honrara el noble Villandrando, 

] Y en qué manos ! ... en manos de un lechero ! ! ! 

Vi una ninfa en gran riesgo reclamando 

contra el vulgo frenético y grosero, 

Yo la vi, en un tablón que se derrumba, 

como el áni^el de luz sobre la tumba. 

A Repollo y Violin llamaba airado 

el vulgo en el furor que le enajena ; 

más el violin estaba destemplado 

y el repollo cual blanda berengena. 

Asustados los dos, bajo el tablado 

^ quién sabe lo que hacian en tal pena? . . . 

Ay, no salgas, escóndete Repollo, 

que eso sería echarle trígo al pollo! 

Allí vendióse en bárbara subasta 
y á vil precio la espada de García. 
Dulces vi por el suelo en caldo y pasta, 
y una lluvia de almendras y arropía. 
Un confuso tropel, de varía casta 
jcA la mosca I y ¡al mono! repetia 
Y al boletero asaltan con encono ; 
mas ya estaban en salvo mosca y mono. 



No puede describirse con mas propiedad en 
cuatro estrofas, un lance tan sonado y tan terri- 
ble. Todas las peripecias de la lucha, están mar- 
cadas con precisión maravillosa. La tranquila 
actitud de los espectadores antes de la gresca ; 
lo inesperado de la rebelión popular ; la trasfor- 
macion en pájaros de las sillas, tablas y bancos 
para volar sobre la cabeza de los toreros, la des- 
honra del picador Palanca, Bayardo de la tauro- 
maquia, á quien un lechero habia quitado sus 



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Francisco (Acuña de Figueroa 25 

armas : los apuros de García condenado á pre- 
senciar la bárbara subasta de su espada vendida 
á vil precio; la resignación de Repollo y Violin, 
acurrucados bajo el tablado, haciendo quién sabe 
qué ; y por último, las profundas vistas del bole- 
tero, poniéndose en salvo á tiempo con la moscas 
como si presintiera que por allí debia concluir 
obligatoriamente la función y toda función co- 
menzada de esa manera: dan una idea bien cum- 
plida de lo que es un lance de tal laya. ¡ Y pensar 
que hay quien quiera prohibir al pueblo goces 
tan inocentes ! 

Por fortuna, cüpole también á Figueroa la glo- 
ria de reducir á una espresion mínima y casi ri- 
dicula los escrúpulos de los enemigos del toreo, 
demostrando que más gentes mueren de beber 
agua fria y comer pepinos á la noche, que toreros 
sucumben en la lid. Bien que el argumento peque 
por inexactitud relativa en los términos de com- 
paración, porque agua fria y pepinos toma todo 
el mundo, mientras que toros solo lidian unos 
cuantos hombres ; parece sinembargo, que la ma- 
yoría quedó encantada con una proposición tan 
clara. Batieron palmas de contento los amigos de 
la tauromaquia, y se sintieron abrumados sus 
enemigos á punto de no poder, ni con la fé de 
bautismo en papeles. Mendo fué hundido en esta 
última batalla: ya no se le consideró digno de ser 
tomado en cuenta, ni siquiera como ente racional. 
Es difícil resistir á la tentación de copiar las tres 
estrofas, en que Figueroa arroja á tierra y dá la 
última trompada en la barriga á su enemigo. Es- 
cuchad : 



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26 Esludios Literarios 

Y no admiras, no sientes, no te late 
el corazón de orgullo y de contento, 
al ver que un racional resiste, abate, 
y postra al ñn de un bruto el ardimento? 
^Quién al mirar el hórríio combate: 
de una parte el furor, de otra el talento; 
aunque el grave espectáculo le asombre 
no saldrá envanecido de ser hombre> 

Si á esto llaman locura, otras mayores 
se ven en las naciones ilustradas, 
que cual gallos preparan gladiadores 
para el circo feroz de las trompadas. 
Roma vio cuatrocientos Senadores 
y un Soberano andar á las puñadas, 
contemplándose aquellos muy felices • 
con perder solo un ojo, ó las narices. 

Los riesgos se ponderan .... ¡desatinos 
son que un ciego terror se forja en vano! 
Mas víctimas se llevan los pepinos 
ó el agua fría en tiempo de verano. 
De mil formas se muere .... los destinos 
no es dado contrastar al triste humano 
^y quién sabe si á veces son los bueyes 
fatídicos ministros de las leyes ^ 

Ya lo sabéis, hombres incrédulos, que afectáis 
negar la evidencia. Los toros son, una vez lanza- 
dos al circo, no solo orgullo del hombre y estí- 
mulo de sus más levantadas acciones, sino minis- 
tros fatídicos de las leyes. ¿ Pero de qué leyes ? . . . 
¡ Valiente pregunta ! . . . de las leyes divinas ! • . . 
De loque se sigue, que cuando en nuestros tiem- 
pos, fué corneado de refilón y en parte carnosa el 
capa Cotorrita, se cumplió una ley divina con él, 
pues Cotorrita estaba destinado por adverso sino 



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Francisca cAcuña de Figueroa 27 

á que el toro magullase su enteca y alíjera per- 
sona ! 

Las Toraidas son notables por el movimiento y 
variedad de sus episodios, puestos de relieve con 
chispeante gracia. Hasta el título que las distin- 
gue inspira risa, pues las hay que se llaman San- 
simonianas, otras Peladas, otra^ Cortas, etc. No 
se hable del verso, que en todas ellas es fresco y 
abundante. Figueroa, tauromano de ley, no se 
limitaba á pintar los incidentes y comentarlos, 
sino que de paso filosofaba, aprovechando toda 
oportunidad para defender su diversión favorita. 
Asi es que en la plaza de toros, era él la primera 
autoridad aunque asistiese al acto el Presidente 
de la República ; y entre los toreros gozaba repu- 
tación de Mentor, que no era ciertamente usur- 
pada. ¡Lamentable empleo del talento en cosa tan 
baladi ! 

Matizaba por entonces estos pasatiempos lite- 
rarios, con traducciones del italiano, del francés 
y del catalán, generalmente trabajadas sobre 
asuntos sentimentales ; pues por una de esas 
contradicciones frecuentes del espíritu, así como 
su musa juguetona, á semejanza de los niños 
cuando les fuerzan á estarse graves, se volvia tor- 
pe hablando en serio; así también como ellos, al 
fingir la calidad de que carecen, buscaba el modo 
de vencerse asumiendo por cuenta ajena el conti- 
nente grave en los textos que eleji'a para traducir. 
Por medio de estos trabajos, adquirió bastante 
soltura en el manejo de los idiomas y dialectos 
estrangeros de que se ausiliaba, llegando á versi- 
ficar por cuenta propia en ellos repetidas ocasio- 



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2% Esludios IJierarios 

nes. Mas estuvo lejos de apasionarse de galicis- 
mos y estrangerías en el estilo, achaque peligroso 
de los que cultivan lenguas estrañas con ahinco, 
yantes bien, se mostró inaccesible á tales nova- 
ciones satirizándolas en una letrilla titulada El 
hombre de importancia. 

Corriendo asi l©s tiempos, vino el Sitio grande 
á poner á prueba las aptitudes políticas y guerre- 
ras del gobierno á quien servia el poeta, y la re- 
sistencia moral y física que era capaz de hacer el 
pueblo de Montevideo contra la miseria y la 
muerte. Aquella situación desesperante, en vez 
de abatir, endureció el temple de los hombres, á 
punto de hacerles tolerable la vida con un mmi- 
mun de subsistencias que desconcierta los más 
sutiles cálculos fisiolójicos, al mismo tiempo que 
les acostumbraba á un menosprecio de los peli- 
gros, que hoy parecería jactancioso desafuero. 
Así dispuestos los ánimos, todo apocamiento era 
materia de crueles burlas, de manera que hubo 
contájio de valor, como lo hay de peste ó de mie- 
do en otras circunstancias. Reflejóse pues, sobre 
los pensamientos y las acciones mas sencillas, 
aquella arrogancia marcial ingénita á la condi- 
ción en que vivían los sitiados, y no escaparon las 
letras de la influencia del medio ambiente cuyas 
explanaciones sabían á pólvora. 

Solicitado Figueroa por necesidades muy gran- 
des, se abandonó á su espontánea pintura, con 
una verba y un lujo de dicción, que no había os- 
tentado antes ni volvió nunca más á ostentar. Su 
empleo de Bibliotecario sin sueldo ni público le- 
yente, y el que posteriormente le dieron de Teso- 



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Francisco cAcuña de Figueroa 29 

rero general, en unos tiempos en que solo la cor- 
tesía covachuelista podia suponer tal tesoro; sir- 
vieron de espuela á su vena satírica, inspirándole 
romances y letrillas que no se pueden leer sia 
sentirse uno trasportado á la época que las pro- 
voca, y darse por conocido con los tipos á quienes 
clava el aguijón. Sinembargo, con ser de los 
mas populares, no son estos trabajos los que han 
acarreado al poeta mayor fama, sea porque su 
tinte característico les contraiga demasiado á un 
teatro y época bastante lejanos de la nueva gene- 
ración, sea porque doloridas aun las fibras de los 
que sufrieron en uno y otro bando, por acuerdo 
prudencial recíproco, se eche un velo sobre aque- 
llos cuadros que pintan á lo vivo acontecimientos 
tan inolvidables. Es de creerse que hay de todo 
ello un poco, y algo también de estravio artístico 
en tal indiferencia hacia unas composiciones, que 
por ir vaciadas en romances y letrillas, pasan á 
los ojos de muchos como harto lijeras para llamar 
la atención pública. 

Y esto no obstante, el Romance y la Letrilla, son 
los dos canales por donde corre copiosa y fácil la 
lengua española. Tomando esa forma poética, se 
desprende nuestro idioma de la pompa y hasta de 
la rudeza con que se ausilia en la Oda ó la Octa- 
va real, menesterosas siempre del estruendo que 
producen las palabras fuertes al redondear una 
idea atrevida ó un pensamiento sublime; asi como 
de la acompasada entonación de la Décima y de 
la Quintilla, que si bien sirven para fijar en el 
vulgo ciertas ideas por la uniformidad musical de 
la estrofct, son también mas adecuadas que nin- 



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30 Esiudios Literarios 

gunas para encubrir los defectos con el relum- 
brón de la sonoridad. En el Romance, muy al 
contrarío, la Índole misma de los asuntos que 
congenian con esa metrificación, dispone el verso 
á la dulzura, lo echa dentro de una corriente de 
afectos que ora lleven á la risa ó al llanto, son 
siempre espresados con fluidez y conservan el en- 
canto de una irreprochable unidad. Y algo pare- 
cido sucede con la Letrilla, que como miniatura 
primorosa, es un ausiliar irreemplazable en cier- 
tos casos. 

Los que desprecian ambas construcciones, en- 
tienden que la sencillez de su atavio las hace de- 
masiado vulgares, y tal vez harto claras para ma- 
nifestar las ideas. Pero estos tales olvidan, que 
cuanto mayormente sencilla y fácil es la manera 
di espresarse, suelta la frase, claro y tocante el 
concepto de quien se espresa, tanto más largos y 
penosos esfuerzos intelectuales le ha costado la 
adquision da ese método. Versificadas ó no, las 
ideas en cuanto á su trasmisión artística, están 
sujetas al mismo plan, diseños, toques . y elabo- 
ración que todas las obras humanas. Incubadas 
en el espíritu, maduradas por la razón, correjidas 
por la esperiencia, limadas por el gusto, salen á 
luz después de un trabajo que es tanto mas gran- 
de, cuanto más se oculta á los ojos del público. 
De ahí que la difícil facilidad de decir claro, cons- 
tituya el menos apreciado, apesar de ser el más 
culminante de los recursos del arte literario. 

Figueroa usó con éxito completo las dos for- 
mas de metrificación que motivan nuestro aplau- 
so, en las composiciones aludidas. No tienen 



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Francisco cAcuña de Figueroa 31 

precio sus Romances de entonces á varios minis- 
tros, y las Letrillas de actualidad política con 
qiae satirizó diversos acontecimientos de la época. 
Dio también muestra de la fuerza que tenia para 
el Anagrama, haciendo varios en latin y castella- 
no, en italiano y francés, tomados de nombres pro- 
pios, como fueron los que envió al Papa Pió IX, 
y los que hizo á varios personajes del gobierno. 
Incapaz, con todo, de omitir ningún recurso 
aprovechable para la sátira, se valió también de 
los anagramas para aplicarlos á sus enemigos 
políticos. Hé aquí entre otros, uno que dirijió al 
cónsul francés señor Pichón 

Le sage Cónsul Théodorc Pichón! 
Helas! est un cochon opilé d'orge. 

El « Sitio Grande » habia convertido á Monte- 
video en un centro literario de mucha importan- 
cia. Casi todos los hombres de letras argentinos, 
huyendo la tiranía de Rosas, se encontraban re- 
fujiados dentro de la ciudad sitiada, y ora en la 
prensa, ora en círculos y certámenes, propaga- 
ban sus ideas políticas y literarias con el crédito 
de un verdadero descubrimiento. Generación 
próbidamente instruida en las universidades y es- 
perimentada además en la vida pública, traían á 
este país aquellos hombres un cuantioso bagaje 
intelectual, y se acompañaban de una juventud 
todavía ignorada pero entusiasta, que siguiendo 
sus huellas y su ejemplo, venia á constituir una 
vanguardia intrépida siempre pronta á llevar do- 
quiera el pensamiento y las aspiraciones de su 



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33 Estudios Literarios 

tierra nativa. Figueroa se sintió atraido á este nú- 
cleo luminoso, del cual partian destellos afínes 
con los que brotaban de su alma, y cultivó rela- 
ciones cordiales con los emigrados, que á la ve^s 
tasaron las suyas en alto precio. Florencio Várela 
le inspiró á él un respetuoso y acendrado cariño, 
y él inspiró á Juan María Gutiérrez aquella amis- 
tad tierna que mas tarde se hizo pública con la 
profecía de que « si se hundiese Montevideo, el 
Cerro y Figueroa serian los dos rastros que ase- 
gurasen á las generaciones futuras su existencia.» 

El trato frecuente de tantos literatos y publicis- 
tas, ala vez que inauguró para Figueroa ese ar- 
tístico vagabundaje al través de las imprentas, 
desde entonces costumbre de los que adolecen el 
prurito de escribir en esta tierra ; despertó las 
aficiones que adormecía en su ánimo la falta de 
estímulos, llevándole á concluir y limar algunos 
de los trabajos de aliento hasta entonces involu- 
crados entre el revoltijo de sus papeles. Á este 
número pertenece con especialidad, el poema 
joco-sério La Malambrunaday cuyos esbozos nacie- 
ron en otro de igual género titulado La Carlinada, 
que escribió durante su estadía en San Carlos 
bajo la dominación portuguesa. 

Á todo rigor, La Malambrunada es una parodia, 
no porque plájie para ridiculizarlo algún traba- 
jo de otro, sino porque ridiculiza una escuela 
y un estilo empleando la forma epopéyica con 
motivo de un asunto trivial. Malambruna, vieja 
viuda de irritadas pasiones, concibe la idea de 
formar una conspiración de sus congéneres con- 
tra el bando de las jóvenes hermosas, y adelanta 



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Francisco (Acuña de Figueroa 33 

los primeros pasos de su proyecto, convocando á 
reunión, por medio de un enjambre de brujas, á 
todas las que comparten sus odios contra la ju- 
ventud y la hermosura. Concurren las viejas al 
local de la cita, y después de larga disputa, resuel- 
ven tener consejo en un bosque cercano. Las 
jóvenes, entretanto, inspiradas por Venus, se 
juntan á su vez, nombran por general á Violante, 
dan la batalla y derrotan á las viejas, que para 
ejemplo inmortal se vuelven ranas. Tal es el 
argumento de este poema, dividido en tres can- 
tos, y abundante en situaciones cómicas y per- 
files intencionados de muchos tipos montevidea- 
nos, que si no resultan más á las claras, tal vez 
se deba á la influencia ejercida en sus retoques 
por el mesurado consejo de Florencio Várela, á 
quien consultó sobre este punto el autor, según 
reza una nota de su puño que aparece á medio 
testar en los orijinales. 

En cuanto al fondo moral de la obra ¿ por qué 
no decirlo? á nosotros nonos gusta. Toda ten- 
dencia á ridiculizar lo que es respetable, se nos 
antoja descomedida y aviesa; y siendo la ancia- 
nidad digna de respeto, mucho más en la mujer 
viuda cuyo desamparo inclina á la compasión, 
parece indigno del talento de un hombre, em- 
plear sus armas mejor templadas en zaherir á 
quien no tiene mas defensa que su propia debi- 
lidad. Cierto es que Figueroa advierte en algu- 
nos lugares de su poema, que no pretende insul- 
tar á las señoras respetables sino á las viejas 
casquivanas; pero ¿cómo distinguir la eficacia 
de esa escepcion, en un cuadro que pone del lado 

E. L. 3 



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34 Estudios Literarios 

de las casquivanas á millares de mujeres, miea- 
tras que en la felicitación á las jóvenes vencedo- 
ras solo menta cien matronas ? De todas mane- 
ras, ni el argumento ni su desarrollo, por oriji- 
nal que el uno sea y por primoroso que el otro 
resulte, satisfacen á la critica de buena índole. 

Ya se deja entender, que si el ánimo del i>oeta 
encontraba oportunidad en tales asuntos para 
solazarse; su temperamento satírico, escitado 
por el ejercicio de la burla habia de dar en otra 
forma el residuo que le dejaba semejante escita- 
cion. De ahí que coincida esa época con la de su 
mayor apojeo en el epigrama, instrumento de 
burlas en cuyo empleo supo rayar á grande 
altura. Jueces y médicos, abogados y mujeres 
presumidas fueron el tema común de sus ata- 
ques ; sin que por eso se le escaparan otros tipos 
sociales, cualquiera que fuese su flaco. 

Todo esto parece indicar que Figueroa tuviera 
un espíritu maligno, pero examinada su vida y 
relaciones sociales, no hay nada que autorice á 
tal afirmación. Porque generalmente la maligni- 
dad proviene de contrariedades mal sufridas, 
que van dejando en el alma como un sedimento 
de rencores, prontos siempre á rebullir y des- 
bordarse contra el primero que se presente ; y 
Figueroa no' tenia, en cuanto se sabe de él, nin- 
guna penalidad que leaflijiese mas allá de lo 
tolerable; mostrándose por lo contrario, tan ale- 
gremente resignado en sus pobrezas, tan res- 
petuoso al hablar de los suyos, tan pródigo en 
elojiar á los principiantes y tan dócil al consejo 
ajeno, que ni envidia ni rencor se notan en las 



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Francisco (Acuña de Figueroa 35 

esplosiones sinceras de su musa. El ánimo se 
inclina á creer pues, que muchas de sus sátiras 
son un resabio délas predilecciones de la antigua 
escuela española tan fecunda en ese género, que 
él se veía en el caso de imitar, mortificado por la 
esterilidad de un teatro, en el cuál antes que 
vivir, vejetaba solitario, á vueltas con el fardo de 
una superioridad que le equivalía al tesoro que 
llevase sobre sí un hombre perdido en el de- 
sierto. 

Por lo demás, si existiesen dudas sobre su 
resignación, las desvanecerían por completo los 
siguientes pasajes copiados del prólogo que puso 
á su T)iario Histórico al donarlo al gobierno na- 
cional : « Cuarenta años van á cumplirse después 
de concluida esta obra del Diario histórico del 
sitio de Montevideo,— dice —escrita día á día por 
mi, en la actualidad y en presencia de los suce- 
sos; y posteriormente correjida y aimientada. 
Las diversas guerras que después de aquella 
época ha sufrido el país, y las largas conmocio- 
nes políticas que le han ajitado, han sido un obs- 
táculo á su publicación, que además me seria 
muy dispendiosa .... Hoy que la Rjepública mira 
restablecida y afirmada su tranquilidad y vé en 
perspectiva un porvenir de progreso y de unión ; 
hoy que he obtenido del gobierno constitucional 
que rije sus destinos, la honorífica jubilación de 
mi empleo de Tesorero general que muchos años 
he servido ; he querido hacer á la patria la do- 
nación de mi pobre obra, jfruto no bien sazonado 
de mi primera juventud ; para que ocupando un 
lugar en la Biblioteca Nacional, sirva como de 



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36 Estudios Literarios 

repertorio á los curiosos que quieran enterarse 
de los detalles, incidentes y sucesos diarios, de 
aquel memorable sitio llamado de los veintidós 
meses .... El ilustre guerrero y patriota, Presi- 
dente actual de la República, se ha dignado 
aceptar con distinción honorífica mi ofrenda de- 
dicada á la Nación ; mandándola colocar en la 
Biblioteca en lugar preferente mientras llega la 
oportunidad de darla á la luz pública. » 

¿ Será necesario decir, que ni aquel ilustre gue- 
rrero y patriota, ni los demás que le han sucedido 
encontraron hasta hoy esa oportunidad con que 
el poeta soñaba, cuando viejo y achacoso, depuso 
á los pies de la patria que tanto habia amado, las 
primicias de su* juventud aventurera y entu- 
siasta? Pero de todos modos, lo que cumple á 
nuestro propósito demostrar, queda demostrado 
sin réplica. No tenia Figueroa malignidad cró- 
nica de espíritu, no le movia la vanidad ni le 
atormentaba la envidia. Sus sátiras, que por 
otra parte son en la casi totalidad impersonales, 
provenían más bien de resabios de escuela que 
de malevolencia propia. Además, todas las que 
se refieren á gisuntos poh'ticos entroncados con 
las contiendas civiles de su tiempo, llevan en los 
orijinales una marca, indicación de que no se 
publiquen. Tantas precauciones, daiúncian un 
corazón escento de rencores personales. 

Sinembargo, hay en la humildad de su resig- 
nación un fondo de amargura que no pasa 
inapercibido á la mirada escrudiñadora de la 
crítica, y que es como un reproche con que el 
poeta castiga la indiferencia de sus contempo- 



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Francisco cÁcuña de Figueroa 37 

ráneos. ¿ Qué diría si supiera que se le mira hoy 
con mas despego que antes? Probablemente una 
sonrisa burlona interpretaría su opinión sobre 
esta época presuntuosa que á todo trance quiere 
falsificar títulos, para entrar en la historia con el 
de erudita y amante de las letras. Pues si nunca 
como ahora, hubo mayor comercio de papel y 
tinta en la República, tampoco la fiebre de escri- 
bir y disertar proporcionada á tan estraordina- 
rio consumo, dio en ningún caso muestra de 
persistencia más ineficaz que en nuestros dias. 
Lijeramente ataviados y como para descargarse 
de un caso de conciencia, lanza la prensa diaria, 
único libro que leen con gusto los uruguayos, 
multitud de trabajos de corto aliento, anónimos 
ó firmados, festivos ó serios, rabiosos ó bucó- 
licos, recorriendo todos los tonos del teclado del 
sentimiento desde el idilio hasta el canto épico ; 
y narrando en todos los géneros permitidos á la 
composición, desde el melodramático que espe- 
luzna hasta el chismográfico que también es un 
género y forma una escuela de las mas diverti- 
das, según el común sentir de los aficionados 
áél. 

Esta abundancia de producción literaria, que 
se asemejaría á un movimiento si no fuese un 
barullo, tiene sus conatos de apuesta y forcejea 
por salir del dia, con tal de ocupar la atención 
pública una hora y extasiarse en el goce inocente 
de haberla sacado de sus habituales quehaceres, 
con ocasión de proporcionarla un solaz intelec- 
tual, que para los lectores gratuitos de diarios 
se trasforma en solazo, supuesta la necesidad 



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38 Estudios Literarios 

de leer á la intemperie el número que cada im- 
prenta pega á su pared respectiva. Pero así como 
es de breve el espacio que se dedica á la lectura 
indicada, asi es también de fugaz la impresión 
que ella deja en el ánimo de sus apasionados. 
Aquel que por la mañana leyó junto con cuatro 
ó seis artículos contra el Ministerio y las Cáma- 
ras, dos ó tres composiciones literarias en prosa 
ó verso, á la tarde Jo tiene todo olvidado, menos 
seguramente, lo que concierne á los ministros y 
diputados, que eso no lo olvida nadie en este 
país tan desmemoriado para otras cosas. 

De manera que la literatura, escepcion hecha 
de unos pocos que toman el asunto en serio, 
viene á ser para la generalidad un entreteni- 
miento inofensivo, á que toda persona mediana- 
mente educada está en el caso de contribuir para 
diversión propia y del vulgo ; mientras los lite- 
ratos, que forzosamente deben prestarse á man- 
tener viva tan singular inclinación, han de estar 
prontos á llevar la delantera á todos, con el fin 
de conservar el entusiasmo délas masas. Por 
supuesto que en estas condiciones, el anónimo 
es circunstancia requerida para mejor efecto de 
lo que se escribe ; porque todo nombre propio 
sobre dar ya carácter personal á las ideas emiti- 
das, no deja en el ánimo aquellas dulces ambi- 
güedades de la duda, que se prestan á atribuir 
caritativamente la composición, si es mala, al 
primero que ande en desgracia con la opinión 
corriente : y si es buena, no á su autor, sino á 
otro cuyo crédito se empeñen las gentes en le- 
vantar. 



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Francisco (Acuña de Figueroa 39 

Semejante conducta vigoriza esa medida, por 
decirio asi de orden publico, que establece para 
la producción literaria un proceso de nulificación 
tan regular como uniforme, siendo por lo tanto 
obvio que Figueroa haya caido dentro de las 
generales ÚQ la ley vijente, siquiera por razón de 
oficio y achaques de consanguinidad. Lo impe- 
rativo del mandato, empero, no llega hasta ce- 
rrar el paso á un discreto y natural curioseo ; de 
modo que sin ofender las susceptibilidades de la 
época ni quebrantar sus exijencias disciplinarias, 
puede un mortal atreverse á ensayar el estu- 
dio de las producciones del viejo poeta y hasta 
aventurarse á abrir juicio sobre ellas. En tal 
supuesto y habiendo hecho ya lo primero, apro- 
vechemos la oportunidad y el permiso para con- 
cluir por lo último. 

En la formación de las nacionalidades, el pri- 
mitivo arranque que constituye un hecho mate- 
rial, lo tiene la fuerza, conquistando la porción 
de tierra que una raza necesita para vivir inde- 
pendiente. Pero la sanción moral del hecho, su 
perpetuidad adquisible en la rejion de las ideas, 
lo provocan las letras, historiando, comentando, 
justificando la expropiación de aquello que el 
heroismo arrebató en el campo de batalla. En- 
tran pues en toda operación de esta magnitud, 
como elementos esenciales y recíprocamente 
complementarios, la fuerza que anonada y la que 
levanta el ánimo, la que se impone sin dar razón 
de su autoridad, y la que busca la autoridad del 
espíritu para espHcar la razón de sus actos. 
Planteada así la cuestión — que tampoco puede 



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40 Estudios Literarios 

plantearse de otro modo — en el caso concreto de 
nuestra independencia nacional, Artigas y sus 
compañeros, Lavalleja y los suyos, son la fiíerza 
inicial, la causa generadora de nuestra existen- 
cia libre; y Figueroa, es la fuerza moral propa- 
gadora de las escelencias de ese hecho. Aquéllos 
erflasarmasy éste en las letras, complementan 
el acto, entregándolo á la posteridad rodeado 
del esplendor del heroísmo y garantido contra 
el olvido de los hombres. 

Y aquí no hay hipérbole. En todas partes del 
mundo acontece, que las letras salvan del olvido 
á los pueblos y á sus héroes. ¿ Quién sabria hoy 
nada de unos cuantos reyezuelos oscuros de la 
antigua Grecia disputándose una ciudad aun 
más oscura llamada Troya, á no ser por Homero? 
Pues en la misma linea de probabilidades, noso- 
tros no tendríamos el pensamiento auténtico de 
lo pasado á no haber existido Figueroa para 
trasmitirlo á la posteridad, con todo el sabor de 
simpatía ó tirria, de entusiasmo ó desencanto 
que inspiran los acontecimientos ocurridos en el 
país natal á sus propios hijos. Apartando pues, 
toda otra consideración sobre mérito literario, 
desde luego Figueroa tiene el muy grande de 
haber sido el fundador de nuestra literatura. 

Los defectos de carácter con que su personali- 
dad se destaca, no amenguan en nada los títulos 
que tiene conquistados á la gratitud pública. Por 
que si escepcion hecha de los portugueses, cantó 
á todos los mandatarios desde Carlos IV hasta 
Berro, y aplaudió á todas las situaciones según 
les soplaba el aura veleidosa de la popularidad ; 



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Francisco (Acuña de Figueroa 41 

debe tenerse presente que vivió en los tiempos 
más difíciles que el país haya tenido, trabajado 
su ánimo por inquietudes sin cuento, y sin poder 
formarse un criterio acabado en materias políti- 
cas que nunca constituyeron el fuerte de sus mi- 
ras. Educado bajo la dominación española y en 
el gremio aristocrático que era el nervio de la so- 
ciedad colonial, se encontró perdido y aislado lue- 
go que la Revolución le arrancó de aquellos vín- 
culos, para lanzarle en medio de una sociabilidad 
dislocada por banderías irreconciliables, que tras- 
trocaban las profesiones y los papeles, convirtien- 
do en hombre político y en soldado á todo ser 
viviente, y exasperando los odios por la culmi- 
nación de responsabilidades que dictaba sin ré- 
plica el capricho délos partidos. Pero nunca su 
pluma se vendió al que más diera, ni su estro se 
cebó en la desgracia del hermano vencido ; que 
en él las veleidades fueron flaqueza de ánimo, y 
no manantial de lucros y provechos . 

De cualquier punto de vista que se miren sus 
cambios de opinión con respecto á los hombres, 
contémplase íntegro en el fondo su amor á la pa- 
tria, cuya suerte le preocupó siempre, en la buena 
como en la mala fortuna, sin reticencia que deje 
lugar á la duda. No se esplica de otra manera su 
dedicación incansable al estudio, que ninguna 
compensación brillante podía darle, á menos que 
no fuese la esperanza de deponer sus frutos, den- 
tro de las perspectivas de un porvenir lejano, en 
el altar literario que pudieran levantar generacio- 
nes que no habían nacido. Y bajo los nobles dic- 
tados de esta aspiración, no cabe duda que traba- 



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42 Esitidios Uierarios 

jó sus mejores obras, trazando de paso algunas 
de las pocas líneas artísticas que presenta el cua- 
dro histórico de su tiempo, é implorando con 
ellas una justificación de su persona, digna de no 
pasar inapercibida entre el torbellino de tantos 
sucesos. La posteridad le tendrá en cuenta, de- 
bemos esperarlo, servicios tan señalados ; y cioan- 
do suene tranquila y vibrante la hora de las gran- 
des recompensas nacionales, su estatua se alzará 
entre las de los más ilustres campeones de la In- 
dependencia, por que él también contribuyó á 
conquistarla . 

En otro sentido, la generación actual tiene mu- 
cho que aprender de esta poeta, cuyas facultades 
intelectuales disciplinadas en profundos y clási- 
cos estudios, le dieron fuerza para mantenerse 
sólo en la escena, á despecho de la intransijencia 
de una época reñida con toda especulación litera- 
ria. No que nosotros pertenezcamos esclusiva- 
mente á ninguna de las escuelas que hoy se dis- 
putan el campo en el mundo, pero seria futilidad 
negar que son esfuerzos vanos los de aquellos 
que luchan por producir algo notable, debatién- 
dose contra la pobreza de un bagaje vacío, y me- 
ramente confiados en los prodijios de una ima- 
jinacion . calenturienta. Si Figueroa se hubiera 
encontrado en este caso, sus producciones no 
habrian rayado más allá de lo que rayaron las de 
ciertos payadores, de cuyos vestijios se encuentra 
alguno que otro rasgo en el T^arnaso Oriental; 
pero precisamente les superó y se impuso por 
que tenía ligaduras de sobra con qué maniatar 



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Francisco cAcuña de Figueroa 43 

á la loca de la casa, para conducirla en vez de de- 
jarse conducir por su capricho . 

Propiamente no pertenece Figueroa á una es-, 
cuela determinada, pues si bien clásico por sus 
estudios, aparece ecléctico en el curso de su vida, 
tomando asunto para la inspiración doquiera que 
pudo encontrarlo. Realista en las Toraidas, ro- 
mántico en algunas de sus composiciones amato- 
rias, vació en forma clásica sus poesías relijiosas 
y muchas de las festivas y satíricas. Esto de- 
muestra que el estudio no es jamás un obstáculo 
á las disposiciones del ánimo, sino que las afina y 
templa, corríjiendo los estravíos idiosincrásicos, 
pero nunca matando las vocaciones característi- 
cas. También cuando es concienzudamente he- 
cho, tiene el estudio la ventaja de no inducir la 
intelijencia á imitaciones serviles, sino que faci- 
litando la asimilación, da al poeta y al escritor, 
fuerza de estilo, vigor de espresion, riqueza de 
imájenes, y en suma, un lote precioso con el 
cual viste sus ideas sin plajiar las ajenas. 

De estas condiciones, digámoslo por compro- 
metido que sea enunciarlo, carecen en su mayo- 
ría los literatos uruguayos. Nuestra literatura no 
es todavía lo que puede llamarse una literatura 
nacional. Subyugada por la autoridad de los mo- 
delos del romanticismo europeo que ella se ha 
dado, sus producciones se asemejan más bien á 
una planta de invernáculo mañosamente conser- 
vada por el artificio, que á la flor lozana, de naci- 
miento espontáneo, cuya vida se vigoriza por los 
ardientes rayos del sol. Ese espíritu de imitación 
tan pronunciado, y esa escasez tan grande de ver- 



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44 Esludios Literarios 

dadera oríjinalidad, es lo que postra á las letras 
uruguayas, pues las obliga á falsificar el senti- 
miento nacional, lanzándolas en las corrientes de 
una inspiración ajena á los deseos populares. El 
pueblo que no se vé retratado, ni se siente aludi- 
do en sus instintos por los poetas ó los prosistas 
que se dicen sus hijos, les abandona á la indife- 
rencia, pues ni los entiende ni le conmueven. 
Condenado á escuchar decepciones mentidas, ó 
cánticos triunfales á episodios que no conoce, 
mal se aviene á discernirles un aplajiso que solo 
podia arrancarle la interpretación de sus senti- 
mientos propios, el culto de sus héroes, la traduc- 
ción de sus aspiraciones íntimas . 

La poesía, sobre todo, vive una vida precaria 
en el país por escelencia poeta. Nuestros bardos 
—hablamos délos románticos puros— se admi- 
ran de encontrar el vacío á su alrededor, después 
que han preludiado en su lira magnificas remi- 
niscencias de Byron, Víctor Hugo y Lamartine ; 
pero no caen en cuenta que ese vacío es hijo de la 
ausencia de toda solución de continuidad entre el 
sentimiento del que canta y el alma de los que 
escuchan. Es necesario el cielo nebuloso de la In- 
glaterra y la opulencia de un lord desencantado, 
para entender á Byron ; Víctor Hugo requiere 
frente á sí un pueblo oprimido y un Bonaparte, 
para que sus inspiraciones conserven todo el vi- 
gor de la oportunidad ; y el cortejo de Lamartine 
deben formarlo dos grandes aspiraciones contra- 
riadas, á saber : los recuerdos monárquicos de la 
infancia y las esperanzas republicanas de la viri- 
lidad, batallando sobre un espíritu destrozado 



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Francisco (Acuña de Figueroa 45 

por la duda. Trasportar, pues, semejantes escue- 
las literarias que traducen la situación típica de 
sociedades envejecidas, al seno de un pueblo jo- 
ven ; pastor y andariego en su mayor estension, 
belicoso y aventurero por la naturaleza de su con- 
dición profesional , varonil por sus ejercicios, 
crédulo por su mocedad ; es un error craso. 

Destarando á Magariños Cervantes que ha he- 
cho algunos esfuerzos dignos de loa por naciona- 
lizarse, y á Zorrilla de San Martin que después 
de darnos en su Leyenda T^atria la profesión de fé 
patriótica de la generación actual, nos promete 
con Tabaré el arquetipo del poema épico urugua- 
yo, los demás hombres de reputación formada, 
han desdeñado inspirarse en motivos que creen 
bajos, ó los han desnaturalizado al versificarlos; y 
si algunos jóvenes hacen tentativas hoy para dar 
á la inspiración poética un giro nacional, ni esa 
empresa ha pasado los límites de cuadros cam- 
pestres en los cuales se pone en boca del gaucho 
una gerigonza que él no habla, ni el publico ha 
protejido tales manifestaciones que cuando me- 
nos anuncian las primeras armas en favor de una 
independencia literaria. El estacionamiento de 
nuestra poesía, pues, es un hecho evidente, que 
se constata con la lectura de nuestros mejores 
poetas : la forma y el fondo de sus producciones, 
el sentimiento que las dicta, y hasta el ideal á que 
aspiran, no es nuestro. Buscad en medio de todos 
esos versos, un destello del heroísmo clásico de 
los charrúas, ó del ansia de libertad que fermenta 
en el espíritu del gaucho, ó la reminiscencia del 
sordo retumbar del Océano que baña nuestras 



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46 Estudios Literarios 

costas, ó la impresión causada por el aspecto de 
los desiertos campos cuyo vacio interrumpe algu- 
na cruz que indica el sepulcro de un semejante, ó 
la aglomeración de piedras que denuncian un 
campamento prehistórico, buscad, que buscareis 
en vano. Hermosos versos, bellas armonías, ca- 
dencia, inspiración, todo eso encontraréis: pero 
en todo eso echareis de menos á vuestro pais que 
no es el que os pintan. 

La importancia de Figueroa está precisamente, 
en que es uruguayo siempre. Hay algo local, ca- 
racterístico, peculiarmente nuestro, en su estilo, 
en sus giros, en todo lo que ha producido. Sobre 
sus pajinas parece advertirse el reflejo, ó la estra- 
tificación, si así puede decirse, de lo que nos es 
más habitual y querido. Son nuestros conocidos, 
nuestros amigos, nuestras costumbres, nuestras 
veleidades, nuestros devaneos los que pasan al 
través de esos millares de versos suyos que lee- 
remos con mayor ó menor buena voluntad, pero 
que no podremos dejar de leer una vez emprendi- 
da la tarea de ojearlos. Lástima grande que el 
aserto no pueda ponerse á prueba por todos, su- 
puesta la reclusión á que se hallan condenadas 
las obras del poeta; pero si á reparar tamaña in- 
justicia pueden contribuir en algo estas líneas, 
recíbelas ¡oh maestro! como un tributo merecido 
á tu memoria ! 




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DIOGENES Y SUS IDEAS 




E todos los varones célebres cuyo nom- 
bre rememora la historia pagana, ningu- 
i no como Diógenes se atrevió á llevar tan 
I lejos el desprecio de sí mismo y de las 
flaquezas de los hombres, ni tampoco hay ejem- 
plo de que tuviera rivales en la circunstancia ori- 
)inal de reducir á hechos prácticos las últimas 
conclusiones á que le arrimaban sus principios. 
Contrariado en temprana edad por los reveses de 
la fortuna, proscripto como ciudadano, prisione- 
ro de unos piratas que le vendieron, abofeteado 
ea las plazas públicas por los jóvenes ignorantes 
á quienes contradecía en sus disputas, burlado y 
temido á la vez, parece que su carácter se mode- 
ló en el sufirimiento, y no encontrando en la sole- 
dad de su corazón medios de lucha adecuados 
con que afrontar la hostilidad social, concluyó 



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48 Estudios Literarios 

por refujiarse en el desprecio. Mientras el lujo y 
la elegancia constituían en Corinto y Atenas el 
flaco de la época, él se presentaba ante la aristo- 
cracia de estas ciudades casi desnudo, con la ca- 
beza descubierta y los pies descalzos. Llevaba por 
lo común una linterna en la mano, diciendo que 
buscaba un hombre, porque no lo eran los que 
hasta entonces se apropiaban ese título. Habitaba 
generalmente dentro de un tonel. Solia pedir li- 
mosna á los transeúntes y se abstenía de comer 
en los grandes convites, á los cuales asistía ham- 
briento por el placer de contrariarse. En verano 
revolcábase sobre la arena caliente y caminaba 
sobre la nieve en invierno. Todo lo que la socie- ! 
dad hacía en holocausto al buen parecer, ó apa- 
rentaba no verificarlo por respeto á los preceptos 
convencionales establecidos, él lo efectuaba en 
sentido contrario. Hasta los placeres que el deco- 
ro humano ha relegado en todos los tiempos á la 
oscuridad del misterio, los gustó á la luz del sol 
y en medio de la calle. 

Era aquella época el siglo de oro de la filosofía 
griega, y también el de la decadencia nacional. 
Todo moría en Grecia, menos las letras, empe- 
ñadas en protejer de futuras profanaciones á la 
patria espirante, con el atavío de un artístico su- 
dario. Ningún esfuerzo economizaban los escrito- 
res ni los oradores , para asimilarse cuanto 
pudiera aumentar su nutrición intelectual, y 
viajaban los países estrangeros estudiando sus 
monumentos, y copiando de sus tradiciones reli- 
jiosas las singulares mitolojías, que hoy nos pa- 
recen orijinales porque están embellecidas. 



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T>iógenes y sus Ideas 49 

Entre los pueblos que sirvieron de refujio á 
esos peregrinos de la idea, se contaban muy par- 
ticularmente la Persia y el Egipto, manantiales 
de teogonia y ciencia profana, que la fecundidad 
griega esplotaba con el arte consumado de sus 
clásicos procedimientos. Pero cuando esos ma- 
nantiales se agotaron, y las burdas deidades del 
Oriente trasformadas en seductoras ninfas y ala- 
dos mancebos no pudieron ya satisfacer la sed de 
creencias que devoraba al mas artista de los pue- 
blos; encamináronse sus hombres de pensamien- 
to hacia las rejiones de Israel y Judá, en cuyas 
ciudades aprendieron una nueva doctrina que 
debia cambiar los fundamentos del saber posible. 
Desde entonces datan las disquisiciones filosóficas 
que se remontan hasta la existencia de un Dios 
único para todo lo creado, y de un alma inmortal 
para cada ser humano. Los autores de esa tras- 
formacion en la marcha del pensamiento — 
Sócrates , Platón , Aristóteles — arrancaban el 
aplauso de las gentes admiradas de su orijinal 
profundidad; hasta que en el correr del tiempo, 
no faltaron hombres de ilustración como Numé- 

[ nio, que habiendo bebido en las mismas fuentes, 
se atreviese á decirles : « no sois otra cosa que 

[ Moysés hablando en griego. » Y no era otra cosa, 

[ en efecto, aquella filosofía griega del siglo de oro, 
que el reflejo de la doctrina mosaica subrepticia- 
mente trasplantada de las pajinas del Pentateuco 

. á los libros y discursos del paganismo arrepen- 

l tido. 

Mas como quiera que fuese, la novedad de las 
doctrinas y el ansia de llegar á la concepción de 



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50 Esitidios Literarios 

ideales superiores, promovian en las clases ilus- 
tradas de la Grecia un entusiasmo filosófico, com- 
parable en cstension al entusiasmo bélico que 
habia estimulado el ímpetu de sus mayores con- 
tra los persas. Atenas y Corinto, disputándose 
el hospedaje de los maestros, atraían á su centro 
cuanto habia de ilustre, no solo en el Peloponeso 
y la Helada, sino en las más apartadas rejiones 
del Oriente, de donde sallan los sabios á comple- 
mentar su instrucción con largos viajes. Y este 
flujo y reflujo de aptitudes, que aumentaba el 
auditorio de las escuelas y el número de los cul- 
tores del arte : daba á las dos ciudades griegas, 
en las estaciones del año en que mas propicio era 
su clima al estrangero, toda la fisonomía de un 
espectáculo popular interminable . 

En medio de este movimiento aparecía Dió- 
genes, desaliñado y sucio, reñido con todos los 
maestros, y pretendiendo serlo él mismo. Habia 
nacido en Sínope, ciudad del Asia menor en la Pa- 
flagonia, hacia el año 413 antes de J. C. Acusada 
su padre como falsificador de moneda, se vio en 
la necesidad de huir con él, albergándose en 
Atenas para esquivar persecuciones. La mala 
fama que aquel accidente arrojó sobre su nom- 
bre, le hizo obgeto de la animadversión pública 
siempre injusta en achacar á los hijos las faltas 
de los padres. Ansioso de instruirse, quiso desde 
luego entrar á la Academia para oir las lecciones 
de los filósofos, pero no fué admitido hasta des- 
pués de una larga lucha contra todos. Enseña- 
ban entonces Platón y Antístenes, ambos discí- 
pulos de Sócrates, que por tan diversos caminos 



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T>iógenes y sus Ideas 51 

debian buscar la verdad. Platón levantando la 
idea de una justicia eterna, ansiaba la rejene- 
ración de los hombres por la virtud ; que en su 
concepto se componia de cuatro elementos : sabi- 
duría, valor, templanza y probidad. Antístenes 
caminando sobre estas huellas, exajeraba em- 
pero las conclusiones finales ; estableciendo que 
la virtud era la abstinencia que nos independiza 
de las cosas externas, y aconsejando que se vi- 
viera según la naturaleza, estado el mas perfecto 
como que provenia de Dios inmediatamente. 

Diógenes se prendó de la doctrina de Antíste- 
nes, tal vez porque el estado de su espíritu le 
inclinaba á volver sobre la sociedad el severo 
tratamiento de que ella le habia hecho obgeto. 
Esforzándose en agradar á su maestro que no le 
miraba bien, y venciendo al fin su tenacidad, le 
obligó á que le comunicara sus principios. En 
posesión ya de los secretos de la escuela, no le 
pareció decisivo el obgeto de aquella enseñanza, 
por manera que si Antístenes queria ostensible- 
mente correjir las pasiones, Diógenes comenzó 
á madurar el plan de destruirlas. Entre tanto la 
escuela de Antístenes se cerró á tiempo de que 
todos empezaban á recordar la frase con que Só- 
crates le habia satirizado cuando le dijo: « Te 
descubro la vanidad, por entre los agujeros del 
manto.» 

Cerrada aquella escuela, quedó Diógenes en 
aptitud de ensayar una enseñanza tal cual se 
avenía á sus deseos, pero bien pronto los suce- 
sos mas raros le apartaron de su vocación para 
sumirle en nuevas desgracias. Dióse á viajar, 



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52 Estudios Literarios 

según unos para instruirse, y según otros por 
motivos políticos ; pero como quiera que fuese, 
resultó que al dirijirse á Engina le capturaron 
unos piratas vendiéndole al corintio Jeniades, 
quien le confió la educación de sus hijos. Cum- 
plido el aprendizaje de los jóvenes, sea porque 
hasta allí llegase el compromiso contraído, ó sea 
porque su talento profundo y su carácter festivo 
íe [allegasen simpatías, tuvo libertad de elejir el 
sitio de su residencia y determinó pasar los 
inviernos en Atenas y los veranos en Corinto. 
Entonces comenzó á estenderse la noticia de su 
fama y empezaron á celebrarse los dichos agu- 
dos, intencionados, orijinales, que brotaban á 
cada instante de sus labios. Sin tener propia- 
mente un local donde enseñar, se le veía en el 
pórtico de los templos, en los caminos y en las 
plazas, seguido generalmente de grupos de gen- 
tes que le provocaban con argumentos y obge- 
ciones inesperadas, á fin de aprovecharse de sus 
respuestas. Unas veces le festejaban y otras le 
insultaban y golpeaban, pero él recibía con la 
misma tranquilidad los aplausos como los insul- 
tos y los golpes. 

El ejemplo que presentaba á sus discípulos era 
su propia individualidad : « pobre, errante, sin 
patria ni asilo,— decia— oponiendo el valor á la 
fortuna, la naturaleza á las leyes, la razón á las 
pasiones. » El hombre ideal que él se habia forja- 
do, no lo hallaba sino en sí mismo, pero creía 
que los espartanos estaban en camino de llegar á 
igualarle, asi es que refiriéndose á ellos, dijo un 
dia: « No he visto hombres en ninguna parte, 



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T>ió genes y sus Ideas 53 

pero he visto niños en Lacedemónia. » Y otra 
vez que venia de allí, le preguntaron en la plaza 
de Atenas: « ¿ De dónde vienes ? » á lo que res- 
pondió: « Del aposento de los hombres al de las 
mujeres. » Esta dureza era la que le grangeaba á 
par de muchos admiradores, una buena cantidad 
de enemigos. Pero él buscaba el bullicio y el gen- 
tío para despacharse á su gusto, pues careciendo 
de local fijo para escuela y hallándose poco ave- 
nido á escribir libros, necesitaba un auditorio 
que le oyese y que grabase en el fondo del alma 
las máximas que arrojaba á manos llenas entre 
chistes sangrientos. Gustaba de las definiciones 
exactas y délas demostraciones por ejemplos, asi 
es que cuando Platón definió al hombre diciendo 
« que era un animal de dos pies y sin plumas, » 
Diógenes salió del recinto en busca de un gallo, 
le desplumó, y volviendo á la escuela le arrojó en 
medio de los circunstantes, exclamando « ved 
ahí el hombre de Platón, » de lo cual sonrió has- 
ta el mismo maestro. 

La estension de su fama, hacía cada vez mas 
crecido el séquito de sus acompañantes y la mul- 
tiplicidad de las respuestas que le obligaban á dar. 
Algunas de ellas han sido tan célebres, que la tra- 
dición las ha conservado. Preguntóle cierto in- 
dividuo: « ¿ cómo me vengaré de mi enemigo ? » 
« siendo mas virtuoso que él, » le replicó. Otro le 
dijo para satirizarle: « te dan muchos nombres 
ridiculos » y él respondió, encojiéndose de hom- 
bros: « pero yo no los tomo » Aludiendo á las 
faltas de su padre, le gritó un maldiciente: « Tú 
eres de Sínope, pero los vecinos te obligaron á 



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54 Estudios Literarios 

salir de la ciudad » — « y yo les he condenado á 
quedarse en ella, » dijo Diógenes. Un estrang-ero 
nacido en Minda, pequeña ciudad de puertas 
muy grandes, le preguntó qué le habia parecido 
su pueblo: «He aconsejado á sus habitantes — 
respondió el filósofo — que cierren las puertas 
para que no se les escape. » « ¿ Por qué te llaman 
perro ? » — le preguntó un parásito. — « Porque 
acaricio á los que me dan de comer, ladro á los 
que me lo niegan y muerdo á los picaros. » « ¿ Y 
cuál es — prosiguió el parásito — el animal mas 
dañino? » — « Entre los animales salvajes el ca- 
lumniador, y entre los caseros el adulador.» Tam- 
bién sabía animar á la virtud y humillar la* au- 
dacia. Aun joven á quien le salieron los colores á 
la cara por haber oído de uno de sus amigos una 
espresion obscena, le dijo: « ¡ ánimo hijo mió ! 
esos son los colores de la virtud. » Á otro joven 
que le dio una bofetada, le replicó sin inmutarse: 
« Muy bien! me enseñas una cosa, y es que nece- 
sito un casco ! » 

Era parsimonioso en sus resoluciones, pero sa- 
bía revestirlas de un significado tan oportuno 
que moralizaban. Hallándose dentro de una ciu- 
dad griega sitiada por un grande ejército, dijo 
que todos debían trabajar para defendef se, y á fin 
de predicar con el ejemplo dio una vuelta al tonel 
dentro del cual acostumbraba á albergarse: la ciu- 
dad se entusiasmó. Cuando Alejandro se presentó 
en Corinto, tuvo ocasión dq darle la lección mas 
grande que nunca haya recibido un déspota. Ve- 
nia el macedonio engreído por su creciente fortu- 
na : había puesto de su parte á los Tésalos, con- 



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T>iógenes y sus Ideas 55 

vocado á la asamblea de la Helada que le nombró 
gefe supremo de los griegos, aterrado á Tebas y 
á Atenas, humillado á Demóstenes, y hecho asesi- 
nar á Átalo el insultador de Filipo. Sabiendo que 
Diógenes estaba en Corinto, se hizo conducir 
hasta el sitio donde tomaba el sol en el tonel que 
le servia de morada. Púsose delante del filósofo, 
y dirijiéndole la palabra, le dijo : « Soy Alejandro, 
puedo darte lo que me pidas ¿qué quieres de mí?» 
« Que no me quites el sol » le replicó Diógenes 
sin mirarle. Yes fama que el déspota corrido por 
aquel supremo desden, esclamó: «Á no ser yo 
Alejandro, quisiera ser Diógenes » . 

Una consecuencia de ideas tan ejemplar y un 
carácter tan firme que predicaba con el ejemplo, 
dieron necesariamente á Diógenes influencia bas- 
tante para formar una escuela. Zenon y los estoi- 
cos son los herederos de su doctrina y los conti- 
nuadores de su propaganda, que reasumieron en 
estas palabras adoptadas por lema filosófico : 
« Soporta y abstente » . Bien que se haya comba- 
tido á los estoicos por haber predicado la indife- 
rencia que mató el sentimiento de la libertad y de 
la patria, declarándose ciudadanos del mundo y 
absteniéndose de inmiscuirse en las evoluciones 
de la vida popular, no es á ellos solos á quienes 
conviene acusar de este error, sino á la índole de 
la filosofía de aquellos tiempos. Sócrates y Platón 
sehabian denominado también ciudadanos del 
mundo ; y el ütimo de estos filósofos habia ense- 
ñado el menosprecio de las instituciones nacio- 
nales, que es siempre precursor de la ruina de los 
pueblos. Diógenes tiene en su propia vida una 



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$6 Estudios Literarios 

circunstancia atenuante que esplica la indiferen- 
cia para con su patria nativa : arrojado de su país 
por culpas ajenas, convertido en ludibrio público 
por causa de aquella proscripción que decidió de 
su suerte, no podia el filósofo levantar con honor 
el nombre de un pueblo que le recordaba su des- 
honra, y era causa eficiente de la inquina social 
de que se sentia á todas horas víctima. 

Pero no se puede negar á Diógenes la influen- 
cia que ejerció sobre la literatura griega, presen- 
tando á los sabios de su tiempo el ejemplo vivo 
de todas las conclusiones que sus principios le 
precisaban á aceptar ; y volviendo el sentido pro- 
pio á las palabras y el significado exacto á las 
ideas, bastante conturbadas ya por algunos deli- 
rios y especulaciones mas ingeniosas que acepta- 
bles de Sócrates, Platón y sus adeptos. Diógenes 
inauguró el reinado de una filosofía que aspiraba 
á comprobar los principios por los hechos, y que 
deseaba ensayar la capacidad resistente del hom- 
bre sometiéndole á las últimas pruebas antes de 
discernirle el dictado de filósofo. Operando sobre 
el espíritu de una sociedad pervertida, enseñó el 
desprecio al lujo y á las comodidades, el desden 
para con los poderosos, y la resistencia á toda 
preocupación arraigada. Singular efecto debió 
causar sin duda esta doctrina, en un pueblo que 
como Atenas se habia deslumhrado ante el lujo y 
las disipaciones de Alcíbiades, se preparaba á 
erijir trescientas sesenta estatuas á un tirano es- 
trangero, y se creia hijo de los dioses. Ridiculiza- 
das las virtudes antiguas, Diógenes no tenia como 
Solón una multitud joven y entusiasta sobre quien 



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THógenes y sus Ideas 57 

influir, sino una sociedad gastada que ahuyen- 
tando como un recuerdo enojoso los tiempos de 
Arístides, se echaba muellemente en brazos de 
Alejandro, 

Por otra parte, los dos grandes filósofos cuyas 
doctrinas alcanzaban mayor boga, se perdían en 
congeturas muy perjudiciales. Sócrates habia 
hablado de un « demonio familiar » ó «genio es- 
pecial é independiente » que inspira al hombre, 
lo cual era como concedernos dos almas. Platón 
habia perdido su tiempo en escribir el plan de 
una República cuyas reglas de gobierno eran tan 
absurdas como las visiones de un maniaco. Era 
necesario atacar de frente estas dificultades, con 
tres grandes argumentos prácticos, á saber: 
I.*" probando la unidad del espíritu, por la exhi- 
bición de una voluntad sin límites para resistir á 
las pasiones: 2.° estableciendo netamente la im- 
posibilidad de dar un vuelco á las bases primor- 
diales de la sociedad, desde que reducidas las 
necesidades del hombre á su esprcsion mínima 
todavía requería éste el concurso social para 
vivir, y 3.° que las leyes no reforman nada, mien- 
tras no representen las costumbres, las tenden- 
cias y la índole de los pueblos en que se estable- 
cen. Esto es lo que consiguió Diógenes con su pro- 
paganda: hasta las exajeraciones de que se valió 
no hicieron más que robustecer sus principios. 
Advirtamos de paso, que esto también era todo 
lo que podia dar el paganismo, del cual es Dióge- 
nes uno de los representantes más conspicuos. 
Porque cuando el mundo se apartó de la Revela- 
ción para entregarse á la idolatría, dejando üni- 



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58 Estudios Literarios 

camente á los hebreos el concepto cabal de la Di- 
vinidad, y por lo tanto, la clarovidencia de los 
primeros principios ; cayó sobre el espíritu hu- 
mano como una techumbre que atajaba toda luz ; 
y no pudo la reacción filosófica, apesar de sus 
esfuerzos, disipar totalmente las sombras de 
aquella oscuridad. El estoicismo, siendo indis- 
putablemente la mas austera de las concepcio- 
nes del paganismo, por la rijidez de su moral 
y el vigor de sus tendencias, no llenaba sinem- 
bargo las aspiraciones secretas de la humanidad, 
ni podia rejenerarla . Prueba de ello es, que 
cuando pasó de doctrina filosófica á procedi- 
miento político elevándose al trono con algunos 
de los emperadores romanos, persiguió dura- 
mente al cristianismo, lo que demuestra que le 
era contrario. Así pues, los esfuerzos de Dióge- 
nes empeñándose en hacer viables sus propó- 
sitos, no debían alcanzar el resultado que él se 
esperaba, por más que encarrilasen las ideas de 
su tiempo, y prepararan por la iniciación de la 
doctrina estoica, el asilo á que se refujiaron mu- 
chas almas fuertes del mundo antiguo. 

Además, aquella sencillez brutal de porte, má- 
ximas y conducta, trajo necesariamente una reac- 
ción en el estilo figurado, en la cargazón retórica 
y en las exajeraciones melindrosas que comenza- 
ba á afectar la literatura griega. Perdieron las le- 
tras en adorno lo que ganaron en profundidad. 
Un estilo sencillo, conciso y descarnado sucedió 
al estilo ampuloso en usanza. Á las digresiones 
vagas y nebulosas con que comenzaba Platón sus 
escritos, reemplazaron los argumentos claros de 



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T>tógenes y sus Ideas 59 

Aristóteles, que se hace dueño de su asunto á la 
primera palabra, diciendo todo lo que debe decir 
y nada mas de lo que debe decir. La dignidad 
histórica que andaba proscrita desde Tucidides, 
empezó á presentir á Plutarco. Combatidos los 
estoicos en su sistema filosófico, fueron sinem- 
bargo imitados en la sencillez de la espresion, en 
el toque varonil de los escritos y en la concisión 
apotégmica del discurso. Salvóse la literatura 
griega del escollo de la pedantería que ya comen- 
zaba á invadirla con sus mejores maestros, pues 
Isócrates solo, habia empleado diez años en pulir 
su panegírico de Atenas, resultando un discurso 
amanerado lo que en sus comienzos era una obra 
maestra . 

La elocuencia hablada recibió igual impulso 
que la elocuencia escrita. Callaron los sofistas 
muchas veces ante la palabra espléndida de De- 
móstenes, y ante el razonamiento grave é inten- 
cionado de Focion. Este último orador sobre 
todo, estoico puro sin saberlo, por su austeridad 
de vida y de lenguaje, consiguió triunfos sin ser 
nunca aplaudido de sus oyentes. Quiero referir 
por cuenta de Plutarco que la ha narrado, una 
anécdota que le concierne. Defendía Focion en 
cierta ocasión un dictamen como todos los suyos, 
opuesto al de la generalidad, pero fué tanta su 
elocuencia, que el pueblo rompió en frenéticos 
aplausos. El orador se volvió entonces á sus ami- 
gos, y en tono de admiración les dijo: ¡ Si habré 
yo propuesto sin advertirlo, algún desatino ! Es- 
te rasgo prueba á qué punto hablan llevado los 
sofistas la elocuencia de la tribuna, y cuan nece- 



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6o Estudios Literarios 

sario fué que el estoicismo ó el cinismo como se 
le llamaba entonces, desalojase de tan elevados 
puestos á la pedantería amanerada, que habia 
dado en estipular precios para venderse mejor á 
los enemigos de la patria. 

Admira en verdad, que reconociéndose en Dió- 
genes al promotor de esta revolución, suene tan 
poco su nombre en los libros y en los discursos 
de aquel tiempo, de tal suerte que no parece que 
fuesen sus ideas las que triunfasen; pero es de 
advertir que siendo este filósofo un revoluciona- 
rio, convenia á todos echar un velo sobre su nom- 
bre, por mas que se sintiesen arrastrados á sus 
principios. Por otra parte, él mismo se habia ce- 
rrado el camino de los puestos políticos por la 
estravagancia exajerada de sus procederes, y los 
ciudadanos encargados de discernir los honores, 
no hablan de dárselos á quien hacía tan público 
desprecio de sí mismo y de los hombres de su 
tiempo. Pero los hechos demuestran que su fa- 
ma era superior á los inconvenientes que se opo- 
nían á estenderla, por que de otro modo no hu- 
biese Alejandro empeñádose en visitarle, ni las 
sentencias unas veces amargas y otras chistosas 
que proferia como de paso, hubieran vivido en la 
tradición y estrechado relaciones con la poste- 
ridad. Solo á los hombres ilustres les es permi- 
tido dejar memoria de sus acciones sin escribir- 
las, y Diógenes lo era. 

Su escuela filosófica se titulaba la escuela cínica: 
una casualidad hizo que cambiara de nombre, 
cuando Zenon empezó á enseñar bajo un pórti- 
co llamado en griego estoico. El tiempo también 



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T>iógenes y stis Ideas 6i 

contribuyó á que el plan de la enseñanza cambia- 
se, y así que Zenon y sus discípulos se apercibie- 
ron de que el estoicismo no hacía fortuna como 
doctrina política, lo propagaron como doctrina 
moral para consuelo de las almas austeras. Tal 
vez disuene al oído la palabra austeridad acom- 
pañando al nombre de la escuela de Diógenes, 
pero cumple advertir, que la extravagancia de 
este filósofo jamás pasó de ciertas acciones ; pues 
corre como opinión muy válida que sus costum- 
bres íntimas eran puras, y que nunca se entregó 
ala disolución, ni hizo escarnio de la verdadera 
virtud. Quería sí que los hombres fueran virtuo- 
sos por la resistencia al sufrimiento, y como la 
juventud ateniense y corintia no se atrevía en su 
afeminación á emprender un ensayo tan atrevido, 
Diógenes la provocaba á correjirse poniéndola 
por espejo al hombre de la naturaleza, que aspi- 
raba á representar por sí mismo. 

Las ideas relijiosas de Diógenes no están bien 
definidas. Es indudable que no tenia una visión 
tan clara de la existencia de Dios como Sócrates ; 
pero tampoco una idea tan antifilosófica y bi- 
naria del espíritu como Platón, quien enunció la 
doctrina apropiada en nuestros dias por'Kant so- 
bre las formas ó preexistencia del alma antes de 
unirse al cuerpo. Pero Diógenes creía en la fuer- 
za de la razón, del valor y de la virtud, dotes que 
provienen del espíritu. Sus discípulos recono- 
cieron una ley universal y superior que go- 
bierna al mundo, y una sustancia única y ma- 
terial que encierra el principio activo de la 
vida del cuerpo. Como las escuelas filosóficas de 



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6a Estudios Literarios 

la Grecia dividían su enseñanza en dos cursos, el 
uno llamado esotérico y que solo se comunicaba á 
los iniciados, y el otro titulado exotérico que se 
enseñaba al vulgo, no tenemos el verdadero pun- 
to de partida para juzgar de las ideas capitales 
que constituian el fundamento de la enseñanza 
estoica. Añádase á esto que Diógenes no escribió 
nada, y que los escritos de Zenon se han perdido. 
La crítica investigadora de nuestros tiempos, 
se preguntará sin duda ¿ qué hubiera ganado la 
Grecia, si Diógenes en vez de encarrilar las ideas 
literarias de su tiempo, hubiese triunfado en el 
terreno politico inaugurando un sistema nuevo ? 
Aunque la respuesta sea difícil, debe darse. Cuan- 
do las sociedades retrogradan desdé la cumbre 
de la civilización hasta la sencillez de los dias pri- 
mitivos, el gobierno cae en manos del mas fuerte. 
Por un efecto contrario, cuando la civilización 
llega á su auje y las costumbres se pervierten sin 
dejar esperanzas á una rejeneracion proficua, el 
gobierno cae en manos del mas corrompido. Co- 
locada la Grecia pues, en la disyuntiva de sucum- 
bir por la corrupción ó rejenarse por la revolu- 
ción, prefirió lo primero aceptando á Alejandro, 
antes de aventurarse en lo último que era lo que 
la ofrecía Diógenes. Este proceder por otra parte 
era lójíco. La sociedad griega había gastado sus 
fuerzas sin llegar á una solución definitiva de go- 
bierno, y se hacía tarde ya para emprender esta 
reforma que no pudo llevarse á cabo ni en los 
tiempos de la grandeza. Era justo que pereciera 
Diógenes, donde no habían sabido triunfar ni Te- 
místocles ni Epaminondas. 



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T>iógenes y sus Ideas 63 

Presenta el fondo del carácter de Diógenes una 
integridad y un sentimiento griego equivalente 
el patriotismo, que desmienten muchas de las 
acusaciones que se le hacen. Bien que ese pa- 
triotismo sea griego y no Sinópico, y apesar de 
que su integridad fuera hija de su desprecio á los 
goces ; no por eso se han de tener en menos es- 
tas dos manifestaciones de su espíritu. Es fama 
que tomó parte en las desgracias de Atenas, 
batiéndose como soldado en Queronea contra 
Filipo de Macedonia. Es de irrecusable verdad 
que despreció las ofertas y los donativos de 
los poderosos, y mientras Aristóteles aceptaba 
de Alejandro 800 talentos para comprar una 
librería, Diógenes le pedia que no le quitase la 
luz del sol. Conviene tener presentes estos ejem- 
plos, para juzgar del fruto de su enseñanza. Pue- 
den atribuírsele muchos defectos á su escuela, 
pero no se negará que en último resultado ella 
se proponía crear hombres, y esto es ya sufi- 
ciente para mirarla con algún respeto. El mismo 
Diógenes tuvo ocasión de decirlo en la plaza 
pública, cuando le preguntaron cual era el fruto 
de su filosofía: «Viéndolo estáis — respondió — 
hallarme dispuesto á todo. » 

Platón alimentó siempre una enemistad muy 
pronunciada contra Diógenes : verdad es que 
Platón era muy desabrido con los que no se 
dejaban guiar por él. Como el crédito de Dióge- 
nes llegó á eclipsar en muchas ocasiones al suyo 
propio, vivía fastidiado de saberlo. Para repu- 
tarle de iluso, dijo un día señalándole : «Este es 
Sócrates delirando». Otra vez, como que un 



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64 Estudios Literarios 

corrillo le compadeciera porque estaba recibiendo 
sobre la cabeza el agua que caía de la alto de una 
casa, Platón que acertó á pasar por allí dijo á los 
circunstantes : « ¿ Queréis que le sea útil vuestra 
compasión? pues haced como que no le veis. » Ya 
sabemos, empero, que Diógenes respondía á 
esta sátira de palabras con sátiras vivas, como 
la del gallo desplumado. Era imposible por lo 
tanto, combatirle con el ridículo, porque él tenia 
el don de ridiculizar á todos, sea humillándoles 
con su paciencia, sea reduciendo á la última 
espresion la parte falsa de sus doctrinas. Aper- 
cibido constantemente á la lucha, jamás le cojie- 
ron sus enemigos en disposición de no poderles 
hacer rostro. Era la ironía eterna clavada en el 
corazón de aquella sociedad corrompida, y mo- 
fándose de las debilidades que no podía destruir. 
Las raras pruebas á que se entregaba y el con- 
tinuo vagar de sus escursiones, fortalecieron su 
temperamento permitiéndole gozar de buena 
salud y larga vida. Indiferente al sol, al frío, á las 
lluvias y á la nieve, nunca triste, á lo menos en 
la apariencia ; alternativamente irónico ó humilde 
pero en ningún caso apocado, podía reconocérse- 
le por las ásperas huellas que dejaba tras de sí y 
que se trasparentaban en el semblante ya com- 
pungido, ya sonriente de los que le iban escu- 
chando. Los estrangeros que llegaban á Corinto 
ó á Atenas durante la estadía de Diógenes en 
cualquiera de estas dos ciudades, quedaban ma- 
ravillados de su doctrina, y hubo muchos que lo 
abandonaron todo por seguirle. No se esforzaba 
en convertir á sus oyentes, y necesitaba menos 



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T>iógenes y sus Ideas 65 

que ningún filósofo de hacerlo, porque siendo en 
si mismo ejemplo práctico y resumen de su doc- 
trina, no habia más que verle para pronunciarse 
en pro ó en contra de ella. Así pasó su vida aquel 
hombre estraordinario, escudándose tras del des- 
precio de sí y de los demás, como el arma mas 
terrible que pudiera esgrimirse contra una socie- 
dad corrompida. Murió á los noventa años de 
edad ; y sobre su sepulcro colocaron un perro 
labrado en mármol. ¿Acaso quería el pueblo 
significar con esto, que reconocía en Diógenes la 
fidelidad grotesca pero noble del animal que mas 
ama al hombre? 

Era Diógenes de complexión fuerte, rostro sim- 
pático y hablar elocuente. Usaba la barba larga, 
apoyábase generalmente en un palo, y llevaba 
una alforja al hombro como los mendigos. No 
gastaba ni sombrero, ni zapatos, ni túnica, cu- 
briéndose con un capote ó manto que completa- 
ba su aspecto mendicante. Su conversación era 
fluida, elegante y variada, por lo cual le buscaban 
con frecuencia los personajes de su tiempo á fin 
de solazarse oyéndole. En las tertulias sabia mo- 
derar los resentimientos con chistes oportunos, 
y así como era de irónico en la calle, era de com- 
placiente y agradable en la sociedad privada. El 
pueblo le amaba, pero él nunca correspondió á 
ese cariño con la adulación. Nc se sabe que Dió- 
genes haya dejado descendencia directa de su 
persona. 




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LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 




ERA siempre motivo de profundo estu- 
dio, la averiguación del aspecto presen- 
tado por las sociedades humanas al em- 
prender una de esas revoluciones que 
han decidido su porvenir irrevocablemente ; y 
no hay documentos más autorizados para carac- 
terizar sus rasgos fisionómicos, que la poesía po- 
pular, reflejo verídico de las impresiones diarias. 
Pero sucede con frecuencia, que los observadores 
repugnan acudir á tan humildes anales; pues 
sobre desdeñarlos á causa de su aparente pobre 
za de información ; les parece que de esa pobreza 
misma se desprende como un estigma que des- 
acredita de antemano al investigador y su obra. 
Hasta dónde sea falso este concepto de la labor 
historial, se comprenderá con echar la vista $obre 
la cuantiosa producción de libros, donde el re- 



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68 Estudios Literarios 



lato de lo pasado resulta tan incompleto, que 
apenas podemos imajinar nuestros iguales á los 
hombres y las sociedades que allí se pintan. Si 
en los trabajos de esa índole, tienen los grandes 
personajes una rijidez estatuaria, y los pueblos 
unos movimientos mecánicos y ordenados que 
parecen cosa de otro mundo ; es por que han si- 
do secuestradas de su alrededor las discordan- 
cias y confusiones anexas á la ajitacion de la vida; 
de modo que el factor esencial de su movilidad 
necesaria, brilla por una ausencia deplorable. 
Con lo cual vienen á asemejarse tales narracio- 
nes, á otros tantos cuadros de gabinete óptico, en 
que el espectador contempla episodios de toda 
clase, muertos sobre látela, apesar de la ingenio- 
sa combinación de las luces y el vidrio. 

Desde que los escritores clásicos hicieron des- 
cender sus héroes de los dioses, presentándoles 
al público solo en el fragor de las lides ó en los 
riesgos de poéticos amores ; se ha formado una 
escuela de hombres doctos, que apoyándose en 
lo que ellos llaman la majestad de la historia, pre- 
tenden imponer un criterio especial para la na- 
rración de las cosas antiguas ; deificando en lo 
posible las individualidades y los pueblos de su 
mayor predilección. En balde la crítica galvaniza 
á unos y otros, haciendo comprensible su vida 
con el pormenor de flaquezas y debilidades que 
constituyen el embalaje típico de este fardo de la 
existencia ; en balde se afana por demostrar la 
antolojía que los seres racionales del pasado eran 
hombres idénticos á nosotros, y por consecuen- 
cia, las colecciones de esos seres, constituían 



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Los Poetas de la Revolución 69 

sociedades al igual de las nuestras ; todo es en 
vano, porque los sostenedores de la majestad de 
la historia se niegan á asentir sin remordimiento, 
que los pueblos de su devoción pasaran por 
nuestras miserias diarias; oque Rómulo fuera 
un capitán de bandoleros, ó Alejandro un borra- 
cho apesar de su grandeza, ó que Homero antes 
de producir sus famosos poemas hubiese cur- 
sado métrica al igual de cualquier moderno 
estudiante de literatura. 

Esta enorme disparidad, sistemáticamente in- 
troducida entre los hombres del pasado y noso- 
tros, es la que ha provocado la admiración servil 
que nos anonada hasta el punto de creernos en el 
siglo del vapor y de la electricidad, no solo infe- 
riores á los antiguos griegos y romanos, sino tam- 
bién á los apóstoles de la revolución francesa, en- 
tre quienes, sea dicho de paso, habia un surtido 
bastante considerable de majaderos y malvados. 
Y de ahí resulta, que cuando nos damos á ras- 
trear nuestros anales propios, es tan grande el 
desconsuelo que nos invade al encontrar frescas 
las huellas de la vida de nuestros mayores, que 
casi nos sentimos inclinados á negarles toda ma- 
nera de superioridad, supuesto el irrefragable 
testimonio de su vulgar desarrollo físico y de su 
modo de ser habitual. 

En esto, como en todas las cosas de nuestro 
tiempo, aparecen los resabios paganos de que es- 
tamos infiltrados; pues no de otro modo se espli- 
ca esa preeminencia esencial atribuida á ciertas 
individualidades y pueblos, que subiendo hasta 
la doctrina de la superioridad de las castas y del 



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70 Estudios Literarios 

orijen divino de los héroes. Afortunadamente, el 
estudio razonado de los hechos desmiente esas 
pretendidas superioridades, demostrando que la 
Providencia se ha valido en todos los tiempos, de 
instrumentos humildes para sus grandes fines. 
Pastores contemplativos de la raza de Seth, fue- 
ron en lo antiguo quienes echáronlas bases de la 
astronomía estelaria que debía denunciarlas ma- 
ravillas de Dios á los hombres. Doce pobres ju- 
díos inauguraron la Era Cristiana, propagando 
la buena nueva en el mundo, sin mas títulos visi- 
bles que su ardiente fé. Un alfarero francés y al- 
gunos italianos oscuros, enunciaron los princi- 
pios fundamentales délas ciencias físico-químicas 
que hoy comprueban la revelación genesiaca. 
¿Tiene algo de estraño entonces, que al igual de 
los iniciadores de las revoluciones científicas y 
teolójicas, sean hombres genéricamente humil- 
des ü oscuros los iniciadores y propagadores de 
las revoluciones sociales y políticas? Lo admira- 
ble en esto, es que pueda haber quien se admire 
todavía de la reproducción del hecho, cuando es 
tan singular y uniforme su manifestación en la 
vida. 

Por otra parte, si ha de reaccionarse contra el 
clasicismo exaj erado que pugna por naturalizar 
entre las generaciones presentes un concepto 
artificioso de los acontecimientos trascurridos ; 
no hay otro remedio que devolver á la verdad sus 
derechos, contando las cosas como pasaron y 
pintando como fueron á los hombres. Precisa- 
mente en lo que concierne á las revoluciones, es- 
te es el único criterio admisible y sano ; pues al 



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Los T^oetas de la Revolución 71 

impulso de su arranque formidable que saca to- 
das las cosas de quicio, para volverlas triunfal- 
mente á un orden nuevo después de modificar las 
instituciones y las costumbres ; es que pululan 
los tipos orijináles, salidos como por sorpresa á 
la escena, y de los cuales no se puede prescindir 
sin riesgo de alterar un tejido donde todos los 
puntos de la trama ofrecen la misma relatividad 
de importancia. 

Si la sicolojía tuviera medios de investigación 
tan sutil para encontrar los secretos del alma, 
cual los tienen los fisiólogos para sorprender las 
manifestaciones de la vida entre las envolturas 
de la materia orgánica^ seria digno de la mayor 
atención asistir al crecimiento de una idea en la 
mente de los hombres llamados á realizarla. Ha- 
bia de verse entonces que la palabra balbuciente 
del rústico, dio muchas veces al genio fórmulas 
iniciales para ordenar pensamientos cuya inco- 
herencia le fatigaba sin alce ; mientras que otras 
veces, del accidente mas ajeno á su preocupa- 
ción dominante, sacó la enseñanza precisa que 
buscaba en vano entre las torturas del insomnio. 
Trasladando este raciocinio, de la esfera de las 
personalidades al conjunto popular, se concibe 
cómo las ideas que apasionan á las multitudes, 
sufren iguales vaivenes en el correr de su marcha. 
El discurso de aquel tribuno, la victoria de este 
general, concretan un momento lúcido en las 
grandes situaciones ; pero lo que inspiró ese dis- 
curso y lo que propendió á aquella victoria ; es 
decir, los entusiasmos, las esperanzas, el espíri- 
tu de sacrificio, los consejos amistosos, el contá- 



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72 Esludios Literarios 

jio de los ejemplos heroicos : todo eso junto, ha 
tenido sus fases de elaboración en el hombre pri- 
vilejiado que pudo asimilarlo á su persona, para 
realizar en un dia lo que era la aspiración cons- 
tante de muchos. 

Siendo éste el proceso natural de las ideas, se 
concibe cuan poco atinado será cualquier ensayo 
de investigación, que teniendo por norma las 
cosas pasadas, desprecie las personalidades y 
sucesos humildes, para fijarse solo en los aconte- 
cimientos retumbantes y en los hombres de pri- 
mera fila. Por eso es que hemos de inquirir los 
rasgos fisionómicos de nuestra sociedad de 1811, 
en el arsenal popular de sus crónicas versifica- 
das, sin cuidarnos de los cronistas y aun de su 
corrección, en cuanto importe al espíritu que 
informa esos relatos accidentales; bien enten- 
dido empero que esto no implica proclamar la 
indulgencia plenaria á sus pecados literarios, sino 
dejar establecido cuando más, que no por causa 
de los pecados debe hacerse caso omiso de los 
pecadores. 

Los revolucionarios de 181 1, tuvieron también 
sus poetas. No habia de ser privilejio esclusivo de 
los servidores del rey, la facultad de reflejar sen- 
timientos y aspiraciones intimas en el lenguaje 
de la gaya ciencia ; que al igual de ellos alimen- 
taban esperanzas capaces de trascender al este- 
rior, los republicanos comprometidos á elejir 
entre la victoria y la vida. Pero así como el vis- 
toso armamento y la elegante apostura de los 
ejércitos y capitanes realistas, denunciaban la 
superioridad de sus recursos materiales; así 



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Los Poetas de la Revolución 73 

también el pulimento de sus letras hacia presen- 
tir la superioridad de una educación más esme- 
rada de la que en general tenian sus contrarios. 
Del lado del rey, con Figueroa y Pérez Castella- 
nos, estaba la frase atildada, el giro redondo y la 
dicción fácil ; mientras que del lado de Artigas, 
con Valdenegro é Hidalgo, solian andar el decir 
ampuloso y el verso duro ; señales inequívocas de 
instrucción deficiente. Es cierto que algunas es- 
cepciones como el P. Martínez y don Francisco 
Araucho podian oponerse á tanta pobreza de for- 
mas, siquiera por ser ambos conocedores de los 
antiguos clásicos, pero con todo, ni uno ni otro 
atinaban á dar aquella nota eminente que vibra 
para enseñorearse de las voluntades, encami- 
nando el gusto público á un ideal nuevo y con- 
creto. 

A poder caracterizar el movimiento literario de 
la Revolución, diríamos que los esfuerzos de sus 
adeptos remedaban un coro de avecillas princi- 
piantes, ensayando todos los tonos sin acertar 
con ninguno; bien que no quedara tema por 
abordarse en las manifestaciones sucesivas con 
que la escritura traducia el pensamiento revolu- 
cionario. Aquella era la época del verso : hasta 
en la cubierta de los pliegos oficiales destinados 
á los realistas, solian sus contrarios escribir es- 
trofas; sustituyendo el lenguaje corriente y usual, 
por la entonación rítmica, como mas adecuada á 
la alteza de sus concepciones. Habia mucho de 
ternura en esta tendencia á poetizar cuanto se 
refiriese á la patria, prestándola el culto de las 
musas ; pues Musa ella misma para aquellos ru- 



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74 Estudios Literarios 

dos conjurados, sólo ella podía suavizar los te- 
rribles instintos que desarrolla en las masas el 
duro oficio de la guerra. 

Leyendo las imperfectas estrofas de sus trova- 
dores, se vé hasta donde llevaban esta idealiza- 
ción de la patria ; que para ellos no era solo el 
territorio nacional con sus habitantes y tradi- 
ciones; sino todo eso pesonificado además en 
una mujer de formas semi-divinas, sujeta á do- 
lores y alegrías especiales, vagando en el espacio 
y eternamente preocupada' de nuestras cosas. 
Tal era la deidad por cuyo amor se debía morir : 
cuyo nombre no se podía ofender ; cuyos agra- 
vios vengaba Dios mismo, dando fuerza al brazo 
de sus hijos para escarmentar á los tiranos. De 
ahí, los cánticos en que alternativamente brilla- 
ban el orgullo y la piedad, la dedicación y la fie- 
reza ; entonados á coro en los fogones al son de 
la guitarra, y propagados en las largas noches de 
espera por las encrucijadas y las lomas que cru- 
zaba solitario algún chasque medio dormido. 

¿De dónde provenían tan estrañas novedades 
en el modo de concebir el ideal de la patria, y 
la noción de los castigos providenciales augura- 
dos afosque la ultrajasen ? ¿ Quién había imbui- 
do entre las huestes de la revolución, compuestas 
en su casi totalidad de gentes sencillas é indoc- 
tas, una concepción tan poética del patriotismo; 
y tan reñida con la concepción majestuosa y 
severa de los españoles sobre el mismo tópico ? 
¡ Quién había de ser, sino el pueblo llano de las 
ciudades y los campos, que no era español, ape- 
sar de que la ley imperante y las esterioridades 



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Los 'Poetas de la Revolución 75 

mecánicas de su sociabilidad lo hiciesen entender 
así ! Nada hay mas exacto ni menos conocido 
que este hecho, imprescindible sinembargo para 
dar la clave filosófica de nuestra revolución. 

Seducidos los españoles en el siglo xvi por las 
perspectivas que les habia abierto el descubri- 
miento de Colon, y enzelados por la rivalidad de 
los portugueses, lanzaron á estas latitudes multi- 
tud de espediciones esploradoras. Fué el Uru- 
guay un punto obgetivo para las maniobras au- 
daces de los grandes navegantes y soldados de la 
España de aquellos tiempos: pero en ninguna 
parte sufrieron ellos mayores reveses que en 
nuestro país. Dos espediciones marítimas bati- 
das; tres ciudades y varios fuertes militares arra- 
sados, dos ejércitos y algunos destacamentos 
importantes destrozados en campo raso; hé aquí 
el precio á que pagaron su atrevida tentativa de 
asentar dominio sobre la tierra de los charrúas. 
Abandonada esta conquista por imposible, re- 
solvieron los indios chanáes afiliarse voluntaria- 
mente á la nueva civilización en el primer cuarto 
del siglo XVII, y fundaron á Santo Domingo de 
Soriano. En seguida se aventuraron los jesuítas 
á establecer en el Norte sus célebres reducciones, 
con indios charrúas y guaraníes. Después vinie- 
ron los portugueses y fundaron la ciudad de la 
Colonia, cuya posesión fué tan disputada entre la 
corona española y la portuguesa, que hubo de 
hacer fracasar el tratado de Utrech. Y por últi- 
mo, viendo la España que un francés se estable- 
cía en Maldonado con tren de guerra y buena 
cantidad de pobladores, y que los portugueses 



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76 Esttidios Literarios 



echaban los primeros cimientos de Monterideq 
hizo un grande esfuerzo, y reivindicó el doininii 
de toda la tierra, estableciendo en ella su autori 
dad, después de haber despedido á los portugne 
ses, á los jesuítas y á los franceses. 

Pero no pudieron los conquistadores ni domi^ 
nar ni despedir á los charrúas, quienes terrible- 
mente adheridos al sentimiento de su libertad 
propia y de la independencia nacional, lucharon 
siempre por conservarlas. Órdenes muy rigoro- 
sas se dieron para estirpar aquella raza. Uno de 
los gobernadores (Andonaegui) firmó cierto pa- 
pel en el cual se mandaba degollar hasta los mu- 
chachos de pecho de aquella canalla perra ; pero la 
citada canalla era menos degoUable de lo que el 
caritativo gobernador se imajinaba. Conociendo 
entonces la imposibilidad de llevar á cabo sus 
proyectos de conquista, los españoles promovie- 
ron una corriente de inmigración canaria á nues- 
tro suelo, con el fin de traernos ya que no su mis- 
ma raza, puesto que los canarios son aMcanos, á 
lo menos la relijion y el lenguaje que ellos hablan 
hecho adoptar á uno de sus pueblos conquista- 
dos. De ahí que Montevideo y Maldonado recibie- 
ran un número crecido de estas familias, y que 
los primeros pobladores de la capital uruguaya 
fuesen agraciados con grandes lotes de tierra que 
les trasformaba en verdaderos señores feudales. 
Mas tarde, casuales remesas de asturianos y ga- 
llegos se establecieron en algunos puntos de la 
campaña. Pero mientras esta inyección de sangre 
hispana se efectuaba parsimoniosamente en el 
país, la raza primitiva desbordándose en las cam- 



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Lx>s T^oetas de la Tievolucion 77 

pinas del Norte y en las de Maldonado y Monte- 
ládeo, restablecía el equilibrio perdido y daba su 
antiguo tono á la población nacional. Los espa- 
ñoles mismos, escasos de mujeres, tomaban por 
suyas á las mujeres charrúas ; y nuestros indios, 
en los combates en que capturaban prisioneros, 
se abstenían de soltar las mujeres españolas que 
caian en su poder y con las cuales se unian. En 
conclusión pues, ya por las mujeres charrúas que 
se unian á los españoles, ya por las portuguesas, 
gallegas y canarias que se unian á los charrúas, 
el oríjen primitivo de nuestra raza recobró sus 
derechos, y cuando la Revolución estalló, la so- 
ciedad uruguaya no conservaba de la España otra 
cosa que su relijion, su lenguaje y la sabia orga- 
nización ^e la familia. 

Era por lo tanto un pueblo, todo un pueblo, 
con exijencias y tradiciones propias, quien se 
habia levantado á disputar en 181 1 la primacía 
del gobierno y del mando. Hasta los rencores de 
momento, que oscurecían los grandes servicios 
debidos á España, inclinando las muchedumbres 
con mayor predilección á recordar los desafueros 
desús tenientes, que á distinguir entre esa con- 
ducta y la solicitud próbida con que la Metrópoli 
habia muchas veces ocurrido á nuestras necesi- 
dades ; eran parte muy principal para ahondar 
el abismo entre los contendores. La civilización 
adquirida, siendo un elemento integrante de la 
sociedad, no podía apreciarse en todo su valor 
por los criollos que la disfrutaban desde la cuna; 
mientras que los vejámenes soportados por ellos 
ó sus mayores, vivían frescos en su mente y Ue- 



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78 Estudios Literarios 

naban de amargura su corazón. El criterio popu- 
lar estaba formado en la creencia de que sostener 
la causa española, importaba cambiar la repú- 
blica joven y lozana, por la vieja monarquía de- 
crépita que mata todas las iniciativas populares 
con su hálito letal : importaba reivindicar para 
Uñarte, La Rosa, del Pino, y Elio, el titulo de 
benefactores de una sociedad azotada por ellos: 
importaba levantar á la condición de axioma de 
gobierno, el aforismo de que « al criollo pan y 
palo » , y establecer como conclusión jurídica 
práctica, el canon reyuno de la Plaza de la Matriz 
donde se azotaban desnudos y hasta dejarles por 
muertos, á los infelices gauchos. 

Sobre este criterio político, reposaba el criterio 
literario de entonces; no en cuanto al gusto, sino 
en cuanto á la inspiración que presidia las com- 
posiciones en boga: pues el gusto, como concep- 
ción de lo bello, estaba lejos de haber nacido aún 
para lo general de las personas ilustradas de la 
colonia. Los que mucho sabían, después de sola- 
zarse con Cervantes y Quevedo, no hablan avan- 
zado mas allá de Rloja, Solis y Herrera, y los que 
solo conocían de oidas á estos autores, los consa- 
graban sin discusión, bajo la fé de la Real Aca- 
demia, cuyo testimonio les parecía superior á sus 
propios medios de análisis, y tal vez no se equivo- 
caban en ello. Así, pues, no existiendo la critica 
razonada ¿para qué escribir aquí, si del otro lado 
de los mares había una Real Academia apta para 
juzgar sin apelación, y muy poco dispuesta á pre- 
miar lo que saliera de los límites literarios esta- 
blecidos por los escritores reputados como maes- 



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Los Poetas de la Revolución 79 

T 

tros y representantes del ideal de los tiempos de 
Felipe II? Quién se hubiera atrevido á decir, que 
las celebradas gracias del Libro Verde de Queve- 
do, no son más que un hacinamento de majade- 
rías indecorosas, y que en su Gran Tacaño hay 
pajinas capaces de provocar náuseas al estóma- 
go mas fuerte? Quién hubiese sido bastante au- 
daz para probar que el Quijote^ admirable libro 
sin duda, no puede satisfacer el ideal de nuestro 
país, porque ni Sancho Panza se parece en nada 
á los hombres de nuestro bajo pueblo, ni hay en- 
tre nosotros quien desee atropellar molinos de 
viento como el buen caballero manchego, ni hol- 
gazanes que se echen á perseguir locos, como el 
bachiller Sansón Carrasco? 

Solamente gozaba de instrucción bastante para 
darse cuenta de estas cosas, la clerecía nacional, 
sabiamente instruida en las cuestiones mas ar- 
duas. Debíase este servicio, á uno de los pocos 
que hizo Carlos III á los españoles al reorganizar 
con empeñoso afán los estudios superiores, for- 
mando por ese medio un cuerpo de catedráticos, 
que distribuidos por todos los dominios de Es- 
paña, dejaron en ellos el sedimento de nutrida y 
copiosa ciencia que aprovechó con ventaja la si- 
guiente generación. Hasta las universidades de 
Chuquisaca y Córdoba y el Real Colegio de San 
Carlos en Buenos Aires, llegaron los beneficios de 
esa innovación apreciable, recibiendo sus educan- 
dos una escelente dotación de saber. De esos 
centros salieron para nosotros, el doctor Lamas 
que á los ^24 años de edad habia ganado á concur- 
so dos cátedras ; el doctor Larrañaga que des- 



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8o Estudios Literarios 

pues de haber ensayado el estudio de la medicina 
cuyos secretos debían inclinarle á las ciencias na- 
turales en que fué maestro, concluyó por orde- 
narse de sacerdote ; don Lorenzo Fernandez que 
como los dos anteriores debia agregar á sus prue- 
bas sacerdotales, la prueba del hierro y del fuego 
en las batallas de la patria ; y por último, don 
Juan Francisco Martínez, que templaba los rigo- 
res de su capellanía militar con el culto de las 
Musas. 

Por lo mismo de ser el clero nacional la parte 
más ilustrada de la sociedad, de sus filas vinieron 
los primeros ensayos para dar un giro nuevo á la 
literatura. Tan atrevida fué la empresa como el 
palenque escojido para realizarla, pues nada me- 
nos que á crear un Teatro se dirijieron los cona- 
tos de los novadores. Aquello importaba empe- 
zar por donde debia haberse concluido en cual- 
quier otro país, aunque no en el nuestro ; porque 
si bien se mira, nuestra regla de procederes 
siempre invierte los términos en la realización de 
las cosas. Con decir que hemos empezado la vi- 
da reñidos con el alfabeto, pues Zapican (Z) es el 
primer defensor de la integridad de la patria, y 
Artigas (A) es quien fija tres siglos después su 
existencia en el concierto de las naciones ; que 
siendo los primeros en el orden topográfico del 
Rio de la Plata, fuimos los últimos en ser civiliza- 
dos; que hemos tenido sistema constitucional 
republicano antes de tener dictadura ; que antes 
de tener caminos carreteros hemos tenido ferro- 
carriles : que antes de tener instrucción primaria 
rejimentada, teníamos universidades á pares, 



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Los 'Poetas de la Revolución 8i 

xina Mayor y otra Menor; no es estraño que antes 
<le tener poesía popular tuviéramos teatro, que 
es la última espresion no solo del arte poético, 
csinó de la misma ficción artística llevada á su 
mas alto grado. 

Fué pues el teatro nacional,punto de partida del 
xnovimiento literario uruguayo :y por él empezaron 
nuestros poetas la batalla contra el ideal español, 
buscando á sacudir por las letras, el yugo de la 
i:radicion que mas tarde hablan de romper las 
xnultitudes con las armas. La oportunidad del 
primer ensayo la aprovechó el P. don Juan Fran- 
cisco Martínez, con ocasión de un festejo emi- 
nentemente local, y que llenaba de orgullo á los 
•orientales. Tratábase de conmemorar la recon- 
quista de Buenos Aires por las fuerzas espedicio- 
narias que habían partido de Montevideo en 1806; 
y el Cabildo, deseoso de recuperar para la futura 
capital uruguaya ese antecedente que andaba 
medio eclipsado con motivo de la gloriosa victo- 
ria conseguida mas tarde por Buenos Aires sola 
contra WhiteloQk, se esforzaba en dar á la fiesta 
toda la solemnidad de una reivindicación. Entre 
las cosas que se idearon para ello, entró como 
imprescindible una representación teatral alusiva, 
•dando Martínez el argumento con un drama suyo 
en dos actos y en verso, titulado La lealtad mas 
acendrada y Buenos Aires vengada. Examinemos 
con alguna detención este primer producto de 
nuestro teatro. 

El drama de Martínez, teniendo un título ge- 
xiuinamente español y en boga, era sinembargo 
de corte griego. Su plan consistía en exhibir á 

E. L. 6 



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82 Esludios Literarios 

Montevideo bajo la inspiración de Marte, recon- 
quistando á Buenos Aires defendida por Neptuno 
protector de los ingleses. Ambas capitales, repre- 
sentadas cada una por una Ninfa, esponian las al- 
ternativas de dolor ó alegria que los sucesos iban 
produciéndolas. El escenario simulaba una selva, 
durante todo el drama. En lo mas fuerte de los 
lances intervenia la música con entonaciones 
adecuadas á los efectos en litijio ; y para conse- 
guir la unidad de tiempo y de lugar que el desa- 
rrollo del argumento necesitaba, departían los 
dioses mano á mano con los generales y majis- 
tradosque aprestaban las tropas al combate. Esto 
era trasladar el teatro griego á Montevideo, ha- 
ciendo que Ruiz Huidobro y Liniers hablasen 
con las deidades olímpicas, como hablan ha- 
blado Temístocles ó Feríeles en muchos de los 
dramas y trajedias aplaudidas por los atenienses. 
Pero si el argumento del drama montevideano 
y el de muchas producciones teatrales griegas, 
coincidían por lo heroico del tema ¿estaban en 
igual relación acaso, los recursos escénicos dis- 
ponibles, el local de la representación y el espíri- 
tu que informaba los episodios dramatizados? 
Para saber lo que era un drama en Atenas, co- 
rresponde tener presente que se daba en un in- 
menso local sin techumbre, alumbrado por la cla- 
ridad del sol; y que los recursos escénicos supe- 
raban á cuanto podamos imajinar en el dia. Fue- 
ra de estas particularidades que al cambiar la 
posición del artista, centuplicaban sus elementos 
de acción; habia además una tendencia uniforme 
en el teatro griego— la tendencia fatalista— que no 



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Lx)S T^oeias de la Revolución 83 

podia naturalizarse en nuestro naciente teatro de 
levadura cristiana. La sociedad ateniense por ra- 
zón del paganismo en que vivia, gozaba con en- 
contrar reproducidas sobre la escena sus creen- 
cias en la predestinación al bien ó al mal que 
marcaban el destino de los héroes; rindiendo así 
pleito homenaje á aquel Hado que inflexiblemen- 
te hacia á los hombres instrumentos ciegos de 
una voluntad contra la cual se debatían en vano. 
Y de ninguna manera y en ningún episodio co- 
rrespondía menos achacar á la fatalidad el desa- 
rrollo de los acontecimientos, que en la recon- 
quista de Buenos Aires por la espedicion monte- 
videana. 

La invasión inglesa al Rio de la Plata estaba 
prevista y anunciada desde tiempo atrás, y tan lo 
estaba, que el marqués de Sobremonte apesar de 
sus aturdimientos ingénitos, habia ensayado al- 
gunas medidas de defensa, pertrechando á Mon- 
tevideo que suponía el punto indicado para las 
primeras hostilidades británicas. Ruiz Huidobro 
y Liniers, cada uno en la esfera de su mando, te- 
man razones sobradas para desconfiar de las apti- 
tudes militares del marqués; pero al mismo tiem- 
po sabian que los elementos disponibles para 
contrarestar cualquier atentado, no eran tan des- 
preciables que pudieran los ingleses llevárselos 
por delante con solo quererlo. Así es que cuando 
uno y otro tuvieron noticia de la calaverada, por 
la cual Popham y Berresford se posesionaran de 
Buenos Aires con un puñado de hombres ; en el 
acto abarcaron la situación de una ojeada, encon- 
trándose acordes en la posibilidad de dominar los 



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84 Estudios Literarios 

acontecimientos. La enfermedad de Ruiz Huido- 
bro y el temor de que algún refuerzo inesperado 
de ingleses apareciese sobre Montevideo embis- 
tiéndolo por sorpresa, hizo que Liniers tomara el 
mando de la espedicion; pero es seguro que con 
uno ü otro caudillo, los espedicionarios hubieran 
triunfado, pues Berresford y Popham desde que 
pusieron el pié en tierra estaban militarmente 
perdidos. ¿ Á quién podia ocurrirle sino á dos 
aventureros desesperados, atacar el vireinato del 
Plata con 1600 hombres, sin caballería, sin rela- 
ciones en el país, sin protección inmediata y sin 
otros medios de comunicación que seis buques de 
pelea, inservibles para darles el dominio interior 
de la tierra donde todo les faltaba? 

El caso se reducía, pues, á que los ingleses 
chocaran ó no con un soldado. Si Sobremonte lo 
hubiera sido, los bate antes de que entraran á 
Buenos Aires, ó los reduce por hambre una vez 
que estuvieron adentro. Pero en defecto de él, 
aparecieron Ruiz Huidobro y Liniers, que sabían 
su oficio, y en tal calidad cumplieron como co- 
rrespondía á sus antecedentes. Es llano que este 
proceder idóneo de los generales no amengua un 
ápice el heroísmo de las tropas, ni la espontanei- 
dad de los donativos populares para aprestarlas, 
ni menos lo vigoroso de la iniciativa por cuyo mé- 
rito fué reconquistada la capital del vireinato. 
Es presumible asimismo que si la espedicion 
montevideana no parte á tiempo, los ingleses por 
una eventualidad cualquiera hubieran podido re- 
cibir refuerzos y mejorar entonces de tal modo su 
situación que vineran á hacerse temibles. Pero 



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Los Poetas de la Revolución 85 

precisamente por no haber conseguido nada de 
esto, se vé que no obraba en favor de ellos una 
ciega fatalidad, y que los elementos aglomerados 
para perderlos, fueron puestos en acción por 
ajentes libres, dentro de un plan racional y obe- 
deciendo á una probabilidad de triunfo lójica- 
mente concebida. 

En presencia de pruebas tan claras ¿ cómo po- 
dia Martínez, sacerdote católico, echarse en bra- 
zos del fatalismo, para solemnizar el mas grande 
de los aniversarios que hasta entonces festejaba 
su ciudad natal ? El hecho tiene una doble espli- 
cacion, en las supersticiones populares de aquí, 
y en el gusto literario que entonces se desarrollaba 
tímidamente en la Península española. Por lo 
que respecta á las supersticiones, en Montevideo 
las habia y muy hondas, como lejitima herencia 
de aquella predisposición agorera que trajeron 
sus primitivos pobladores canarios. Un año antes 
de la invasión inglesa lo demostró la ciudad, sa- 
liendo sus habitantes en tropel á las calles, por 
que un ben-le-veo parado en la azotea de la Matriz 
comentó á cantar á deshora ; teniéndose por tan 
evidente el presájio de una catástrofe, que los 
contemporáneos del episodio aun ponderan los 
esfuerzos empleados para reducir el ánimo afliji- 
do del vulgo. De esto puede inferirse, cuan inve- 
terada andaría por entonces en el espíritu públi- 
co la propensión á lo maravilloso, no siendo de 
estrañar que su influencia contaminase á los poe- 
tas, ya por analojía de exacerbación mental, ya 
por cálculo y como recurso de éxito en sus pro- 
ducciones. Es de suponer entonces, que por cual- 



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86 Estudios Literarios 

quiera de los dos motivos, y singularmeiíte por 
el último como mas concorde con su ilustración 
y estado, daría Martinez á su drama el entronque 
prodijioso que lo caracteriza. 

Ahora, en cuanto á la filiación literaria de la 
obra, ella se encuentra en la bibliografía de 
aquellos tiempos. Desde la mitad del siglo ante- 
rior habia entrado en cierta boga el teatro griego 
en la Península, resucitándolo don José Cañizares 
con su Sacrificio de Ifigénia quQ los franceses dicen 
ser imitación de Racine, y los españoles copia 
de una comedia de Calderón perteneciente al 
numero de las que se perdieron. Tras de Cañi- 
zares vino don Pedro Estala, presbítero, que ha- 
bia publicado en 1793 el Edipo de Sófocles, pre- 
cediéndole de una introducción que hasta hoy 
obtiene el aplauso de los críticos. Estas produc- 
ciones, al igual de otras que en escaso número 
arrojaba por entonces la tipografía española, 
cruzaron el océano y vinieron á formar parte de 
las bibliotecas de conventos, seminarios y uni- 
versidades de América; habilitando á Martínez 
para sacar de ellas el tipo de la inspiración tea- 
tral con que deseaba conmemorar las glorias de 
su país. 

Mas semejante retroceso al clasicismo puro, 
tenia de suyo un inconveniente para todo poeta 
novel. Á poco que se examinen las cosas, se vé 
que la diferencia escénica entre el teatro antiguo 
y el teatro moderno consiste toda ella en la for- 
ma de esposicion. Para los antiguos, un drama ó 
una trajedia eran el relato de un episodio capi- 
tal, en que los incidentes intermedios tenían 



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Los Poetas de la Revolución 87 

escasa importancia. La idea dominante, desleida 
en largas tiradas de versos, hacia imprescindible 
una dicción correcta y armoniosa para interesar 
el ánimo del auditorio, venciendo esa dificultad 
casi insuperable de trasmitir por medio de 
tercero los encantos de la palabra propia. El 
teatro moderno por lo contrario, espone de otra 
manera el episodio que desea dramatizar, des- 
envolviéndolo por medio de una acción rápida 
y constante, que más atiende á los hechos que á 
las palabras. Por eso es que al remitirnos al 
pasado, las bellezas de Esquilo, Calderón y 
Shakespeare se buscan en la estructura del verso 
y en la robustez 6 alcance del concepto emitido, 
perdonándoseles, sobre todo al último, los ana- 
cronismos y dislates en que pueden haber 
caido con relación á fechas, lugares y sucesos; 
mientras que muy de otro modo y á beneficio 
de inventario mas severo, acepta la critica, 
iguales faltas en los dramaturgos del dia. Mar- 
tínez pues, exhibiéndose á la antigua sin los 
recursos de los maestros , demostraba mayor 
entusiasmo que conocimientos en su patriótica 
tarea. 

Y á la verdad que destarados de la producción 
del vate uruguayo, el sabor local del asunto y el 
corte clásico de su desarrollo , el drama en si va- 
lia y vale poca cosa. Desde luego es abigarrado 
el conjunto de sus personajes. Una. Ninfa, repre- 
sentando á Montevideo, otra Nin/a á Buenos Ai- 
res ; Marte, dios protector de España ; Neptuno 
protector de Inglaterra ; el gobernador de la Pla- 
za ; un personaje representando al Ilustre Cabil- 



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88 



Estudios Literarios 



do, otro representando al Comercio, otrJ á los 
hacendados; el general de la espedicion, un ofi- 
cial, un criado y acompañamiento de pueblo ; tal 
es el grupo destinado á dar vida al drama. 

Empieza el primer acto, enunciando U Nirifa i.*^ 
(Montevideo) sus zozobras, de que una escuadra 
inglesa que borde jeaba en el Plata pueda rum- 
bear á Buenos Aires ; y en estas inqaietudes, se 
reclina en la selva y queda dormida. La Nirifa 2.' 
(Buenos Aires) aparece en la escena, y comienza 
á lamentarse de sus desgracias, despertando á la 
otra que la dice : 

Ninfa, i .• — ^ Quién eres, ó qué pretendes, 

sombra, ilusión ó fantasma 

que rato ha que sin ceiar 

tantas zozobras me causas? 
Ninfa 2.» — No me conoces 
Ninfa i.*— No: dilo, 

no te dilates, acaba 

que el corazón con latidos 

no sé que avisos dá al alma ! 

Ninfa 2.* — Pues esos avisos ciertos 
son y yo de ello la causa. 
Sí, la infeliz Buenos Aires 
soy, la misma con quien hablas 



Escucha, Ninfa amable, 

si es que esplicaros puedo, 

mis pesares, mis penas, 

mis ansias, mis tormentos ; 

aunque al decirlos juzgo 

que este vital aliento 

entre mortales ansias 

ha de desamparar mi triste pecho. 



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Los Poetas de la Revolución 89 

Referirle las glorias 

que gozé en otro tiempo, 

ni lo juzgo oportuno 

ni las ignoras, creo ; 

y así aquí encomendadas 

se queden al silencio , 

que el decirlas seria 

aumentar mis angustias sus recuerdos. 

Pero como mis glorias 

de mi mal , causa fueron; 

aunque al alma le pese 

hablarte de ellas debo ; 

pero será formando 

solo un breve diseño, 

sin que por breve deje 

de ser puñal agudo de mi pecho . 

En seguida narra la forma como fué tomada la 
capital, y concluye por echarse á los pies de Mon- 
tevideo, que conmovida por esa actitud se des- 
maya; mientras la otra alzándose, huye. Vuelta 
en sí Montevideo, duda no sea un sueño cuanto 
ha pasado; pero recapacitando y convencida 
de que es verdad, llama á sus hijos á las armas. 
Aparecen á su llamado el gobernador, un oficial, 
el cabildo, comercio, hacendados y séquito de 
militares y pueblo. La Ninfa les proclama á la re- 
conquista de la capital, idea que ellos aceptan 
con entusiasmo; y en medio del alborozo pide un 
oficial ser escuchado.— Este oficial, aunque no se 
le nombra, es Liniers.— Hace la proposición de 
ponerse al frente de las tropas reconquistadoras, 
en vista del justo impedimento del gobernador 
para ello, y le es concedido, dándole la Ninfa el 
bastón de mando como general en gefe. Parte, 



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90 Estudios Literarios 

pues, en busca de las tropas, vuelve con ellas al 
escenario, manda el manejo de armas al son de 
música, y luego de proclamar los soldados, se 
marcha para la guerra al ruido de las cajas, mú- 
sica y algunos tiros. Y el primer acto concluye 
con esta invocación de la Ninfa, al quedar sola en 
la escena : 

I Deidades sacras ! Amparo 
de vuestro solio supremo 
enviad á estos campeones, 
é infundidles vuestro aliento ! 
Marte amado, padre mío, 
mirad que son hijos vuestros 
esos soldados, que hoy 
marchan contra los isleños : 

Sol, Luna, Aurora, planetas, 
estrellas del firmamento, 
para guiar á mis hijos 
aumentad los lucimientos. 
Y vosotras avecillas 
de esta selva, vuestros ecos 
divierten en algún modo 
la congoja con que ¿juedo. 

El segundo acto se abre con un monólogo de 
la Ninfa Montevideo, en que espone sus nuevas 
inquietudes. Ella sabe que los espedicionarios 
llegaron á la Colonia, corriendo una fuerte bo- 
rrasca, y después pusieron el pié en la orilla veci- 
na. De repente se oye un enorme estrépito, rom- 
pe la tempestad y entre truenos y relámpagos se 
deja ver Neptuno. La Ninfa, asustada ante sus 
amenazas, echase á los pies del dios, pero acto 
continuo aparece Marte, y después de trabar con 



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Los 'Poetas de la Revolución 91 

él una ruda disputa, vienen ambos á las manos, 
saliendo en lucha de la escena. 

La Ninfa Montevideo, dice una tirada de versos, 
se reclina en su trono y se adormece. Entonces 
aparece la Ninfa Buenos Aires, espléndidamente 
ataviada, y esclama : 

Con cuánta complacencia 

vuelvo á este sitio, donde mi dolencia 

el remedio á sus males 

halló en pechos tan nobles y leales; 

¡Salve, selva florida 

adonde entrando muerta hallé la vida! 

¡Salve, y en trinos suaves 

te saluden las canoras aves! 

Y siguiendo en este tono, concluye por desper- 
tar á la Ninfa Mantevideo, y se abrazan. Luego la 
cuenta el pormenor de la batalla con los ingleses, 
y concluido el relato, desaparece. La Ninfa Mon- 
tevideo, medio desfallecida, quiere intentar su 
busca; pero entre tanto se oyen voces de / Victoria! 
y entran en escena el gobernador con un pliego 
de Liniers, acompañado del oficial conductor. Es 
el parte de la reconquista de Buenos Aires. 

Un grupo considerable de oficiales, entre el 
cual están el cabildo, comercio, hacendados y 
pueblo, aparece en escena y rodea á la Ninfa Mon- 
tevideo. Esta manda al oficial portador que haga 
la descripción de la batalla, y el oficial la hace en 
24 octavas reales. Después la Ninfa encomia á Bue- 
nos Aires libre, y á ella la elojian el gobernador, 
hacendados, comercio, etc., recibiendo en reci- 
procidad iguales cumplidos. Cuando todo parecía 



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92 Esludios Literarios 

concluirse, viene la ültíma escena que es esta: 
Ruido de tempestad, y entre relámpagos y true- 
nos, saca como á pura fuerza Marte á Neptuno, lo 
arroja con furia en el suelo, le pone el pié encima 
y le apunta la lanza al pecho: 



Ninfa Mont. — ¡ Nueva confusión es esta 

Todo» — ¡ Qué horror ! 

Marte— Júpiter ordena 

tengas el justo castigo 
en aquesta misma selva 
donde tu arrogancia vana 
prorrumpió en tantas blasfemias 
contra todas las deidades 
que en esas esferas reinan. 
Manda que á mis plantas puesto 
Neptuno, testigo seas, 
del regocijo con que hoy 
mis españoles celebran 
sus victorias y sus triunfos 
contra esa nación proterva, 
contra esos viles isleños 
de quien tutelar te ostentas 



^Pero para qué te oprimo? 
Levanta, y á la Inglaterra 
comunícale tu agravio 
dile que á vengarle vuelva 

¡Hijos de Marte! gloriosos 
de serlo habéis dado pruebas, 
haciendo flamear laureadas 
las españolas banderas! 
Pues decid triunfantes héroes, 
de tanta alegría en muestras: 
¡ Vivan las dos mas ilustres 
ciudades de nuestra América ! 



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Los T^oetas de la Revolución 93 

Así concluye La Lealtad mas acendrada y buenos 
cAires vengada, primer drama de nuestro reperto- 
rio nacional. No puede negarse que tiene su 
atrevimiento como ensayo y para el tiempo en 
que fué escrito, á lo cual agregándose la circuns- 
tancia de ser producción de un compatriota que 
filé á batirse mas tarde por la independencia 
americana en las filas del célebre Regimiento 9 ; 
casi desarma la crítica. Pero no debe prescindir- 
se de analizar con franqueza los defectos de esta 
clase de trabajos, precisamente por que la condi- 
ción de sus autores se presta á hacer disimula- 
bles sus faltas literarias. Digámoslo sin ambajes, 
en el drama de Martínez hay mucho malo. La 
versificación es dura á mas no poder, y el concep- 
to que la informa muy modesto para el asunto 
elejido. En los detalles de la acción, resaltan tri- 
vialidades indisculpables : la Ninfa Montevideo se 
desmaya dos veces y se duerme otras dos, lo que 
es demasiado desvanecerse para tiempo tan cor- 
to; el manejo de armas mandado por Liniers 
sobre el escenario podía haber sido suprimido 
con honra para la inventiva del autor ; y la lucha 
á empellones de Marte y Neptuno es tan desco- 
munal que resuelve en saínete la parte mas seria 
del episodio dramatizado . 

Sínembargo, no falta en el drama cierta unidad 
de conjunto, que lo encuadra sin réplica den- 
tro de su argumento ; demostrando en ello el 
autor disposiciones que á haber sido cultivadas 
y desarrolladas en centro mas vasto que su pobre 
ciudad de entonces, le habrían hecho un buen 
dramaturgo. Ya se sabe que en las producciones 



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94 Estudios Literarios 

teatrales, el plan correcto y justíficado forma la 
base esencial del trabajo ; y quien tenga propen- 
siones sintéticas de esa naturaleza, puede com- 
pletarse con el estudio. Corresponde añadir, que 
algunas de las escenas de la Lealtad mas acendra- 
da tienen movimiento y vida, apesar de la inco- 
rrección del verso en que hablan sus protagonis- 
tas. De todos modos, autor y drama, marcando 
el punto departida de nuestros ensayos en la vi- 
da literaria, muestran hasta donde llegaba bajo 
el coloniaje el gusto artístico del pueblo que po- 
cos años después debia reclamar personería para 
gobernarse de su cuenta. 

Las ajitaciones políticas que siguieron á la in- 
vasión inglesa, no eran apropiadas á desarrollar 
el estímulo literario. Además, los hombres gra- 
ves no espigaban en la bella literatura ; y los que 
hablan de hacerlo, ó eran harto jóvenes aun, ó 
vivían perdidos en la lejanía de los campos. La 
imprenta, que hoy es patrimonio hasta de las úl- 
timas aldeas del territorio nacional, era entonces 
un artefacto misterioso para la generalidad de 
sus habitantes. Gracias si los ingleses, por con- 
veniencia propia, habiah traído la primera á Mon- 
tevideo, llevándosela después consigo al entre- 
gar 1^ plaza ; con lo cual hubimos de quedarnos 
sin letra de molde, á no ser por la Serenísima se- 
ñora doña Carlota de Borbon, que ansiosa de 
mandar sobre gentes instruidas, regaló á la ciu- 
dad en arras de futuro dominio, una nueva im- 
prenta para irnos ilustrando en los beneficios de 
su proyectado gobierno, del cual se libraron nues- 
' tros mayores con no poca fortuna para nosotros. 



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Los T^oeias de la Revolución 95 

Pero ni la imprenta inglesa con su corto y di- 
solvente ausilio, ni la borbónica con sus preten- 
siones, podian improvisar el reinado de una lite- 
ratura que aun no habia trascendido al público 
por iniciativa de sus futuros apóstoles ; y que tal 
Trez habría estado en gestación muchos años aun, 
sino estalla el movimiento revolucionario que sa- 
cudió á la sociedad sobre sus bases. 

Á partir de 181 1, fué que empezaron á despun- 
tar los poetas populares. Venian casi todos del 
pueblo campesino, y aspiraban á traducir las 
aspiraciones y tendencias de las masas. Acep- 
tando sus ideales, se avergonzaban empero de 
usar su lenguaje : aquel lenguaje gauchesco que 
tiene tartamudeos y diminutivos orijinales , y 
una elasticidad de giros que parecería académica 
en Jábios de gente culta. El primero de estos 
trovadores campestres, que tuvo por decirlo así 
una consagración oficial, fué Valdenegro, mocito 
vivaracho y peleador, que Artigas habia sacado 
de los fogones para hacerlo sargento de blanden- 
gues;, y que tan gran papel desempeñó mas 
tarde en la Revolución, sin que pueda calcularse 
hasta donde habría llegado, si un desafio no le 
arranca la vida en Baltimore cuando era coronel 
y estaba transitoriamente proscrito. Su renom- 
bre literario data de 181 1 cuando los patriotas 
sitiando á Montevideo y para hacer llegar pliegos 
oficiales hasta el cabildo, se vaUeron de la estra- 
tajema de clavar una bandera blanca y roja en 
las avanzadas, de cuya asta pendian los pliegos 
con esta décima de Valdenegro: 



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96 Estudios Literarios 

El blanco y rojo color 
con que la Patria os convida, 
es para que se decida 
vuestro aprecio en lo mejor. 
Si al ro/o, nuestro valor 
breve os sabrá castigar ; 
y si al blanco queréis dar 
discreta y sabia elección, 
contad con la protección 
del Ejército Ausilíar. 



Sea que la espectabilidad política y militar de 
Valdenegro entibiase su dedicación á la poesia; 
sea que se encubriera bajo el anónimo para no 
patrocinar composiciones que al estender su fa- 
ma en sentido literario, debian mermarla como 
procer activo de la revolución; lo cierto es que no 
se conocen de él acertivamente otros versos, por 
más que se le atribuyan muchas de las canciones 
y décimas anónimas de aquellos tiempos. El co- 
ronel Cáceres en unas Memorias inéditas que te- 
nemos á la vista, lo pinta como poeta y orador 
distinguido, y siendo Cáceres hombre idóneo, es 
de presumir que pudo apreciar á Valdenegro en 
diversas ocasiones y dentro de las aptitudes cuya 
posesión le concede. De todos modos, la fama de- 
jada por Valdenegro se ha hecho tradicional. 

No puede decirse igual cosa de otro de sus con- 
temporáneos, don Francisco Araucho, que for- 
maba escepcion entre los poetas republicanos, 
citando á Ovidio en sus obras. Hijo de un hombre 
de educación académica é instruido él mismo 
hasta donde le permitian sus cortos años, Arau- 
cho llevó á los campamentos patriotas el gusto 



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Los T^oeias de la Revolución cyj 

de las aulas, haciendo raro contraste su versifi- 
cación disciplinada, con la verba caprichosa y 
agreste que usaban los revolucionarios. Arti- 
gas, necesitado de hombres instruidos, encontró 
conveniente fomentar en Araucho las disposi- 
ciones políticas más que las literarias, y le em- 
pleó interinamente en su Secretaría, enviándole 
mas tarde á servir la de Otorgues, cuyo espe- 
diente oficial ganó mucho en formas y tem- 
planza desde entonces. Pero no aviniéndose ei 
carácter de Araucho con los hábitos del caudi- 
llaje revolucionario, fijó al fin su residencia en 
Montevideo cuando la ciudad fué recuperada por 
los patriotas, obteniendo la Secretaría del Cabildo 
en premio ala confianza que inspiraba. En ese 
puesto cultivó con alguna dedicación la poesía. 
No son sus versos de aquellos que dejan una 
honda huella en las literaturas de donde proce- 
den; pero no carecen tampoco del relieve necesa- 
rio para distinguirse, atendida la época y el me- 
dio social en que fueron escritos. Araucho se 
inspiraba en la solemnidad de las circunstancias, 
para dar á sus cantos aquella entonación robusta 
que levanta el ánimo, y á veces lo conseguía, co- 
mo en la oda al Heroico empeño del pueblo Oriental 
donde se leen estas estrofas: 



Y tú, modelo de los hombres libres, 

impertérrito Artigas, 

vencedor de los riesgos y fatigas, 

Arístides virtuoso, mientras vibres 

el acero luciente, 

vivirá el oriental independiente. 



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98 Estudios Literarios 

Por tí aparece la deseada aurora 

del memorable dia 

final para la horrenda tiranía ; 

en que la dulce Libertad señora 

fija su trono augusto 

cubriendo á la opresión de acerbo susto. 

¡ Oh Provincia Oriental ! Eleva al cielo 

oblación obsequiosa, 

por que de tus rivales victoriosa 

mantienes seres libres en tu suelo, 

que protestan ufanos : 

¡ Antes morir, que consentir tiranos I 

Pero con Valdenegro y Araucho, si bien tenia 
la literatura uruguaya cierta representación, no 
tenia el sentimiento revolucionario intérpretes 
genuinos. Contrayéndonos á Araucho, ya que de 
Valdenegro podemos decir poca cosa, conviene 
observar que el país no estaba para asuntos clá- 
sicos, en medio de aquella vertijinosa acción á 
que le compelían los sucesos ; y las masas popu- 
lares, suponiéndolas con aptitudes para entender 
literaturas estrañas, no habian de ir á buscar 
formas para sus ideales en Ovidio y sus concor- 
dantes. Nada hay mas comprometido para la 
poesía, que desentenderse de los tiempos en que 
vive; pues no solamente arriesga su populari- 
dad, sino que rehuye la fuente única de inspi- 
raciones duraderas. De haber incidido en este 
error, proviene el fracaso de casi todos los poe- 
tas ilustrados de la Revolución ; porque deseando 
ellos conciliar sus preocupaciones de escuela con 
las circunstancias de momento, pugnaron por 
encerrar dentro del concepto clásico ideas y pro- 



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Los Poetas de la Revolución 99 

pósitos que no cabían en él; haciendo hablar con 
el lenguaje de Esquilo ó de Virgilio á los perso- 
najes de estas tierras, y fingiéndose contempo- 
ráneos de aquellos, para imitar el giro de sus 
pensamientos. Conducta desacertada, que les 
volvía estrangeros en su país, donde vejetaban 
sin entender á nadie, ni ser entendidos. 

El gefe de esta escuela esterilizadora, había 
sido el P. Martínez con su drama de género mi- 
tolójico, donde los dioses andaban á mojico- 
nes. Araucho marchó sobre la misma huella, 
pero con mas mesura y mejor donaire, lo cual no 
le impidió quedarse á medio camino; porque en 
toda creación donde el plan y estilo corren de 
cuenta ajena, ó sucumbe el autor en la impoten- 
cia ó reacciona y concentrándose en si mismo, en- 
saya á planear y decir las cosas como mejor las 
entiende. Tanto Martínez como Araucho carecie- 
ron de la noción de su época, que no solamente 
era revolucionaria en el terreno político, sino que 
también lo era en el literario. El clasicismo de 
todos los matices y de todas las procedencias, se 
había derrumbado junto con el sistema monár- 
quico : no porque el nivel común de la ilustra- 
ción nacional hubiera crecido, sino porque la 
naturaleza de las circunstancias actuaban fatal- 
mente en ese derrumbe. La poesía de estrac- 
cion mítolójica, sobre todo, muy apropiada á 
formar las delicias de los literatos metódicos y 
de las personas pacíficas, no se compadecía con 
la realidad de aquella vida turbulenta, y mucho 
menos habían de tomarla en serio hombres es- 
puestos al tráfago de los peligros. Un Aquiles 



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loo Estudios Literarios 



impunemente bravo porque era invulnerable, pK>- 
dia hacerles reir á ellos, que para batirse á pecho 
descubierto doquiera se presentase el enemig^o, 
no tenían mas defensa que la tosca lanza y el 
caballo ; y pues que en 1806 habían visto á 83 mi- 
licianos sitiar en Maldonado á 2000 ingleses, y 
veían ahora á José Culta con 200 voluntarios si- 
tiar á Montevideo guarnecido de 5000 hombres y 
390 cañones : por fuerza debían parecerles ridí- 
culos los 100,000 griegos sitiadores de Troya, y 
miserable la estratajema final del caballo cIg 
madera. 

Y si estos recursos májicos de la antigua es- 
cuela, no escapaban al riesgo de las rechiflas 
posibles ¿qué mejor suerte les era dable esperar á. 
Júpiter y todo su Olimpo ? Viviendo en el conti- 
nente de las maravillas, era mucho suponer que 
causasen impresión los trabajos de Hércules ó las 
hazañas de Teseo, cuando la tradición corriente 
y auténtica de la conquista demostraba que Cor- 
tés ó Pizarro, cualquiera de ellos por separado, 
habían hecho más, mucho más, que Hércules y 
Teseo puestos en balanza. Y si del continente 
americano en general, pasamos á la nación uru- 
guaya en particular ¿cuál de todos esos héroes ó 
semi-dioses, podía deslumhrar la imajinacion de 
un pueblo que no ignoraba haber costado su 
conquista más oro y ejércitos á la España de lo 
que la costaran los vastos imperios de Méjico y 
el Perú juntos, apesar de que nunca opuso á la 
Metrópoli arriba de 1 500 hombres de pelea por 
no permitirlo la cortedad de sus fuerzas ? Prove- 
nia pues, de esta inferioridad incurable de la mi- 



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Los Poetas de la T{evolucion loi 



tolojía y de la fábula, su consiguiente ineptitud 
p>ara aclimatarse entre nosotros ; de modo que 
el fracaso de Martínez, Araucho y sus imitadores 
está bien justificado. 

No se crea por ello, que les enrostramos los es- 
trudios á que se entregaron, pues seria absurdo 
suponer que el estudio dañe en manera alguna á 
nadie, y mucho menos, á los literatos. Lo que les 
enrostramos es la errónea aplicación de los cono- 
cimientos adquiridos, la imitación sin discerni- 
miento de los clásicos, que son imprescindibles 
como estudio y como elemento de asimilación, 
pero que para imitados son el mas grande de los 
escollos ; pues el imitador está condenado á mar- 
char entre el plájio y la parodia, y al menor tras- 
pié cae en uno ó en otra. Generalmente, los au- 
tores que empiezan, se precaven poco de ese 
peligro, y de ahí el trabajo de refundición en que 
pasan buena parte de su vida mas tarde. Habla- 
mos, se entiende, de los autores de raza; porque 
los otros, los pseudo-autores, esos no rehacen 
nada ni que los maten, confiando en que su fama 
ha de durar para siempre y un dia más como decia 
Milton al hablar de cierta contribución inglesa. 

De lo dicho se infiere, que la Revolución no te- 
nia hasta aquellos momentos una personalidad 
literaria, que caracterizase las ideas populares en 
el fondo y hasta en la forma de sus composicio- 
^ nes. La intención de los poetas que van citados, 
tendia á eso indudablemente, pero el éxito no les 
habia sonreído. No bastaba que sus produccio- 
nes tuvieran referencias de actualidad ; era ne- 
cesario que la actualidad toda entera quedase fo- 



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102 Estudios Literarios 



tografiada en ellas, si por ventura fuesen capaces 
de tanto. Y como no lo fueron, la situación les 
precisó á dejar la escena á quien podia llenarla 
sin inconveniente, que fué Hidalgo, intérprete ve- 
rídico del sentimiento nacional y gefe de uaa es- 
cuela nueva. 

Mas no nació este poeta como Minerva, armado 
y pronto, sino que sus comienzos fueron dificilí- 
simos, hasta el punto de no vislumbrarse en ellos 
nada que le colocase sobre el nivel común. Mien- 
tras la Revolución marchó felizy triunfalmente, 
sus versos fueron flojos ; revelándose el hombre 
superior, cuando la desgracia hizo á su patria es- 
clava de un poder estraño. Interesante lección 
que demuestra, cómo pueden las torturas del 
patriotismo, á falta de mejor enseñanza, desarro- 
llar en el espíritu instintos que de otro modo hu- 
biesen permanecido latentes. 

Hidalgo habia empezado como todos sus ante- 
cesores, pretendiendo encerrar en forma estraña 
los conceptos que le inspiraba su numen. Fueron 
muy pobres sus primeros versos, reduciéndose 
á himnos y marchas patrióticas, que solo el entu- 
siasmo de aquellos tiempos podia hacer tolerables. 
Con todo, la uña del león se dejó ver en cierta 
composición dramática, que revelaba al bardo 
de capital propio é ideas definidas. Bajo el título 
de Sentimientos de un Patriota, se representó en 
1816 una producción suya, de carácter uniper- 
sonal, en que el protagonista incitaba á los ame- ' 
ricanos á desechar toda veleidad de anarquía, 
uniéndose para combatir al enemigo común. La 
orijinalidad de la pieza consistía en las ideas 



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Los T^oeias de la Revolución 103 

puestas en juego y la moral política que las ca- 
racterizaba. Había, es cierto, tiros y música en 
la escena, pero sobre no repugnar este recurso á 
la naturaleza de la ficción dramatizada, á causa 
de ser el protagonista un oficial patriota, consti- 
tuia por otra parte, uno de los mas preferidos en 
aquel tiempo de marcial entusiasmo. 

En estos y otros ensayos, pasó para Hidalgo el 
primer período de la Revolución, que termina 
con el desastre de Artigas y sus compañeros ante 
la invasión portuguesa. Sometido el país á aque- 
llos intrusos, la poesía nacional habia de tomar 
por fuerza otro rumbo, y poi* lo que respecta á 
Hidalgo, tomó el que se avenía con sus inclinacio- 
nes, cultivando el género gauchesco, del cual es 
propagador y maestro reconocido. Los T>iálogos 
de Chano y Contreras, mostraron hasta donde po- 
día llegar aquel talento privilejíadoen la descrip- 
ción de los tipos y costumbres campestres. 

Uno de esos diálogos se publicó en Buenos Ai- 
res, con motivo de las fiestas Mayas de 1822, y su 
contexto venia á ser el siguiente. El gaucho Ra- 
món Contreras, que habia presenciado las fiestas, 
se las cuenta á Chano, otro gaucho amigo suyo, 
haciéndole minuciosa relación de sus impresiones 
todas. Desde la noche del 24 de Mayo, arranca el 
relato, con detalles sobre las inscripciones graba- 
das en la pirámide de la libertad, la ornamenta- 
ción de la plaza, las músicas, y fuegos artificiales. 
Concluido aquel primer espectáculo, las gentes 
tomaron el camino del teatro, mientras Contre- 
ras lo tomó para casa de un tal Roque, donde 



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104 Estudios Literarios 

Dormí , y al cantar los gallos 

ya me vestí; calenté agua 

estuve cimarroneando 

y luego para la plaza 

cojí, y me vine despacio : 

Llegué ¡ bien haiga el humor ! 

llenitos todos los bancos 

de pura mujerería , 

y no amigo cualquier trapo 

sino mozas como azúcar. 

Hombres ] eso era un milagro ! 

Y al punto en varías tropillas 

se vinieron acercando 

los escueleros mayores 

cada uno con sus muchachos , 

con banderas de la patría 

ocupando un trecho largo; 

llegaron á la pirami 

y al dir el sol coloreando 

y asomando una puntita 

¡ Bracatan ! los cañonazos , 
la grítería y el tropel , 
música por todos lados , 
banderas , danzas , funciones , 
los escuelistas cantando ; 
y después salió uno solo 
que tendría doce años, 

nos echó una relación 

i cosa linda , amigo Chano ; 
mire que á muchos patriotas 
las lágrimas les saltaron ! 



La fiesta de esa mañana prosiguió bajo iguales 
esplendores hasta las 1 1 de ella, en que apareció 
el Gobierno, con gran séquito de empleados ci- 
viles y militares, á presenciar el desfile de las 
tropas. Contreras, después de admirar á su sabor 
estas cosas, sintió la necesidad de reponerse, y 



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Los T^oetas de la Revolución 105 

fué á almorzar. En seguida asistió á un juego de 
sortija, concluido el cual sé volvió á la plaza. Allí, 
entre las danzas y músicas, llamó su atención el 
juego de los palos enjabonados, « altos como un 
ombü,» y de cuyas puntas colgaban « una chus- 
pa con pesetas» y otros premios para quien se 
atreviese á conquistarlos. Entre los mas audaces 
ascensores, sobresalía un inglés, que por repeti- 
das ocasiones se llevó los premios. Pero lo que 
mas hizo reir á Contreras 

fueron , amigo y otros palos 

que había con unas guascas , 

para montar los muchachos ; 

por nombre rompe-cabezas , 

y en frente , en el otro lado 

un premio para el que fuese 

hecho rana hasta toparlo. 

Pero era tan belicoso 

aquel potro , amigo Chano , 

que muchacho que montaba 

¡ contra el suelo ! ... y ya trepando 

estaba otro. . . y. . . ¡ zas , al suelo ! 

hasta que vino un muchacho 

y sin respirar siquiera 

se fué el pobre resbalando 

por la guasca , llegó al ñn 

y sacó el premio acordado. 

Pusieron luego un pañuelo 

y me tenté ¡ mire el diablo 1 

con poncho y todo trepé 

y en cuanto me lo largaron 

al inñemo me tiró, 

y sin poder remediarlo 

(perdonando el mal estilo) 

me pegué tan gran culazo 

que si allí tengo narices 

quedo para siempre ñato. 



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io6 Estudios Literarios 

No puede pedirse como descripción, nada que 
sea mas natural y correcto que esto. El lenguaje, 
las figuras retóricas, lo llano de la relación, la 
inocencia de los incidentes humorísticos, todo es 
hermoso. La personalidad del poeta desaparece 
para dejar que se exhiba un gaucho de pura san- 
gre, decidor, patriota, buen amigo, que en la 
intimidad de las confidencias se pinta á si mis- 
mo tal cual es, y retrata de paso el gremio social 
á que pertenece. 

En otro T>iálogo de distinta índole, pero entre 
los mismos personajes, ha rayado Hidalgo á 
igual altura. La hipótesis en que se basa esta 
otra conversación, es una visita de Chano á Con- 
treras, que está en su casa y se sorprende agra- 
dablemente de verle llegar. Ambos departen sobre 
la situación política, y se lamentan de los estra- 
víos del gobierno. Hablando de la mentada igual- 
dad ante la ley, dice filosóficamente Chano : 



Roba un gaucho unas espuelas, 

ó quitó algún mancarrón, 

ó del peso de unos medios 

á algún paisano alivió: 

Lo prenden, me lo enchalecan; 

y en cuanto se descuidó 

le limpiaron la caracha, 

y de malo y salteador 

me lo tratan, y á un presidio 

lo mandan con calzador. 

Aquí la ley cumplió, es cierto 

y de esto me alegro yo, 

¡ quién tal hizo, que tal pague ! 

Vamos pues á un señorón. 

Tiene una casualidad 



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Los Poetas de la Revolución 107 

Ya 8C vé . . . . s« remedió 

i Un descuido que á cualquiera 

le sucede, si señor! 

Al principio mucha bulla, 

embargo, causa, prisión, 

van y vienen, van y vienen, 

secretos, admiración. 

^Qué declara ? . , . Que es mentira . . . 

que él es un hombre de honor ! 

^ Y la mosca ? .... No se sabe, 

el Estado la perdió. 

El preso sale á la calle 

y se acaba la función. 

i Y esto se llama igualdad ? 

La perra que me parió ! 

Con la misma energía y en el mismo T>idlogo 
condena Chano las preferencias acordadas á la 
adulación, con mengua de los buenos servidores. 
Vé con dolor, el derroche de los dineros fiscales, 
mientras los caminos están intrasitables, los edi- 
ficios públicos inconclusos, y los pensionistas del 
Estado muertos de hambre. Le parece que todo 
eso, es un capitulo de acusación contra los go- 
biernos patrios, que han reducido el país á tanta ^ 
miseria ; y como complemento á sus raciocinios, 
después de haber detallado las calamidades que 
sufiren los buenos, relata los goces de los perdu- 
larios en esta fornia : 

Entre tanto, el adulón, 
el que de nada nos sirve 
y vive en toda facción ; 
disfruta grande abundancia, 
y como no le costó 
nada el andar remediado 
gasta mas pesos que arroz. 



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io8 Esludios LÁter arios 

Y amigo, de esta manera 
en medio del pericón, 
el que tiene, es cDon Fulano»; 
y el que perdió se amoló, 
sin que todos los servicios 
que á la patría le prestó 
lo libren de una roncada 
que le largue algún pintor! 

Tales son el estilo y la forma dialogal adopta- 
dos por Hidalgo en sus composiciones gauches- 
cas. Nadie se habia atrevido antes de él á ensa- 
yar bajo su responsabilidad, dándole carta de 
naturalización literaria, este género popular, que 
se tenía por cosa humildísima : cuando el poeta 
uruguayo levantándolo hasta sí, lo hizo un tema 
fecundo de recursos siempre nuevos: y formó 
una escuela de la que son discípulos Ascasubi y 
Del Campo en Buenos Aires, y Lussich entre no- 
sotros. Tan cierto es que el verdadero talento, 
dignifica cuanto toma por asunto de sus afanes. 

Á la sombra de los poetas de fama, se habia 
creado por aquellos tiempos otra generación de 
cultores de la poesía , que se apoderó de la esce- 
na luego de haber sido reivindicada definitiva- 
mente la independencia nacional. Entre esos 
nuevos campeones de la idea, descolló don Ma- 
nuel de Araucho, hermano de don Francisco, y 
teniente coronel de los ejércitos de la patria. Bajo 
el título de Un paso en el Pindó, se publicaron sus 
producciones poéticas en 1835; producciones que 
él habia comenzado á trabajar desde que era em- 
pleado del Cabildo en tiempo de Artigas, y que 
coleccionó bajo la presidencia de Oribe, dedican- 



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Los Troclas de la Revolución 109 

doselas. Hay mucho de estravagante en esa co- 
lección, donde ni el Le-Roy deja de encontrar un 
himno laudatorio; pero hay también algunos en- 
sayos dramáticos y algunas letrillas, que abonan 
el talento del autor. 

El período sangriento que se abrió en el país al 
terminar la segunda presidencia constitucional, 
paralizó el movimiento literario, interrumpiendo 
por largos años todo comercio intelectual. Como 
manifestación única del pensamiento, quedó la 
prensa diaria, cuya hojas volantes decían lo sufi- 
ciente para noticiar los encuentros y batallas, las 
venganzas, los sustos, las desvastaciones de que 
fué teatro la República durante catorce años. Hoy 
todo eso ha pasado, flotando su recuerdo en el 
horizonte histórico como una nube de sangre. 
Por entre esa nube, procuran nuestros ojos en- 
trever otras épocas mejores, y la. imajinacion nos 
lleva á los tiempos lejendarios de la independen- 
cia con ánimo de reanudarlos al presente. Diga- 
mos, pues, la última palabra para concluir. 

Lo que tiene de halagador nuestra literatura 
revolucionaria, es que señala un esfuerzo intelec- 
tual, al lado de un esfuerzo guerrero, cuya inten- 
sidad parecía escluir todo cultivo de emociones 
dulces. Esa combinación de las armas y las letras, 
asociándose para hacer triunfar una idea, de- 
muestra que los independientes tenían no solo 
confianza en su causa, sino pasión por los ideales 
que iban anexos á su triunfo. Habían soñado una 
patria libre, y querían presentarla de tal modo á 
las miradas del mundo, que no se echase de me- 
nos en ella nada de lo que formaba el ornamento 



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lio Esludios Literarios 

de los demás pueblos libres de la tierra. El em- 
peño era atrevido sin duda, y su éxito no corres- 
pondió, artísticamente considerado, á la alteza 
de los propósitos que lo impulsaban; pero habia 
en ello un síntoma bastante satisfactorio para el 
orgullo nacional. De todos modos, resultaba evi- 
denciado que no era la barbarie indómita quien 
habia conseguido casualmente libertar el territo- 
rio patrio ; pues aparecían factores de otra índole 
persiguiendo ese fin. Una revolución que funda- 
ba bibliotecas populares, abria escuelas publicas, 
consignaba adelantadísimos principios de go- 
bierno en sus programas políticos y solemnizaba 
sus triunfos militares con torneos literarios, no 
era una Revolución de bárbaros. 

Las causas que contribuyeron á acortar el vue- 
lo de la poesía, son muy abultadas para no ale- 
garlas en descargo. Rigorosamente hablando, y 
destacados los clérigos, no habia en el país otro 
literato preparado á ser tal, que Figueroa ; pues 
los demás se habían formado solos, sea porque 
entraran á la vida activa en harto temprana edad, 
sea porque su instrucción propia no rebasase los 
límites de conocimientos muy elementales. Casi 
todos ignoraban las reglas artísticas que puli- 
mentan la forma, y carecían de aquel caudal de 
consulta que refina el gusto por la comparación 
de las ideas propias con los pensamientos aje- 
nos. Vivían en un escenario estrecho, sin las 
perspectivas luminosas que irradia el arte en las 
naciones viejas. Por eso es que su poesía no pu- 
do reflejar otra cosa que el ansia de la libertad, 
en una forma muchas veces pobre, como eran 



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Los Poetas de la Revolución iii 

pobres sus medios de acción y su modo de vivir. 
Pero no puede negarse que con todos estos in- 
convenientes, cumplieron su misión, así los gran- 
des como los pequeños, dotando al país de una 
literatura, que con todos sus defectos, es la raiz 
de la literatura nacional. Seriamos injustos, si en 
nuestros adelantos de hoy, pretendiéramos me- 
nospreciar aquellos esfuerzos, tanto mas dignos 
cuanto eran inspirados por un ideal nobilísimo. 
La crítica debe ejercer su ministerio sobre ellos, 
pero no para satirizarlos, sino para poner en claro 
la razón de sus deficiencias, y darse el patriótico 
placer de medir los progresos realizados desde 
entonces, merced á la labor constante de una ge- 
neración que ha podido aplicar mayor actividad 
intelectual al cultivo de las letras. 




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LA RELIJION Y LA CIENCIA 



(juicio crítico sobre el libro de Draper) 




ESDE la aparición de Voltaire y los enci- 
I clopedistas, la literatura católica ha reci- 
bido un golpe del cual anda por reponer- 
se todavía. Arrojada del primer puesto 
en la circulación, perdió necesariamente la im- 
portancia que dá el favor público, y no teniendo 
número de lectores aproximado á su rival, ha de- 
bido retirarse vencida del campo de la influencia-. 
Sin hablar de los grandes autores clásicos del ca- 
tolicismo, hoy casi todos relegados al olvido, aun 
en los modernos se ve la indiferencia de que son 
víctimas, y si á Chateaubriand le ha salvado su 
prosa poética, y á Donoso Cortés la maravillosa 
elevación de su estilo, y á Manzoni su gracia ita- 
liana, y á Luis Veuillot su orijinalidad, y á César 
Cantú la audacia de sus síntesis históricas, no 
pueden jactarse de parecida suerte centenares de 



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114 Estudios Literarios 

escritores de un mérito indisputable, cuyos libros 
circulan perezosamente entre los eruditos, des- 
pués de haber sido la ruina social y pecuniaria 
de sus autores . 

Ensoberbecidas las escuelas racionalistas por 
esta muestra abrumadora de favor popular, la 
aducen á manera de comprobación irrefutable 
sobre el crédito de sus doctrinas ; y afirman que 
es suyo el mundo de las ideas, por que es suyo el 
pasto intelectual de que se nutre la humanidad 
educanda en su mayor estension. No irían desca- 
minadas al decirlo, si en el fondo de los hechos 
no hubiera un dato olvidado que determina en 
otro sentido la solución del problema. 

El racionalismo es, á par de una escuela de 
propaganda , una escuela literaria. Lo magro 
de su contextura le obliga á recurrir al arte, para 
vestir con apariencias de vigor propio, la debili- 
dad que ostentaría si se presentara escueto de ar- 
tificios en la escena. Acariciador mimoso de la for- 
ma, pule y redondea las frases distribuyéndolas 
en proporción adecuada de sonoridad, dentro de 
los limites de cada período. Donde debe defen- 
derse ataca; donde puede atacar afecta no de- 
fenderse, aun cuando echa el resto en la parada ; 
y sale del paso en los trances más serios con una 
broma picante, que si no convence al lector, lo 
ruboriza, cortándole el hilo de las reflexiones. 
Tal fué la táctica de Voltaire, cuyas obras leí- 
das hoy á sangre fria, pasman la razón del que se 
ponga á analizar los quilates de juicio que tuvo el 
siglo que le llamó patriarca de la rejeneracion hu- 
mana. 



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La Tielijion y la Ciencia 1 1 5 

La literatura católica tiene contra si para pro- 
pagarse, tocias las ventajas que le lleva su rival, 
con más otros inconvenientes que nacen de la 
naturaleza de su índole. El deseo de decir la ver- 
' dad, de comprobarla y de enseñarla, induce á los 
escritores de esa procedencia á dilucidar sus te- 
mas con una copia de datos, que perjudica la lec- 
ción agradable de sus éibros. De ahí, que en la 
esfera de las contiendas intelectuales, se aseme- 
je el racionalista al espadachín flexible y diestro 
que dá un asalto ante admiradores encantados en 
la soltura de sus ademanes; mientras los católi- 
cos remedan al antiguo caballero feudal, inespug- 
nable de pies á cabeza, pero de guardia tardía y 
ademan pesado. Porsupuesto que esta observa- 
ción reza con los trabajos fundamentales que pre- 
sentan á la relijion bajo el concepto científico que 
ella tiene de por sí, y no con las producciones de 
bella literatura, en muchas de las cuales sobre- 
pujan los católicos á los racionalistas. Pero es 
de advertir, que aun existiendo esa equivalencia 
en el campo imajinativo, subsiste también para 
ella la inferioridad de circulación, lo que prueba 
que la educación superficial distribuida hoy por 
el mundo, falsea tanto los principios relijiosos 
como el buen gusto. 

Tan considerables han sido, empero, los traba- 
jos lanzados al mundo literario por el catolicismo, 
que con todos los defectos de forma, y más que 
nada de volumen, que quiera oponérseles, han 
rebasado el límite que la indiferencia marca á la 
curiosidad. Los hombres estudiosos de todas las 
procedencias, y singularmente algunos protes- 



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ii6 Estudios Literarios 



tantes, no han podido abstenerse de ir á buscar 
en esos voluminosos libros tan satirizados, la 
fuente de agua viva que apaga los martirios inte- 
lectuales de la duda, y del estudio de los Padres 
de la Iglesia y de la lección de los teólogos sus 
comentadores, han sacado notables producciones 
literarias, que empezando con las de Cobbett, 
Ranke, Guizot y Macaulay, prometen no acabar 
mientras la incredulidad irrespetuosa no conten- 
ga sus ímpetus contra el decoro humano. Este 
hecho por sí solo demuestra que si ios protestan- 
tes han podido encontrar en el arsenal católico ar- 
mas tan formidables que con esgrimirlas á su 
modo tienen acorralado al ateísmo y al raciona- 
lismo puro, á mayoría de razón pueden ios cató- 
licos asestar el último golpe á sus adversarios, si 
se deciden á esgrimir como conviene en la actua- 
lidad, sus armas invencibles. 

Se nos antoja que la necesidad de una reforma 
literaria en la confección de las obras fundamen- 
tales, está indicada como curativo eficaz del mal 
que analizamos. Un poco más de movilidad en el 
estilo, menos agrupación de pruebas en los pun- 
tos que ya están victoriosamente rebatidos, cierta 
condescendencia con la imajinacion cuyos rápi- 
dos giros suelen ser indispensables para la pintu- 
ra gráfica de las ideas, son sin disputa, exijencias 
racionales de estos tiempos en que todo marcha 
á vapor. Bastará para demostrarlo el éxito asom- 
broso obtenido por el libro que forma la materia 
de este estudio, y que no siendo en sí mismo más 
que una recopilación de cargos ya rebatidos, ha 
logrado, merced á su estilo y corte literario, cau- 



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La ^elijion y la Ciencia 117 

tivar la atención pública doquiera ; sin que hayan 
sido parte á cerrarle el paso, ni las criticas de los 
adversarios, ni las de los propios amigos condo- 
lidos de los agravios que hace su autor á la ver- 
dad, tergiversando sucesos capitales para la his- 
toria de la civilización del mundo. 



Lleva el libro de Draper por titulo Historia de 
los conflictos entre la relijion y la ciencia ; y su con- 
tenido es un rápido bosquejo en doce capítulos, 
que partiendo de los tiempos en que supone ha- 
ber comenzado el movimiento científico con la 
fundación del Museo de Alejandría, llega hasta 
la época actual deteniéndose en el Concilio Vati- 
cano, cuyas operaciones intenta narrar. Las di- 
versas fases por que el cristianismo ha pasado en 
tan largo trascurso de años, son sucesivamente 
presentadas al lector de tal modo, que dejan en 
su espíritu la triste impresión de la credulidad 
humana esplotada por el fundador de una secta 
relijiosa, envilecedora de los hombres durante 
diez y nueve siglos, á beneficio de una sucesión 
de embaucadores que se titulan Pontífices Roma- 
nos, y bajo la autoridad de una institución su- 
persticiosa y torpe que se llama Iglesia Católica. 

Seguramente que si la historia ha de ser una 
enseñanza saludable basada en la verdad estricta, 
ni verdad ni enseñanzas provechosas contiene la 
obra del profesor americano, quien, sea dicho de 
paso, acompaña su nombre en la edición inglesa 



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ii8 Estudios Literarios 

con los calificativos de « Doctor en medicina y 
leyes, Profesor de la Universidad de Nueva York, 
y autor de un tratado de ñsiolojia humana», pro- 
lijidad enumerativa aproximada al charlatanis- 
mo, según parece haberlo comprendido hasta el 
traductor español, librando el nombre de todas 
estas adherencias con dejarlo en Juan Guillermo 
Draper á secas. Tras de esta policía piadosa del 
señor Arcimis, ha venido el señor Salmerón, que 
á título degefe de lo que llaman escuela krausista 
en España, debia necesariamente escribir un pró- 
logo para la obra de Draper, como para cual- 
quiera otra en que hubiera la oportunidad de 
botar al arroyo, desfigurada y maltrecha, la alti- 
sonante y gallarda lengua española. 

Cual sea el concepto que tiene Draper sobre el 
modo de escribir la historia, puede averiguarse 
desde luego en el siguiente pasaje de su libro: 
«Hay dos modos de escribir la historia, dice, ar- 
tístico el uno, científico el otro ; el primero acep- 
ta que el hombre da ó es orí jen de los aconteci- 
mientos, por lo tanto escoje algún individuo 
notable, lo representa bajo una forma de fanta- 
sía y hace de él, el héroe de una novela. El se- 
gundo, considerando que los sucesos humanos 
presentan una cadena jamás interrumpida, en 
que cada hecho nace de otro anterior y produce 
otro subsiguiente, declara que no es el hombre 
quien domina los sucesos, sino estos al hombre. 
El primero crea unas composiciones que, aunque 
pueden interesarnos y causar nuestra delicia, 
son poco más que novelas ; el segundo es austero, 
quizá hasta repulsivo, por la convicción que nos 



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La ^elijion y la Ciencia 119 

imprime del irresistible dominio de la ley y de la 
insignificancia de los esfuerzos humanos.» De lo 
cual se sigue que el autor es fatalista y que para 
él domina ciegamente en el mundo una ley in- 
flexible y superior á la intelijencia del hombre, á 
la vigorosa iniciativa de las naciones, y á los es- 
fuerzos de la ciencia. La humanidad, según esto, 
ha vivido miserablemente engañada hasta hoy,ce- 
lebrando los triunfos de los políticos, admirando 
los sacrificios de los creyentes, aplaudiendo la 
heroicidad de los pueblos. En nada de ello hay 
cosa de qué estrañarse, porque estaba escrito ! 

Con semejante filosofía, ya se comprende que 
la fidelidad en la narración de los hechos y la 
buena fé en su apreciación, es cosa baladi. ¿ Qué 
importancia puede tener en el orden de la filia- 
ción histórica, el atribuir á tal ó cual causa la 
eficiencia de tales ó cuales hechos, si con ella, 
contra ella ó sin ella, los hechos se habrian pro- 
ducido del mismo modo ? Aceptada esa regla de 
criterio, así la importancia de los sucesos como 
la de los individuos intervinientes en su realiza- 
ción, caen bajo la misma ley de insignificancia. 
Por eso es, sin duda, que Draper comienza la 
historia de sus conflictos provocando un verda- 
dero conflicto, con destruir de una plumada toda 
la civilización egipcia y griega, poniendo el orí- 
jen y cuna de la ciencia en la fundación del Mu- 
seo de Alejandría, que creó Ptolomeo y adelantó 
su hijo. 

Escandalizado ante tamaño dislate, el señor 
Salmerón, apesar de su pasta krausista y de su 
reverente admiración declarada hacia el libro en 



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120 Estudios Literarios 

cuya portada ha escrito su nombre, no puede 
menos de llamar á Draper al orden, diciéndole: 
« Aun sin contar la estcnsion y elevación de cul- 
tura que en el remoto Oriente alcanzaron sobre 
todo las razas arias, y que en la relijion como en 
el arte y la filosofía y hasta en el saber positivo de 
la observación natural constituyen un período 
brillante y aun solemne por la majestuosa fecun- 
didad de la fantasía y la profundidad de las ideas, 
parécenos de todo punto injustificable referir el 
oríjen de la ciencia á la fundación del Museo de 
Alejandría; como si pudieran relegarse al ínfimo 
papel de frustráneos ensayos ó fantásticas irre- 
flexivas concepciones, las profundas y sistemáticas 
doctrinas que con tan regular y lejítimo proceso 
fué produciendo y desarrollando el maravilloso 
espíritu del pueblo griego. Podría quedar inaper- 
cibido el movimiento ante-socrático por la falta 
de monumentos escritos, que no alcanza á suplir 
la tradición, y por la deficiencia y manquedad de 
las observaciones y teorías, siendo en rigor in- 
justo menospreciar el naturalismo dinámico de la 
escuela jónica, y el idealismo matemático de la es- 
cuela itálica, y el panteismo dialéctico y el atomismo 
mecánico de las escuelas metafísica y física de 
Elea, y el espiritualismo de Anaxágoras, y el racio- 
nalismo que pudiéramos llamar evolutivo ó tras- 
formista de Heráclito, con que se preparaba una ' 
concepción unitaria del mundo, y se destruía el 
antropomorfismo mitolójico, y se abría el camino 
de la observación y de la inducción científicas, y 
se despertaba la razón al conocimiento reflexivo 
de los principios y leyes de la realidad, y se ha- 



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La Jielijion y la Ciencia 121 

cia posible la aparición dé los genios superiores 
de Platón y Aristóteles y hasta se formulaban 
doctrinas á que la ciencia vuelve con reconoci- 
miento profundo en nuestro tiempo.» 

Por el esfuerzo hercúleo del señor Salmerón, 
decidiéndose á salir del limbo de su lenguaje 
habitual para poner en idioma casi corriente es- 
tas obgeciones, pviede juzgarse hasta dónde será 
inadmisible la enmienda hecha en la partida de 
nacimiento de la ciencia por el americano doctor, 
dos veces diplomado, cuyo libro es á un mismo 
tiempo delicia y confusión de sus admiradores. 
Y no se crea ser éste el único traspié de que han 
tomado nota los amigos, sino que mas adelante 
también han debido refutar al autor, sobre la 
contradicción de sus apreciaciones en lo que mira 
á la marcha é influencias del protestantismo, que 
él juzga de tan distintos modos como ocasiones 
tiene de nombrarlo. 

Cedamos otra vez la palabra al señor Salmerón 
que aborda en esta forma su crítica : « Apenas si 
se detiene Draper á consignar el progreso cum- 
plido en la Reforma, y aun estima su trascenden- 
cia y carácter con incierto criterio, incurriendo 
en contradicciones que no hemos de pasar en 
silencio. Preocupado sólo de enumerar los ade- 
lantos concretos de la observación, afirma (páj. 
224) que «nada debe la Ciencia á la Reforma»; y 
casi á renglón seguido (páj. 247) tiene que con- 
signar que merced á ello « no hubo autoridad que 
pudiese condenar las obras de Newton.» Confun- 
diendo en un mismo anatema la escepcion con la 
regla, llega por la muerte de Servet á equiparar 



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122 Estudios Literarios 

el protestantismo con el catolicismo (páj. 224) ; y 
al fin (páj. 376), viniendo á mejor acuerdo, reco- 
noce que si llegó Calvino á tan bárbaro esceso de 
fanatismo « no fué por los principios de la Re- 
forma, sino por los del catolicismo, de los que 
no habia podido emanciparse completamente. » 
Mas sobreponiéndose á tales indecisiones, y rec- 
tificando sus contradicciones, en definitiva sus- 
tenta (páj. 376) que mientras el cristianismo 
católico y la ciencia son absolutamente incom- 
patibles, no solo es posible una reconciliación 
entre la Ciencia y la Reforma, sino que se verifi- 
caría fácilmente si las Iglesias protestantes qui- 
sieran observar la máxima de Lutero, establecida 
en tantos años de guerra, de que todos tienen 
derecho de interpretar privadamente las Escritu- 
ras \Jué el fundamento de la libertad individual.» 
Ya se vé pues, que el primero de todos los con- 
flictos á resolver por Draper, es el conflicto de sí 
mismo con sus potencias intelectuales ; porque á 
menos de no tener el juicio perdido y flaca y alu- 
cinada la memoria, es imposible caer en contra- 
dicciones mayores y anacronismos más fuertes, 
á vueltas de extremar una duplicidad doctoral, 
que con el tratado de fisiolojia humana y todo, 
no ha surtido otro efecto que el que surtieron en 
el desventurado hidalgo manchego aquellos li- 
bros pecadores que en hora tardía quemaron el 
ama y la sobrina. Mas como quiera que sea, con 
lo dicho sobra para formar opinión respecto á la 
que tienen de autor y libro, sus propios amigos y 
admiradores. 






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La lielijion y la Ciencia 123 



Los amigos del autor, empero, si por lo que 
hace al oríjen y progresos de la ciencia, le han 
ido á la mano para rectificarle sus fantásticos da- 
tos ; no ha sucedido asi respecto al oríjen y pro- 
gresos del cristianismo, en cuya historia han 
dejado pasar sin correctivo el supuesto de que su 
Fundador fué un intrigante, y que sus discípulos 
y continuadores encontraron el terreno prepa- 
rado para difundir la intriga con éxito satisfacto- 
rio. Ambos cargos no tienen, sinembargo, ni el 
mérito de la novedad ; y el primero de ellos es la 
reproducción del que le hicieron á Cristo sus ini- 
cuos jueces. Veamos cómo lo cuéntala Escritura; 
« El pontífice ( Anas ) preguntó á Jesús sobre sus 
discípulos y sobre su doctrina. Jesús le respon- 
dió : —Yo manifiestamente he hablado al mundo : 
yo siempre he enseñado en la sinagoga y en el 
templo, á donde concurren todos los judíos, y 
nada he hablado en oculto. ¿ Qué me preguntas 
á mi ? Pregunta á aquellos que han oido lo que 
yo les hablé, ellos saben lo que yo he dicho. — 
Cuando esto hubo espresado, uno de los minis- 
tros que estaban allí le dio una bofetada, dicien- 
do : --¿ Así respondes al Pontífice? — Jesús le con- 
testó : Si he hablado mal, dá testimonio del mal : 
mas si bien ¿por qué me hieres? (i). 

Le habían preso levantándole calumnias, se 
justificaba con el testimonio publico de su vida, 
y le abofeteaban todavía. El hecho se reproduce 

(i) Juan, c. XVIIL v. 19-23. 



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124 Estudios Literarios 



ahora con los mismos caracteres de entonces : 
idénticos son los raciocinios del acusado y de 
los jueces. De un lado el Salvador, puro y sen- 
cillo como la inocencia, ofreciendo á los hom- 
bres el testimonio abierto de su vida ; y frente á 
él sus calumniadores, aglomerando todo linaje 
de falsedades para imputarle delitos contra la 
verdad. ¿ Qué contestar á estos cargos? Aun exis- 
te sobre la cima del Gólgota la ondulación que 
marca el paraje donde se consumó el sacrificio de 
la victima, venida al mundo, según sus propias 
palabras, para dar testimonio á la vadad! 

No valen, en cuanto al Cristo, las falsificaciones 
históricas ni las mistificaciones de cualquier gé- 
nero que sean. Mas en la narración de los suce- 
sos que constituyen la trama de la vida cristiana, 
desde la muerte del Salvador hasta la consoli- 
dación de la Iglesia en el mundo, las opiniones 
de los enemigos de ésta han contribuido á for- 
mar los más opuestos criterios. Prevaliéndose 
de tal confusión, es que Draper asienta como 
cosa evidente, que el triunfo de la Iglesia se de- 
bió, no á designios sobrenaturales, ni á la virtud 
y entereza de los apóstoles y mártires de las pri- 
meras aciagas épocas de lucha, sino precisa- 
mente á la tolerancia de los romanos con el cris- 
tianismo. Pero nada hay más inexacto que 
semejante afirmación. 

La verdad pura y genuina de los hechos es, 
que desde el dia en que el cristianismo apare- 
ció, tuvo por premio el martirio. En el siglo 1 
y reinando Tiberio, la primera víctima fué Es- 
teban protomartir. Reinando Nerón sucumbieron 



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La ^elijion y la Ciencia 125 



san Pedro y san Pablo, á más de los centenares 
de mártires oscuros que les precedieron y si- 
guieron. En el siglo II comienza con Trajano 
una nueva persecución, que hace sucumbir entre 
otros á san Simeón obispo de Jerusalem y 
san Ignacio obispo de Antioquía, ancianos am- 
bos. Bajo Marco Aurelio, san Policarpo obispo 
de Esmirna y san Fontino obispo de Dion, am- 
bos nonagenarios, san Justino filósofo conver- 
tido y centenares de otros cristianos, reciben el 
martirio. En el siglo III, bajo Septimio Severo, 
perecen con san Irineo obispo de Lyon 18,000 
mártires y dos mujeres santa Perpetua y santa 
Felicitas, mueren en el anfiteatro con heroico 
comportamiento. Bajo Maximino, caen los Papas 
san Ponciano y san Antero, el diácono Ambrosio, 
el sacerdote Protoctetes, santa Ürsula y sus com- 
pañeras. Bajo Décio, el Papa san Fabián y los 
obispos san Bábilas de Antioquía y san Alejan- 
dro de Jerusalem sufirieron el martirio con milla- 
res de cristianos, cuya lista se agotó en los obis- 
pos san Cornelio y san Lucio últimas victimas 
de aquella terrible época. Bajo Valeriano, se de- 
cretó que los obispos, sacerdotes y diáconos fue- 
sen decapitados, y lo fueron entre otros el Papa 
san Sisto y su diácono Lorenzo ; san Cipriano de 
Cartagoylos 153 mártires de Utica degollados 
en un solo dia. Bajo Aureliano, un nuevo edicto 
lacfeado contra los cristianos, no se cumplió en 
todos sus efectos por haber sido asesinado el em- 
perador. Bajo Diocleciano, la persecución revis- 
tió caracteres abrumadores : no solo fueron mar- 
tirizados millares de individuos entre ellos la 



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120 Estudios Literarios 



lejion Tebana, sino que se arrasaron los templos, 
se quemaron las reliquias y ornamentos, se de 
gradaron á los nobles de uno y otro sexo cuya 
tibieza pagana dejaba presumir inclinaciones al 
cristianismo, y quedó establecido el terror como 
norma de procedimiento. ¿ Puede esto llamarse 
tolerancia ? 

Ni tampoco se concibe que el estado de las cos- 
tumbres públicas, dejase lugar á un sentimiento 
parecido. Aparte de la espantosa corrupción que 
reinaba entonces en Roma, y que por acción re- 
fleja puede conocerse leyendo una pajina de la 
vida de los Césares que imperaban ; lasintelijen- 
cias mas cultas y floridas eran víctimas de su- 
persticiones y desvarios, que las hacian fanática- 
mente intolerantes en punto acreencias relijiosas. 
Agregábase á ello, un profundo desprecio á los 
cristianos, tenidos por la hez de las gentes ; repu- 
tados viciosos, ignorantes y miserables ; profeso- 
res de una relijion insensata que superaba todas 
las demencias conocidas (insania, amentia, demen- 
tia^ stuliiiia, furiosa opinio,furoris incipientia). Se 
ridiculizaba la baja estofa social de aquel Cristo 
tan amado, su muerte en un patíbulo oprobioso, 
la clase de compañeros que se le habían juntado 
como apóstoles y los que se les apandillaron des- 
pués á estos como sucesores. Se comparaba la 
sencillez de porte y costumbres de los nuevos 
teólogos, la austeridad de sus pruebas, las jSro- 
mesas invisibles de una gloria extra-terrestre, 
con aquella pompa del paganismo y aquellos 
goces inmediatos y tangibles que ofrecía y pro- 
porcionaba César, omnipotente, rey y pontíñce á 



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La Tielijion y la Ciencia 127 

la ^ez, representante de la patria por la tradición 
y ciel orgullo romano por la dominación positiva 
del mundo. Y se concluía de aquí, que era nece- 
ssLrio esterminar aquella plebe fanática, novadora 
de las costumbres y los ritos; tomando su perse- 
ciacion todo el fervor de un acto relijioso y patrió- 
tí.co, como que tendia á apaciguar el enojo de los 
dioses y á velar por la grandeza del imperio. 

Es tan rudimentario todo esto para los que ten- 
g'an una mediana lección historial, que Draper 
se vé en grandes apuros al intentar negarlo, y 
no sale del paso sin contradecirse feamente. Pin- 
tando el estado social del imperio romano á la 
aparición del cristianismo, dice (páj. 57): «Cuando 
el Imperio, en un sentido militar y político, al- 
canzó su mayor elevación, llegó á su mas alto 
punto de inmoralidad bajo un aspecto relijioso y 
social ; se hizo completamente ppicúreo ; sus má- 
ximas eran que la vida debia tomarse como una 
fiesta ; que la virtud es únicamente el condimento 
del placer y la templanza el medio de prolon- 
• garlo. » De aquí resulta evidenciado, que la si- 
tuación era bien desfavorable para la propa- 
ganda de una moral austef a, y sinembargo Dra- 
per no lo cree así, afirmando (páj. 38) : «que á 
favor de una paz universal y un sentimiento de 
fi-aternidad entre las naciones vencidas, era fácil 
la rápida difusión por todo el Imperio del princi- 
pio cristiano nuevamente establecido». Mas no 
pudiendo concillarse esto con las persecuciones 
que el autor entra á narrar en seguida, escribe 
(páj. 39): «que descubriendo los emperadores 
romanos que era absolutamente incompatible el 



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128 Estudios Literarios 

cristianismo con el sistema imperial, intentaron 
abatirlo por la fuerza ; obrando en esto de acuerdo 
con el espíritu de sus máximas militares, que 
solo reconocían la fuerza como medio de obtener 
conformidad. » Ni te entiendo, ni me entiendes ! 
Por este estilo son todos los conflictos del libro 
de Draper, que no nacen de la confrontación ó^ 
paralelismo del progreso relijioso con el cientí- 
fico, sino del cotejo respectivo de las afirmacio- 
nes del autor. No hay una pajina que no difiera 
de la anterior y contradiga á la siguiente, en lo 
más fundamental de sus conceptos. Sinembargo, 
sus apasionados dicen que raciocina lójicamente, 
y para confirmarlo, le apuntan ellos mismos las 
contradicciones en que cae, justificando de esa 
manera aquella sentencia bíblica que dice : «ma- 
nadero de vida es la sabiduría á quien la posee, 
pero la erudición de los insensatos es locura » . 



Mas todas estas escursiones en el dominio de 
los tiempos pasados, no podían resultar benefi- 
ciosas para el autor de los conflictos mientras que- 
dara en pié el testimonio vivo de la Revelación; 
asi es que por fin se decide á impugnarlo, aunque 
violando las reglas de la unidad procesal y el 
método cronolójico de la narración, que le man- 
daban haber empezado por ahí. De dos clases son 
las obgeciones que se han hecho hasta hoy á la 
Biblia por sus opugnadores. Del género herme- 
néutico ó interpretativo la ,una, su antigüedad 



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La ^elijion y la Ciencia 129 

nace con los primitivos cismáticos hasta formar 
la escuela de Lutero y sus partidarios; y del gé- 
nero crítico la otra, sus ínfulas han crecido en 
nuestros tiempos de escepticismo exajerado, en 
los cuales se ha tenido á gala no creer siquie- 
ra que existiese el maná en Egipto, hasta que un 
viajero poco simpático al catolicismo declaró ha- 
berlo comido allí, (i) Sinembargo, ios trabajos 
hechos por diversos sabios analizando la Biblia; 
entre los cuales no pueden omitirse los muy re- 
cientes del abate Moigno y el P. Gual que resu- 
men cuanto se ha escrito sobre la materia; pre- 
sentan ese libro inmortal con tales caracteres de 
autenticidad que hacen ridicula la pretensión de 
mantener dudas sobre ello. 

¿Y cuáles son, por otra parte, esas dudas? Si 
las habia sobre la antigüedad del Pentateuco de 
Moysés ; está demostrado hoy por rigorosa cro- 
nolojía que Moysés supera en edad á todos los 
antiguos escritores conocidos, siendo anterior á 
Sanconiatono el fenicio en 300 años ; á Homero 
en 500, á Confucio en 1000, á Beroso el caldeo en 
1 170, á Herodoto y á Maneton en 1240 ; lo que de- 
muestra á la vez que no pudo plajiar á ninguno 
de ellos. Si á esta antigüedad, que de suyo ga- 
rante la orijinalidad, se la contesta diciendo que 
no pertenece á Moysés sino á Esdras la redacción 
del T^entateuco; Esdras mismo (lib. 11, 8-13) se en- 
carga de desmentir el aserto afirmado : « que bajo 
el gobierno de Artagerges ¡Mano-Larga se trasmi- 



(i) C. F. Volney — Viaje por Egyfto y Syria. Tomo II, 
(Apend.) 

E. L. Q 



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130 Estudios Literarios 

gró él desde Persia con los hebreos que quisieron 
seguirle, y una vez en el país natal, fué encarga- 
do por sus compatriotas de interpretar los libros 
de Moysés » , lo que prueba que estaban ya es- 
critos. Por otra parte, en los tiempos en que Es- 
dras acometía esta empresa, los samaritanos, 
enemigos mortales de los hebreos, poseían otro 
ejemplar del T^entateuco, y no habrían permitído 
sin protesta que se adulterase lo que ellos tenian 
por una ley divina. La mejor prueba en este caso 
contra cualquier abuso de Esdras, es el hecho de 
que dos pueblos enemigos tuviesen, cada uno, un 
ejemplar de los libros de Moysés, y que ambos 
ejemplares se conserven idéntícos después de 
mas de 2800 años. 

Se alegan también contra la orijinalidad del 
Pentateuco y otras obgeciones. Dicen que por 
razón de haber sido escrito, estaba ese libro tra- 
bajado para un pueblo que sabia leer y que ha- 
bría recibido esa enseñanza junto con los princi- 
pios relijiosos que formaban de antiguo su lastre 
intelectual ; de donde se sigue que Moysés fué 
un mero compilador de las ideas corrientes entre 
sus compatriotas . Agregan que leyéndose en el 
Pentateuco frases como esta. «Porque Moysés era 
varón muy manso, mas que todos los hombres 
que eran sobre la tíerra:» y como esta otra: «Nun- 
ca mas se levantó Profeta en Israel, como Moysés, 
á quien haya conocido el Señor cara á cara; » es 
imposible que el mismo aludido se hiciera ese 
elojio. Y por último, añaden, que narrándose en 
el Pentateuco la muerte de Moysés, no pudo ra- 
cionalmente describirla éste, lo que es un testi- 



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La ^elijion y la Ciencia 131 

monio más contra la autenticidad del libro. Nada 
de nuevo, empero, dicen estas obgeciones, y so- 
bre todo, nada prueban. 

Que los hebreos sabian escribir antes de Moy- 
sés, lo dice el mismo Moysés en el Éxodo, cuando 
habla de ciertas lápidas sobre las cuales estaban 
esculpidos nombres é inscripciones de los hijos 
de Israel; y lo confirma en los Números, mentan- 
do el Libro de las batallas del Señor, cosas todas 
anteriores á él. Que se elojiase á sí mismo en al- 
gunos pasajes de su inspirada narración, humi- 
llándose y vituperándose en otras, es achaque 
común á todos los escritores sagrados; pues san 
Pablo en algunos lugares de la Escritura se com- 
para con los primeros de los apóstoles, mientras 
en otros se llama hijo abortivo y persecutor de la 
Iglesia; y san Juan no vacila en asegurar que el 
Señor le prefería á él entre todos sus discípulos. 
Ahora, por lo que respecta á los ocho versículos 
finales del Pentateuco, en que se narra la muerte 
de Moysés, los teólogos mas ortodojos siempre 
han admitido, que pueden haber sido escritos 
por Josué su confidente y sucesor. Hé aquí todo, 
¿ prueba ello algo contra el Pentateuco? Porque 
ios hebreos sabian escribir antes de Moysés ¿ se 
pretenderá que conocían y amaban de tiempos 
atrás las leyes del Sinaí y sus concordantes, cuan- 
do la historia atestigua que se sublevaron contra 
ellas y contra Moysés repetidas veces, en el tras- 
curso de los 40 años que ensayó á imponérselas ? 
Porque Josué ó cualquier otro haya agregado 
ocho versículos á los cinco ^volúmenes que com- 
ponen el Pentateuco ¿ se seguirá de ahí que Moy- 



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132 Estudios Literarios 

sés no sea el autor de todo lo que precede á esas 
diez y seis lineas ? 

Esto es sencillamente absurdo. Pero lo es más 
todavía, la conglomeración de ditirambos con 
que los exejetas de nuevo cuño tratan de salir 
triunfantes contra la Biblia, arrancando el debate 
de la esfera cronolójica y literaria, para llevarlo 
á lo fundamental y teolójico. Corridos en la 
cuestión de fechas y sincronismos , apelan á la 
inventiva, para hacer de los dogmas un fabuloso 
tejido de procedencia humana, cuyos hilos se en* 
cuentran generalmente en la India, como que na- 
die ha de ir allá para cerciorarse de la cosa. La 
India que estaba un poco en baja desde que Vol- 
taire la manoseó tanto para oponerla al catolicis- 
mo, ha entrado en moda nuevamente por mano 
de M. JacoUiot, especie de hierofante que con una 
nueva Biblia de su invención, recorre las calles de 
París, pronto á dar cuantas esplicaciones se le 
pidan. Este indiomano y sus acólitos, resuelven 
todas las dificultades con remitirlas al país del 
Ganges y del Bramaputra, de donde han desen- 
terrado una civilización hasta el dia incógnita. 
De allí ha salido el dogma de la Trinidad, de allí 
los libros de Moysés que son un plájio de los Ve- 
das; de allí toda la doctrina cristiana, pues nada 
menos que Jesucristo mismo, estuvo en la India 
quince años para aprender las cosas sublimes que 
nos enseñó. Dogmas de la Trinidad, del Purga- 
torio y del Infierno, caida del hombre, su rejene- 
racion por la penitencia, la oración y la limosna; 
todo viene de la India. ¡ Que JacoUiot, tan travie- 
so ! Lo cierto es que él ha echado fama y no le 



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La ^elijion y la Ciencia 133 

faltan discípulos, entre ellos nuestro Draper, que 
ya se nos vá quedando rezagado, y al cual volve- 
mos sin mas trámite. 

Puestas á la disposición del público por las dos 
escuelas enemigas de la Biblia, tantas maravillas ; 
Draper no podia menos de agarrarse á la coyun- 
tura, pero lo ha hecho con tanta inhabilidad, que 
pretende utilizar los argumentos de ambas escue- 
las á la vez, en lo que anda desacertado. Porque 
si ha de negar la autenticidad de la Biblia, por 
fuerza tiene que despreciarla en absoluto, y no 
hacer mención de ella en ciertos casos dándole 
una validez que en otros le niega. 

Desde que toda la Biblia es falsa ¿ para qué dis- 
cute entonces la probabilidad de que el Pentateu- 
co fuese escrito por Esdras y no por Moysés, que 
san Pedro muriese en cualquier parte menos en 
Roma, que los dogmas de la Trinidad, del Purga- 
torio y del Pecado Orijinal no fluyan de la ense- 
ñanza de Cristo, y que el bautismo y la confesión 
auricular sean una invención clerical ? Porque si 
por arte de encantamiento, Esdras que vivió unos 
1300 años después de Moysés, pudo escribir por 
primera vez el Pentateuco que los israelitas leian 
sinembargo desde 1300 años antes, y si san Pedro 
no fué encerrado en la prisión Mamertina en Ro- 
ma junto con san Pablo por orden de Nerón, y de 
allí salió á ser crucificado, alcanzando su compa- 
ñero un género de muerte menos infamante por 
gozar honores de ciudadano romano ; y si los 
dogmas de la Trinidad, del Purgatorio y dej Pe- 
cado Orijinal no fluyen de la enseñanza evangéli- 
ca, especialmente el primero del Génesis y de los 



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134 Estudios Literarios 

i 

Psalmos; el segundo de la ejpistola de Santiago, 
y el tercero délos evangelios de san Marcos y san 

• Juan, y si Cristo no ordenó en repetidas ocasio- 
nes la confesión como medio seguro de purificar- 
se, y el bautismo, bautizándose él mismo ¿qué im- 
portancia tiene todo eso, desde que los católicos 
lo sacan de un libro falso como es la Biblia? ¿Ni 
qué importancia tiene tampoco, el que la cronolo- 
jía de Moysés ande según Draper en contradic- 

* cion con la ciencia, si á fin de cuentas no fué 
Moysés el que escribió la parte contestada de los 
libros sagrados, á los cuales de hoy en adelante 
no ha de llamárseles sagrados, por que les ha sus- 
tituido en autoridad el parto intelectual del ilus- 
tre profesor neoyorkino, "con todas sus virtudes 
infusas y efusas ? 

Este encarnizamiento con la Biblia está, por 
otra parte, demás, si es que Draper intenta por 
tal medio atacar la Iglesia, librando á la ciencia 
de las ligaduras de la Revelación en lo tocante á 
cuestiones geolójicas y paleontolójicas que pare- 
cen preocuparle muchísimo. ¿Es, por ejemplo, 
imposible que en seis dias de los nuestros fuera 
creado el mundo? Pues ahí está la opinión de los 
hebraístas más conspicuos, quienes al vocablo 
yom empleado por Moysés para indicar lo que no- 
sotros llamamos dia, dan el valor de un período 
de tiempo que lo mismo puede determinar un 
instante como millares de siglos. ¿Es obgeto de 
escándalo, para los sabios de cascara draperista, 
que Ja narración mosaica no deje entender la 
existencia de leyes secundarias ejerciendo su in- 
fluencia sobre la creación del mundo ? Pues ahí 



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La ^elijion y la Ciencia 135 

está san Agustín poniendo en claro los pasajes de 
la Biblia que lo dejan entender, y admitiendo no 
solamente esas leyes secundarias sino aquella ma- 
teria etérea de donde Laplace sacó mas tarde el 
componente sustancial de los soles y los mundos 
que vagan por el espacio. Y sobre todo, si nada 
de esto satisface, hay una razón de fuerza para 
dejar en paz á la Biblia, por lo que toca á la edad 
del mundo y la del hombre, á saber: que la Igle- 
sia nada ha definido al respecto, de donde se si- 
gue que todas las opiniones son libres en orden 
á este asunto. 

Ciertamente que hay sabios bastante testarudos 
como Quatrefages, Vilanoba, Secchi, Moigno y 
otros, que apurando las investigaciones científi- 
cas, encuentran sus últimos resultados concordes 
con la revelación bíblica ¿ pero qué hemos de ha- 
cerle ? Discuta Draper con ellos, desbaráteles las 
razones que emiten, y sobre todo, los hechos que 
aducen, y después de este triunfo dénos la se- 
gunda edición correjida de sus Conflictos; seguro 
que apesar de ello no caerá en nota de herejía por 
lo que respecta á la edad del rnundo y del hom- 
bre, cuestiones debatidas en el seno de la Iglesia 
desde los primeros siglos del cristianismo y por 
los más célebres doctores cristianos. Y en cuanto 
á la Biblia, es perder tiempo todo ataque á su au- 
tenticidad, porque ella se basa en el testimonio 
de una antigüedad incuestionable, admitida y 
confirmada por centenares de generaciones que 
no habían de haberse estado engañando impune- 
mente unas á otras, para dejar en pié la única 
superchería antigua que existiese, después que 



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136 Estudios Literarios 

han caído todas, pasando á su vez con ellas, ideas 
y escuelas filosóficas, sabios, propagandistas, 
reyes, naciones culminantes é imperios que se 
creyeron inmortales. 

Ahora, por lo que toca al oríjen específico del 
hombre, que Draper se inclina á poner como 
Darwin en el trasformismo fatal de la animalidad, 
corresponde decir que no solamente la Biblia, si- 
no la razón natural rechaza tal hipótesis, susten- 
tada en lo antiguo por los egipcios que se decían 
hijos de unas ratas nacidas entre el limo del Nilo; 
resucitada mas tarde por Empédocles y Lucrecio 
entre los griegos y romanos; y enterrada por el 
sentido común hasta el presente siglo, en que la 
escuela evolucionista la ha devuelto á la circula- 
ción con aires de trascendental descubrimiento. 
Tan absurdas son las composiciones de lugar por 
las cuales concillaba el materialismo pagano, la 
ausencia de un principio divino en la creación del 
hombre con la absoluta soberanía de la materia; 
como ridiculas las disquisiciones del moderno 
panteísmo que se esfuerza en sacar del mono al 
ser racional, por sucesión de evoluciones antoja- 
dizas. Ambos sistemas, sobre no hacer otra cosa 
que alejar la dificultad de una causa primera, re- 
mitiendo sus especulaciones á principios secun- 
darios tras de los cuales aparecen siempre otros; 
promueven en último resultado la más nimia de 
las polémicas. Porque si es irracional sustituir la 
creación adámica, por aquella vulva accidental- 
mente emergida, en la cual quería Lucrecio que 
hubiesen caído al acaso ciertas gotas seminales 
que formaron al hombre; no menos atrabiliario 



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La ^elijion y la Ciencia 137 

es, suponer al hombre descendiente del mono, 
cuando ambas especies coexisten sobre la tierra, 
siendo así que por ley natural inviolable, ninguna 
especie nueva aparece mientras su antecesora no 
se ha agotado por completo. 

Rigorosamente examinadas todas las hipótesis, 
ninguna se aproxima en solidez, racionalidad y 
sentido práctico á la revelación mosaica; que dá 
al hombre desde su nacimiento las condiciones 
ingénitas á su naturaleza propia, como se las dá 
igualmente á cada una de las parejas animales, 
sin lo cual no se concibe el desarrollo de las espe- 
cies sobre la base típica de una forma peculiar; 
diga Darwin lo que quiera, y por más que Draper 
le haga coro á toda voz. De otra manera es falsa 
esa ley de caracterización que ellos mismos pro- 
claman con tanto énfasis; porque no existiendo 
tipo generador á que remitirse, { cuál va á ser el 
distintivo que demuestre una condición genérica 
en las especies ? 

Por donde se ve, que la Biblia sin haber tenido 
nunca pretensiones de libro científico, define me- 
jor que nadie, sinembargo, las cuestiones cientí- 
ficas cuando las aborda; y dá á los hombres junto 
con las bases de una enseñanza relijiosa profun- 
damente sabia, los elementos racionales de crite- 
rio para buscar la verdad en el campo de las es- 
peculaciones. De ahí proviene que los Padres 
de la Iglesia, por ejemplo, sin otro ausiliar que 
las sagradas letras, hayan podido resolver tantos 
problemas de fundamental alcance para las cien- 
cias naturales; adquiriendo sus raciocinios un va- 
lor cada vez mas considerable, á medida que el 



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138 Estudios Literarios 

tiempo y las controversias los han vigorizado. Y 
no hay nada de estraordinario en esto, si se tiene 
en cuenta que del sentido común es de donde sa- 
len y á donde vuelven todos los descubrimientos 
científicos que constituyen el capital intelectual 
de la humanidad, y no siendo el sentido común 
otra cosa que la inlelijencia libre de preocupacio- 
nes, es llano que en esa aptitud holgada, el espí- 
ritu se eleva dócilmente hacia las rejiones donde 
toda verdad tiene su asiento indestructible. Pro- 
sigamos. 



No se concebiría una diatriba completa contra 
la Iglesia, si la Inquisición no tuviera en ella un 
lugar preeminente, asi es que el autor americano 
se lo dá y muy amplio en las pajinas de su libro. 
Por ignorancia ó de intento, confunde en la pala- 
bra Inquisición, una serie de instituciones cuyo 
nacimiento no provocó la Iglesia, y en cuyos pro- 
gresos no tuvo responsabilidad. En este caso se 
hallan, la Inquisición de Teodósio el grande en 
el siglo IV, la de Carlomagno en el siglo viii, la 
germánica en el siglo xii, las de Venecia y Fede- 
rico II de Alemania en el siglo xiii, la española á 
fines del xv, y la protestante en el siglo xvi. La 
Inquisición eclesiástica, única instituida, fomentada 
y dirijida por la Iglesia, nació bajo el pontificado 
de Inocencio III, hacia el año 1204, con motivo 
del terrible cisma de los Albigenses; y se comple- 
mentó bajo Gregorio IX ea 1233. Su misión en 



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La ^elijion y la Ciencia 139 

todos los tiempos fué la de un jurado : estaba en- 
cargada de declarar si habia ó no herejía, en las 
doctrinas novedosas que se presentaban al publi- 
co por los escritores y propagandistas . Si la ha- 
bia, procuraba incitarles á la retractación por 
toda suerte de exhortaciones, lecturas y contro- 
versias, recluyéndoles durante algún tiempo en 
Uigares apartados para que la meditación influye- 
ra el raciocinio ; pero si aun asi, persistían en el 
error, entonces les devolvía á la autoridad civil 
que aplicaba en ellos la lejislacion vijente. Ante 
este tribunal comparecieron, Galileo, que murió 
tranquilo y libre en su cama apesar de todas las 
pamplinas narradas sobre él, y Jordano Bruno, 
relijioso apóstata, que fué echado á las llamas por 
el brazo secular, convicto y confeso de contuma- 
cia como hereje, mago y astrólogo. 

En concepto de Draper, empero, ni la uniforme 
severidad de la lejislacion penal europea de en- 
tonces, ni la diferencia orijinaria entre las inqui- 
siciones políticas y la eclesiástica, son asunto dig- 
no de tomarse en cuenta. Si los gobiernos civiles 
. quemaban herejes y magos, culpa es de la Iglesia, 
católica, y así lo asienta el autor americano, por 
más que pruebas irrefutables demuestren lo con- 
trario. Hoy es una cosa corriente y sabida, por 
ejemplo, hasta qué punto estuvieron los Papas 
en contra de la Inquisición española : y el mismo 
Llórente, cuyo libro constituye el arsenal donde 
se forjan las armas para combatir á la Iglesia en 
lo que se refiere á aquel tribunal político, se ha 
visto obligado á confesarlo. Es él quien cita la re- 
probación de Sixto IV á la conducta de los inqui- 



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140 Estudios LUer arios 

sidores de Sevilla, y la orden de que todos los fa- 
llos inquisitoríales tuvieran apelación á Roma; 
asi como que se absolviese secretamente á los he- 
rejes arrepentidos para evitarles los castigos ci- 
viles y la vergüenza pública . Es él quien cita la 
excomunión lanzada por León X contra los inqui- 
sidores de Toledo, arrostrando el enojo de Car- 
los V, campeón entonces de la Iglesia contra los 
protestantes ; así como también el proyecto de 
reforma de la Inquisición toda, que tanto disgus- 
tó al emperador. Es él quien cita la vindicación 
del benedictino Virües, absuelto por Paulo III de 
la acusación de luteranismo y provisto mas tarde 
obispo de Canarias ; asi como la oposición del 
mismo Papa á que se introdujese en Ñapóles la 
Inquisición española. Es él, quien desmintiendo 
el aserto de haberse sacrificado en los tribunales 
inquisitoriales españoles más de un millón de 
víctimas, ha demostrado con números que no pa- 
saron de 10,000 las víctimas sacrificadas, durante 
los primeros ochenta años que fueron los mas 
duros. Es él por último, quien ha documentado 
la negativa de Paulo IV, á que la Inquisición se 
introdujese en el Milanesado. 

Como quiera que sea, juzgando las cosas del 
punto de vista actual de nuestra sociabilidad, se 
preguntan algunos cómo puede concillarse la 
doctrina evangélica que predica la paz y la frater- 
nidad entre los hombres, con la institución de un 
cuerpo tan formidable como la Inquisición ecle- 
siástica. Á esto responden los hechos, las exi- 
jencias históricas y el triunfo de la civilización. 

Apenas resuelto el problema de que el mundo 



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La ^elijion y la Ciencia 141 

romano abrazase el cristianismo en el siglo iv, 
nacieron falsos intérpretes que produjeron hon- 
dos y peligrosos cismas. A la cabeza de estos no- 
vadores apareció Arrio, pretendiente desairado á 
la dignidad episcopal en la Iglesia de Alejandría 
y propagador de la doctrina que lleva su nombre. 
Anatematizado en el concilio de Nicea, no desis- 
tió la empresa, y supo trabajar de tal modo, que 
después de su muerte el cisma tomó proporcio- 
nes colosales, dividiendo el Imperio y arrebatan- 
do al cristianismo todo el Oriente que se hizo 
arriano. A favor de esta división tomó cuerpo el 
espíritu de secta ; nuevos cismáticos se alzaron 
doquiera, hasta que en el correr del tiempo, el 
Islamismo con suprodijioso desarrollo vino á for- 
zar las puertas de la Europa asombrada. Vióse 
claramente entonces, que lo que peligraba en el 
mundo occidental, no era solo el prestijio del 
clero cristiano ni el poder de la gerarquía ecle- 
siástica, sino toda una civilización, que habiendo 
nacido al calor de las doctrinas de Cristo, llevaba 
en sus entrañas junto con el destino de la Iglesia 
el porvenir de la humanidad. Los pueblos euro- 
peos y sus gobiernos civiles estrecharon filas ; vi- 
nieron las cruzadas contra los infieles musulma- 
nes, se reforzó la lejislacion penal con esquisita 
severidad, y fué conceptuada la defensa del cris- 
tianismo como el principio eficiente de toda sal- 
vación posible . 

Así vivió la Europa cristiana durante ocho si- 
glos, luchando primero contra Arrio y sus discí- 
pulos que la arrebataron el Oriente, y después 
contra Mahoma y sus sectarios que la amenaza- 



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142 Estudios Literarios 

ban en el corazón de sus dominios. Y en esta dis- 
posición de ánimo la encontró el cisma de los Al- 
bigenses, que despuntó promediando el siglo xii, 
en los pueblos de la Francia Meridional cono- 
cidos con el nombre de provenzales. Una civili- 
zación mas brillante que sólida y mas pedantesca 
que brillante, daba á aquellos pueblos la esterio- 
ridad de un progreso envidiable. Rica y armonio- 
sa su lengua, abundante y fácil su poesía, habían- 
se popularizado por todos los centros europeos, 
y particularmente en Italia, donde el provenzai 
era idioma tenido en más mérito que el propio. 
Ciudades grandes é industriosas, magnates opu- 
lentos y despreocupados, hacian de la Provenza 
un oasis; pero bajo aquellas perspectivas deslum- 
bradoras se escondía como lo hace notar un es- 
critor nada sospechoso, « la más refinada corrup- 
ción, la costumbre descarada del engaño, la 
codicia, la sutileza de ingenio, los sentimientos 
falsos, el orgullo de las riquezas, la locura de la 
prosperidad, la política sin caridad, y la crueldad 
fria y reflexiva; pareciéndose esta civilización á la 
del Bajo Imperio y á la de los Árabes (i) » . 

Y no puede juzgársela de otro modo, examinan- 
do el resultado á que llegaba en su propaganda. 
Habia comenzado por impugnar la necesidad de 
obediencia á los mandatos de la Iglesia, y de ahí 
siguió hasta aceptar en el orden relijioso el cuito 
de dos divinidades distintas, y en el orden social 
la derogación del matrimonio. Aquello se daba la 

(1) Teófilo Lavalée~Hís¿ona de los Franceses. T. 11, lib. i, 
cap. IV. 



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La ^elijion y la Ciencia 143 

mano con el paganismo dualist^i por un lado, y 
con el islamismo poligámico por otro. La Iglesia 
lo entendió asi, y envió al Languedoc una lejion 
de misioneros que predicaran contra la herejía en 
boga; pero el éxito fué de los más desgraciados, 
no logrando aquellos sacerdotes otra cosa que 
desprecios y silbidos. Cundió entre tanto rápida- 
mente la doctrina de los Albigenses, penetrando 
en el trascurso de medio siglo hasta España, des- 
pués de haber inficionado la Hungría, la Bulga- 
ria y la Lombardía, influyendo sobre los estudios 
filosóficos de las escuelas de París, y contami- 
nando la Alemania y los Pcdses Bajos que se 
tornaban heréticos. Ocurría este trastorno en 
momentos en que Saladino se apoderaba de Jeru- 
salem y los Almohades africanos invadian la Es- 
paña; de modo que podia conceptuarse perdido 
el cristianismo. Inocencio III que ocupaba á la sa- 
zón el trono pontificio, atendió á remediar el con- 
flicto enviando nuevamente al Languedoc legados 
y monges delCister, á quienes a3rudaba Domingo 
deGuzman, cuya piedad y caridad le hicieron 
digno de los altares mas tarde. Tan infortunados, 
empero, como sus antecesores, estos misioneros 
fueron corridos y maltratados por los provenza- 
les, mientras el conde de Tolosa, rodeado de 
concubinas, judios y mercenarios, estimulaba y 
aplaudía el hecho desde su corte. Entonces el 
Papa, agotados los medios conciliatorios, exco- 
miulgó á los provenzales, mandó predicar la cru- 
zada que acabó con ellos, y echó las bases déla 
Inquisición. 
Tales fueron las causas á que obedeció el esta- 



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144 Estudios Literarios 

blecimiento de la Inquisición eclesiástica, tribu- 
nal creado para depurar las doctrinas teolójicas 
corrientes y librar al mundo de una recaída al pa- 
ganismo; que, dentro de las previsiones huma- . 
ñas, habría sido sin levante. ¿Se excedió en algo la 
Iglesia, al proceder asi ? ¿ Sacrificó en holocausto 
á su seguridad de entonces, la libertad futura 
de los hombres, el santo legado de la ciencia, la 
obra inviolable del progreso? Veámoslo. 



El cargo capital contra la Inquisición eclesiás- 
tica es, que detuvo el vuelo del espíritu humano, 
comprimiendo sus espontaneidades dentro de un 
círculo de sofismas consagrados por la política 
sacerdotal. Se pretende que el clero católico, te- 
meroso de perder su influencia entre las masas 
populares, prohibió toda especulación filosófica 
que salvara los límites trillados por sus adeptos; 
y ahogó en sangre, ó mejor dicho, estinguió en 
las hogueras, la vida de aquellos pensadores que 
sintiéndose atraídos á la contemplación del uni- 
verso sideral, pusieran de manifiesto ideas que 
contrariasen la cosmogonía admitida sobre la in- 
movilidad de la tierra y su evidente superioridad 
en el orden planetario. Draper recoje y levanta 
estas acusaciones, recapitulándolas con singular 
esmero en cada trecho de su libro, y de ellas de- 
duce, que el movimiento cismático y separatista 
operado dentro del mundo cristiano, en cualquie- 



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La ^elijion y la Ciencia 145 

ra de sus fases, fué preferible á la autoridad de la 
Iglesia ; no destarando el Islamismo, al que dis- 
cierne los más efusivos y calorosos elojios. 

Sinembargo, la historia de la ciencia demues- 
tra, y Draper mismo lo confirma, que el progreso 
de la astronomía se debe por entero á la Iglesia; 
viniendo de monges, frailes y clérigos, todos los 
conocimientos positivamente científicos que hoy 
tenemos en esa rama del saber humano. Hasta 
Copérnico, canónigo polaco, cuyo estado sacer- 
dotal olvida Drapér de mencionar, la ciencia as- 
tronómica se desarrollaba Vacilante, entre las in- 
ducciones pitagóricas y el erróneo sistema de Pto- 
lomeo que suponía á la Tierra colocada en el 
centro del mundo, siendo el clero católico quien 
únicamente hacia esfuerzos singulares por ade- 
lantar sus progresos. Dionisio el chico, monge 
natural de Escitia, en el año 527 fijó la cronolojía 
cristiana por la cual nos rejimos hoy. El P. Be- 
da (730-35) clérigo inglés, descubrió el equinoccio, 
dejando una colección de obras orijinales que 
son todavía estimadísimas. Silvestre II (999-1003) 
cuyos conocimientos científicos asombraron á sus 
contemporáneos antes de ser Pontífice, habia for- 
mado el globo celeste y abierto cátedras de ma- 
temáticas y astronomía. Bacon, fraile franciscano 
inglés (1214-1249), llamado el Doctor admirable, 
inventó la teoría de los telescopios, de los espejos 
ustorios, de la refracción, del arco iris, y esplicó 
las mareas por la. atracción de la luna. Pero solo 
Copérnico fué quien determinó las revoluciones 
de los cuerpos celestes « adelantándose á Newton 
en muchos de sus descubrimientos, y fijando á la 



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146 Estudios Literarios 

ciencia el camino de donde no se ha apartado 
más. (i)» 

El hecho es harto conocido para mencionarse 
con cierta estension, si no brindara oportunidad 
de presentar en nuevo y flagrante delito de menti- 
ra al escritor que venimos criticando. « Copérni- 
co— dice él— concluyó hacia el año i $07 un libro 
sobre las Revoluciones de los cuerpos celestes. Había 
viajado por Italia en su juventud y dedicádose á 
la astronomía, estudiando en Roma las matentiá- 
ticas. Un estudio profundo de los sistemas pto- 
lomaico y pitagórico, le habia convencido de la 
verdad de este último, y apoyarlo era el obgeto de 
su libro ; comprendió que sus doctrinas eran to- 
talmente opuestas á la verdad revelada, y pre- 
viendo que podia acarrearse el castigo de la Igle- 
sia, se espresó con prudencia y de un modo apo- 
lojético, diciendo que habia tomado únicamente 
la libertad de ensayar si, en el supuesto del mo- 
vimiento giratorio de la Tierra, era posible ha- 
llar una esplicacion mejor que la antigua de las 
revoluciones de los mundos celestes ; y que al 
obrar así habia usado del privilejio concedido á 
otros, de fingir las hipótesis que querían. El pre- 
facio estaba dirijido al papa Paulo III » . 

Para desmentir el cargo de velada herejía atri- 
buido á la doctrina de Copérnico, bastará decir 
que la publicación de su libro fué hecha á instan- 
cias del Cardenal Schomberg, del Obispo de Cul- 
mi y varios otros teólogos. Y para borrar el bal- 
don de superchería con que se quiere manchar 

(i) Arago—Lccctones Elementales de Astronomía. Lee. IK 



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La ^elijion y la Ciencia 147 

el carácter inmaculado de tan grande y virtuoso 
sabio, sobra con trascribir su carta dedicatoria á 
Paulo III, que dice así : « Dedico mi obra á Vues- 
tra Santidad, para que vea todo el mundo, así los 
sabios como los ignorantes, que no rehuyo su 
juicio y examen. Vuestra autoridad y vuestro 
amor por las ciencias en general y por las mate- 
juáticas en particular, me servirán de escudo con- 
tra mis malignos y pérfidos detractores, apesar 
del proverbio que dice que no hay remedio con- 
tra la mordedura de un calumniador. Los movi- 
mientos del sol y de la luna están indicados con 
tan poca precisión en las hipótesis antiguas, que 
no pueden determinar la constante y eterna du- 
ración del año. Los antiguos no se vallan de los 
mismos principios para esplicar las revoluciones 
de los cuerpos celestes. Tan pronto admiten cir- 
cuios excéntricos, como los epiciclos, cuya apli- 
cación no se aviene con la totalidad del sistema. 
Ellos no tienen base alguna cierta : ni aun han 
sabido comprender y demostrar el problema más 
importante, la forma del mundo y la simetría de 
los cuerpos celestes. Su sistema parece el cuerpo 
de un monstruo, compuesto de miembr,os reuni- 
dos al azar. Al observar los movimientos de los 
planetas en relación con los movimientos de la 
Tierra, no solo descubrimos una perfecta analojia 
y concordancia, sino que admiramos el orden y 
la simetría en el conjunto de los cuerpos celestes; 
el mundo entero forma un todo armónico, cuyas 
partes están tan bien ligadas entre sí, que no es 
posible eliminar una sola sin introducir el des- 
orden y la confusión. Yo estoy cierto 'que los ma- 



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148 Esludios Literarios 

temáticos sabios y profundos aplaudirán mis des- 
cubrimientos, si como es propio de verdaderos 
filósofos, examinan á fondo las pruebas que pre- 
sento en este libro. Mas si algunos hombres lije- 
ros é ignorantes, quisieran abusar contra mí de 
algunas pasajes de la Santa Escritura cuyo sen- 
tido tuercen, no por eso retrocederé; desprecio de 
antemano sus ataques temerarios. ¿Por ventura 
Lactáncio, escritor por otra parte célebre, pero 
ignorante en matemáticas, no quiso poner en ri- 
diculo á los quecreian la esfericidad de la Tierra? 
No es de admirar que me esté reservada la mis- 
ma suerte. Pero las verdades matemáticas, no de- 
ben ser juzgadas sino por matemáticos. Si no me 
engaño, mis trabajos serán de alguna utilidad 
para la Iglesia, de la cual tenéis el gobierno su- 
premo » . 

¿ Es este el lenguaje de un impostor ? { Hay aquí 
superchería ó encubrimiento, pretesto para enga- 
ñar á alguien, ó deseo de poner traidoramente al- 
guna herejía en circulación ? Copérnico lo dice de 
una manera clara y enérgica : « Las verdades ma- 
temáticas no deben ser juzgadas sino por mate- 
máticos; y aun cuando los ignorantes tuerzan 
contra mí algunos textos de las Escrituras para 
combatirme, no por eso retrocederé » . Así habla- 
ba un sabio católico á otro sabio, dignos ambos 
de la misión que reciprocamente les habia dado 
la Providencia . 

En pos de Copérnico, viene Galileo, su discípu- 
lo, que habiendo aceptado todas las conclusiones 
del maestro, las revistió con la novedad de un es- 
tilo bellísimo y el propósito de apoyarlas en las 



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La ^elijion y la Ciencia 149 

Escrituras, dando atrevidas interpretaciones del 
texto sagrado. Se empeñó en disuadirle de este 
último propósito el papa Urbano VIII, su grande 
amigo, pero el astrónomo no atendió las observa- 
ciones del Pontífice, levantando tal disputa entre 
los hombres de letras, que intervino la Inquisición 
en el asunto. Á su presencia fué llamado Galileo, 
y después de un juicio en que abjuró la parte he- 
rética de sus doctrinas, fué sentenciado á un 
arresto en el palacio de la embajada toscana, des- 
pués en su propia casa y al último dejado en ple- 
na libertad. En esto, ciertamente, la Inquisición 
eclesiástica anduvo mas caritativa que el Parla- 
mento de Paris, el cual aprobó una decisión de la 
Universidad de la Sorbona (4 de Setiembre de 
1624), que prohibía ¿>q/o pena de la vida, profesar 
ó enseñar doctrina alguna contraria á los autores 
antiguos y aprobados. 

Las discusiones astronómicas, entre tanto, to- 
maban gran vuelo en Europa, seduciendo á los 
sabios con el incentivo de los deslumbradores 
descubrimientos de Copérnico, que Galileo. supo 
popularizar y estender. Los trabajos de coper- 
nianos como el P. Castelli, benedictino y profesor 
de la Universidad de Pisa ; del célebre P. Campa- 
nella, y del obispo español don Diego de Zúñiga 
que comentaba la Biblia á la luz de las nuevas 
doctrinas, eran recibidos con ansiedad por el pú- 
blico ilustrado. Galileo habia dejado también un 
número muy apreciable de discípulos y continua- 
dores, entre los cuales se contaban los PP. Cava- 
lieri y Renieri, fray Gabriel Pierozzi que concibió 
é hizo grabar el pomposo epitafio de su tumba, y 



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150 Estudios Literarios 

muchos cardenales y obispos. Era pues la astro- 
nomía, una ciencia de moda, con adeptos en toda 
Europa, siendo el clero católico su mas fuerte co- 
lumna. Vino á culminar esta actividad, la apari- 
ción de las doctrinas de Keplero, discípulo de 
Tycho-Brahe astrónomo dinamarqués que era 
contrario á los copernianos . 

Desde luego, en el seno de la clase social donde 
el movimiento tenia mayor impulsión, fué donde 
nacieron las controversias mas vivas y fecundas. 
Aprovechando el estado de los ánimos, un domi- 
nico apóstata llamado Jordano Bruno, comenzó á 
circular sus ideas heréticas bajo la cubierta de 
estudios astronómicos, iniciando la propaganda 
con una obra titulada Infinitud del Universo y de 
los Mundos, Tras de este libro vinieron otros, en 
que se atacaban los dogmas de fé y la gerarquía 
eclesiástica, y entonces cayó sobre él la censura, 
viéndose obligado á fugar á Inglaterra, desde don- 
de comenzó una lucha constante y feroz contra el 
catolicismo. Vuelto á Italia, la Inquisición le 
prendió en Venecia y de allí fué trasladado á Ro- 
ma, declarado hereje y entregado ala justicia ci- 
vil que le mandó quemar. Oigamos á Draper na- 
rrando el hecho. 

« Por orden de las autoridades eclesiásticas — 
dice— fué trasladado Bruno de Venecia á Roma 
y confinado en las prisiones de la Inquisición, acu- 
sado, no solo de ser hereje, sino también here- 
siarca, que habia escrito de un modo indecoroso 
respecto á la relijion ; el cargo especial que habia 
contra él, era que habia enseñado la pluralidad 
de los mundos, doctrina contraria á todo el tenor 



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La Tielijion y la Ciencia 151 

de la Escritura y enemiga de la relijion revelada, 
especialmente en lo relativo al plan de la salva- 
ción .... En sus Convei'saciones de la Tarde decia 
que las Escrituras nunca habiañ pretendido ense- 
ñar ciencia, sino moral, y que no podian aceptar- 
se como autoridad en asuntos astronómicos ó fí- 
sicos .... Después de una prisión de dos años, 
fué presentado ante sus jueces, declarado culpa- 
ble de los hechos alegados, excomulgado, y, por 
su noble negativa á retractarse, entregado al bra- 
zo secular para ser castigado « tan misericordio- 
Scunente como fiíera posible y sin derramar su 
sangre » ; fórmula horrible que indicaba que el 
preso fuese quemado vivo. Sabiendo bien que 
aunque sus verdugos podian destrozar su cuerpo, 
su pensamiento viviría entre los hombres, dijo á 
sus jueces : « quizá teméis más dictar mi senten- 
cia, que yo escucharla » . Esta se llevó á efecto, y 
fué quemado en Roma el 16 de Febrero de 1600 » . 
Todo este novelesco y absurdo proceso se des- 
truye por sí mismo. Desde luego, la Inquisición 
no podia hacer á Bruno un cargo, y cargo espe- 
cial, por haber enseñado la pluralidad de los mun- 
dos, puesto que el dogma católico comporta per- 
fectamente esa doctrina, que antes de Bruno 
hablan sostenido con brillo doctores de la Iglesia 
como Orígenes, y prelados de tan singular piedad 
y sabiduría como el cardenal de Cusa. Tampoco 
podia la Inquisición presentar la Escritura como 
fuente de enseñanza astronómica ó física, cuando 
estaba casi fresca la tinta con que Copérnico ha- 
bía escrito á Paulo III aquellas célebres palabras : 
« las verdades matemáticas solo deben ser juzga- 



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I $2 Estudios Literarios 

das por matemáticos, y aun cuando algunos 
hombres lijaros é ignorantes tuerzan contra mí 
ciertos pasajes de la Santa Escritura, no por eso 
retrocederé » . Lo que habia en todo esto, y que 
con su acostumbrado atolondramiento confiesa 
Draper á raiz de las afirmaciones anteriores, es 
que Bruno, á más de ser sacerdote apóstata era 
filósofo panteista. Véase sino, como él mismo lo 
prueba : « Sus meditaciones sobre estos asuntos 
~ dice — le habían hecho venir á la conclusión de 
que las opiniones de Averroes no estaban lejos de 
la verdad. Puede por esta causa ser considerado 
Bruno entre los escritores filosóficos como inter- 
mediario entre Averroes y Espinosa » . 

En cuanto al terrorífico cuadro que pinta á la 
Inquisición dando fórmulas hipócritas, para ha- 
cer más desesperante el castigo del mísero hacia 
quien se afectaba piedad, es tan falso como todas 
las afirmaciones sañosas del escritor que critica- 
mos. La Inquisición eclesiástica no determinaba 
castigos, ni inflijia penas. Su carácter de jurado, 
la impedia inmiscuirse en estas cosas. Llamada 
para fijar el criterio de la justicia civil sobre la 
naturaleza de las doctrinas ó hechos que decían 
relación con los dogmas relijiosos, declaraba si 
eran ó no contrarios á ellos los escritos ó actos de 
las personas indiciadas. Cuando la herejía era 
patente, ensayaba un último esfuerzo ante los 
procesados para provocar su retractación discu- 
tiendo largamente con ellos los puntos controver- 
tidos ; y si después de agotados todos los medios 
cuyo empleo solía durar años enteros no cesga- 
ban, entonces les entregaba á la autoridad civil, 



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La ^elijion y la Ciencia 153 

la cual procedía al tenor délas leyes hijas del uso, 
costumbres y aspiraciones de la época. ¿ Habia en 
esto algo de estraño ? Todos los tiempos han sido 
iguales, y toda lejislacion no es más que el reflejo 
de las necesidades, de las pasiones y hasta de los 
odios del tiempo en que se dictó . 

Por otra parte, el ideal de aquella época era la 
pureza de la fé, y á su esplendor se sacriñcaba to- 
da otra consideración; por que de conservarlo 
dependía la paz del mundo civilizado y el triunfo 
del progreso. De ahí que un escritor racionalista 
haya determinado los elementos de ese criterio 
imperante, en los siguientes términos : « En un 
tiempo no lejano todavía, la relijion preocupaba 
todas las conciencias y eran sus intereses el pá- 
bulo constante de generososos designios. Eí gue- 
rrero izaba el estandarte donde brillaba la cruz ; 
el conquistador llevaba al ungido misionero que 
predicaba la fé de los vencedores : el monarca ju- 
raba con la mano puesta sóbrelos Evangelios ; los 
cánticos relijiosos que saludaban al sol naciente 
bendecían al Dios de los ejércitos : la piedad era 
la virtud por escelencia, el honor la prenda más 
segura. Las virtudes relijiosas escítaron el fana- 
tismo (¡¡bendito fanatismo que tenia por norma la 
piedad y el honor I! )i la veneración debida al doc- 
tor que en las escuelas y en los pulpitos enseñaba 
la verdad de las Escrituras, los cánones y senten- 
cias de concilios y maestros, produjo la animad- 
versión del sacrilego que dudaba, del temerario 
que mostraba la duda. Ls^ aureola mística y santa 
que debia adornar la frente de los propagadores 
de la fé, cubría la frente del apóstata de ígnomi- 



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154 Estudios Literarios 

nia ; y si la sociedad se adelantaba á los juicios de 
Dios, y daba reverencia y culto al que por su olor 
de santidad parecia glorificado, adelantábase 
también á esos mismos juicios de Dios, y no con- 
tenta con anatematizar al disidente y propagador 
de doctrinas heterodoxas, hacia preceder de una 
condenación terrenal la condenación celeste; y 
hubo tribunales relijiosos, delitos contra la reli- 
jion, penas aflictivas, pena de muerte y todo lina- 
je de tormentos para el culpable en materias reli- 
jiosas » . (i) 



De lo dicho se infiere, que la Inquisición ecle- 
siástica no fué propiamente un tribunal, pues 
nunca inflijió penas ni mandó ejecutar senten- 
cias: así como tampoco fueron crueldades de la 
Iglesia, sino resultancias del criterio jurídico de 
la época, los castigos en que caia toda infracción 
al dogma relijioso. Es por lo tanto falso y teme- 
rario el cargo de que la Iglesia por medio de la 
Inquisición eclesiástica comprimiese el vuelo del 
espíritu humano, particularmente en el terreno 
de la astronomía, á fin de conservar con el reina- 
»do de la ignorancia, la superioridad clerical en el 
dominio del mundo. Antes y después de Copér- 
nico, la astronomía siguió su marcha triunfante 
bajo el impulso del clero católico, con el aplauso 



(i) Manuel de Rivera Delgado.— E/ criterio legal en los de- 
litos políticos . — Cap. I. 



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La Tielijion y la Ciencia 155 

de los Pontífices que siempre la amaron, y en 
medio de la adhesión sincera del pueblo cristiano, 
que enseñado desde la cuna á admirar las obras 
de Dios, no podia menos de extasiarse con las re- 
velaciones de una ciencia que le descubría los 
secretos del Cielo ! 

Enorme lista de nombres resultaría, si preten- 
diéramos catalogar los individuos del clero, pos- 
teriores á Copérnico en el empeñoso cultivo de 
la ciencia astronómica; desde Scheiner, el perfec- 
cionador del telescopio, y los PP. La-Faille, Gul- 
din y Lestaud sobre cuyos estudios llegó Newton 
á la conclusión de su admirable sistema, hasta el 
P. Secchi de quien se ha dicho que conocía el Sol 
á pulgadas. Así pues, esa tendencia á estudiar 
las leyes que rijen el mundo sideral, espiando las 
evoluciones silenciosas de los planetas en la in- 
mensidad: ese arranque del' espíritu hacia el pa- 
norama esplendente que el Creador nos muestra 
como para incitarnos á contemplarle en sus obras 
lejanas; ese afán de medir los cielos, que se ase- 
meja á la esperanza de una herencia; esa ansie- 
dad de penetrar sus maravillas por medio de la 
óptica, que ya parece darnos el consuelo de una 
semi-posesion : todo ese tesoro de revelaciones y 
de goces, todo él, ha sido fielmente conservado y 
aumentado por el clero católico. ¿ Cómo dicen 
entonces, que la Iglesia pudo ser enemiga de la 
astronomía ? 

Ningún valor tiene, por otra parte, la aserción 
de Draper encaminada á presentar al protestan- 
tismo como protector de la ciencia, cuando dice 
que merced á la reforma no hubo autoridad que 



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156 Estudios Literarios 

pudiese condenar las obras de Newton; pues so- 
bre no traer los trabajos del célebre astrónomo 
cosa que contradiga la enseñanza dogmática, sus 
descubrimientos se basaban en las teorías de 
Copérnico, adelantadas por La Faille, Guldin y 
Lestaud, clérigos también; de manera que con la 
Reforma ó sin ella, los estudios de Newton hu- 
bieran tenido el éxito que tuvieron. ¿ Ni qué clase 
de libertad trajo la Reforma, cuyos pontífices se 
asesinaban entre sí: ni qué progresos llevó á 
efecto ó inició siquiera, para que pretenda rei- 
vindicarse en su nombre la tutela de la libertad 
humana ? ¿ Desde cuándo datan esos sistemas de 
gobierno inicuamente despóticos, sino desde la 
Reforma, que invistió á los soberanos sus adep- 
tos con el doble carácter eclesiástico y civil, 
creando gobiernos político-relijiosos, ella, que 
aparentaba declararse enemiga de todas las teo- 
cracias ? 

Si no estuviera ya tan averiguado el comienzo, 
crecimiento y fines del cisma luterano, padre de 
todos los cismas que se distinguen con el nombre 
de Reforma; si no se supiera que sus crueldades 
escedieron lo ponderable, puesto que el rey-pon- 
tífice Enrique VIII de Inglaterra, él solo, dictó 
72,000 sentencias de muerte, imitando el ejemplo 
de Lutero y Calvino que por su parte hacían en- 
tregar á las llamas á los católicos y á los protes- 
tantes tibios á quienes denominaban perros here- 
jes; seria el caso de recordar al desmemoriado 
autor neoyorkino, lo que Duruy, Villers y otros 
protestantes han escrito sobre ese tópico. Mas el 
propósito de no reproducir cosas harto conocí- 



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La ^elijion y la Ciencia 1 57 

das, por un lado; y la convicción de no decir no- 
vedad al reproducirlas, escusa el que nos conten- 
temos con reforzar nuestras afirmaciones por 
medio de estas breves palabras de un protestante 
mas célebre aun que los anteriores : « Cuando al 
partido reformado — dice Guizot— sele imputaba 
la multiplicidad de sectas, en lugar de confesar y 
sostener la libertad de su libre desarrollo, anate- 
matizaba las sectas, se escudaba y desconsolaba 
por que se hablan introducido. Si se le tachaba 
de persecución, se defendía con dificultad, ale- 
gando en su favor la necesidad; decia que tenia de- 
recho de reprimir y castigar el error, porque es- 
taba en posesión de la verdad: que sus creencias 
é instituciones eran las únicas lejítimas; que si la 
Iglesia romana no tenia derecho para castigar á 
los reformados, era porque no le asistía la acción 
lejítima contra ellos. Cuando los ataques sobre 
persecución se dirijian al partido que dominaba 
en el seno de la Reforma, no por sus enemigos 
sino por sus propios hijos; cuando las sectas que 
anatematizaba la decian : « hacemos lo que vos- 
otros habéis hecho, nos separamos como vosotros 
os habéis separado » , entonces aun se veia mas 
embarazado para contestar, no respondiendo 
muchas veces mas que por un esceso de rigor. La 
revolución relijiosa del siglo xvi no conoció los 
verdaderos principios de la libertad intelectual, 
mientras trabajaba por destruir el poder absoluto 
en el orden espiritual. En Alemania, lejos de pe- 
dir la libertad política, aceptó, no digo la servi- 
dumbre, pero sí la falta de libertad. En Inglate- 
rra, consintió la constitución gerárquica del clero, 



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158 Esludios Literarios 

y la presencia de una Iglesia que abunda en tan- 
tos abusos como nunca llegaron á conocerse en 
la romana, siendo al mismo tiempo mucho mas 
esclava.» (i) 

Este es el juicio de un protestante sobre la Re- 
forma, juicio que se agrava al reproducir el de la 
humanidad sobre los reformadores. ¿ Quién no 
conoce la vida y hechos de Martin Lutero, fraile 
apóstata, cuya licencia de costumbres sobrepuja 
la de los libertinos mas probados, y cuya torpeza 
intelectual se deja colejir por esta apreciación 
suya de Aristóteles : « ciertamente que es un de- 
monio, un terrible calumniador, un malvado si- 
cofanta, un príncipe de las tinieblas, un verdade- 
ro Apollyon, una bestia, el mayor embustero de 
la humanidad en quien difícilmente se halla la 
menor filosofía, un charlatán público y de profe- 
sión, un macho cabrío, un completo epicúreo, ese 
dos veces execrable Aristóteles, y sus alumnos 
unos sabandijas, sapos y piojos? » ¿Quién no sabe 
que este falsario, alteró la Biblia á su antojo, 
para escudarse por ese medio contra su propia 
conciencia, agregando la palabra sola al texto de 
S. Pablo (Rom. iii, 28) que dice : Y asi concluimos, 
que es justificado el hombre por lafé;' y reprendido 
por sus sectarios de tan sacrilega adulteración, 
respondió : « Yo sé bien que la palabra sola no se 
encuentra en el texto de S. Pablo; pero si un pa- 
pista os insta sobre esto, decidle sin deteneros: el 



(i) Guizot. — Historia general de la civilización de Europa. 
—Lee. XII. 



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La ^elijion y la Ciencia 1 59 

Dr. Martin Lutero lo ha querido así, y dice que 
un papista y un asno son la misma cosa » ? 

¿ Quien no sabe hasta dónde llegó la tiranía de 
Calvino, aquel bárbaro que desterró á Castalion 
y Bolsee, quemó vivo á Miguel Servet y castigó 
duramente á Perrin y Berthelier, por que se opo- 
nían de palabra ó por escrito á sus devaneos ? 
^ Quiéapuede leer sin una sonrisa de desprecio 
las prédicas sobre austeridad moral de Teodoro 
de Besce, autor en sus mocedades de un volumen 
de poesías obscenas titulado Juvenilia, y aplaudi- 
dor en su vejez del asesinato del duque de Guisa? 
¿ Quién no conoce á Zwinglio, su apostasía, su 
propaganda disolvente de toda moral social, su 
defensa del vicio pecaminoso, sus incitaciones á 
la corrupción más desvergonzada ? ¿ Quién ignora 
lo que fué aquel monstruo llamado Enrique VIII 
de Inglaterra, y no repugna á aquella hipócrita 
Isabel, llamada doncella para escarnio de la hones- 
tidad ? ¿ Á quién no escandalizan los asesinatos á 
sangre fría de Cristiano II y Gustavo Wassa, res- 
pectivamente gefes del protestantismo en Dina- 
marca y Suecia? Pues si aquella era la doctrina, 
y estos los hechos de la Reforma ^cuál es la li- 
bertad que ella ha traido al mundo ? 

Ni en relijion ni en política dejó la Reforma otra 
linea de conducta á sus corifeos, que el mas craso 
despotismo. Inconsecuente en sus reglas de cri- 
terio, mientras predicaba el libre examen sofoca- 
ba por el tormento, la persecución y la muerte to- 
do ejercicio intelectual que tendiese á hacer 
práctica esa libertad, cuyos límites circunscribía 
el mal humor antojadizo de sus corrompidos pon- 



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1 6o Estudios Literarios 

tífices ; viéndose Macaulay obligado á confesar en 
este punto que «libelos tan escandalosos como los 
de Hébert, mascaradas tan absurdas como las de 
Anacarsis Klootz, y crímenes tan bárbaros conno 
los de Marat, han manchado la historia del pro- 
testantismo. » Inconsecuente en su propaganda 
política, mientras bramaba contra el Papado in- 
citando á los pueblos á sacudir su tutela, investía 
á los reyes con facultades sacerdotales que les 
trasformaban en soberanos asiáticos, dueños del 
cuerpo y del alma de sus subditos; viéndose Cob- 
bet obligado á confesar en este punto, por lo 
que corresponde á Inglaterra, « que Enrique VIH 
y su ministro Cranmer, fueron los dos hombres 
más miserables y corrompidos de que haya me- 
moria, y que merced á la decantada Reforma in- 
troducida por ellos, se ha producido esa miseria 
inesplicable que reina en el dia entre las clases 
trabajadoras de Inglaterra é Irlanda, y ese siste- 
ma tan odioso como detestable que ha puesto á 
los judíos y á los fabricadores de papel moneda 
en posesión de la mayor parte de los bienes del 
reino » . ^ 

Á parte de los perjuicios materiales que estos 
trastornos causaron en el mundo por las sangrien- 
tas guerras que la Reforma produjo y las riquezas 
que devastó, en el orden moral ella inficionó de 
tal suerte ios ánimos y secó tanto las fuentes del 
saber, que hizo retrogradar la Europa un siglo 
en la esfera intelectual. Ahí están vivos los monu- 
mentos literarios que atestiguan ese retroceso, y 
si por algo se distingue el siglo xix en estos últi- 
mos años de su vida, es por la acción reparadora 



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La ^elijion y la Ciencia i6i 

con que el sentido común va encarrilando la hu- 
manidad hacia el camino de donde violentamente 
la sacaron aquellos devaneos de la soberbia. 



En su malevolencia contra la Iglesia, encuentra 
Draper la ocasión de hacerla otra serie de cargos, 
pintando fantásticamente los sucesos que prece- 
dieron y siguieron al descubrimiento de América, 
asi como lo que le sucedió á su descubridor por 
causa del clero. Oigámosle decir : « Entre los 
marinos genoveses que sustentaban esta idea (la 
forma globular de la tierra), se hallaba Cristóbal 
Colon. Nos cuenta que lo que llamó su atención 
sobre este asunto fueron los escritos de Averroes ; 
pero entre sus amigos nombra á Toscanelli, flo- 
rentino, el cual se habia dedicado á la astronomía 
y hecho gran defensor de la forma globular. En- 
contró Colon en Genova poca protección ; invir- 
tió entonces muchos años tratando de interesar 
á diferentes príncipes en su empresa ; su tenden- 
cia relijiosa fué señalada por los eclesiásticos es- 
pañoles y condenada por el concilio de Salaman- 
ca ; su ortodoxia fué refutada por el Pentateuco, 
los Salmos, las Profecías, los Evangelios, las Epís- 
tolas, y los escritos de los padres S. Crisóstomo, 
S. Agustín, S. Jerónimo, S. Gregorio, S. Basilio 
y S. Ambrosio » . 

Desde luego, hay tanta tontería como ignoran- 
cia en todo este pasaje, posponiendo la influen- 
cia de Toscanelli á la de Averroes en el ánimo de 
Colon; llamando concilio á la junta de sabios y 



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102 Esludios Literarios 

profesores de todas condiciones y estados reuni- 
da en Salamanca por orden de los Reyes católicos 
para examinar las teorías del gran navegante, y 
mentando como único argumento contra sus pro- 
yectos la cita de ciertos pasajes de la Escritura y 
de algunos Padres de la Iglesia, que se le opusie- 
ron. De los papeles de Colon coordinados y da- 
dos á luz por su hijo Fernando, se sabe positiva- 
mente que las ideas fundamentales de su gran 
proyecto le vinieron meditando las teorías de 
Ptolomeo, estudiando los mapas de Marino de 
Tiro, ayudándose de los escritos de Aristóteles, 
Séneca, Plinio y Estrabon, y leyendo las descrip- 
ciones de Marco Polo y Juan de Mendeville ; so- 
bre cuyo conjunto de datos pudo adquirir un con- 
cepto bastante amplio de la forma globular terres- 
tre, complementándolo mas tarde, con el trato 
del célebre doctor florentino Toscanelli, que le 
animó y estimuló instruyéndole con la mas gene- 
rosa voluntad. Poca, poquísima influencia podia 
tener Averroes en este género de investigaciones 
científicas, pueá sus libros no son otra cosa que 
un trasunto de las doctrinas de Aristóteles, Gale- 
no y Ptolomeo, á quienes el médico árabe copió 
servilmente; de modo que habiendo Colon dis- 
frutado los orijinales, ningún provecho podia sa- 
car de la lectura de los plájios. Asi la insistencia 
de Draper en pintar á un pontífice del Islamismo 
inspirando al descubridor de América la concep- 
ción de sus proyectos, no tiene otro fundamento 
que el deseo de coronar con un laurel usurpado 
la torva frente de los hijos de Mahoma, á cuyas 
doctrinas rinde el buen profesor tan decidido 



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La ^elijion y la Ciencia 163 

culto, que parece ser un mormon ó islamita tras- 
plantado de las márgenes del Bosforo á las orillas 
del Mississippi. 

Y en cuanto al consejo de Salamanca— que no 
era ni más ni menos sabio de lo que fueron los de 
Genova y Portugal reunidos con el mismo obgeto, 
y que ya habian rechazado como inadmisibles los 
planes de Colon,— no opuso solamente argumen- 
tos bíblicos ó teolójicos, sino que enumeró todas 
las razones físicas, matemáticas y cosmogónicas 
que corrían entonces como última palabra de la 
ciencia ; y que el tiempo ha demostrado no ser 
tan desatentadas, como algunos creen. Por que 
si habia algo erróneo é improbable en las doctri- 
nas de Colon, era el falso supuesto de que partían, 
buscando la prolongación del Asia y afirmando 
que debia existir en ese continente un núcleo te- 
rritorial por necesidad de compensación; idea en 
cuyo engaño murió apesar de sus cuatro viajes 
al Nuevo Mundo, que nunca supuso haber descu- 
bierto. Nadie ignora que los dominios fantásticos 
del Preste Juan de las Indias, para cuyo fabuloso 
señor escribió un rey de Portugal cierta carta des- 
tinada á entregársele en propia mano cuando le 
encontrasen sus capitanes, eran cebo para todas 
las tentativas que se llevaban á efecto por enton- 
ces; aún cuando al mismo tiempo la situación to- 
pográfica atribuida al maravilloso país en cues- 
tión, como los antecedentes históricos de que se 
derivaba su posible existir, constituían el mentís 
mas rotundo á las deducciones científicas de en- 
tonces y de hoy mismo. Por eso fué que los astró- 
nomos genoveses y portugueses desahuciaron á 



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164 Estudios Literarios 

Colon luego de oirle, siguieado la misma línea de 
conducta los astrónomos y cosmógrafos espa- 
ñoles reunidos en Salamanca, escepcion hecha 
de dos obispos y algunos profesores de estado 
relijioso. 

Mas aun cuando tales hechos no se hubieran 
dado, es evidente que las resistencias opuestas á 
Colon, en vez de indignificar á los hombres de su 
época, no hacen más que colocar las cosas dentro 
de su límite natural. Porque si la posibilidad de 
una circunnavegación de los mares, fiíera cual 
fuese la hipótesis en que se basara, hubiese sido 
idea popular y factible por los tiempos del ilustre 
genovés, su viaje no tendría mayor singularidad 
hoy que la de comprenderse entre los mas largos 
de su tiempo. Pero precisamente porque la cien- 
cia de entonces suponía imposible navegar en esa 
forma, llegando al punto de sostener lo inaborda- 
ble de las rejiones antípodas que muy pocos con- 
sentían existir, mientras otros, y no de los que se 
quedaban en tierra sino de los que viajaban por 
necesidad profesional, creían no tener límites el 
Océano; precisamente porque ninguna noción 
correcta, ningún indicio seguro, ninguna prácti- 
ca medianamente aceptable consentía esponerse 
á tan terrible prueba, es por lo que Colon, aun 
partiendo de erróneos cálculos, resulta perdura- 
blemente grande, al vencer con su genio no solo 
las preocupaciones del vulgo y las suyas propias, 
sino los errores muy disculpables de la ciencia 
de su tiempo. 

Para confundir las opiniones de Draper sobre 
este punto, veamos como juzga al pretendido 



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La ^elijion y la Ciencia 165 

concilio de Salamanca, un autor protestante de 
indiscutible autoridad en la materia: « El rey ca- 
tólico—dice—refirió consiguientemente el nego- 
cio á Fernando de Talavera, mandándole juntar 
en asamblea los astrónomos y cosmógrafos más 
entendidos de España para que tuviesen una con- 
ferencia con Colon, examinasen las bases de su 
teoría, consultasen después entre ellos y espu- 
siesen su opinión. En la ciudad de Salamanca 
fué donde se 'celebró la interesante conferencia.... 
Hospedóse Colon en el convento de dominicos de 
San Esteban, donde fué dignamente tratado, y en 
el mismo edificio tuvo lugar el famoso examen. 
La relijion y la ciencia estaban en aquella 
época, sobre todo en España, íntimamente uni- 
das. Existían los tesoros del saber casi esclusi- 
vamente en los claustros de los monasterios .... 
¡ Qué admirable espectáculo debió presentar el 
antiguo salón del convento en tan memorable 
conferencia ! . . . Formaban la asamblea profeso- 
res de astronomía, geografía, matemáticas y otros 
ramos de ciencias , varios dignatarios de la 
Iglesia y muchos doctores relijiosos Un sim- 
ple marinero levantando la voz en medio de aquel 
imponente concurso de profesores, relijiosos y 
dignatarios eclesiásticos, sustentando con natural 
elocuencia su teoría, y defendiendo, por de- 
cirlo asi, la causa del Nuevo Mundo! Dícese que 
al empezar su discurso , todos dejaron de pres- 
tarle atención menos los frailes de San Esteban, 
por poseer aquel convento mas conocimientos 
científicos que el resto de la universidad. Los 
mas rudos ó mas fanáticos se hablan atrinchera- 



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i66 Estudios Literarios 

do en este argumento, que ¿después que tantos 
y tan profundos filósofos y cosmógrafos habían 
estudiado la forma del mundo, y tan hábiles ma- 
rinos navegado sus mares por millares de años, 
habia venido á ocurrirsele á un oscuro aven- 
turero suponer que le estaba á él reservado el 
hacer aún vastos descubrimientos ? Muchas de 
las obgeciones y reparos puestos por aquella 
docta corporación, han llegado hasta nosotros, 
y escitado una sonrisa á expensas de la universi- 
dad de Salamanca. Pero no debemos juzgar á los 
miembros de aquel instituto, sin tener muy pre- 
sente la época en que vivieron.... Entre muchos 
d quienes convencieron los raciocinios é inflamó la 
elocuencia de Colon, se menciona á Diego de Deza, 
digno y docto relijioso del orden de Santo Do- 
mingo, entonces catedrático de Teolojía del con- 
vento de San Esteban, y después arzobispo de 
Sevilla.... que con sus unidos esfuerzos, se dice 
atrajeron á su opinión á los hombres mas pro- 
fundos de las escuelas.» (i) 

Aquí tenemos demostrado por autoridad ajena 
á toda sospecha de parcialidad relijiosa, la clase 
de miembros de que se compuso la junta de Sa- 
lamanca, y los argumentos sustanciales que se 
opusieron á Colon en ella. Eran simplemente ar- 
gumentos científicos en boga, bien ó mal concor- 
dados algunos con la Biblia, mas no por eso me- 
nos en uso; siendo de notar que apesar de ello, el 
presidente de la Inquisición y futuro arzobispo 



(i) Washington Irving— Vida y Viajes de Cristóbal Colon^ 
lib. II, cap. IV. 



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La ^elijion y la Ciencia 167 

de Sevilla, fray Diego de Deza, no los aceptó, lo 
mismo que el cardenal Mendoza, plegándose am- 
bos al dictamen de Colon, de.quien fueron amigos 
sinceros y protectores decididos. Sise juntan aho- 
ra todos los antecedentes del proceso del gran al- 
mirante, desde que lo recojió hambriento y des- 
prestigiado fray Juan Pérez de Marchena en la 
Rábida, para recomendarlo á fray Bernardo Ta- 
layera, confesor de la Reina, bajo cuyos auspicios 
pasó á presentarse al Consejo de Salamanca don- 
de dos obispos y algunos frailes de San Esteban 
fueron sus únicos protectores hasta hacerle ca- 
mino con Isabel la Católica, que al fin entró defi- 
nitivamente en el proyecto, ¿ no es acaso la sínte- 
sis de todo, que debido á dos obispos y unos 
cuantos frailes bscuros, pudo verificarse el des- 
cubrimiento de América? Rechazado Colon en 
Genova y Portugal por comisiones de sabios ofi- 
cialmente constituidas para examinar sus pro- 
yectos, mal mirado en Inglaterra, desahuciado 
en España, ¿qué fuera de él, y qué de nosotros, 
si Marchena, Talavera, Deza, Mendoza y los frai- 
les de San Esteban no hubiesen ocurrido á sal- 
varle? 



No es esto todo. Draper, después de usurpar 
audíizmente á la Iglesia su parte de gloria en el 
descubrimiento de América, pretende arrojar so- 
bre los habitantes ¡primitivos del Nuevo-Mundo 
el sambenito de una vergonzosa plaga física, con 



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i68 Estudios Literarios 

el designio de presentará LeonX doliente de ella. 
Afirma en consecuencia, que el mal venéreo tiene 
un orijen americano indisputable, y que su des- 
arrollo en Europa se debió á la inoculación tras- 
portada por los descubridores regresando á las 
poblaciones que les daban albergue. Y habiéndo- 
se hecho popular la peste, era natural que llega- 
se á Roma y subiese hasta la silla pontificia, para 
herir al grande hombre que la ocupaba entonces. 
Calumnia inventada á falta de otra mejor, porque 
no siendo León X acusable de ignorancia ó de ili- 
beralidad, era necesario macularle de algún mo- 
do, ya que su nombre debia ir unido al siglo que 
lo lleva. 

Este procedimiento de escritores que no se 
respetan, lanzando á la publiciQad cargos sin 
pruebas y afirmaciones groseras que más perju- 
dican al victimario que á la víctima, es una tácti- 
ca conocida y despreciable. León X cuya vida y 
hechos han escudriñado en todo sentido sus ami- 
gos y sus enemigos, no está escento de algunos 
defectos, que eran en él, como en todos los gran- 
des hombres, una manera de compensación á sus 
calidades insignes. Se le ha acusado de haber pro- 
tejido con demasiada generosidad á sus deudos : 
se le han hecho cargos por haber puesto en ac- 
ción ciertas veces una política tortuosa; pero 
la inmoralidad cínica que supone la calumnia lan- 
zada por Draper, no ha sido capítulo de acusación 
probable contra él. La América que debe á este 
Papa una protección generosa y paternal de sus 
desventurados habitantes primitivos; las cien- 
cias, las artes y las letras que le deben la Edad 



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La ^elijion y la Ciencia 169 

del Renacimiento, protestan contra el miserable 
proceder del enano, que no encontrando medios 
de entallarse al gigante, le acomete por lo bajo, 
como los animales dañinos. 

Y ya que la ocasión se presenta, vamos á des- 
mentir una vez más á Draper, con la autoridad de 
■un correlijionario suyo, sobre el orijen atribuido 
al mal venéreo, que nunca fué, ni tenía razón de 
ser ingénito á la sociabilidad americana primiti- 
va. Hablando de las ventajas é inconvenientes co- 
merciales que el descubrimiento de.América pro- 
porcionó á la Europa, dice Prescott : « Al paso 
que el comercio colonial se presentaba bajo este 
aspecto tan poco lisongero, no proporcionando 
inmediatamente los magníficos resultados que de 
él se esperaban, se creyó generalmente que fué 
causa de que en Europa se introdujese una enfer- 
medad, que, valiéndose de la frase de un escritor 
eminente hacia más que contrapesar todas las ven-- 
tajas reunidas que del descubrimiento del Nuevo 
Mundo resultaran. Hablo de la terrible enfermedad 
de que se sirve el cielo para castigar severamente 
la comunicación licenciosa de los dos sexos, y que 
estalló con toda la violencia de una epidemia en 
casi todos los puntos de Europa, á muy luego de 
haberse descubierto América. La coincidencia de 
estos dos acontecimientos motivó la general 
creencia de su mutua conexión y enlace, por más 
que ninguna otra circunstancia viniera en apoyo 
de esta opinión : la espedicion de Carlos VIH con- 
tra Ñapóles que puso muy poco después á los es- 
pañoles en inmediato contacto con las diversas 
naciones de la cristiandad, suministró un medio 



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170 Estudios Literarios 



muy natural y fácil de que el mal se propagase 
rápidamente ; y esta teoría sobre su orijen y tras- 
misión que fué adquiriendo mayor éxito coa el 
tiempo, lo cual hizo más difícil su refutación, ha 
pasado con muy poco examen de boca de uno en 
otro historiador hasta nuestros días. 

» El intervalo, sinembargo, demasiado breve 
que medió entre la vuelta de Colon y la aparición 
simultánea de la enfermedad en los puntos más 
distantes de Europa, produjo hace ya tiempo cier- 
ta desconfianza muy fundada acerca de la exacti- 
tud de aquella hipótesis; y un americano, natu- 
ralmente deseoso de librar á su pais de tan triste 
nota, no puede menos de esperimentar gran sa- 
tisfacción al ver que la crítica más investigadora 
y prudente de nuestros dias ha llegado finalmente 
á poner fuera de duda que el mal de que trata- 
mos, lejos de ser orijinario del Nuevo-Mundo, 
nunca fué en éste conocido, hasta que los euro- 
peos le introdujeron.» (i) 

Reducidas pues, á su espresion verdadera las 
afirmaciones de Draper en lo que respecta al des- 
cubrimiento y enfermedades de América, se sigue 
que ellas son, no el resultado de ideas arraigadas, 
más ó menos debatibles pero en el fondo sinceras; 
sino asertos calumniosos deliberadamente asen- 
tados con el fin de dañar á la Iglesia, triturando 



(i) William A. Prescott: Historia de los ^eyes católicos. 
(Parte 11 cap. ix) donde recomienda por una nota la obra de Do- 
mingo Thiene titulada «L\í itere sulla Storiade'Mali Venen (Ve- 
necia 182J)'», la cual prueba á la evidencia cuanto queda es- 
presado. 



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La ^elijion y la Ciencia 171 

de paso la reputación de sus hijos más dignos. 
Con tal criterio filosófico y semejante conciencia 
de historiador, no puede lisonjearse un hombre 
de andar buscando la verdad cuando la desprecia 
doquiera que la encuentra á la mano, para hacer- 
se apóstol voluntario de la mentira y la calumnia. 
Cuál sea el fin de tan odiosos procederes,pasma el 
pensarlo, si se tiene en cuenta que todo ese tejido 
de embustes ha sido tramado para llegar á la con- 
clusión de que el descubrimiento de América dio 
el golpe de muerte á la doctrina de los milagros. 

Reflexionemos un poco sobre este argumento 
de socorro, tan manoseado por los incrédulos, 
¿ Qué son los milagros? Son, según ellos mismos, 
la suspensión de las leyes naturales. Ahora bien: 
esta definición, en vez de agravar la dificultad, la 
resuelve de una manera tan clara como satisfac- 
toria. Desde que hay leyes naturales hay un lejis- 
lador, y todo lejislador tiene perentoriamente 
anexa á su carácter la facultad de suspender, mo- 
dificar ó anular las leyes que dá. 

Dicen, sinembargo, que Dios no está en tal 
condición, porque siendo soberanamente sabio, 
es inferirle una injuria suponer que se equivoca, 
pues eso y no otra cosa importa atribuirle modi- 
ficaciones en cualquiera de sus propósitos que 
son incontestablemente perfectos é inmutables. 
Pero esto es raciocinar de un modo bastante zur- 
do, porque la suspensión de ciertos efectos con 
relación á hombres ó cosas determinadas, no im- 
plica equivocación, sino omnipotencia. Por ejem- 
plo ¿cuáles eran las leyes naturales que rejian 
para esos mundos que vagan en el espacio, y que 



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172 Estudios Literarios 

unos yermos y helados, otros hechos pedazos, 
siguen la evolución que les impone el astro ma- 
yor de quien dependen? Pues eran las mismas 
leyes de atracción, de luz, de habitabilidad, de 
calor que nos rijen á nosotros, y que no dejan de 
ser perfectas é inmutables por que se hayan sus- 
pendido para ellos. ^ Qué sabemos nosotros, cual 
sea el plan de la Divinidad al proceder de esa 
manera? ^Con qué derecho negamos el alcance 
de su omnipotencia cuando todo lo decanta en la 
creación ? Mientras la humanidad exista, creerá 
en los milagros, por que creerá en Dios omnipo- 
tente y bueno ! 



Por supuesto que la aglomeración de todas es- 
tas acusaciones y cargos, debia ir de rebote con- 
tra el Papado, escudo y palanca del catolicismo. 
Draper no podia escapar la dificultad sin traicio- 
narse, de manera que la ha afrontado en esta for- 
ma : « Infalibilidad quiere decir omniciencia. Sin 
duda que si se admiten los principios del cristia- 
nismo italiano, su consecuencia lójica, es la infa- 
libilidad del Papa : no hay necesidad de insistir 
en la naturaleza antifilosófica de esta concepción; 
se destruye por un examen de la historia política 
del papado y por las biografías de los Papas. La 
primera enseña todos los errores y equivocacio- 
nes á que está sujeta una institución completa- 
mente humana; las segundas son con demasiada 
frecuencia una historia de pecados é ignominias.» 



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La ^elijion y la Ciencia 173 

Ante todo, pongamos en claro una aserción que 
este embustero desliza como al descuido, con el 
fin de arrojar sobre el Cristianismo la sospecha 
de ciertas influencias locales, que harían de él 
una doctrina acomodaticia al capricho de los 
hombres que la profesasen. No hay tal cristianis- 
mo italiano en el sentido que Draper lo quiere; si- 
no que hay un solo Cristianismo, como no hay 
más que una sola verdad, una sola ciencia, una 
sola creación. El carácter distintivo del Cristia- 
nismo es su inmutabilidad y universalidad, que 
Jesucristo proclamó en esta frase : un solo rebaño 
y un solo Pastor; y de ese carácter deriva la Igle- 
sia su título de católica ó universal é inmutable, 
no adquirido como quiera, sino por espresa de- 
signación evangélica. Todo lo demás, no es cris- 
tianismo; será si'lo queréis, cisma, protesta, he- 
rejía ó como os plazca llamarle, pero de ahí no 
pasa. Precisamente las amarguras que han afliji- 
do y siguen aflijiendo á la Iglesia, provienen de 
su incorruptible fidelidad al depósito de la primi- 
tiva doctrina. Tenemos todavía por símbolo de 
fé, y lo conservaremos hasta la consumación de 
los siglos, el Credo que enseñaron los Apóstoles : 
tenemos para el gobierno de la Iglesia, la gerar- 
quía que instituyó el Señor de su propia mano; y 
que empezando en Pedro y prosiguiendo hasta 
León XIII, se conserva incólume por entre 255 
Pontífices y algunos millones de Obispos. 

Y en tal sucesión de Pontífices orijinarios de 
todas las naciones, y de Obispos provinientes de 
todas las razas del mundo, mancomunados en 
una sola fé, está la prueba de la universalidad y 



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174 Esludios Literarios 

la inmutabilidad de la doctrina cristiana. Estu- 
diado el gobierno de la Iglesia, no se encontrará 
ninguno más apropiado á la disolución, si no le 
alumbrasen luces de lo alto. Figuraos algunos 
miles de sedes episcopales distribuidas por toda 
la superficie de la tierra, y ocupadas por sacer- 
dotes que no se conocen entre si; agregad á esto 
un Sacro Colejio compuesto de cardenales de 
diversas nacionalidades y facultado á elejir Pon- 
tífice por mayoría de votos cuando queda acéfala 
la silla papal; poned luego á ese Papa, sin dinero 
ni soldados, al frente de tamaña circunscripción; 
y decidid, si entra en los medios humanos el ejer- 
cicio de semejante gobierno y en tales condicio- 
nes. Y sinembargo, desde Pedro hasta León, la 
Iglesia ha tenido gobierno permanente, bajo una 
gerarquía estricta y dentro de *las leyes inviola- 
bles que la dejí) su Fundador; por más que hayan 
sido llamados á aplicar esas leyes, un esclavo de 
orí jen como S. Calixto I, ó un syrio como Grego- 
rio III, ó un antiguo mendigo inglés como Adria- 
no IV; que ni la pobreza de cuna, ni la diferencia 
de idioma, fué nunca motivo de altercados en el 
seno de la Madre común de los fieles. 

Así pues el cristianismo, que no es italiano ni 
francés, ni turco ni americano, deriva la infalibi- 
lidad del Papa, de las palabras precisas con que 
Cristo instituyó el Pontificado en Pedro; aun 
cuando no dá á esa infalibilidad otra latitud que 
la que incumbe á la enseñanza de la fé y á la guar- 
da de las costumbres. Es falso que la infalibilidad 
así concedida suponga omniciencia y menos in- 
pecabilidad; porque hombre al fin el Papa como* 



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La ^elijion y la Ciencia 175 

todos, puede y debe carecer de multitud de co- 
nocimientos científicos que no son para almace- 
narse en una sola cabeza, y está espuesto á las 
flaquezas y debilidades que son ingénitas á nues- 
tra especie. Hay en todos nosotros, sin ser pontí- 
fices, un sentido intimo que no saliendo de su ob- 
geto propio es infalible, y procede sin temor de 
equivocarse. ¿ Quién apostará contra mí á que no 
levanto mi mano derecha en vez de la izquierda ; 
quién me sostendrá que no me duele la cabeza si 
me duele } Mas de la posesión de este criterio in- 
falible para ciertas cosas, no se sigue que haya 
de tenerse para todas. Lo mismo sucede con la 
infalibilidad pontificia, que habiendo sido divi- 
namente otorgada para dogmatizar en determi- 
nados casos, no hace por eso apto al Papa para 
proceder de igual modo en física ó matemáticas, 
por ejemplo. Y tan cierto es esto, que la Iglesia 
deja siempre al criterio de los hombres las cues- 
tiones científicas, y somete á los Papas á la con- 
fesión y á la penitencia, al igual de los demás 
fieles. Prueba acabada de que no considera á los 
pontífices, ni omnicientes, ni impecables. 

Bajo este supuesto, las acusaciones contra los 
Papas pierden mucha parte de su vigor, desde 
que el pontificado no les libra de ser hombres y 
pecadores. Pero ¿ es cierto que hayan sido tantos 
sus escándalos, que las biografías papales sean 
con demasiada frecuencia historia de pecados é 
ignominias^ como afirma Draper ? 

Parece, sinembargo, que debiera destararse de 
tan negra inculpación, á los treinta y tres prime- 
ros pontífices, desde S. Pedro hasta S. Melquia- 



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176 Estudios Literarios 

des, todos muertos en el martirio. Corresponde- 
rá talvez igual procedimiento de equidad, con 
los diez y ocho pontífices siguientes, desde San 
Silvestre hasta S. León el Grande y S. Anastasio, 
elevados todos al honor de los altares, por las 
virtudes inquebrantables de su vida privada y los 
insignes servicios prestados á la civilización. No 
seria injusto tampoco que se libraran del anate- 
ma, S. Juan I que encontró la prisión y la muerte 
en la corte del emperador Justino, donde habia 
ido á pedir el cese de las persecuciones relijiosas. 
San Gregorio el Grande, segunda providencia de 
los pobres y de los esclavos, apaciguador de las 
guerras europeas, escritor, orador, hombre de 
estado, propagandista cuyo celo encontraba el 
mundo pequeño para espaciarse, elevado contra 
su voluntad al gobierno de la Iglesia, á la que ha- 
bia sacrificado su fortuna y su ilustre nombre 
vistiendo tosco sayal de fraile. S. Martin I, muer- 
to en la proscripción, luchando contra el fratrici- 
da Constante II heresiarca sanguinario, y cobar- 
de sacrificador del Bajo Imperio á los árabes. San 
Eugenio I, continuador de la lucha contra Cons- 
tante y contra el cisma de la Iglesia griega. San 
Deusdedit, personificación de la piedad y la ter- 
nura. S. León II, restaurador de la disciplina 
eclesiástica y escritor eminente. S. Gregorio II, 
vencedor de los lombardos y los iconoclastas, y 
dominador de las insurrecciones que amenazaron 
su combatido pontificado. S. Pablo I, cuya alta 
razón política se refleja en sus letras pontificales. 
S. Pascual I, rico en virtudes. S. León IX, que 
prepara bajo los consejos de Hildebrando, aque- 



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La ^elijion y la Ciencia 177 

Ha época brillante de la Iglesia dentro de la cual 
se depura la doctrina, y queda como reforzado el 
esplendor del cristianismo. 

Caben también en la escepcion, algunos otros 
nombres harto conocidos, como ser el de Grego- 
rio VII, gran reformador que en un siglo de es- 
plotacion y de inmoralidad grosera, luchó y hu- 
milló á los poderosos de la tierra, levantando la 
autoridad del espíritu sobre todas las pasiones 
innobles. Inocencio III, el hombre mas sabio y el 
jurisconsulto mas hábil de su tiempo, que en diez 
y ocho años de pontificado conquistó la indepen- 
dencia temporal de la Santa Sede, puso á raya al 
emperador de Alemania, al rey de Francia y al 
usurpador Juan Sin Tierra; predicó la 4.* cruza- 
da contra los infieles é hirió de muerte la terrible 
secta de los Albigenses, llevando á la tumba la ad- 
miración de sus propios enemigos. Gregorio IX, 
octojenario, á quien ni los reveses de la fortuna 
ni el peso de los años pudieron vencer, encon- 
trándole la muerte tan firme como el dia en que 
ciñó la tiara. Martin V, c[ue á la vez que concluia 
el cisma de la Iglesia de Occidente, abria el mar 
de la India á los descubridores portugueses. Ju- 
lio II, el protector de Rafael y Miguel Ángel, el re- 
conquistador del poder temporal de la Santa Sede, 
tan grande en la guerra como en la paz. León X, 
que dio su nombre á un siglo. Pió V, el austero 
fraile que atacó de frente todos los vicios, y 
que libró á la Europa de los turcos, organizando 
la coalición armada que les venció en Lepanto. 
Sixto V, orador y profesor de derecho en sus mo- 
cedades, grande administrador y gobernante 



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178 Estudios LUer artos 

cuando Pontífice, defensor abnegado de los de- 
rechos de la Iglesia en todo terreno. Benedic- 
to XIV, un sábic ante quien tuvo que doblegarse 
Voltaire sosteniendo con él una correspondencia 
epistolar, y de cuya justicia hicieron elojios Fede- 
rico el grande, Isabel de Rusia y el Sultán. Pió VI, 
el Pontífice mártir, á quien la Revolución france- 
sa condenó á morir en el ostracismo. 

Y por los que se omiten en esta relación, en 
cuanto les pudiera rozar alguno de los conceptos 
de la sentencia infamatoria, bien puede restituir- 
les su honrada fama, el siguiente juicio de un 
protestante, escritor de más talla y mejor nom- 
bre que Draper : « Ni existe, ni ha existido jamás 
en la tierra — dice Macaulay — obra alguna de la 
política humana tan digna de estudio y de exa- 
men como la Iglesia católica. Su historia com- 
prende y resume, por decirlo así, las dos grandes 
épocas del progreso : ninguna otra institución de 
cuantas han logrado ILgar hasta nosotros, por 
antiguas que sean, trasporta el pensamiento á 
aquellos tiempos en que el humo de los sacrifi- 
cios se elevaba sobre el Panteón, mientras que los 
tigres y leopardos rujian y peleaban en el anfitea- 
tro de Flavio : las más ilustres y seculares fami- 
lias reinantes son modernas si se las compara 
con la prolongada serie de los soberanos pontífi- 
ces, que por una sucesión no interrumpida se re- 
monta desde el Papa que consagró á Napoleón 
en el siglo xix al que consagró á Pepino en el si- 
glo VIII ; y aun más allá de Pepino, va á perderse 
en la noche de los tiempos fabulosos el oríjen de 
la augusta dinastía apostólica. Ningún signo in- 



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La ^elijion y la Ciencia ij() 

dica que se halle cercano el término de tan pro- 
longada soberanía ; y así como ha visto el prin- 
cipio de todos los establecimientos eclesiásticos 
que hoy existen ¿ quién sabe si no está destinada 
á ver su fin también ? Si era grande y respetada 
antes de que los sajones hubieran pisado las pla- 
yas de Inglaterra, antes de que los franceses hu- 
bieran pasado el Rhin, cuando la elocuencia grie- 
ga estaba floreciente aún en Antioquía, cuando 
los ídolos recibían culto en el templo de la Meca, 
bien puede continuar siendo grande y respetada 
cuando los viajeros de Nueva Zelanda se deten- 
gan en medio de vasta soledad, y apoyados en los 
arcos rotos del puente de Londres dibujen las 
ruinas de la catedral de San Pablo » . (i) 

Hé aquí como la historia y los mismos escrito- 
res protestantes desmienten el cargo de que los 
Romanos Pontífices sean una sucesión de hom- 
bres ignominiosos y llenos de culpas. Igual des- 
mentida recibe en los hechos, la afirmación de 
que sus definiciones ex-catkedra impliquen una 
serie de equivocaciones y errores que demuestran 
lo absurdo de atribuirles infalibilidad. Precisa- 
mente en el Concilio Vaticano, examinadas todas 
las difiniciones conocidas y vijentes, se encontró 
que ni una sola vez en diez y nueve siglos, se ha- 
bía equivocado ningún Papa al definir sobre la fé 
ó las costumbres . ¿ Qué mejor prueba ? 

Pero admitamos por un momento que nada de 
esto fuera cierto, y que la historia de los Papas 
resultase un tejido de pecados é ignominias, á la 

(i) Macaulay. — Es/«¿íos Políticos: El ^Pontificado, 



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1 8o Estudios Literarios 

vez que un cúmulo de errores y equivocaciones 
su majisterio docente ¿ no ve Draper que el ar- 
gumento se vuelve contra él ? Si durante diez y 
nueve siglos el Papado ha visto caer el imperio 
Romano ; nacer y morir el imperio de Carlomag- 
no ; formarse, triunfar y desaparecer el Imperio 
Español que superó en límites territoriales á to- 
dos los conocidos : y el Imperio Otomano que ha- 
cia temblar al mundo ; y el Imperio Portugués 
que se estendia por el Asia y por el África hasta 
donde no soñó en llegar Roma ; y la República 
Francesa que unció la Europa al carro de sus vic- 
torias ; si todo esto ha acontecido sin conmover 
los cimientos del Papado, cuya tiara cenia la ca- 
beza de hombres ignorantes y pecaminosos ¿ no 
es evidente que solo por ausilio sobrenatural, pu- 
dieron tales hombres trasmitirse incólume un 
poder que ha resistido á la acción del tiempo y 
las revoluciones, cuando debia sucumbir á los 
embates de la inmoralidad y la ignorancia de 
aquellos que lo ejercieron ? 



Del ataque á la Infalibilidad, pasa Draper á 
combatir el Concilio Vaticano que la definió, y 
haciéndolo, no puede escusarse de descargar sus 
iras contra los Jesuítas á quienes atribuye la con- 
vocación de aquella asaníblea del catolicismo. A 
estar á sus informes, empero, seria ésta la primera 
vez en que el Papa, un Concilio y los Jesuítas, se 
hubieran contradicho de la manera mas triste, 
borrando todos con imperdonable lijereza, sus 



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La ^elijion y la Ciencia i8i 

tradiciones inflexibles, para servir al filosofismo 
moderno y congraciarse con la incredulidad rei- 
nante. Y cuenta que el caso ocurre, según el 
perspicaz tratadista de fisiolojía, nada menos que 
con relación al más fundamental de los principios 
relijiosos : la definición de la idea de Dios, Autor 
y Señor de todo lo creado. 

Oigamos á Draper: « Una de las mas notables, 
y sinembargo característica contradicción de la 
constitución dogmática — dice — es el homenaje 
forzado que paga á la intelijencia del hombre. 
Presenta una definición de la base filosófica del 
catolicismo, pero oculta de la vista las formas re- 
pulsivas de la fé vulgar. Enseña los atributos de 
Dios creador de todas las cosas con palabras ade- 
cuadas á una concepción sublime, pero se abs- 
tiene de afirmar que este tan terrible é impo- 
nente Ser nació de una madre terrenal, esposa 
de un carpintero judío, que luego ha llegado á 
ser reina de los cielos. El Dios que pinta no es el 
Dios de la Edad Media, sentado en su trono de 
oro rodeado de coros de ángeles, sino el Dios de 
la filosofía. La constitución no tiene nada que de- 
cir acerca de la Trinidad, nada del culto debido á 
la Virgen, al contrario, esto se encuentra virtual- 
mente condenado; nada acerca de la tran substan- 
ciación ó conversión por el sacerdote de la hostia 
y el vino en carne y sangre de Dios; nada de la 
invocación á los santos. Lleva en todas sus paji- 
nas impreso el pensamiento de la época, y de los 
progresos intelectuales del hombre. » 

Contestemos por partes. La constitución dog- 
mática de que tanto habla Draper, empieza su 



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1 82 Estudios Literarios 



capítulo II con la siguiente declaración: « Puede 
ser conocido con certeza Dios, principio y fin de 
todas las cosas, por la lumbre natural de la ra- 
zón humana mediante la contemplación de las 
cosas creadas, aunque por lo que hace al hecho, 
agradó á la sabiduría y bondad divina revelarse 
á sí mismo y manifestar los decretos eternos de 
su voluntad al género humano por otra via, á sa- 
ber: por la revelación sobrenatural al hombre no 
debida.» Ahora bien : si la definición filosófica del 
catolicismo que ha merecido el aplauso de Dra- 
per es esta,— y no puede ser otra— ¿qué es lo que 
ha ocultado la constitución dogmática á las mi- 
radas de los sabios como él? La Iglesia ha profe- 
sado siempre el principio, de que el primer cono- 
cimiento de Dios, puede venir por la razón na- 
tural, y tan es asi, que los teólogos católicos 
llaman á esa vislumbre de la Divinidad preám- 
bulos de lafé. No de otro modo creyeron casi to- 
dos los primeros Padres de la Iglesia, salidos del 
paganismo para entrar en la relijion cristiana, á 
fuerza de raciocinar. No de otro modo se hizo 
relijion el cristianismo entre el vulgo pagano, que 
por esfuerzos de razón llegó á formarse el con- 
cepto de la divinidad de Cristo y prestó fé á sus 
promesas. De manera que la base filosófica, pro- 
clamada según Draper por el Concilio Vaticano 
como un homenaje forzado á las ideas del siglo 
en que vamos, es tan vieja como el cristianismo y 
forma parte de su enseñanza teolójica. 

Apartado este inconveniente del montón de 
ellos que junta el doctor neoyorkino, para hacer 
mas solemnemente oscuro el endiablado párrafo 



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La ^elijion y la Ciencia 183 

que comentamos, queda ahora por examinar qué 
es lo que hay de verdad en eso de que el Dios de- 
finido por el Concilio Vaticano no es el Dios que 
la Iglesia aceptaba en la Edad Media, sino el de 
la filosofía. En plena Edad Media, el año de 121 5, 
el Concilio Lateranense IV, hacia la siguiente 
declaración: « Firmemente creemos y sencilla- 
mente confesamos, que no hay sino un solo Dios 
verdadero, eterno, inmenso é inconmutable, in- 
comprensible, omnipotente é inefable. Padre 
Hijo y Espíritu Santo. Hay ciertamente en Él tres 
personas, pero una sola esencia, sustancia ó 
naturaleza absolutamente simple. El Padre no 
procede de nadie, el Hijo de solo el Padre, el Es- 
píritu Santo de entrambos juntamente, sin prin- 
cipio siempre y sin fin; el Padre es engendrante, 
el Hijo engendrado, el Espíritu Santo proceden- 
te ; los tres son consubstanciales y coecuales, 
coomnipotentes y coeternos, un solo principio 
de todas las cosas, un solo Creador de las cosas 
visibles é invisibles, de las espirituales y corpo- 
rales; quien con su omnipotente virtud creó de 
lanada juntamente en el principio del tiempo 
una y otra criatura, á saber : la angélica y la mun- 
dana, y además la humana, como participante 
de entrambas, compuesta de espíritu y de cuer- 
po. » Esta declaración de un Concilio de la Edad 
Media, ha sido copiada y citada por el Concilio 
Vaticano en su Constitución dogmática, de modo 
que lo mismo que pensaba antes la Iglesia con 
relación á la Divinidad, lo piensa hoy y lo define 
con idénticas palabras. ¿Cuál es entonces el ho- 
menaje forzado que la Iglesia ha hecho á la filo- 



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Estudios Literarios 



sofia de nuestros tiempos, al definir los atributx>s 
del Señor Omnipotente? Draper lo sabrá cuando 
lo dice. 

Pero lo más bizarro del caso es, que el autor 
de los Conflictos se empeña en que de todo esto 
no se desprenda la idea de la Trinidad, apesar de 
que ambos concilios nombran al Padre, al Hijo y 
al Espíritu Santo, tres personas distintas y un 
solo Dios verdadero. También es peregrino el 
empeño de que en la definición debió nombrarse 
por fuerza á la Virgen y á los Santos, pero ¿por 
qué se les había de nombrar? El catolicismo so- 
lamente adora á Dios : la Virgen y los Santos soi 
venerados. Se trataba de fijar el concepto de .'a 
Entidad Adorable, y quedó establecido con bs 
mismas palabras con que seiscientos años atrás 
lo habia definido la Iglesia infalible. En todo lo 
demás, ni correspondía hacer concesiones al ilo- 
sofismo moderno, ni dar satisfacciones á lo$ sa- 
bios draperistas. Presidia el Concilio Vaticano 
Pío IX, definidor del dogma de la Inmaculada, y 
estaban vijentes como siguen estándolo los textos 
bíblicos, que desde Daniel hasta el Bautista, pro- 
claman y anuncian la razón por la cual la esposa 
del carpintero judio habia de trasformarse en reina 
de los cielos. 

Por último, no era razonable hacer tanto baru- 
llo, para venir á dar un ataque á los Jesuítas, cu- 
ya pretendida dictadura sobre la Iglesia es tan 
novelesca como todas las calumnias del liberalis- 
mo. Los Jesuítas tienen, es cierto, por la natura- 
leza de sus virtudes y de su probada ortodoxia, 
un puesto culminante en el seno de la Iglesia que 






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La ^elijion y la Ciencia i8$ 

les ama entre sus hijos predilectos ; pero ni ellos 
han pretendido nunca, ni la Iglesia consentiría 
sin suicidarse, dictaduras de ningún género. Si 
hay institución que menos comporte la imperiosa 
Toluntad de un hombre ó un instituto, es la Igle- 
sia Católica, cuyos procedimientos absolutamen- 
te racionales, se basan en las reglas de conducta 
que su Fundador la dejó al ausentarse de la tierra. 



Parece que resulta aclarado ahora, hasta don- 
de carece el libro de Draper, de las condiciones 
indispensables á una obra seria. Basado sobre un 
falso criterio y encaminado á atacar instituciones 
que han resistido triunfantes la acción del tiem- 
po y las pruebas mas duras, no asume el carácter 
de seriedad requerido por tan ardua empresa, ni 
satisface por una comprobación exijible, las du- 
das provocadas con su antojadiza intemperancia. 
Por que hay en sus pajinas, desde la negación de 
los hechos mas evidentes, hasta la burla grosera 
de pintar al mahometanismo como superior al 
cristianismo en resultados civilizadores; todo 
ello sin mas fuente de información que la palabra 
del autor, opuesta al testimonio de la esperiencia 
que la desmiente con datos visibles. No es así 
como se escribe cuando se ama la verdad y se la 
busca, pretendiendo ejercer autoridad sobre los 
hombres, con defenderla y propagarla. 

La Iglesia que en vez de temer las obgeciones 
las provoca, por que en todos los tiempos venció 



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1 86 Estudios Uier arios 

por la discusión y se impuso por el criterio racio- 
nal de las gentes ; ha sido atacada de un modo 
más hábil que el empleado contra ella por este 
moderno enemigo de sus doctrinas. Tanta hoja- 
rasca y palabreo, basada sobre cimientos tan fe- 
bles, dan triste idea de quien baja al terreno po- 
lémico con aires de novador, para salir de él 
avergonzado y corrido con sus propios argumen- 
tos. Hay en las letras, como en toda especulación 
abierta á la intelijencia humana, un límite que el 
decoro no permite saltar jamás, sin riesgro de 
caer en el charlatanismo ó en la indignidad. Dra- 
per lo ha saltado en sus Conflictos asumiendo las 
dos actitudes, una ridicula y otra condenable, 
que trasforman alternativamente en payaso ó en 
foliculario al escritor público. 

Después de esto, se preguntará ¿qué es lo que 
resta por refutar en el libro del profesor neoyor- 
kino? Todo, todo el libro, que desde su títuío 
hasta la última pajina, no encierra una palabra 
que no sea una mentira. Por que mentira es eí 
título de Historia con que condecora el atajo de 
vacuidades antifilosóficas que constituyen la na- 
rración, mentira el calificativo de conflictos que 
da á sus romanescas apreciaciones, mentira la 
filiación que atribuye á las ideas generadoras del 
progreso humano, mentira los cargos que hace á 
las instituciones y á los hombres más conocidos. 
Jamás se ha faltado á la verdad con tanta desver- 
güenza en el mundo, como lo ha hecho este doc- 
tor de la Universidad de Nueva-York, que á se- 
mejanza de Erostrato no ha vacilado en buscar la 
celebridad por medio de barbaridades. Leyendo 



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La ^elijion y la Ciencia 187 

su libro, apesar de las galas del estiló, se nos ha 
antojado creerle loco de atar en ciertos pasajes, 
si luego no se comprobase en otros que es sim- 
plemente mentecato, ó sea un grado menos de 
aquella disposición de ánimo en que todavía la 
intelijencia brilla por que delira. 




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CESAR DÍAZ 




1 1 alguna vez ha sido útil la táctica perio- 
dística del señor Sarmiento de Buenos 
I Aires, indudablemente lo fué en ocasión 
( de llamar á César Diaz porteño renegado; 
dando asi lugar á que la familia del muerto vol- 
viese por los fueros de la verdad y mandara im- 
primir las Memorias auténticas en que su deudo, 
verdadero general formado en los campos de ba- 
talla, ofrecía gratuitamente y por acaso, más de 
una lección al general de papel que le negaba su 
nacionalidad y pretendia deslucir sus servicios. 
Por tan inesperado incidente, ganó la literatura 
uruguaya un libro, del cual puede decirse en su 
mayor elojio, que todos lamentan encontrarle 
tan corto, cuando corremos tiempos en que la 
escasez de volumen constituye la mayor reco- 
mendación para las obras que se editan. 



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190 Es ludios Literarios 

Mas no es esta la única orijinalidad que pre- 
sentan las Memorias inéditas del general don César 
Diaz; pues esa obra, sobre ser un libro bueno, es 
por añadidura el libro de un soldado; y como 
quiera que en nuestra época la condición militar 
de los individuos lleve siempre anexa la idea de 
no ser ellos aptos para otra cosa que para dar ta- 
jos y mandobles, resulta sorprendente y placen- 
tero verles manejar la pluma con maestría. Esta- 
mos ya muy lejos por cierto, de los tiempos en 
que generales como Tucidides, Xenofonte y Cé- 
sar, dejaban á la posteridad libros que son toda- 
vía modelos de arte; y ho hay esperanza, á lo me- 
nos entre nosotros, de que soldados como Cathan 
y Mirabeau, lleguen á conquistar en la tribuna 
parlamentaria el derecho de dirijir los negocios 
públicos por la sola influencia de la palabra. Asi 
pues, el libro de un general, lamoso por su riji- 
dez en el mando y su serenidad en el combate, é 
inolvidable además por su muerte trájica como lo 
fué el general Diaz, reviste todos los caracteres de 
una novedad literaria. 

Los soldados de buena ley, cuando juntan á la 
esperiencia de su oficio un talento cultivado, son 
mas aptos que ninguno para tratar la literatura. 
Porque formándose en la continuidad del peligro 
y en las alternativas de la obediencia y el mando 
un criterio exacto de lo que valen los hombres y 
la vida, saben decir mejor las cosas, de lo que as- 
piran á decirlas aquellos cuya práctica mundanal 
no pasa mas allá de su bufete; y cuyos desenga- 
ños teóricos provienen de las impresiones adqui- 
ridas en sus bibliotecas. Antiguamente, cuando 



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César T>iaz 191 



la profesión militar implicaba la de jurisconsulto 
y orador, como en Grecia y Roma, fué demostra- 
da esta verdad por los hechos; y si hoy nos cues- 
ta admitirla, es porque habiendo caido tan bajo 
la noción del patriotismo, se mira el servicio de 
sangre como un vejamen, delegándosele gusto- 
samente en los que andan bastante desesperados 
para aceptarlo ; con lo cual, lejos de recibir estí- 
mulo los soldados, viven en un abandono y me- 
nosprecio poco favorable á producir literatos y 
oradores. 

No diremos que esta regla sea uniforme para 
todos los casos. Rivera, Rondeau y Palleja, tres 
generales, dejaron narraciones militares redacta- 
das en buen estilo ; y el último de ellos, un Diario 
de la guerra del Paraguay^ que tiene positivo valor 
literario. Del general don Antonio Diaz se asegu- 
ra, haber escrito un elocuente trabajo historial 
sobre las guerras de la Independencia, que des- 
graciadamente yace inédito entre el legajo de sus 
papeles ; y el coronel Cáceres escribió unas Me- 
morias muy curiosas, que el doctor Lamas posee 
y nosotros hemos leido. Conviene espresar, sin 
embargo, que estos gefes y algunos otros cuya 
sola correspondencia epistolar clasificada y reu- 
nida formaría escelentes libros, eran soldados de 
vocación é instinto, habiendo llegado á coronar 
su carrera entre inconvenientes tales, que el me- 
nor de todos consistía en narrarlos á la poste- 
ridad . 

Á esa escuela y á esa clase de hombres pertene- 
ció César Diaz, como lo atestiguan sus servicios y 
sus años ; y en mérito de ello fué que rompiendo 



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193 Estudios Literarios 

con la rutina establecida, pudo consignar sobre 
el papel los recuerdos de su pasado. Pero el 
trabajo cuyo plan se habia propuesto, quedó 
trunco, por que la muerte sorprendió á su autor 
cuando estaba lejos de presumirla tan próxima; 
á los 45 años de edad, sano, fuerte, renombrado 
por sus servicios anteriores, simpático por sus 
desgracias de momento, y sinembargo, implaca- 
blemente fusilado apesar de la capitulación es- 
crita que garantía su vida. 

Mas lo incompleto del libro no obsta, para que 
sus pajinas formen un agradable conjunto de lec- 
tura. A lo vivido de la narración, se une el inte- 
rés de los episodios que ella abraza, resultando 
de ahí que el narrador, junto con su autobiogra- 
fía, escribe la historia de una época tan azarosa 
como interesante. El general Diaz es sobrio en el 
relato de sus antecedentes personales, que colo- 
ca en la portada del libro, bajo el título de Apun- 
tes hasta el 20 de Setiembre de 1853. En seguida 
vienen dos manuscritos « La campaña de 1843 
y organización de la defensa de Montevideo » ; y 
« La campaña del ejército grande en Sud- Améri- 
ca » , donde resaltan los tipos de Rosas y Oribe^ 
Rivera y Paz, quedando tallados en todos sus li- 
neamentos sobre alto pedestal, que la posteridad 
se verá obligada á contemplar cada vez que vuel- 
va los ojos á aquellos dias de prueba. 

Y efectivamente que fueron aciagos aquellos 
días. La República pudo decir con el Dictador 
romano : hasta aquí he peleado por la victoria, 
hoy peleo por la vida. Jamás hablan presenciado 
los uruguayos, espectáculo mas aterrador que la 



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César T)ia\ • 193 

marcha triunfante de* aquel ejército que franquea- 
ba su territorio en 1842, al mando del caudillo ta- 
citurno y vengativo, cuya táctica militar, colocán- 
dole sobre todos los generales del Rio de la Plata 
por haberlos vencido á todos, se combinaba con 
unos procederes que anadian á las perspectivas 
de su crueldad, la evidencia de su poder incon- 
trastable. Don Manuel Oribe, reclamando con las 
armas en la mano una presidencia que habia re- 
nunciado, no buscaba el sufrajio popular sino la 
sumisión cívica; y tampoco pedia esa sumisión 
como paso previo al serenamiento de su cólera, 
sino que la imponia sin consideración á nada ni á 
nadie. Venia aliado á Rosas, al tirano argentino 
que en los desvanecimientos de la soberbia colo- 
có su retrato sobre el tabernáculo de los templos; 
y dejaba suponer con esta alianza, á los que esca- 
paran al filo de su espada, que sucumbirían al 
dominio unificador soñado por el déspota de 
Buenos Aires. 

En el espanto de aquella situación, en que la 
capital de la República, último baluarte de re- 
sistencia, no tenia otro recurso contra Oribe vic- 
torioso, que 100 soldados de línea, 1500 milicia- 
nos bisónos y 6 piezas de artillería sin artilleros; 
se levantó tranquila la Asamblea Nacional, pasan- 
do al gobierno un oficio, que concluia con estas 
palabras: « La Asamblea general, en el carácter 
que inviste, y contestando á la nota de V. E., ha 
creído de su deber manifestarle de un modo pú- 
blico y solemne, la firme y decidida resolución 
en que está de sostener y defender á todo trance 
los derechos é inmunidades de la Nación Orien- 

E. L. 13 



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194 Estudios Literarios 

tal: que para conseguirlo, ella está resuelta á to- 
do ; y que cuenta con que V. E. revistiéndose de 
toda la energía y patriotismo que exijen los mo- 
mentos solemnes en que se encuentra la Repú- 
blica, tomará la honrosa disposición que le co- 
rresponda, dictando las medidas que juzgue mas 
acertadas, y que esta Asamblea le ofrece robus- 
tecer con todo el influjo de su poder. » En seg-ui- 
da decretó la libertad de la esclavatura fornriando 
con ella un ejército, impuso la caida del Ministe- 
rio asustadizo que rodeaba al Presidente Suarez, 
declaró de obligación indeclinable todo servicio 
público; fulminó con los dictados de traidor y de 
cobarde á los que abandonasen las filas, y en po- 
cos dias organizó la defensa de la patria, arran- 
cándola al mas desesperado trance en que nunca 
se hubiera visto. 

Todos estos incidentes, narrados por el general 
Diaz con naturalidad y exactitud, dan á los cinco 
capítulos de su manuscrito sobre « la campaña 
de 1842 y la organización de la defensa nacional, » 
un. carácter literario de primera fuerza. En esas 
pajinas no hay exajeraciones, ni declamaciones, 
ni insultos. Escritas con sinceridad y por via de 
recuerdo para distracción propia, el autor ha es- 
primido en ellas su pensamiento íntegro. Lo que 
opina sobre los hombres, es anticipadamente 
abonado por el relato de los sucesos, de modo 
que cuando vienen las alusiones á las personas, 
está el lector preparado á recibirlas de conformi- 
dad á su propio juicio preexistente. 

guales condiciones presenta el manuscrito ti- 
tulado « La campaña del ejército grande en Sud 



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César T>ia:>¿ 195 

América » , donde el autor aparece en el rango 
de gefe de la división ausiliar uruguaya. Ese tra- 
bajo, que puede servir de modelo como critica 
militar y que es correctísimo como esposicion 
historial, revela además el espíritu artístico del 
general Diaz, pintando de mano maestra el pasa- 
je del rio Paraná por los aliados, la travesía pos- 
terior de la Pampa, y el aspecto del ejército ene- 
migo en los preliminares de la batalla de Caceros 
que decidió la suerte del tirano argentino. Hay 
también una serie de anécdotas respecto del ge- 
neral Urquiza, que pintan al vivo el carácter y la 
razón del prestijio ejercido en Entre Rios por 
aquel personaje, generalísimo entonces del ejér- 
cito aliado. 

Tal es el contenido de ese libro escrito en su 
mayor parte sin el propósito de que viera la luz 
pública, y prematuramente trunco por la muerte 
de su autor. Ni uno ni otro motivo han influido, 
empero, para que deje de ser bueno, en la doble 
acepción de su mérito literario y de la moral po- 
lítica que trascienden sus pajinas. Siempre será 
loable, que lo^ actores de las grandes situaciones 
dejen en pos de si la narración ñel de los sucesos 
en que intervinieron, á ñn de contribuir á la en- 
señanza de la posteridad, menesterosa de recojer 
en lo pasado ejemplos y doctrinas que fortiñquen 
su criterio. Pero tratándose de un período tan 
azaroso como el que comprende la década de 
1842-1852, durante la cual se retocaron, por de- 
cirlo así, las bases en que reposaba la nacionali- 
dad uruguaya ; poniéndose á prueba la fuerza de 
sus instituciones, la resistencia de sus hijos y la 



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196 Estudios Literarios 



lejitimidad del derecho con que habia entrado la 
Nación á vivir independiente y libre : todo traba- 
jo de aclaración sobre hechos tan capitales, se 
trasforma en positivo servicio para el país . 

El general Diaz que habia servido á la Repúbli- 
ca como soldado y diplómata, complementó sus 
esfuerzos sirviéndola como literato, en las paji- 
nas donde se destaca tan vigorosa su propia per- 
sonalidad. El pundonor soldadesco que le acom- 
pañó desde sus primeras armas, se advierte 
resaltando sobre todo lo que emprende, é in- 
fluye sobre sus juicios, formulados siempre del 
punto de vista del deber. Por cumplirlo también 
respecto de sus correlijionarios políticos, fué que 
murió en una revolución oscura, á manos de un 
general que habia sido su amigo y por orden de 
un Presidente que habia profesado su mismo cre- 
do. Contemos este último episodio de su vida. 

En los acontecimientos que se siguieron á la 
caida de Rosas, el general Diaz ocupó los puestos 
de Ministro de Guerra, Presidente provisorio de- 
legado, y gefe de Legación en el esterior. Su per- 
sonalidad habia ido creciendo, y cuando vino la 
lucha electoral de 1855-56 fué proclamada su can- 
didatura á la presidencia, aunque sin éxito positi- 
vo, pues los trabajos mas fuertes Convergieron 
hacia la candidatura de don Gabriel Pereyra que 
obtuvo el triunfo. Era Pereyra, hombre de ante- 
cedentes conspicuos por su familia y por sí mis- 
mo \ varón consular, como decían los romanos, 
aunque con fama de una energía rayana del des- 
potismo cuando la contradicción ponía á prueba 
su tenacidad. Ocupó el gobierno nombrando un 



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César T>ia7i 197 

ministerio mixto, y constituyendo un Consejo 
consultivo en el cual tomaron asiento hombres 
de todas las procedencias políticas, muchos de 
ellos caracterizados por largos servicios anterio- 
res. Sinembargo, el descontento público se hizo 
sentir, con motivo de un desacato cometido por 
turbas xle plebe furiosa contra varios miembros 
de la Asamblea nacional ; y aunque el presidente 
Pereyra condenó el hecho en un manifiesto, se 
imputó á secretas influencias suyas, ó cuando 
menos á culpable tolerancia con los factores del 
desacato, la facilidad con que se consumó. 

Sobre este pié de rencores, empezó á dificul- 
tarse la situación. El Presidente, distanciándose 
de sus antiguos amigos de la defensa de Monte- 
video, se echó en brazos de don Manuel Oribe y 
sus parciales; y el general Diaz fué desterrado con 
varias otras personas á Buenos Aires, sin forma 
de proceso ni sentencia legal, y á mérito de una 
conspiración que el gobierno se vio embarazadísi- 
mo para calificar, en su Mensaje de 31 de Marzo 
de 1856, monumento de tartamudeos y ficciones 
pasado al Cuerpo Lejislativo. Así las cosas, co- 
rrió el tiempo ahondándose las enemistades en- 
tre los dos partidos tradicionales, hasta que, 
abierto el período electoral de 1857, se aprestaron 
ambos á la lucha. El general Diaz, vuelto ya de su 
destierro, fué naturalmente á formar en las filas 
de sus amigos políticos y comenzó con ellos la 
campaña electoral, cuyas resultancias eran temi- 
das por el gobierno, cada vez mas débil en la opi- 
nión. Puso el colmo á esa impopularidad, el ajuste 
de los tratados de 1857 con el Brasil, que el go- 



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198 Estudios Literarios 

bierno pretendía fuesen aprobados por el Cuerpo 
Lejislativo, no vacilando al efecto en mandar á 
la barra de la Asamblea, al iniciarse los debates, 
tropa armada á órdenes del Gefe Político de la 
Capital; quien al ver perdida la votación, dio el 
espectáculo insólito de apostrofar con amenazas 
á los diputados opositores, levantándose^ la se- 
sión en medio de un gran tumulto. La prensa de- 
safecta á la autoridad, comentó hábilmente estos 
hechos, y el gobierno, despechado al fin, se pro- 
puso imponer silencio á cualquier precio; disol- 
vió el Club Defensa que asi se llamaba el de la 
oposición, desterró al general Diaz y á varios pe- 
riodistas y militares, y se constituyó en grande 
elector. Estas agresiones, debian forzosamente 
traer otras en desagravio. 

Asi sucedió. Varios caudillos de campaña se 
alzaron en armas, y el movimiento empegó á to- 
mar fuertes proporciones. Los revolucionarios, 
empero, carecian de gefe, y por lo tanto volvieron 
los ojos á Diaz, que estaba en Buenos Aires con 
propósito visible de no mezclarse en nada. A rue- 
gos de sus amigos se decidió al fin, y después de 
tentar sin éxito un ausilio de armamento por 
parte del gobierno porteño, compró de su peculio 
particular 200 fusiles, y con 74 compañeros se 
embarcó el dia 3 de Enero de 1858 en la goleta 
Maipúy dando velas para Montevideo, á cuyo 
puerto llegó el dia 6. Desembarcó en la costa del 
Cerro incorporándose á unos 1000 revoluciona- 
rios que allí habia, y con ellos abrió la campaña, 
cuyas alternativas, ora favorables, ora desgracia- 
das, le llevaron veintidós dias después á capitu- 



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César T>ia\ 199 



lar en Quinteros con el enemigo que le rodeaba. 
En esa capitulación se les garantía á él y á los 
gafes superiores libre pase al Brasil; mientras los 
oficiales y soldados quedaban á disposición del 
Presidente de la República. 

Bajo la fé de tan solemne pacto, entregaron los 
revolucionarios sus armas. Pusiéronse en mar- 
cha para el Brasil los gefes, pero á tres leguas de 
camino recibieron contra-órden y volvieron al 
campo, donde acababan de ser degollados 78 in- 
dividuos de los suyos. Terrible sospecha les hizo 
concebir aquel incidente anexo al de su vuelta, 
pero nada dijeron ni se les dijo. Con todo, rumo- 
res siniestros llegaron á sus oidos. Se hablaba de 
una reunión habida entre los gefes del ejército 
vencedor ; varios chasques acababan de ser des- 
pachados á la ciudad y se esperaban órdenes del 
gobierno. ¿ Cuáles podian ser ellas ? Nadie lo in- 
dicaba, pero un síntoma muy marcado hizo crecer 
las desconfianzas. Los gefes vencedores hablan 
cambiado su porte anterior, franco y alegre, por 
una actitud reservada y evasiva. En medio de 
estas zozobras, y como si no se aguardara otra 
cosa que la vuelta de los capitulados de alta gra- 
duación, el ejército del gobierno emprendió su 
marcha con rumbo á Montevideo. 

El tiempo era caloroso. Las jornadas se hacían 
de noche y sin novedad. El dia 31 de Enero se 
concedió permiso á los capitulados para escribir 
á sus familias : lo hicieron. Algunas de esas car- 
tas, publicadas mas tarde, tienen todo el acento 
de las esperanzas perdidas. El i.° de Febrero á 
medio dia, fué comunicada al ejército la orden de 



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300 Estudios Literarios 

levantar campo. Mientras se hacian los prepara- 
tivos de marcha, un ofícial superior se presentó 
al general Diaz, pidiéndole su pasaporte, á nom- 
bre y de orden del genpral en gefe, que necesitaba 
hacer en él algunas alteraciones. El general opu- 
so cierta resistencia á entregarlo, fundándose ea 
que era su única garantía, pero siguiendo luego 
el consejo del coronel Tajes, sacó una copia del 
documento y lo entregó. A las 2 de la tarde rom- 
pió el ejército su marcha, caminando hasta las 7, 
hora en que hizo alto sobre una cuchilla donde 
desplegó en batalla. Allí debia cumplir las órde- 
nes recibidas del gobierno. 

Presenciaban los prisioneros la maniobra de 
desplegue, cuando vino sobre ellos un grupo del 
que se destacaron varios soldados, y echándose 
sobre el general Diaz, lo desmontaron del caballo 
despojándole de sus espuelas, dinero y mejores 
prendas de vestir ; le ataron los brazos con un 
maneador y empezaron á empujarle hacia un es- 
pinillal, anticipadamente indicado para lugar de 
su suplicio. El momento era solemne y la sorpre- 
sa harto rápida, para que la víctima no sintiese 
en el fondo del alma la vergüenza de aquel mano- 
seo, la indignidad de aquel saqueo, el dolor de 
aquella traición tan negra y tan fríamente prepa- 
parada. Por un movimiento natural, esforzó los 
brazos para rompfer las ligaduras, luego volvió 
los ojos á todos lados como buscando el socorro 
de sus compañeros ; quiso hablar, mas la voz se 
ahogó entre el estertor de un sollozo; y por 
aquellas mejillas curtidas en la intemperie de los 
campamentos, se deslizó una lágrima caliente y 



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César T>iai 201 

. amarga, primero y último tributo pagado en pü- 
I3IÍC0 á las exijencias del corazón . 

Pero después de esta crisis suprema, el solda- 
do se sobrepuso al hombre ; y el general se irguió 
pálido pero sereno, noblemente resignado á mo- 
rir, como habia aprendido á hacerlo en el tras- 
curso de 30 años de familiaridad con el peligro, 
en medio del cual le tocó más de una vez ser 
ejemplo de firmeza. Pidió permiso para escribir 
á su esposa; y como se lo negaran, la encomen- 
dó á Dios en altas y sentidas palabras, rogando 
seguidamente al comandante Bastarrica allí cer- 
cano, se hiciera cargo de su reloj, única prenda 
escapada al saqueo, para entregarla á la mujer 
ante quien debia suplir el testimonio escrito de 
su pensamiento. Luego se despidió de sus com- 
pañeros cou'un gesto, y al pasar delante del ge- 
neral Medina gefe del ejército vencedor, que se 
preparaba á contemplar impasible la ejecución 
de su antiguo hermano de armas «General— le 
dijo— ¿qué vale ya la palabra de un general orien- 
tal ? » « Vaya usted, vaya usted, general Diaz — re- 
plicó Medina— esa es la orden del gobierno » . . . . 
y una descarga puso fin al episodio. 
Asi murió César Diaz. 




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J 



JUAN CARLOS GÓMEZ 




STÁ por aclararse todavía, si el romanti- 
cismo ha producido más bienes que ma- 
les á la sociedad. Pues si considerado 
como doctrina literaria, puede reputár- 
sele á buen título una emancipación; examinado 
en sus tendencias políticas y filosóficas, es uno de 
los más deplorables devaneos del espíritu huma- 
no. Para penetrarse bieq de esta verdad, corres- 
ponde averiguar cual sea el valor técnico de las 
palabras « clasicismo » y « romanticismo » . 

Por clasicismo se entiende, no las literaturas 
griega y romana propiamente dichas, sino la imi- 
tación servil de esas literaturas ; mientras que el 
romanticismo implica, la reacción contra los clási- 
cos y sus imitadores. De modo que una y otra 
escuela son dos exajeraciones : la primera, pug- 
nando por volver á todo trance al pasado y esta- 
cionarse definitivamente en él: y la segunda, 



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204 Estudios Literarios 



I 



afanosa en repudiarlo, buscando nuevas fuentes 
de ¡aspiración. ¿Quién abonaría por el criterio 
de dos hombres, el uno empeñado en detener el 
tiempo, el otro batallando ppr desentenderse de 
él ? Pues esta es la actitud de las dos escuelas 
rivales, en sus propósitos respectivos. Y si se 
avanza de los propósitos á los resultados, más 
evidente se hace la exactitud de la compara- 
ción. Con decir que el clasicismo ha llevado el 
mundo ai paganismo, y que el romanticismo le 
ha traido al socialismo, ya se comprueba el em- 
puje del uno hacia atrás, y el desenfreno del otro 
hacia adelante. 

Pero el romanticismo tiene todavía sobre* el 
clasicismo, la triste ventaja de que todo lo vé ne- 
gro. La fé, el amor, la amistad, son para él una 
mentira. No reconoce goces, fuera del sufrimien- 
to. El genio, que hasta para los médicos mate- 
rialistas es el resultado de un equilibrio casi per- 
fecto de todas las facultades, para los románticos 
es una enfermedad incurable. El talento es otra 
enfermedad, aunque de índole menos rebelde. 
No existe el desinterés : la abnegación es una fá- 
bula. Para el romántico puro, ha de mirarse en 
el sol, antes que la luz, las manchas; y en el fir- 
mamento, antes que el diáfano azul, una diluicion 
previa de abigarrados colores que solo se oculta 
á los impotentes por atrofia orgánica. En resu- 
men : el estravismo, la dispepsia, los sacudimien- 
tos nerviosos, el mal humor y el olvido de la hi- 
jiene mas rudimentaria, constituyen el ideal 
teórico de la escuela. Otra cosa es en la práctica, 
como lo veremos. 



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Juan Carlos Gomei 205 

La sociedad uruguaya imitadora de la Europa, 
se decidió por el romanticismo apenas pudo ha- 
cerlo. Desde entonces— y esto era hacia el año 
de 1840— toda persona capaz de cultivar las le- 
tras, debió forzosamente hacerlo en tono triste, 
bajo pretesto de confidencia y con ánimo de des- 
ahogar penas recónditas. La poesía, la oratoria y 
el romance se inficionaron de tristeza ; y por lo 
tanto la melancolía que habia sido una moda, fué 
haciéndose poco á poco una necesidad, por que 
no era bien nacido, ni intelijente, ni culto, aquel 
que no fuese melancólico. Bajo la presión de ta- 
les ideas, y admitido que el talento era natural- 
mente triste y el genio una enfermedad mortal, 
enfermaron ó afectaron enfermarse muchos hom- 
bres políticos, para lograr por las apariencias 
mórbidas, lo que no les era dable conquistar po- 
seyendo una salud á prueba de desengaños. 

Con esto, el romanticismo se elevó de entrete- 
nimiento literario á doctrina política, y asi per- 
maneció en estado de incubación hasta que la 
paz de 1851 le trajo al gobierno. Entonces se vie- 
ron cosas muy raras. Los poetas sentimentales, 
los escritores de novelas fúnebres, los aspirantes 
á suicidas, los que miraban la salud como una 
peste y la riqueza como una maldición ; los que 
reputaban la alegría dote de zafios y la elegancia 
privilejio de perdularios ; todas esas gentes, en 
fin, que habian escrito y disertado tan primoro- 
samente para convencer á la humanidad que su 
estado normal debia ser la hipocondría, y el de- 
saseo, escalaron repentinamente los puestos pú- 
blicos y se presentaron en ellos zahumados y ale- 



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2o6 Estudios Literarios 

gres, lucios y bien mantenidos, con el agregad 
de una tendencia á perpetuarse en el manejo ( 
los negocios políticos, que ya pasaba de brom^ 

Para que la subversión revistiera su mas ác 
plio carácter, cambiaron el valor corriente de la| 
palabras, pretendiendo dar significado conved 
cional á ciertas reticencias y giros con que huiai| 
las dificultades. La metáfora jugaba un pape 
importante en la distribución metódica de es 
grandes frases; y á ello debieron su predicameu 
to el bastón de Tarquino para significar toda pa 
cificacion impuesta, y el lecho de Procusto paral 
determinar toda igualdad forzada. Mano ciclópeal 
de la industria, se llamó el progreso industrial; y I 
sacerdocio político á la faena de los redactores del 
diarios. Al lado de estos términos de color subido 
y que eran como los fuegos artificiales de la gran 
dialéctica, empleaban otros más vulgares, pero 
no menos enigmáticos. Decían tiempo al tiempo, 
cuando se les echaba en rostro su inutilidad; ó 
hemos de vernos las caras cuando sufrian alguna 
derrota. Llamaban solemne á toda situación que 
les contara en sus filas; decorosa á toda medida 
buena ó trivial en que hubieran intervenido. Las 
frases «noble actitud,» «solución de principios,» 
«defensa de los intereses mas caros,» las emplea- 
ba todo el mundo á propósito de cualquier cosa. 
La irupcion de melancolía que inundara anterior- 
mente el lenguaje literario, fué desalojada y ba- 
rrida por esta irupcion de solemnidad. 

Entre los corifeos mas sonados de la escuela, 
brilló desde luego don Juan Carlos Gómez; talen- 
to elegante y paradójico, naturalmente inclinado 



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Juan Carlos Gomei 207 

á la anarquía. Ninguno mas hábil que él, para es- 
".""cribir un artículo apasionado ó para improvisar 
^' r'xia discurso fogoso; pero ninguno menos apto 
^ \ tampoco para sostener una situación ó discipli- 
'"^ f nar un partido. Se habia hecho hombre en Chile, 
'' " á donde emigró muy joven para no tomar parte 
^ en la contienda contra Oribe y Rosas, y de allí 
'' volvió al país luego de ajustarse la paz de 185 1 . 

Venia lleno de sí mismo, engreído, enamorado 
-"; de su persona. Las atenciones de que habia sido 
^^^ obgeto entre los chilenos, que á título de estran- 
■ gero no tenían razón de temerle ni obgeto en de- 
^ primirle, le habían cegado apunto de creerse su- 
" perior á sus compatriotas y dueño de recursos 
desconocidos para ellos. El desden con que se 
nos ha tratado siempre en el esterior, gracias á 
nuestra indiferencia incurable por la opinión 
ajena, le habia contaminado, formando en él una 
profunda convicción de lo poco que valíamos; 
convicción que no le abandonó ni en los últimos 
momentos de su vida. Desconocía por completo 
la historia nacional, y nunca pudo formarse un 
criterio exacto de los motivos que determinaron 
nuestra independencia, ni de los inconvenientes 
que hacen tan penoso nuestro tránsito de la escla- 
vitud al ejercicio del gobierno propio. Con tales 
ideas, se presentó en el escenario político, no co- 
mo quién viene á merecer, sino como quien entra 
á mandar por derecho adquirido; y su primer pa- 
so fué dar calor á la idea de la formación de un 
nuevo partido; porque ni le gustaban ios existen- 
tes, ni podía lisongearse de gobernarlos, pues ca- 
recía de servicios para ello. 



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ao8 Estudios LUerarios 



Por una aberración de las que eran tan comJ 
oes en sus procederes públicos, al nuevo partidJ 
revolucionario hasta la médula de los huesos, ■ 
llamó conservador. Una vez constituido,' empeil 
ese grupo político á derribar gobiernos; prima 
ramente cada año, después cada seis meses, des- 
pués cada tres, después cada semana. La estraní 
nomenclatura institucional que todavía nos sor- 
prende hoy, «triunvirato», «gobierno provisorio», 
«asamblea doble»; fué puesta en circulación enJ 
tonces para caracterizar las evoluciones de la 
anarquía. En estos dares y tomares, don Juan 
Carlos Gome¿ fué diputado y ministro ; después 
se apartó de la política activa residiendo por al- 
gún tiempo en Buenos Aires, más tarde vino de 
nuevo al país incorporándose al periodismo en la 
lucha electoral iniciada bajo el gobierno de Pe- 
reyra, hasta que desterrado por éste, volvió á la 
opuesta orilla, instalándose allí definitivamente. 

Establecido en Buenos Aires, distrajo los ocios 
que le dejaba su bufete en tratar por la prensa te- 
mas políticos. También cultivó la poesía, mos- 
trando en ello dotes muy felices, aunque no ori- 
jinalidad ; pues muchas de sus composiciones se 
resienten de una marcada imitación de los mo- 
dernos líricos franceses. Lo que le caracterizaba 
como poeta era la ternura, y como versificador la 
melodía de la estrofa. Descuellan entre sus pro- 
ducciones, un romance titulado /ia 3^ Vuelta, cu- 
ya delicadeza es irreprochable : un canto á la Li- 
bertad, que vale más por su energía que por su 
mérito poético, y uno á la Poesía, escrito en for- 
ma de miniatura. Aunque no está mal que el poe- 



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Juan Carlos Gome:^ 209 



;-r/.ta hable de sí mismo, Gómez abusaba de este re- 
¿:^' curso, narrando en todos los tonos su destierro, 
;^. .>:sus dolores y sus perdidas esperanzas. 
,-^; Como periodista procedía de otro modo. En- 
.; - tonces no se quejaba, sino que increpaba y mal- 
;.s- decia ; ofreciendo singular contraste la vehemen- 
r2¿l cia de sus artículos, con los ayes quejumbrosos 
;,^r de SU estro poético. El continuado debate que 
, - sostuvo en la prensa argentina, casi sólo contra 
,.- todos y arriesgando la vida, perfeccionó su estilo 
. ; de tal modo, dio tal concisión á su frase, una pre- 
^ •; cisión tan exacta á sus determinaciones, un corte 
., tan elegante y una contundencia tan terrrible á 
,. su modo de esponer ; que llegó á hacerle el pri- 
,,^ mer periodista del Plata, por común asenso de 
,v amigos y adversarios. Era implacable en la polé- 
mica, hasta desesperar á sus contendores por lo 
atinado de los golpes ; y es fama que cuando Ur- 
- quiza guerreaba contra Buenos Aires, se sintió 
tan hondamente herido por uno de sus artículos, 
.^ que estrujando el diario entre las manos, prome- 
tió colgar á Gómez en cuanto tomase la ciudad. 
Afortunadamente para el aludido, la ciudad resis- 
tió y triunfó. 

Los tiempos cambiaron con ese motivo, y de 
ahí á pocos años, el partido unitario de Buenos 
Aires coronó sus victorias reorganizando la na- 
cionalidad, bajo el influjo de sus hombres. Triun- 
; fante la influencia porteña en la Confederación 
Argentina, Gómez pretendió llevar á efecto la idea 
por escelencia rosista, de incorporar este país á 
aquel. Para lograrlo y por via de preparación aus- 
piciosa, empezó á escribir denigrándonos con 

E. L. 14 



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2IO Estudios Literarios 

igual ferocidad á laque empleó el tirano Rosas en 
su diabólica táctica. Desde Artigas hasta Flores, 
todos los prohombres uruguayos fueron presen- 
tados á la opinión argentina como gauchos rebel- 
des, cínicamente ambiciosos y profundamente 
inmorales. La generación actual, era para él una 
generación cobarde y servil : y sus hombres es- 
pectables, políticos lame-platos vendidos al oro 
brasilero. Ño habiaen este país, á quien él llaxnar 
ha perdido no sabemos por qué, otro hombre ho- 
nesto, intachable, probo, patriota, que don Juan 
Carlos Gómez ; y lo decia y lo juraba con la ma- 
yor seriedad ; y escribía en sus artículos frases 
tan jactanciosas como esta : en diez años he hecho 
más que SieyeSy — he sufrido ; y tan vacías como 
esta otra : yo soy una idea que avanza en triunfo al 
capitolio de la libertad! Con tal autobiografía, y la 
panacea de la anexión se despachaba á su gusto . 
Ya que hemos de examinar á fondo algunas de 
las causales espuestas por nuestro romántico 
compatriota en abono de sus estrafalarias doctri- 
nas, hagamos una reflexión preliminar. El pro- 
blema de la independencia de las naciones, será 
siempre un tópico de discusión interesante, para 
los pensadores y para los hombres políticos. En 
los pueblos sud-americanos, sobre todo, donde 
el criterio público no aparece definitivamente for- 
mado respecto á las bases fundamentales de or- 
ganización y de sistema, esa discusión reviste to- 
davía caracteres de interés mayor, en cuanto 
determina las opiniones de personajes especta- 
bles y perfila las aspiraciones más ó menos acen- 
tuadas de las multitudes. Hay pues lejítima 



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Juan Carlos Gome^;^ 211 

cabida para todos, en un debate de este género. 
En lo que toca al Uruguay, empero, la contro- 
versia sobre su independencia,— hecho fatal que se 
ha realizado en el tiempo y en el espacio, eleván- 
dose á la categoría de una ley histórica é influ- 
yendo en la vida, forma y organización de cinco 
naciones— no puede presentar ningún peligro. 
Cuando menos, ella concurrirá á fijar una base 
para todas las opiniones vacilantes, esclareciendo 
puntos oscuros. Cuando más, ella confirmará el 
fallo providencial que preside á la emersión de 
las nacionalidades, haciendo ver que no nacen al 
acaso los pueblos, ni caminan sin rumbo en la 
prosecución de su vida azarosa, ni derraman su 
sangre y gastan sus caudales por el prurito de 
ostentar una fiebre de combate que repugna al 
egoísmo innato en el hombre. 

La República del Uruguay es independiente, 
por el esfuerzo de sus hijos y contra la voluntad 
de sus dominadores intrusos. San José y las Pie- 
dras demostraron que no queríamos ser espa- 
ñoles; Guayabos y Cagancha que no queríamos 
ser argentinos, Haedo y Sarandí que no quería- 
mos ser brasileros. Las combinaciones diplomá- 
ticas y aun las vistas particulares de propios y 
estraños, se estrellaron durante todo el largo pe- 
ríodo de la lucha por la independencia, contra 
estas determinaciones airadas de la voluntad na- 
cional, triunfando por último el pueblo, que era 
quien habia preparado, proseguido y alcanzado 
la conquista de su emancipación política. 

Apesar de tan claros é irrefutables testimonios; 
don Juan Carlos Gómez, escribía con aquel tono 



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212 Estudios Literarios 



solemne y sentencioso de su escuela : « Hé afir- 
mado que la nacionalidad nos fué impuesta por 
una presión de fuerza y de fraude. Que el Estado 
Oriental no la creó ni la aceptó por acto propio 
de soberanía, ó de propia voluntad. Que felta el 
consentimiento oriental á la nacionalidad impuesta 
por Pedro I y Manuel Dorrego. Y he apelado al 
fallo del mismo Estado Oriental libremente es- 
presado. Se me ha contestado con el quien calla 
otoigay singular forma de manifestarse la sobera- 
nía, para esos políticos de tres al cuarto, patriotas 
lame-platos que proveen á los tiranuelos de teo- 
rías y doctrinas, como los tinterillos proveían á 
los caudillos que no sabían leer, de retórica para 
las proclamas y los oficios. Quien calla otorga^ 
quiere decir, en el idioma de la moral, el silencio 
del miedo justifica la tiranía, la impunidad glo- 
rifica el crimen, el pavor de la víctima es la apo- 
teosis del verdugo. Por eso el honrado y sabio 
lejislador de las Partidas esclamó indignado: 
« mentira! quien calla no otorga, sino que sufre y 
devora sus lágrimas de indignación y de cólera. » 
Ya escampa y llovían necedades!— A menos 
de no pertenecer por completo al género simple^ 
es imposible afimar que un hombre de estado 
tan eminente como don Pedro I , y un políti- 
co tan avisado como don Manuel Dorrego, nos 
impusieran la independencia, traicionando los in- 
tereses de sus países respectivos , esterilizando 
sus sacrificios, y creándose un obstáculo en la 
frontera, por el gusto de alardear generosidades 
que no han entrado jamás como dato en los cál- 
culos de los hombres destinados á influir sobre 



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Juan Carlos Gomei 213 

el futuro de un pueblo. Basta conocer por lo que 
respecta al Brasil, la política de la casa de Bra- 
ganza, para hacerse cargo que una dinastía que 
estuvo á punto de hacer fracasar el tratado de 
Utrech al solo obgeto de quedarse con la Colonia 
del Sacramento; que más tarde encendió la gue- 
rra con España para posesionarse de Montevideo, 
Maldonado y las Misiones; que después hizo entrar 
un ejército á nuestro territorio, bajo D. Juan VI, 
para oponerse á los progresos de Artigas; que 
bajo D. Pedro I envió 14,000 soldados con el ba- 
rón de la Laguna para conquistarnos y gober- 
narnos, y que desde el año 1825 al 1829 costeó y 
mantuvo 20,000 soldados sobre el suelo urugua- 
yo, grandes flotas navales en nuestros rios, y 
agotó sus tesoros para conservar el dominio de 
la tierra; basta conocer todo esto, para hacerse 
cargo de que nunca pasó por la mente de los 
hombres políticos portugueses y brasileros, des- 
prenderse de este país. 

Y tan cierto es ello, que en el año de 1830, ya 
independiente el Uruguay, tentó todavía el gabi- 
nete brasilero una negociación en Europa para 
incorporarnos al Imperio, monarquizando de pa- 
so á toda la América del Sur ; y en las instruccio- 
nes secretas, que el ministro Calmon du Pin é 
Almeida envió al marqués de Sancto Amaro en 
21 de Abril para interesar á la Francia y á la In- 
glaterra en su propósito, decia lo siguiente : « En 
cuanto al nuevo Estado Oriental ó Provincia Cis- 
platina, que no hace parte del territorio Argenti- 
no, que ya estuvo incorporado al Brasil y que no 
puede existir independiente de otro Estado, V. E. tra- 



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214 Estudios Uler arios 



tará oportunamente y con franqueza de la necesi- 
dad de incorporarlo oirá vez al Imperio, Es el único 
lado vulnerable del Brasil. Es difícil si no imposi- 
ble reprimir las hostilidades reciprocas y obstar 
á la mutua impunidad de los habitantes malhe- 
chores de una y otra frontera. Es el limite natural 
del Imperio, Es, en fin, el medio eficaz de remo- 
ver y prevenir ulteriores discordias entre el Bra- 
sil y los Estados del Sud. — Y, en caso que la 
Francia y la Inglaterra se opongan á esta reunión 
al Brasil, V. E. insistirá por medio de razones de 
conveniencia politica que son obvias^ en que el Esta- 
do Oriental se conserve independiente, constitui- 
do en gran Ducado ó Principado, de suerte que 
de modo alguno vaya á formar parte de la Monar- 
quía argentina » . 

Es llano pues, que ni don Juan VI, ni don Pe- 
dro I, ni el actual monarca del Brasil bajo cuyo 
gobierno se espidieron las instrucciones que aca- 
ban de citarse, pudieron ver nunca con gusto que 
este país dejara de perteñecerles. Desde que le 
consideraban como el limite natural del Imperio, 
mal podian desprenderse de ese límite. Desde 
que le reputaban el único lado vulnerable del Bra- 
sil, mal podian dejar ese lado vulnerable en des- 
cubierto. Si don Pedro I cedió en último resulta- 
do á que este país se organizara independiente- 
mente, fué después de haber agotado todos los 
medios de resistencia, después de haberse puesto 
él mismo á la cabeza de sus ejércitos en Rio 
Grande, después de haber contemplado sus bar- 
cos destruidos y sus tesoros agotados. No fué él, 
pues, quien nos impuso la independencia, sino 



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Juan Carlos Góme^ 215 

que fuimos nosotros quienes se la impusimos 
á él . 

¿ Qué decir de don Manuel Dorrego, represen- 
tante de la política argentina y gobernador de 
Buenos Aires, á la fecha del Tratado preliminar 
de Paz?— Todos conocen la vida de Dorrego : él 
fué uno de los gefes que entraron á nuestro terri- 
torio con Alvear y Soler para radicar el dominio 
argentino, y el fué precisamente el gefe vencido 
en Guayabos. — La historia ha recojido las pala- 
bras de Dorrego estampadas en el diario que él 
dirijia en 1829, al dia siguiente de conocerse en 
Buenos Aires la noticia de la victoria de Ituzain- 
gó. Oigamos esas palabras que son la profesión 
defé y el programa político de un gefe de partido 
y de un candidato al gobierno de su país : « Ho- 
nor y gratitud á los generales, oficialidad y tropa 
del benemérito ejército de operaciones. Su intre- 
pidez y pericia han sido coronadas con la brillan- 
te acción contenida en el documento que precede. 
El Tribuno reputa la victoria de Ituzaingó, de una 
suma importancia, no solo por que ella arranca 
la presa de manos de un usurpador, haciéndole 
conocer que nueslra T^epública tiene unos limites de- 
marcados y reconocidos y y en los que debefijaj-^e esta 
inscripción hasta aquí y no más ; sino también 
porque resuelve el problema de que nos eraimpo- 
sible la reocupacion de la Provincia Oriental, y los 
que clasificaron dé criminales á los treinta y tres 
héroes que dieron principio á la lucha en que nos 
hallamos envueltos, , deben ser reputados ó por 
cobardes imbéciles ó por enemigos del honor ar- 
gentino. En igual punto de vista coloca El Tri- 



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2i6 Esludios Literarios 

buno á los que tal vez en estos dias opinaban por 
una transacción ignominiosa y degradantey que de- 
bia tener por base la pérdida ó segregación de la 
Provincia Oriental » . Hé aquí como pensaba Do- 
rrego, el dia antes de subir al poder. 

Y no paró ciertamente en esto, el impulso de la 
idea dominante en su ánimo, con respecto á la 
anexión de nuestro país. Luego de hallarse inves- 
tido con el gobierno, elevó á la Lejislatura el cé- 
lebre Mensaje de 14 de Setiembre de 1827, en el 
cual hacia en ásperos conceptos la recapitulación 
histórica de los actos de Rivadavia. Al llegará la 
parte relativa á la guerra con el Brasil, el gober- 
nante porteño censuraba espresamente la con- 
ducta del general Alvear, gefe de las tropas ar- 
gentinas en nuestro territorio; «por no haber 

APROVECHADO MEJOR LAS CIRCUNSTANCIAS DE LA VIC- 
TORIA,» y también «por haber destruido con dema- 
siada impericia los inmensos depósitos agarrados 
al enemigo » . ■— Se vé pues, que tampoco resulta 
probado ni podrá probarse jamás, que Dorrego 
nos impuso la independencia. No podia él traicio- 
nar los intereses de su país, ni los suyos propios, 
concurriendo á desmembrar á la República Ar- 
gentina de un trozo de tierra que aquella nación 
consideró siempre como complemento necesario 
á su influencia moral y material en la América. 
A semejanza de don Pedro I, no fué Dorrego 
quien nos impuso la independencia, sino que fui- 
mos nosotros quienes se la impusimos á él. 

En la revolución de 1825, la idea dominante por 
parte del Brasil fué la de sostener á todo trance 
el dominio del territorio Uruguayo; mientras 



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Juan Carlos Gómez 217 

que por parte de la República Argentina la idea 
dominante fué reivindicar á todo trance la domi- 
nación de este territorio. Tan evidente es esto, 
que basta echar una ojeada sobre los documen- 
tos de la época, para adquirir absoluta seguridad 
de la fijeza del plan tramado por ambas naciones 
contendientes. Y puede el sentido común discu- 
rrir sin ausilio de documento alguno, que no ha- 
bian de lanzarse á lucha tan desesperada y en 
momentos tan graves dos naciones, por el placer 
de imponerle la independencia á una tercera. Era 
cuestión de dominio continental, de preponde- 
rancia militar, de organización definitiva lo que 
el Brasil y la República Argentina perseguían, y 
si fallaron sus cálculos fué porque no conocían ó 
afectaban desconocer la tendencia irresistible que 
habia forzado y forzará siempre al pueblo urugua- 
yo á conservar y defender su independencia. 

Así fué que cuando Rivera apareció nuevamen- 
te en la escena, sublevando al pueblo y deslum- 
hrando á todos con sus victorias, sintiéronse so- 
brecojidos de terror los dos rivales que aspiraban 
á dominarnos. Comenzaron las intrigas contra 
aquel caudillo, luego se pasó á la persecución, 
mas tarde se tentaron los ofrecimientos y las dá- 
divas : pero todo fué en vano, porque Rivera te- 
nia la conciencia de su fuerza en aquel momento, 
ó por mejor decir, él era la fuerza de la revolu- 
ción. Representaba al pueblo llano, al pueblo que 
lucha y muere sin quejarse, que no pide más 
que un gefe que lo guie, conformándose con la 
oscuridad y la victoria. Y tan cierto es que Rive- 
ra reasumía en su persona el pensamiento y la 



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2i8 Estudios Liter artos 

fuerza popular, que ni el prestijio de Lavalleja, 
gefe de los Treinta y Tres, ni los esfuerzos de 
Alvear vencedor y rodeado de tropas aguerridas, 
pudieron contener los progresos del caudillo, ni 
impedir su triunfo. 

Entonces vino la paz, y Rivera habló como due- 
ño. Al acusar recibo á la nota en que se la comu- 
nicaban, escribió desde su cuartel general de Itú 
las siguientes palabras memorables al gobierno 
Provisorio de la República — «Excmo. señor — El 
ejército del Norte formando un ángulo de la Pro- 
vincia Oriental, por la unión voluntaria de sus 
habitantes, y guiado por uno de los mas antiguos 
de sus soldados al centro de las Misiones Orien- 
tales, enarboló en él la bandera de la República, 
por cuyos medios forzó al enemigo á multiplicar 
y dividir sus fuerzas, ya debilitadas por los triun- 
fos del Rincón, del Sarandi y de Ituzaingó, y pa- 
ra mantenerla invadió el continente colateral con 
la probabilidad de estender los triunfos de las 
armas de la República más allá de San Pablo y 
aun de Santa Catalina. En este estado el gobier- 
no de la República de las Provincias Unidas man- 
dó plenipotenciaros á Rio de Janeiro, y ajustó los 
preliminares de una paz que restaura las ahora 
conquistadas Misiones al Imperio del Brasil; pero 
que desata la Provincia Oriental de las Provincias 
UnidaSy asegurando su absoluta independencia, con 
lo cual echa el primer paso fundamental á sus al- 
tos destinos. La soberanía Oriental forma la base 
de ese tratado, y este era el único obgeto del orijen de 
la invasión de las Misiones, Por consiguiente, la 
guerra ha cesado para el ejército del Norte etc. » 



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Jtuin Carlos Gomei 219 

Rivera manifestaba en este oficio, con toda cla- 
ridad, el espíritu de que estabada poseido y las 
sujestiones populares á que obedeciera en su úl- 
tima compaña militar. La comunicación escrita 
al Gobierno Provisorio desde Itíi, es el programa 
de la revolución. No hay reticencias de estilo, ni 
misterios de forma en las declaraciones del cau- 
dillo. El ejército del norte habia desenvainado su 
espada « para desatar la Provincia Oriental de las 
Provincias Unidas, » y ahora que la absoluta inde- 
pendencia de la Provincia Oriental estaba asegu- 
rada, aquel ejército volvia la espada á la vaina. 
« La soberanía Oriental habia sido el único obgeto 
del orijen de la invasión á las Misiones » . Esto es 
rotundamente claro. Ni podia esperarse otra co- 
sa del hombre que asumiera la personería de la 
revolución ; porque no se comprenden las revo- 
luciones sobre procedimientos ambiguos, ni las 
declaraciones fundamentales en términos medios. 

Sinembargo, don Juan Carlos Gómez, llamaba 
políticos de tres al cuarto y patriotas lame-platos 
á los sostenedores de la independencia nacional; 
y se atrevia á decir que el Estado Oriental a no 
creó ni aceptó su independencia por acto alguno 
de propia soberanía, ó de propia voluntad. » Esto 
rebasa el colmo del atolondramiento. ¿No es un 
acto de propia y muy lejítima soberanía, la de- 
claración de la Asamblea de la Florida, decre- 
tando írritos, nulos y de ningún valor los lazos de 
incorporación que nos ligaban á los intrusos po- 
deres de Portugal y el Brasil ? ¿ No es un acto de 
soberanía el oficio del general en gefe del ejército 
del Norte, declarando á nombre del pueblo ar- 



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220 Estudios Literarios 



mado, que la Provincia Oriental recuf>eraba su 
absoluta independencia y quedaba desatada de 
las Provincias Unidas del Rio de la Plata ? ¿ No 
es un acto de soberanía indiscutible é inalienable 
la declaración espresa de los artículos 2.® y 3.® de 
la Constitución de la República, que dicen: «c/ 
Estado Oriental es y será siempre libre é indepen- 
diente de todo poder estrangero,— jamás será el patri- 
monio de persona ni de familia alguna? 

Ninguna de estas razones convencían á don 
Juan Carlos, decidido á conseguir el triunfo del 
plan de don Juan Manuel, su mentor en la patra- 
ña de la anexión. Revolviendo papeles, dio coa 
una segunda acta de la Asamblea de la Florida, 
en la cual, declarada ya la independencia, se pro- 
clamó la incorporación de este país á la Repúbli- 
ca Argentina, por motivos que todos conocen. 
Aquí fué Troya: don Juan Carlos se alzó triunfan- 
te con su descubrimiento, y emprendió un ver- 
dadero alegato de leguleyo. «¿Cómo conciliais 
vuestra declaratoria de independencia, con la de- 
claración inmediata de incorporación á la Repú- 
* blica Argentina;— preguntaba,— si en este con- 
flicto de leyes que se contradicen, la segunda 
deroga forzosamente á la primera? Si el 25 de 
Agosto de 1825 os declarasteis independientes 
por una acta, y en seguida os incorporasteis á los 
argentinos por otra acta; borrasteis con la se- 
gunda disposición lo que habíais escrito en la 
primera. » De suyo estaban contestadas estas ma- 
jaderías, con exhibir á la República independien- 
te, libre y constituida, apesar de todas las actas 
opuestas á ello que pudieran haberse escrito en 



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Juan Carlos Gotne^ 221 

el curso de la revolución de 1825. No es argumen- 
to, ni ha podido serlo nunca contra la indepen- 
cia actual de un país, las declaraciones anteriores, 
verbales ó escritas, de asambleas ó de caudillos, 
que puedan haber afectado esa independencia 
por cualquier circunstancia. La doctrina univer- 
sal y corriente estatuye, que constituida libre- 
mente una nación y reconocida como tal, todo 
acto anterior que desdiga ese hecho, resulta nu- 
lo. Pero la segunda acta de 1825 tiene una espli- 
cacion perentoria, y este es el caso de recordarla. 
Cuando se produjo la invasión de Lavalleja al 
territorio uruguayo, los Estados cuyo interés po- 
lítico hería de distintas maneras aquella inva- 
sión, se encontraban en preponderancia seña- 
lada. Rejia el Imperio del Brasil don Pedro I, 
soberano orijinario y descendiente de aquella 
ilustre casa de Braganza, á quien Portugal debe 
su libertad é independencia, y en cuyo vastago el 
Brasil, trasformado ya en nación, habia deposita- 
do las riendas del gobierno. Era don Pedro, de 
condición política muy sagaz, y los sucesos le 
acreditaron más tarde con aplauso de gran sol- 
dado. Habia hecho prácticas durante un gobierno 
breve las mas acentuadas aspiraciones de la ma- 
yoría de su país adoptivo, promoviendo la ratifi- 
cación por la Metrópoli de la independencia bra- 
silera, dando una Constitución al Imperio, sofo- 
cando la revolución republicana, y realizando el 
dorado sueño de incorporar á sus Estados todo 
el territorio uruguayo, profundo y permanente 
obgeto de los hombres políticos portugueses y 
de sus sucesores . 



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222 Esludios Literarios 

Por su parte la República Argentina, aunque 
menos habilitada que su ríval para calzar el 
coturno de las naciones fuertes, presentaba sin 
embargo, por sus recuerdos militares, sus re- 
cientes tratados de pacificación con el estrange- 
ro y sus tentativas de organización gubernativa, 
una fuerza moral muy ponderable. Habia gue- 
rreado victoriosamente contra la España y ahora 
entraba en tratos con ella para solidificar las 
relaciones rotas con motivo de la separación 
orijinada por la independencia. Además, los 
brillantes triunfos de Bolívar y Sucre en Junin 
yAyacucho, ponian fin al dominio español en 
América, robusteniendo de paso la acción del 
gobierno argentino, sea para negociar, sea para 
organizarse. Por último, un hombre político 
muy sonado, don Bernardino Rivadavia, dirijia 
los negocios de su país desde el Ministerio, y se 
dejaba sentir ya, que muy pronto los dirijiria des- 
de posición mas elevada. 

En estas circunstancias, pisó Lavalleja el Are- 
nal Grande. No acompañaban al caudillo urugua- 
yo mas que treinta y dos compañeros, señal ine- 
quívoca de la escasez de sus recursos. Ningún 
apoyo esterior daba á su empresa colorido de 
éxito. Todo cuanto se hiciera anteriormente para 
independizar al Uruguay, habia fracasado del 
modo mas desconsolador. Una misión enviada 
ante Bolívar por ciudadanos de Montevideo, re- 
cibió l,a simulada repulsa de entenderse con el 
gobernador de Córdoba !~Una revolución produ- 
cida por el coronel Bauza en Buenos Aires, á fin 
de colocar un gobierno simpático á los urugua- 



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Juan Carlos Gomei 223 

y os, dio por resultado la aprehensicn de aquel 
gefe y su entrega á los portugueses!— Una tenta- 
tiva de negociación de don Santiago Vázquez pa- 
ra aprovecharla disidencia momentánea de Por- 
tugal y el Brasil, salvando siquiera nuestra auto- 
nomía de Provincia argentina, sucumbió al ini- 
ciarse ! ~ Lavalleja pisaba el suelo de la Patria, 
abandonado á su fortuna, contando con posibili- 
dades aleatorias, empeñado á semejanza de Tra- 
síbulo en una facción que no tenia otra salida 16- 
jica que el desastre, otra escusa que la desespe- 
ración, otra recompensa probable que la muerte. 

Bajo tales auspicios comenzó la esforzada 
contienda de los Treinta y Tres, que debia de- 
volvernos nuestra independencia nacional per- 
dida, dignificándonos con la fundación de ins- 
tituciones republicanas . Dios habia querido que 
los sufrimientos de un pueblo honrado, gene- 
roso, varonil y sobrio, no se esterilizasen por 
el capricho de los hombres ; y que la constancia 
y las virtudes desplegadas en tantos años de com- 
bates, encontraran al fin la recompensa que me- 
recen el patriotismo trasmitido de generación en 
generación, y el sacrificio aceptado sin réplica 
por los herederos de un infortunio de tres siglos. 

Comenzó la lucha . —¿ Cuáles eran los elemen- 
tos del Brasil en el Uruguay? 12000 hombres en 
las fronteras de la Provincia de Rio Grande ; 5000 
en Montevideo ; 1000 en la Colonia ; 1000 en Mal- 
donado y Gorriti ; 500 en las islas de Lobos . — To- 
tal, 19500 soldados veteranos de todas armas, 
y el dominio esclusivo del país . — Contra esta 
masa de elementos organizados debia luchar en 



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224 Estudios Literarios 



primer término Lavalleja, que no tenia consigo 
mas que un puñado de compañeros, sin otra fuer- 
za moral que su heroísmo, ni otros recursos ma- 
teriales que unas cuantas cañas tacuaras con cu- 
chillos en la punta. 

Pero habia en segundo término otro obstáculo, 
que disminuía la poca fuerza moral de los Trein- 
ta y Tres . — El gobierno argentino se mostraba 
contrario á la empresa, ostentando conducta muy 
parecida á la que ostentara en 1817 cuando los 
portugueses concluyeron con Artigas . — Interpe- 
lado por el ájente brasilero en Buenos Aires, res- 
pecto á la espedicion de Lavalleja, contestó lo si- 
guiente: «Buenos Aires, Mayo 2 de 1825. — El 
Ministro que suscribe, habiendo puesto en la con- 
sideración de su Gobierno la nota que el señor 
Cónsul del Estado del Brasil le ha dirijido con fe- 
cha de 30 de Abril último, pidiéndole esplicacio- 
nes con respeto á la empresa que refiere de al- 
gunos emigrados de Montevideo, asilados en esta 
plaza, se halla encargado por su gobierno de de- 
cir en contestación á dicho señor Cónsul, que 
puede continuar desempeñando sus funciones en 
esta ciudad, bajo el seguro concepto de que «e/ 
gobierno cumplirá lealmente con todas las obligacio- 
nes que reconoce, » mientras permanezca en paz y 
buena armonía con el gobierno de S. M. I. : de- 
biendo agregar el que suscribe con relación á la 
tentativa que anuncia el señor Cónsul, que no está 
ni puede estar en los principios bastantemente acredi- 
tados de este gobierno, el adoptar en ningún caso me- 
dios innobles, ni menos fomentar empresas que no 
sean dignas de un gobierno regula*'. — El Ministro 



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Juan Carlos Gómez . 225 

que suscribe saluda al señor Cónsul con su acos- 
tumbrada consideración .—üfantíe/ José García-- 
Señor Cónsul del Brasil, etc. » 

Es evidente, pues, que Lavalleja entraba á la 
lucha, chocando de frente con la hostilidad mili- 
tar y politica del Imperio del Brasil, y con la des- 
confianza frid y acentuada del gobierno argenti- 
no. Pormás que el caudillo uruguayo se propi- 
cíasela alianza de Rivera, decidiendo con ella el 
pronunciamiento pleno de los elementos nacio- 
nales, esto no le quitaba de encima la enemistad 
de dos naciones poderosas que ^acechaban sus 
pasos para aprovechar el primero de sus desas- 
tres. De ahí que Lavalleja se viera en la necesi- 
dad de transar con las circunstancias, convocan- 
do una Asamblea en la Florida, que declaró á la 
Banda Oriental del Uruguay independiente del 
Brasil é incorporada á la Confederación Argenti- 
na. Se ha dicho sinembargo, que esta Asamblea 
fué traidora á su misión, y comprometió los inte- 
reses que la estaban confiados. Así se juzgan los 
actos de los hombres, y se perpetúan las ingrati- 
tudes de los pueblos ! 

La Asamblea de la Florida procedió con la 
grandeza de un patriotismo sin tacha, y con las 
vistas profundas de una política elevada. Encon- 
tró delante de sí una nación poderosa que la era 
hostil, y otra nación pujante que iba á serlo. No 
tenia en su apoyo al instalarse, otros recursos que 
una fuerza moral de dudosos quilates, y una fuer- 
za material que sumaba ochocientos gauchos. Co- 
locada en situación tan ardua, rompió de frente 
con el Brasil que era el enemigo mas terrible, y 

E. L. 15 



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22Ó Estudios Uierartos 

trató de comprometer en su favor á la República 
Argentina, presentándola las probabilidades de 
un engrandecimiento territorial. Esta política 
surtió todo el efecto deseado, luego de saberse en 
Buenos Aires que habiamos ganado las batallas 
del Rincón y Sarandi. Aturdidos los argentinos 
por una promesa que parecía tener propicia á la 
victoria, admitieron en el Congreso á don Javier 
Gomensoro, Representante del Uruguay, resol- 
viendo desde luego su intromisión en nuestros 
asuntos y su hostilidad contra el Brasil .—Tal fué 
la historia de los trabajos de la Asamblea de la 
Florida. 

La entrada de los argentinos á la contienda, 
determinó una nueva faz de la cuestión. Ellos se 
hablan presentado venciendo en Ituzaingó, y 
ahora hablaban como dueños en los consejos de 
la diplomacia. Haciaseles poco llevadero el per- 
der una Provincia que consideraban como suya 
desde abolengo, y no se avenían á ninguna nego- 
ciación que no complementase su triunfo. Por 
su parte los brasileros, pecaban por iguales in- 
quietudes, y consideraban con razón que era un 
asunto de preponderancia para su país y de co- 
rona para su soberano, el perder ó ganar el terri- 
torio del Uruguay. Comenzáronse pues, aquellas 
largas negociaciones en que cada uno de los 
dos rivales pretendía engañarse, ora proponien- 
do que este país fuera un gran Ducado, ora que 
fuese una Provincia federalizada, ó en último 
caso que se neutralizara por cinco años. Todo 
esto no hizo más que embrollar la situación po- 
niendo de manifiesto que ninguno quería aban- 



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Juan Carlos Gome\ 227 

donar la tierra donde habia sentado sus reales ; 
pero demostrando también que tanto un rival 
como el otro eran impotentes para imponer su 
voluntad si el pueblo, dueño de la tierra en dispu- 
ta, no les ayudaba. La anarquía se pronunció en 
toda la línea . 

Entonces tocó al pueblo uruguayo decir la úl- 
tima palabra. De entre los escombros de tanta 
ruina, se levantó sañudo el verdadero partido de 
la revolución, hizo á un lado á los contendientes 
estrangeros, y tremoló impávido el estandarte de 
la independencia. Rivera escapado providencial- 
mente á las órdenes de prisión del gobierno de 
Buenos Aires y á los fogonazos de los soldados 
de Orib¿, invadió y conquistó las Misiones, le- 
vantó un ejército, apoyó al gobierno nacional 
instalado en la Florida, y se presentó como la es- 
presion característica de nuestros deseos y de 
nuestras esperanzas. Desde aquel momento, to- 
do quedó concluido, llevando cada uno en lote 
los designios de la suerte: nosotros, la indepen- 
dencia; D. Pedro de Braganza, la proscripción; 
Buenos Aires, la tiranía de Rosas.—El drama ha- 
bia tocado á su término. 

Tales son los antecedentes históricos que don 
Juan Carlos Gómez negaba al defender su pro- 
yecto anexista ; y ya ha podido apreciarse la tác- 
tica empleada por él contra los que pretendían 
recprdárselos. Una parte de la prensa de Buenos 
Aires, al comenzar esa propaganda subversiva, 
dio en apoyarla ; paro á la larga, los órganos se- 
rios de opinión repudiaron como quimeras de un 
visionario las especulaciones políticas del viejo 



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228 Estudios Literarios 

soñador. Entonces Gómez, fastidiado de todo 
y de todos, se retiró d¿ la politica activa, en cuyo 
campo acababa por otra parte de recibir un duro 
revés, con el fiasco de la candidatura presidencial 
de Sarmiento, que tuvo el mal tino de patrocinar. 
De su retiro le sacó la Facultad de derecho y 
ciencias sociales de Buenos Aires, confiándole en 
1884 la cátedra de Filosofía del derecho, que ape- 
nas regenteó unos dias, muriendo en Mayo de 
ese mismo año. 

Sus partidarios levantaron la voz en todos los 
tonos, para decir que habia caido el hombre más 
austero, más patriota y más capaz que produjera 
nunca el país. Los hechos capitales de su vida, 
que á grandes rasgos acabamos de narrar, com- 
probarán hasta donde pueda admitirse semejante 
juicio. 

Contrayéndonos ahora al literato, creemos que 
su muerte mató la escuela romántica uruguaya. 
No nos aflije que esa escuela desaparezca: antes lo 
reputamos un bien que un mal. Demasiado lijera 
para enseñar nada provechoso; llorona hasta ha- 
cerse incómoda en un país donde cada cual tiene 
hartas penalidades propias para cargar todavía 
con las mentidas quejumbres ajenas, la escuela 
romántica ha talseado el criterio publico con sus 
exajeraciones y lamentos, dañándonos mas allá 
de lo que vulgarmente se piensa. Es horade 
reaccionar contra ese desvarío, fundando una 
literatura nuestra. 

Emprendamos la obra de rejeneracion , coa 
firme continente y animoso espíritu. Podemos 
mirar para atrás sin avergonzarnos : nuestra Re- 



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• -*" 



Juan Carlos Gome2¿ 229 

volucion es la historia de los héroes y de los 
mártires; nunca de los opresores, jamás de los ti- 
ranos. Sigámosla en la literatura como en la 
política, pero sigámosla con fé. Sigámosla en 
nombre de los grandes principios que ella pro- 
clamó, y de la dignidad de los hombres libres 
que ella salvó incólume. Sigámosla en nombre 
de los millares de ciudadanos que se sacrifica- 
ron en su servicio, desde el indio oscuro cuya 
memoria no se conserva, hasta el procer encum- 
brado que la selló con su destierro. Sigámosla 
como testimonio publicado ante el mundo, de 
que fuimos dignos de tener padres apasionados 
de la libertad, y de que seremos bastante fieles 
para no dejar apagar en nuestro pecho su santa 
llama. 




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Cuadros de Costumbres 



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EL GAUCHO 




iN el año de 1768, cuando gobernaba á 
Montevideo por el rey de España don 
Agustín de la Rosa, fueron espulsados 
los jesuítas de nuestras tierras. Con este 
motivo, las reducciones uruguayas maltratadas 
por los gobernadores militares, empezaron á ser 
abandonadas de sus pobladores, los cuales, bus- 
cando la tranquilidad y la riqueza se establecie- 
ron en buen número sobre las campiñas de Mon- 
tevideo y Maldonado. Pronto se iniciaron entre 
los nuevos pobladores y los que ya habitaban el 
país, relaciones industriales y de orden social que 
fueron estrechándose, y por fin resultó, que una 
nueva sociedad se habia formado. De en medio 
de estos elementos tan diversos, nació un tipo 
que era el resultado de todas las fusiones, y 



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234 Estudios Literarios 



que estaba destinado á desempeñar un gran pa- 
pel y á dar su nombre á la población de las cam- 
pañas del Plata : era el gaucho. 

Los primeros gauchos ó guadérios, sinembargo, 
no eran todos uruguayos, pues muchos com- 
ponían el número de los portugueses y españoles 
fugados de presidio : se les llamaba gauchos 
como se les hubiera podido llamar bandidos ú 
holgazanes. Pero de allí á poco, hizose estensiva 
la designación á todos aquellos que sin quehace- 
res fijos, gustaban de vagar errantes por los cam- 
pos, ó se hacian notables por sus lances amoro- 
sos, sus rencillas y sus cantares. Lo rudimentario 
del trabajo y la facilidad de efectuarlo con pocos 
brazos, hacia que en todas las familias, numero- 
sas de suyo, hubiese siempre un sobrante de va- 
rones que no eran absolutamente necesarios á las 
faenas domésticas. Los mas enérgicos de ellos, 
aguzados por su natural inquieto, abandonaban 
pronto el hogar paterno para procurarse atracti- 
vos de otro género en medio de una naturaleza 
salvaje, luchando con las fieras y los animales ce- 
rriles, y aventurándose en los lances apurados de 
cualquier género. 

Estos fiíeronde aquí para adelante los verdade- 
ros gauchos, mezcla informe de grandes pasiones 
y de pensamientos mezquinos, arrojados y pueri- 
les, trovadores melancólicos que al son de la gui- 
tarra cantaban endechas de amor, y en seguida 
reñian á cuchillazos por la menor palabra; va- 
lientes hasta la temeridad y supersticiosos hasta 
la ridiculez. Habia ya en este fruto prematuro de 
una raza nueva, todos los rasgos salientes de su 



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El Gaucho 235 



futuro carácter; parece como que el gaucho hu- 
biera presentido por su temeridad sin obgeto y 
sus nielancoh'as sin causa, que era el primer es- 
labón de una agrupación humana destinada á 
conquistar su independencia y su libertad por el 
valor militar y la resignación civica. Tal fué el 
orí) en del gaucho. 

La civilización estendiendo sus beneficios por 
los campos, ha trasformado la fisonomía históri- 
ca de nuestras poblaciones. Se han edificado 
pueblos y ciudades, y han nacido gerarquías so- 
ciales que tienden á fiíndir todos los elementos 
antiguos en un tipo nuevo. Cuatro clases supe- 
riores en ilustración y en recursos propios pesan 
hoy sobre el gaucho. El estanciero que sabe leer 
y escribir, que generalmente ha hecho la guerra 
en calidad de gefe de división, y que ejerce una 
gran influencia moral sobre los que le rodean. 
El labrador, casado con la tierra de la cual se sus- 
tenta. El mozo de pueblo que lee diarios, se ocu- 
pa de política, viene una que otra vez á la capital 
y se ilustra continuamente. Y por último, el pai" 
sano, tipo que se generaliza desde hacen veinte 
años, hombre que no sabe leer, pero que tiene 
familia y hogar fijo, y que es capataz de estancia 
ó puestero. El gaucho queda comprendido, pues, 
en la quinta gerarquía de la sociedad de los cam- 
pos, y todo indica que en breve desaparecerá de 
la escena para convertirse á la nueva civilización. 
Pero el perfil de su fisonomía moral es tan acen- 
tuado, que la historia le asignará un lugar distin- 
guido en sus pajinas, porque no podrá escribirse 
la nuestra sin mentarle á él en primer término. 



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236 Estudios Literarios 



Antes de que el hecho de su transformación se 
efectúe, quisiera pintar ai gaucho tal como me lo 
representan mis recuerdos de pocos años atrás. 

Los habitantes de Montevideo se han formado 
en general uha ¡dea muy errada de los gauchos. 
Algunos creen que esos peones chacareros, ves- 
tidos de andrajos y mal montados que pasean 
nuestras calles de tiempo en tiempo, son gauchos. 
Otros más instruidos y que han viajado por los 
ferro-carriles ó los vapores, visitando los pueblos 
del interior, creen que sen gauchos esos camilu- 
chos de trastienda que charlan á más no pKxier 
con todo el que ven, y cuentan sus historias per- 
sonales correjidas y aumentadas á quien tiene el 
mal gusto de oírselas. Nada es menos cierto que 
esto sinembargo, y el gaucho se burla como nin- 
guno de las pretensiones de esa pobre gente. En- 
tre cien individuos agrupados en el campo, se 
conocerá inmediatamente á un verdadero gaucho 
por más pobre que él sea : su caballo ensillado 
con esmero, tuzado y acepillado ; su persona lim- 
pia, sus prendas de vestir colocadas con gracia 
sobre el cuerpo ; sus cabellos y barbas largos, 
pero peinados y cuidados, y en fin, aquel aire 
atrevido y simpático á la vez, que parece decir á 
todos tyo soy el dueño de la tierra, ustedes no 
son más que gringos » , es lo que le dá á conocer. 

Otro de los errores en que muchos viven es el 
8UfK)ner que el gaucho es una especie de bufón 
que divierte á las gentes á su costo, y estrecha 
amistades con el primero que se le acerca. Tam- 
bién es inexacto esto, por que el gaucho sólo es 
amigo de sus amigos, es decir, de sus iguales, y 



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El Gaucho 237 



á los demás ó los respeta ó los desprecia : los res- 
peta si son intelijentes ó bravos; los desprecia si 
son simples , cobardes 6 hablantines. Por lo ge- 
neral, el gaucho es reservado y comedido con las 
gentes que no conoce : el temor de decir algún 
disparate que le deje en ridiculo, le contiene 
siempre de hablar ante estraños. Como él mismo 
lo dice, no dad conocer su juego d dos tirones, lo que 
equivale á espresar que sólo acostumbra á abrir 
juicios sobre loque sabe y ante personas que trata 
de continuo. Su conversación, por lo común, ver- 
sa sobre aventuras de guerra, lances amorosos y 
carreras de caballos. La guitarra y el canto le di- 
vierten sobre manera, y es capaz de escuchar sin 
fastidio durante toda una noche á un guitarrista. 
Tiene como los charrúas la voz floja, y afecta co- 
mo ellos un aire circunspecto cuando desea en- 
tender con propiedad lo que le dicen y le inte- 
resa. No le gusta apresurarse cuando está en 
marcha, y se dá el lujo de soportar el rayo del sol 
al tranco de su caballo. 

Para alabar como para vituperar las personas 
y las cosas, tiene recursos de lenguaje, giros poé- 
ticos, espresiones orijinales, que hieren los senti- 
dos penetrando de un modo especial en la inteli- 
jencia. Sin cuidarse de completar sus frases, las 
enuncia por medio de comparaciones y de refe- 
rencias que apesar de su sencillez vulgar, tienen 
comunmente un alcance profundo. Asi para espre- 
sar que un hombre es valiente, dice de él : es co- 
mo las armas ; que un hombre es vivo, es como luz; 
para hablar de una mujer linda, es como las estre- 
llas; para indicar un caballo rápido, es como dgui- 



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2jS Estudios Literarios 



la; para elojiar á un individuo firme que do cede 
á los embates de la mala fortuna, es como cuadro. 
Cuando habla de su caballo, le llama mancarrón, 
á su mujer la china, á sus amigos aparceros, á los 
muchachos del campo charabones (avestruces). 
Si le entusiasma alguna aventura heroica que le 
cuentan, demuestra su admiración por el héroe 
con esta esclamacion : ¡Ah criollo! Si él narra 
algún lance en que un ginete bien montado evitó 
un sablazo ó una lanzada, ladeando el caballo, di- 
ce que soslayó el pingo. No dice « tome usted » 
sino velay ; al mate le llama el verde, á la botella 
limeta, á los tragos de caña ó de ginebra gorgori- 
tosy á un buen caballo de paiseo flete, al telégrafo 
eléctrico el chismoso, al ferro-carril en señal de 
admiración, el bárbaro. Pero donde agota todo el 
repertorio de sus dichos, es en la enumeración de 
las calidades de un caballo que estima, y asi dice: 
es aseadito para andar, es liberal, es el peón de 
la casa, es mi crédito, es un trompo en la rienda, 
es manso de abajo, es seguidor en el camino, es 
liberal por donde lo busquen, es caballito mante- 
nido, orejea como guanaco en cuanto divisa, es de 
buena vuelta, para el lazo es como cimbra, es es- 
carceador y aseado, á donde quiera endereza, etc. 
En la conversación familiar y cuando desea 
mostrarse cariñoso, sea con los que están presen- 
tes ó con algún amigo cuyo recuerdo le asalta, 
emplea términos de su invención ó diminutivos 
que dan una flexibilidad singular á las palabras. 
Asi, á un hombre entendido en el baile ó la gui- 
tarra, ó muy sobresaliente en el juego, el canto ó 
las carreras de caballos, le llama taura. A un ami- 



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El Gaucho 239 



go de valor personal reputado, si es viejo, le lla- 
ma viejiio quiebra y si es joven indio crudo. Á un 
parrandero que poco para en su casa, le denomi- 
na hombre gaucho. Si juega de manos con algún 
aparcero y llega á tocarle el cuerpo, en el acto es- 
clama: ¡ óigale el duro, y seduebla! Si le choca el 
modo de proceder de alguno, ó las palabras que 
dice ó las armas que trae : miren con qué caria se 
viene á baraja ! Si pide algo á mujeres : hágame el 
favor de darme eso, por su vida. Si pregunta su 
nombre á alguno, y éste responde soy fulano para 
servir á usted, él le replica : para servir á Dios, 
Si entra á una pulpería y le convida un estraño • 
gracias amigo, apagar lo que gusle. Cuando dalas 
señas de un paraje cercano, no dice más alia sino 
mas allasilo; cuando se despide de los que estima 
no dice adiós, sino a¿20S27o ; cuando quiere afir- 
marque no conoce absolutamente nada de un 
asunto, dice : no sé cosisima ninguna ! 

Sobresale también en buscar el lado ridiculo 
de las cosas, y sus sátiras son á veces divertidas, 
pero en las más de las ocasiones sangrientas. Del 
hombre que sale poco de su casa, dice: es como 
peludo en la cueva: al individuo de ciudad le llama 
maturrango: al estrangero gringo y en algunos ca- 
sos nación. Tiene refranes particulares de su co- 
secha para caracterizar todas las circunstancias 
en que se ven aquellos á quienes profesa ojeriza. 
Cuando alguno ó algunos individuos que no 
son de campo, se presentan á participar del asa- 
do que arde en el fogón, el gaucho que sabe bien 
que van á estropear la carne, dice: ya cayeron los 
chimangos! Si alguno habla ó hace alguna cosa 



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240 Estudios Literarios 



mal : no sobe la guasca contra el pelo, Á los caba- 
llos de sobre-paso les llama caballos de médico^ y 
si encuentra á algún individuo montado eo un 
caballo de esa laya, le saluda con mucha formali- 
dad, diciéndole: adiós doctor. A su enemigo le lla- 
ma sotreta: al caballo de su enemigo matungo: á 
las armas de su enemigo armas solas. Para signi- 
ficar que una división ó un escuadrón huyó del 
campo de batalla sin pelear, dice: esa gente se fué 
de arriba: para ridiculizar al gefe de la gente hui- 
dora: disparó en la punta: y si el gefe es su enemi- 
go: castigó el caballo hasta con el sombrero. A los 
agrimensores les llama pilotos; á los demás hom- 
bres de ciencia ftsicos. Cuando alguien roba algu- 
na cosa, dice: de arriba no lleva golpe. Si duerme 
en un campo de batalla después de una victoria, 
al recojer sus prendas de montar para hacer la 
cama, dirijirá á sus compañeros esta frase signi- 
ficativa: caballeros, muertos no hablan, pero roban 
cojinillos. 

Las tres grandes pasiones del gaucho son: el 
juego (naipes, taba y carreras), las mujeres y la 
guerra. Sus vicios son el mate, el cigarro, y el 
baile. El juego acorta los largos dias de su hol- 
ganza campestre, las mujeres suavizan la aspe- 
reza de su carácter cerril, y la guerra ejercita su 
espíritu aventurero. Cuando no juega, enamora ó 
pelea; fuma, toma mate ó baila. Su modo de dor- 
mir es un misterio, y hasta parece que el sueño 
no fuese para él una necesidad. Tiene el más 
completo desprecio por los dormilones, así es que 
de los que duermen siesta antes de medio dia, 
dice que duermen la siesta del burro, y cuando quie- 



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Gpogle 



El Gaucho 241 



re satirizar á alguno que ha sido desgraciado en 
la guerra, dice que lo agarraron durmiendo. En ios 
campamentos se entretiene en diversiones pueri- 
les: su payaso es el zorro, á quien llama Donjuán. 
Apenas chilla un zorro, quinientos hombres se 
levantan como movidos por un resorte, corren, 
gritan, buscan, hacen volar sus ponchos por el 
aire, se agazapan, vuelven á la carga, hasta que al 
fin una voz anuncia que ha caido prisionero. La 
grita entonces se redobla, el cautivo atolondrado 
tiembla, todos le manosean y se burlan de él, le 
traen al centro del compamento ; uno alcanza un 
porrón de bebida y el pobre Don Juan quiera ó no 
quiera tiene que beber caña, ginebra ó vino hasta 
vaciar el i5orron, y después de ese, otro, y todos 
los que haya, mientras no caiga borracho. Luego 
la algazara concluye y cada uno se duerme más 
feliz y contento que si hubiera ganado laureles. 
Al dia siguiente el ejército rompe la marcha, pero 
el general en gefe nota que una de las divisiones 
lanza gritos y alaridos ; envia ayudantes á toda 

carrera para informarse y le contestan que 

Don Juan se ha despertado con el ruido de las 
cajas y clarines, ha echado á correr por entre las 
patas de los caballos, y la división no ha podido 
menos de silbarlo y despedirse de él á gritos. 

Se comprende sin esfuerzo, que semejante mo- 
do de vida ha comunicado una virilidad asom- 
brosa á las poblaciones de la campaña, y si ellas 
adolecen de grandísimos defectos en cuanto á las 
nociones de la existencia regular y ordenada, les 
sobra energía para afrontar los peligros que aman 
á falta de mejores pasatiempos. De la misma ma- 

E. L. 16 



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2^2 Esludios Literarios 



ñera se esplica el imperio de los caudillos sobre 
tales gentes, puesto que siendo el gaucho un 
hombre frugal y sumamente medido en sus exi- 
jencias, nunca ha solicitado de sus gefes cosas 
que no pudiera él mismo tomarse por su mano. 
Un pedazo de carne, en país donde hay vacas 
por millones, una lanza cuyo cabo se arranca de 
un monte de cañas y cuya moharra se forma con 
un cuchillo viejo, un poncho que se adquiere en 
todas parte% un caballo que el hombre trae sin 
que se lo digan, por que tampoco puede vivir sin 
él : hé ahi todo. Al caudillo no se le pide más que 
el valor personal : si triunfa, sus gentes le abando- 
nan el poder y la influencia que nunca han codi- 
ciado, porque no sabrían qué hacer de ellos: si es 
vencido, nuevo motivo de agradecimiento por 
haberles proporcionado aventuras que narrar. Se 
comprende también que sobre tales soldados, 
las palabras de un general medido no hagan 
efecto alguno, y que mucho más aptos para ven- 
cer se encuentren bajo una mano de hierro que 
con un retórico al frente. Por eso las arengas de 
nuestros generales respiran cierta ironía insolen- 
te y soberbia, como esta de Fausto á sus soldados 
al dar una carga desesperada: Quitarse los ponchos, 
que en el otro mundo no hace frió! y esta otra de 
Rivera á su ejército sorprendido pocos dias antes 
de Cagan cha: Ea! cobardes, no disparen! Y esta 
otra de Flores al iniciar la batalla de Coquimbo: 
El que tenga miedo, que se vaya! 

Después de la guerra, una de las ocupaciones 
más placenteras para el gaucho es concurrir á los 
bailes. Un baile le permite satisfacer con usura 



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El Gaucho 243 



sus ti*es vicios de fumar, tomar mate y danzar, y 
ademan le estimula una de sus grandes pasiones : 
el amor. Sentado en la cocina sobre algún trozo 
de leña ó alguna calavera de vaca, se está depar- 
partiendo con ' sus compañeros posesionados de 
iguales asientos que él, mientras arde y chispo- 
rrotea el combustible del fogón, envolviendo en 
■una nube de humo á todos los circunstantes, 
convidados desde el dia anterior al baile de esa 
noche. En las otras piezas de la casa (rancho), 
el bello sexo espera el instante de romper la 
danza, mientras el guitarrero en el mejor sitial, 
templa las cuerdas de su instrumento. Un pre- 
ludio corrido anuncia que la guitarra está en 
temple, otro preludio deja percibir una armonía 
conocida, y entonces las mujeres se ajitan en sus 
asientos, el dueño de casa y algunos viejos se di- 
rijen á la cocina cuyos huéspedes se levantan, y 
todos reunidos corren en tropel á la sala. Señores, 
el Nacional, dice una voz : cada uno entonces se 
pone frente á la compañera que le toque en suer- 
te, y empieza el baile del pericón, con las relacio- 
nes más ó menos felices que cada cual canta por 
turno, hasta dar cumplimiento á esta primera 
pieza de ordenanza que es de rigoroso deber el 
bailar. Pero luego de llenada la fórmula, los cir- 
cunstantes se reparten cerca de las puertas y ven- 
tanas, para mirar y ser mirados de las mujeres. 
Cada uno conviene consigo mismo en la que más 
le gusta, y comienzan á llover los pedidos al gui- 
tarrero para que cante á la rubia aquella un verso 
intencionado. Á esta primera declaración de 
amor por intermedio de tercero, sigue á la según- 



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244 Estudios Literarios 

da pieza de baile la declaración directa y en verso 
para la cual está la ninfa prevenida, y tal vez jra 
ha rumeado su versito que es de humilde rendi- 
miento ó de sarcástica puya, según le guste ó nó 
el postulante. Muchas veces sucede que dos in- 
dividuos gustan de una misma muchacha, y en- 
tonces el menos favorecido le arma riña al otro. 
El juego, que es otra de las pasiones del gaucho, 
tiene por centro de acción la pulpería. Aun cuan- 
do en los campamentos y en las estancias se jue- 
ga, nunca es tanto ni tan fuerte como en las pul- 
perías. Recostados contra el mostrador ó sentados 
á la sombra de la ramada y haciendo marcas en 
el suelo con el cuchillo, organizan los gauchos 
sus partidas de juego, ya sea á la baraja, á la ta- 
ba, ó á las carreras de caballos. El juego orijina 
entre ellos disputas y riñas, porque nunca falta 
un iaura que pretende llevárselo todo por enci- 
ma. Hay ocasiones en que alguno que no es del 
pago, viene como dicen ellos á echarlas de diablo, 
y entonces el amor propio herido de los demás, 
no les deja devorar en silencio las sátiras y las in- 
jurias del intruso. Empero, una propensión no- 
ble del corazón del gaucho, hace que casi siempre 
el aislamiento del forastero inspire simpatías á al- 
gunos de los mismos de quienes se ha burlado, 
los cuales toman partido por él y pelean contra 
sus propios amigos para defender al intruso. Es- 
to es tan común en nuestra campaña, que nadie 
se admira de que el débil encuentre partido á su 
favor para resistir contra los fuertes. Cuando un 
gaucho ha peleado así para defender á un estra- 
ño á quien vé por la primera vez, esplica sus sim- 



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El Gaucho 245 



patias diciendo : di la cara por el mozo, de gracia 
no más ! 

La costumbre de andar á caballo desde que 
nacen hasta que mueren, les ha hecho sin dispu- 
ta los primeros caballistas del mundo: asi es que 
no demuestran admiración por las terribles prue- 
bas que hacen sobre esas fieras que llama potros 
ó baguales. Es necesario ver un potro cuando por 
primera vez va á ser gineteado, para formarse idea 
de su bravura. Cuesta una batalla después de 
haberlo traido con la manada al corral, ponerle 
el bocado y ensillarle. El animal quisquilloso co- 
mo que es la primera vez de su vida que le domi- 
nan, bufa, patea, tira dentelladas, hmcha el lomo 
y se desespera. El domador por su parte, rodea- 
do de los amigos que le miran, vestido con ropas 
lijeras, sin sombrero, y fajada la cabeza fuerte- 
mente, va enjaezando al potro con las piezas del 
apero, en medio de bromas y chuscadas que el 
animal parece comprender, tanto es lo que se aji- 
ta, hasta que por último le copeiea, es decir, le 
corta los largos mechones de crin que le caen so- 
bre la frente y ojos. Otro individuo á quien 
llaman padrino montado en un caballo manso, 
espera á que el domador monte á su vez, para 
apareársele y ayudarle á desempacar el animal y 
dirijirle. Por fin desaprisionan al potro del palen- 
que en que está atado y le sacan del corral : el 
domador le toma la oreja izquierda con su mano 
izquierda tapándole el ojo á fin de que no le vea 
subir, en la mano derecha con la cual se apoya 
sobre la cabezada del recado tiene las riendas y el 
chicote, emboca rápidamente el pié izquierdo en 



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246 Esludios Literarios 

el estribo, y se abalanza mas bien que sube enci- 
ma del bagual. El potro entonces, ó se em¡>aca y 
tiembla para romper á bellaquear después de un 
buen rato, ó bellaquea desde que siente el ginete 
encima; se balancea en el aire, mete la cabeza en- 
tre las manos y se endereza sobre ellas á punto 
de que el domador toca el anca con la nuca, repi- 
te luego la operación contraria parándose perpen- 
dicularmente sobre las patas, se inclina hacia un 
costado y otro amenazando bolearse con una 
fuerza capaz de arrancar las entrañas de quien lo 
monta, y estas operaciones duran media hora, 
hasta que por fin no pudiendo arrojar de sí aque- 
lla mole que siente pegada á sus lomos y á sus 
hijares, enloquecido por los chicotazos y por los 
gritos, echa á correr como pidiendo á los campos 
á donde endereza, la libertad que aquel tirano 
acaba de robarle. Esta última faz del cuadro 
anuncia la victoria del domador: al dia siguiente, 
si no es el mismo dia por la tarde, el potro que ha 
estado á palenque y sin comer ni beber, pasa por 
una segunda prueba que resiste con igual brío ; 
después, una tercer prueba le desanima, y así va 
por gradaciones hasta llegar á redomón; mas tar- 
de asciende á la categoría de zancocho, que es 
cuando le ponen freno, y por último se hace ca- 
ballo. 

El gaucho ha heredado de los charrúas su pla- 
cer por la caza, y la misma manera de cazar que 
ellos. La fijeza con que maneja la boleadora y el 
modo con que la emplea, proceden de igual orí- 
jen. El animal á quien más persigue es el aves- 
truz, á quien llama ñandú cuando es grande y 



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El Gaucho 247 



chfxrabon si es pequeño. Del avestruz aprovecha 
la caparazón ó picana y los alones para comerloss 
las plumas para trocarlas en la pulpería por taba- 
co, caña, yerba y demás menesteres, y el buche 
del animal para hacer tabaqueras que son muy 
estimadas. En la caza del avestruz, lo mismo que 
los charrúas, no emplea las grandes boleadoras 
de que se sirve en la guerra para trabar los caba- 
llos de sus enemigos que huyen, ó en los apartes 
para dominar á los animales cerriles, sino que 
usa una boleadora pequeña de plomo, que á ve- 
ces consta de una cuerda con una bola en cada 
extremo, y otras ocasiones, de dos cuerdas bien 
sujetas entre sí en la forma de una Y con una 
bola en cada punta. 

Entre el gaucho y el avestruz hay siempre cuen- 
tas pendientes, porque tiene este último la eos-, 
tumbre de esconderse tras de los arbustos del 
campo ó entre los pajonales é islas de árboles 
cuando percibe el ruido que precede á la aproxi- 
mación de un ginete, y luego de sentirle cerca, 
sale inopinadamente de su escondite y abre sus 
grandes alas. Esto produce mucho terror en los 
caballos, y no pocas caidas á los ginetes. Por lo 
demás el avestruz es un animal bastante tonto, 
puesto que apesar de su táctica y la gran fuerza 
de las coces que dá, no resiste á la curiosidad que 
le inspira el menor incidente, y suelen cazarle á 
pié los muchachos con solo ajitar un trapo, que 
inmediatamente viene á mirar de cerca, recibien- 
do en pago de su curiosidad una puñalada, ó una 
lazada en el pescuezo que le ahorca.- Mas el gau- 
cho ama la caza del avestruz, porque le propor- 



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3^8 Esludios Uteranos 



ciona el placer de una carrera vertí jinosa entre 
varios compañeros, y el aprisionamiento á bo- 
lazos de los animales fujitivos. Esta caza es una 
gran batída, ejecutada por muchos sobre cual- 
quiera clase de terreno, asi es que las rodadas 
son frecuentes y suelen haber heridos graves, y 
aún muertos. 

Pero donde el gaucho muestra el conjunto de 
sus habilidades mas preciadas, es en las yerras, 
Llámanse 3'erras á las faenas periódicas que hacen 
los estancieros para marcar sus ganados, y tuzar 
los de crin. En los dias señalados para la yerra, 
hay comida estraordinaria, ó como se dice en el 
campo, fogón abierto : si el estanciero es largo y 
dadivoso, son esos dias verdaderas bodas de Ca- 
macho, pero aun cuando sea corto y mezquino 
siempre se vé obligado á gastar mucho más de lo 
que acostumbra habitualmente. 

Parecen las yerras, combates militares reñidos. 
La polvareda que levantan las tropas de caballos^ 
cerriles, de yeguas y de toros perseguidos, para 
que se mezclen á los ciñuelos, los gritos de los 
conductores, los grupos de gentes desparrama- 
das por el campo, las fogatas próximas á los co- 
rrales y á los rodeos donde arde el hierro desti- 
nado á marcar las bestias, todo esto presenta el 
aspecto de un campo de batalla. El gaucho gusta 
de asistir á las yerras porque en ellas se luce co- 
mo gran ginete y gran enlazador. Es de verse la 
serenidad con que arma el lazo al trote de su ca- 
ballo, después endereza al galope hacia un toro 
que huye, luego toma la carrera, ya está cerca de 
él, ya le alcanza, levanta el brazo con vigor, se al- 



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El Gaucho 249 



za sobre loé estribos, arroja con todas sus fuerzas 
el lazo en dirección á los cuernos del animal, baja 
el toro la cabeza, pero es tarde, por que el ginete 
encoje y reconcentra su cuerpo para afianzarse 
mejor, dá un fuerte tirón á la estremidad del 
lazo que lleva prendido á la cincha del caballo, y 
el toro como herido del rayo cae bramando al 
suelo. Si los animales que han de marcarse ó tu- 
zarse, están en los corrales, entonces el enlazador 
se luce más aún, por que debe enlazar de á pié, 
operación difícil que se llama pialar. Hay simples 
pialadores que son los que echan el lazo sencilla- 
mente, y pialadores de volcao, que son los que 
cimbran con arte el lazo haciéndolo entrar á la 
inversa entre las patas del animal: esta operación 
es de lujo. 

Se ha disputado mucho sobre la necesidad de 
cambiar al gaycho su traje : algunos comercian- 
tes han hecho esfuerzos por introducir ciertos ar- 
tículos de ciudad en el campo, y hasta ha habido 
quien ensaye su prestijio personal para provocar ^ 
al consumo de ellos ; pero el gaucho ha perma- 
necido fiel á sus tradiciones y la razón es simple. 
Tanto las prendas de vestir como el apero de su 
caballo son la garantía de su libertad. El poncho, 
muy superior á la capa española por la facilidad 
de cubrirse con él y la soltura en que deja los mo- 
vimientos, el chiripá que aventaja al pantalón 
para el hombre que está todo el dia á caballo, 
la bota de potro, fabricada por él mismo con 
un cuero de ese animal, y cómodamente dis- 
puesta para no estrecharle ; el pañuelo del cue- 
llo que sirve de adorno y además de filtro para 



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250 Estudios Literarios 

tomar agua en los arroyos y cañadas, por cuya 
razón siempre es de seda ; el lazo, las boleadoras 
y el facón, que sirven para defenderse del ham- 
bre y de los enemigos ; el recado con todas sus 
pilchas que constituyen la silla y la cama del via- 
jero, hacen que el gaucho así vestido y pertrecha- 
do lleve consigo donde quiera que vaya sus me- 
nesteres, su casa y su fortuna. El dia que abando- 
nase estas prendas no seria gaucho, no seria rey 
de los campos, necesitaría fijarse á la tierra, tras- 
formar su existencia errante en una actividad se- 
dentaria, establecer su hogar como el estanciero, 
el labrador ó el paisano. Estos goces de la civili- 
zación que el gaucho no comprende, porque ha 
nacido ajeno á ellos, le matarían de tristeza. Pa- 
ra él la vida es el movimiento continuo, y la felici- 
dad la independencia absoluta . 

Se ha dicho que el gaucho es supersticioso, 
preocupado y fanático. Hay algo de verdad en 
esto, pero no tanto que pueda escribirse sin espli- 
cacion. Cree en los aparecidos ó muertos resuci- 
tados, á quienes denomina pantasmas en vez de 
fantasmas, y si cree en ellos es porque no hay 
ningún forajido del campo que haya dejado de 
contar con mucha seriedad aventuras de muertos 
resucitados que le han perseguido en los montes, 
ó se le han cruzado por los caminos, ó le han des- 
pertado á la siesta sacudiéndole el cuerpo. Sus 
ideas relijiosas, sinembargo, son tiernas. Del 
culto católico bajo el cual ha nacido, lo que me- 
jor comprende es la adoración de la Virgen á 
quien llama la Inmaculada y también Nuestra Se- 
ñora: como nunca se ha humillado ante nadie. 



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El Gaucho ^251 



cree que cada vez que se arrodilla delante de la 
Virgen, le son perdonadas sus culpas. Cuando 
va al templo, lo que no es muy frecuente, por 
<iue ni hay muchas iglesias en el campo ni él lle- 
ga con facilidad á los pueblos, la pompa del culto 
católico le embelesa y suelen rodar lágrimas por 
sus mejillas, al escuchar esa música solemne y 
melancólica con que nuestra relijion hace pene- 
trar sus misterios hasta el fondo del alma de las 
gentes sencillas. Allí permanece abismado hasta 
que la ceremonia concluye; después se retira, pa- 
sea por el pueblo, y durante quince dias no habla 
de otra co§a entre sus amigos que del cura viejo 
que ofició en la iglesia, del incienso y de la música. 
No ha faltado quien niegue al gaucho patrio- 
tismo, y hasta se le ha hecho aparecer como el 
sostenedor de todas las tiranías. Esta opinión es 
una de las tantas que se emiten sin fundamento y 
se generalizan por la misma razón de que nadie 
las somete á un análisis. Gauchos eran aquellos 
Dragones que bajo el mando de uno de los Arti- 
gas batieron á Bustamante en San José ; gauchos 
aquellos Blandengues que echaron pié á tierra 
contra los veteranos de Posadas en las Piedras; 
gauchos aquellos muchachos que doblaron las 
huestes imperiales en Sarandí, y aquellos escua- 
drones que desnudos y con el sable en la boca se 
arrojaron al agua para asaltar los parques brasi- 
leros de la isla del Vizcayno : gauchos aquellas 
nubes de ginetes que rompieron y destrozaron el 
ejército de Echagüe en Cagancha ; gauchos los 
seiscientos orientales que se dejaron degollar en 
India Muerta por Urquiza sin articular una pala- 



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252 Estudios Literarios 

bra de sumisión; gauchos los que defendieron 
con Blanco y Fausto la ciudad del Salto contra 
un ejército, y después de haber hecho prodijios 
se retiraron á pié por entre los montes. A seme- 
jantes hombres que se han batido sin pedir re- 
compensa concurriendo voluntariamente á las 
filas, no puede negárseles el patriotismo. Tam- 
poco puede negarse á quien de esta suerte proce- 
de, el instinto y ía pasión de la libertad. 

De todo lo dicho puede concluirse, que el gau- 
cho es el tipo primitivo de la civilización urugua- 
ya, con todas las virtudes y con todos los defec- 
tos que ella presentaba en los primeros dias de 
su borrascosa infancia. Tal como hoy vive y se 
desarrolla el hombre libre de nuestros campos, 
tal vivió y se desarrolló nuestra raza en la época 
laboriosa que presidió á los primeros rudimen- 
tos concientes de su personalidad, y á los prime- 
ros ensayos de su vida propia. La triple fusión de 
la sangre charrúa, española y portuguesa, pre- 
sentó por resultado el tipo orijinal que acaba de 
bosquejarse; intelijente, impetuoso, caballeresco, 
á la vez que supersticioso, peleador y lleno de si 
mismo. 

Si ha sido fácil trasformar un elemento tan des- 
quiciador en la apariencia, lo dirá la historia de 
nuestros progresos. En ciento y diez años de pe- 
regrinaciones armadas, la mayor parte de esos 
beduinos gloriosos han ido dejándose seducir 
paulatinamente por los encantos de una civiliza- 
ción de la cual ellos mismos han sido instrumen- 
tos, han construido un hogar y lo han defendido, 
han formado una familia y la han educado, de 



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El Gaucho 253 



suerte que los estancieros, los mozos de pueblo, 
los paisanos y aun muchos individuos de las ca- 
pitales, son descendientes de aquellos gauchos 
que en el siglo pasado nacian recien á la vida, y 
en los principios de este siglo ya se estrenaban 
conquistando contra España y Portugal la inde- 
pendencia de la patria. La guerra civil no ha po- 
dido concluir con el gaucho, y lo ha trasforma- 
do : el progreso de los tiempos acabará el resto 
de la obra, educando y encaminando á nuevos 
ideales á los hijos de los que aun quedan : enton- 
ces el gaucho habrá desaparecido. Entre tanto, la 
literatura nacional debía á este tipo estraordina- 
rio un homenaje tan verídico como sencillo, y es- 
to es lo que he tratado de cumplir al bosquejarle. 




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UN GOBIERNO DE OTROS TIEMPOS 




I al espectador de hoy le fuera dado ha- 
cer en cuerpo y alma un viaje retrospec- 
tivo en el orden de los tiempos, y su cu- 
riosidad le llevara ciento cuarenta años 
atrás, á las doce del dia, hasta una península si- 
tuada sobre la ribera Norte del Rio de la Plata á 
los 34° 55' latitud Sur, 56° 4' longitud Oeste, se- 
ria dueño de contemplar un espectáculo raro. 
Una baja y mala muralla á medio concluir en tie- 
rra, y un fuertecillo de barro y ladrillos con arran- 
ques para cuatro baluartes en proyecto que algún 
dia hablan de mirar al campo, hacian sospechar 
desde lejos que tras de aquel aparato vivia al- 
guien. Si el deseo de confirmar la sospecha fuese 
tan fuerte en el observador que le incitara á saltar 
la muralla, entrando dentro del cuadrilátero de 
doce cuadras de largo por seis de ancho que ella 



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256 Esludios Literarios 



formaba, vena primeramente unas cien casas de 
paja ó ranchos distribuidos aquí y allá, flanquea- 
dos de cercos que se desesperaban por entrar en 
línea recta con el deseo de simular calles ; en se- 
guida notaría, que los ranchos y los cercos esta- 
ban guardados por grandes perros barcinos que 
husmeaban en balde algún transeúnte á quien la- 
drar ; después convendría consigo mismo, en que 
la carne de las osamentas y desperdicios de reses 
acumuladas en el camino y al frente de cada ran- 
cho, habían de haber mantenido á ^Iguien mas 
que á los perros. 

Apoderándose de esta idea luminosa y desarro- 
llándola siempre por el sistema deductivo, sus 
sospechas se irían acrecentando al ver alzarse so- 
bre una casa de paredes gruesas que no tenía cer- 
co al frente ni albergaba perros, una cruz de hie- 
rro que le haría suponer una iglesia ; después un 
solar valdio con pretensiones rio muy lejítímas á 
plaza pública, que dejaba á la supuesta iglesia en 
descampado y la avecindaba por el frente con 
otra casa adornada por un asta -bandera indi- 
cando tal vez una oficina ; y ya sobre todos estos 
datos, y teniendo en cuenta la conclusión de Sír 
John Herschell sóbrela pluralidad de mundos 
habitados, podría concluir á su vez con aquel sa- 
bio «de qué toda condición de habitabilidad su- 
pone habitación » : ó lo que es lo mismo, que 
habiendo fortificaciones, casas, iglesia, oficina 
pública, perros y osamentas de vacas, debían ha- 
ber naturalmente hombres que fueran dueños de 
lo primero, y se hubiesen alimentado con las pri- 
micias de lo último . 



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Un Gobierno de otros Tiempos 257 

Tranquilo sobre este particular, aunque sin se- 
guridades que oponer á la sospecha de que el 
silencio de la población fuese el resultado de 
haber muerto el dia anterior todos sus habitado- 
res racionales, se dirijiria á la plaza, y como tanto 
la que se daba por iglesia como la que semejaba 
oficina estuvieran cerradas, caminaría el rededor 
de la manzana del templo, hasta dar con una pe- 
queña puerta á la espalda de éste, que le franquea- 
ría entrada á una especie de corralón. Poco en- 
tendido habia de ser en materias arquitectónicas, 
si los montones de tierra removida, una que otra 
calle tirada á cordel y dos ó tres cruces de madera 
clavadas en el suelo, no le hacian caer en cuenta 
de que estaba en un cementerio. Si por ventura 
conocia el habla de Cervantes, al aproximarse á 
cualquiera de esas cruces, podría leer pintarra- 
jeadas mas bien que escritas en letras blancas y 
temblonas, palabras castellanas que anunciaban 
el nombre y la fecha de la muerte de cada finado. 

Después de haber examinado á su sabor el fú- 
nebre local, y no encontrando cosa que admirar 
en él sino la soledad que siempre circunda á este 
último refujio de las lacerias humanas, el viajador 
observante saldría de allí con ansia de emociones 
mas bulliciosas. Pero este deseo no podría aspi- 
rar á la solución que lo orijinaba y que era el trato 
de gentes, pues tan muertos habian de parecer 
por su ausencia los dueños de las casas, como los 
yacentes del cementerio. Quienes únicamente 
pudieran llamar la atención y provocar á precau- 
ciones apesar de estar á cadena, serian los perros, 
cuyos ojos inyectados y cuyos ladrídos rabiosos 

E. L. 17 



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258 Esludios Literarios 

anunciarian que habia alguno á quien acometer 
á aquella hora, que fuera como decir que se en- 
contró la cuadratura del circulo, tan raro era el 
caso. 

Por fin, en pos de una peregrinación de tres 
horas y cuando al transeúnte le hubiera acometi- 
do la idea hasta de entrar en tratos con los pe- 
rros, ó de llamar á alguno que otro pajarillo que 
discurría vago por los aires, siquiera fuese para 
reivindicar el derecho de departir con alguien, su 
tímpano seria agradablemente acariciado por el 
tañido de la campana de la iglesia, que sonaba las 
tres de la tarde, hora oficial de despertar. Á la 
consigna anunciada por aquel tañido, comenza- 
rían á abrirse con la mayor parsimonia y el más 
acendrado deseo de retardar la operación, varías 
puertas de pulperías y tendejones, cuyos dueños 
con la cabeza fajada sin necesidad y desperezán- 
dose á cada movimiento, le echarían una mirada 
amenazadora luego que lecolijieran. Alborozado 
el viajero habia de dirijirse al que más cercano 
estuviera para cargosearlo á preguntas, pero el 
aludido que supondría portugués á su interpelan- 
te, enviaría inmediatamente en busca del Algua- 
cil mayor para que en servicio de ambas majesta- 
des (Dios y el rey) viniese á aprehender á aquel 
forastero. Vendría el Alguacil con su vara alta de 
ordenanza, llevaríase al cuitado hasta la casa de 
asta-bandera, que era nada menos que el Cabildo, 
le sometería á un interrogatorío prolijo con jura- 
mento previo de si era católico, apostólico, roma- 
no ; inquiriría de él las miras ocultas, en deser- 
vicio de S. M. que le hubieran traído á aquella 



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Un Gobierno de otros tiempos 259 

población, etc., etc. Tras del Alguacil vendría á 
preguntar el alcalde de segundo voto, después el 
de primero, en seguida el comandante militar de 
la guarnición, á quien por fuerza habia de anto- 
jársele portugués el intruso, y por último le lle- 
varían á desfogar su curiosidad á la cárcel. Una 
vez allí, ya tendría para muchos dias, hasta que 
le dieran su pasaporte remitiéndolo á Europa ó 
á Buenos Aires, en algún barco que la casualidad 
trajera al puerto, siempre que su inocencia hubie- 
ra quedado plenamente justificada. 

Pudiera suceder, con todo, que como los barcos 
venian al puerto por Pascua florida, ó como quien 
dice de año en año; al forastero le fuese dado en el 
interregno hacer relaciones con el Alguacil ma- 
yor, el oficial de la guardia de cárcel, y alguno 
que otro personaje atraido por la novedad de una 
cara nueva entre tantas ya viejas de puro conoci- 
das. Si lograse agradar, su prisión se haría me- 
nos dura, en seguida se le dispensarían ciertas 
atenciones como la de comer con el oficial de 
guardia, después alguna noche pasearía á escon- 
didas con la ronda, más adelante el comandante 
de la guarnición militar le sometería á un nuevo 
interrogatorío con ganas de perdonarle, después 
le llamaría el mismo funcionario á jugar una ma- 
lilla con él, se repetiría la invitación á la semana 
siguiente, después cada tres noches, después to- 
das las noches, hasta que habiéndose aficionado 
el gefe á su trato, le diría entre dos bocanadas de 
humo, y en pos de la malilla una noche : « Pero 
hombre ¡ qué diantre ! si yo creí que usted era 



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26o Estudios Literarios 



portugués ! » La amistad entonces se estrecharía 
entre el forastero y el gefe militar . 

Con pretesto de visitar aquel á éste comenzaría 
á saür de dia, después iría á Misa mayor, mas tar- 
de conquistaría el título de estante, que era el 
primer paso para llegar á habitante y verse libre 
de la vijilancia déla autoridad. Su concurrencia á 
la iglesia le haría conocer á las doncellas de la po- 
blación, que algunas eran bastante lindas y todas 
ellas nobles, como que sus padres eran por ley 
hijosdatgos y pei'sonas nobles de linaje y solar cono- 
cidos, y ellas como hijas suyas gozaban todas las 
honras y preeminencias que deben haber y gozar los 
hijos y descendientes lejitimos de aquellos. Supo- 
niéndole soltero y libre, se prendaria con éxito de 
alguna, y un enlace pondría fin á la aventura, co- 
mo lo pone en las comedias. El pueblo raro don- 
de sucedían estas cosas hacen ciento y cuarenta 
años, era al que el Rey de España llamaba « mi 
noble y leal ciudad de San Felipe de Montevideo. » 

Como se vé, Montevideo en el año de 1738 no 
tenia de noble mas que los pergaminos de sus 
hijos, de leal mas que la resistencia que oponía 
de cuando en cuando en favor del Rey á las terri- 
bles embestidas de los charrúas y de los portu- 
gueses de la Colonia, y de ciudad mas que el ga- 
lante dictado que le concedió su padre y fundador 
don Bruno Mauricio de Zabala, en 20 de Diciem- 
bre de 1729, esto es, á los cinco años de haber de- 
salojado de su puerto á los portugueses. Grande 
era la pobreza de los pobladores, según consta de 
lo que el Cabildo había escrito á Felipe V poco 



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Un Gobierno de otros Tiempos 261 



tiempo atrás, para esplicársela en estas palabras 
tocantes : « Y en medio de que no tenemos co- 
mercio alguno ni donde vender nuestros frutos, 
gozamos de tranquilidad y del corto interés que 
la guarnición de este presidio nos deja por ellos 
en el bizcocho que se destina para su manuten- 
ción, el que se fabrica entre los vecinos. » 

Aquellos hidalgos, pues, tenian que amasar 
bizcocho para procurarse rentas. Recorriendo los 
anales de sus asambleas y reuniones, doquiera 
se encuentran los mismos vestijios de su cruel 
pobreza. Con motivo de haberse llenado el pri- 
mer libro que servia para asentar las actas del 
Cabildo, encontrósQ este, que no tenia medios 
para proporcionarse otro, y resolvió lo siguien- 
te : « Habiendo propuesto no tener la ciudad 
ningún haber ni otro arbitrio para el costo de di- 
cho libro, determinamos entre todos, diese cada 
uno lo correspondiente para dicho costo. » Esta 
. situación era agravada por la prohibición absolu- 
ta del comercio con el estrangero, y además por 
la avaricia de los militares que establecían pulpe- 
rías y tendejones, privando á los pobladores del 
último recurso de que podían servirse para ganar 
algún dinero por intermedio del cambio. 

El Cabildo que era la autoridad superior de la 
ciudad, se componía en aquella época de ocho ma- 
gistrados que por el orden de sus títulos y funcio- 
nes designábanse así : un alcalde de primer voto 
y Juez de naturales; uno de segundo voto y Juez 
de menores; un Alférez Real, en quien debia re- 
caer la vara de cualquiera de los alcaldes en caso 
de muerte, ausencia ó enfermedad, y á quien es- 



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202 Estudios Literarios 

taba cometido « sacar el estandarte todos los 
años en la festividad del glorioso San Phelipe 
Apóstol; » un Alguacil mayor, quien continua- 
mente llevaba vara alta de justicia á imitación de 
los alcaldes ordinarios, teniendo á su cargo los 
presos y las cárceles y prisiones que se fabrica- 
ren, y sirviendo de ministro ejecutor de las órde- 
nes y mandamientos de los alcaldes ordinarios, 
con la incumbencia además de Procurador gene- 
ral de la ciudad; un Alcalde provincial y otro de 
la Santa Hermandad para la guardia y custodia 
de los campos; un Rejidor fiel ejecutor y un Reji- 
dor depositario general. A esta reunión de ma- 
jistrados deliberando juntos, era á lo que se lla- 
maba « el Cabildo. » 

Reuníanse con frecuencia, discutían la manera 
de arbitrar recursos para hacer frente á la hosti- 
lidad de los naturales continuamente agavillados, 
decretaban reclutamientos de gentes, y marcha- 
ba siempre alguno de ellos entre las tropas desti- 
nadas á las facciones de la guerra. La fórmula 
sacramental de sus actas era esta: « reunidos y 
congregados en la sala de sks ayuntamientos como lo 
han de costumbre, para tratar y conferir el mayor 
bien de esta República, acordaron unánimes y confor- 
mes, etc. » Cuando escribían al Rey, encabezaban 
sus cartas con la palabra « Señor: » Cuando el 
Rey les contestaba, encabezaba las suyas con es- 
tos términos : « Consejo^ Justicia y Rejimiento : 
Caballeros, Escuderos, Oficiales, y hombres bue- 
nos de la Ciudad y Puerto de Montevideo. » Los 
miembros del Cabildo duraban un año en sus 
funciones, desde el i.*^ de Enero en que comenza- 



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Un Gobierno de otros tiempos 263 

ban, hasta el i.** del mismo mes del año siguiente 
en que entregaban el mando. La elección de sus 
sucesores se verificaba por ellos mismos, echando 
cédulas con el nombre que cada uno de ellos de- 
seaba escribir, en una urna al cargo de un niño 
de siete años, que era el que las revolvía y sacaba 
al acaso. 

La fiesta mas grande de la ciudad era la de su 
I>atrono San Felipe, el dia i.° de Mayo. Echábase 
anticipadamente un bando anunciando el suceso, 
y todos se preparaban con la mejor voluntad á 
contribuir al esplendor del acto. La víspera por 
la tarde el Cabildo en corporación, vestidos sus 
individuos de rigorosa gala, casacon, medias lar- 
gas, zapatos con hebillas de plata, sombrero tri- 
cornio, espadin y coleta empolvada, rompiendo 
la marcha el Alférez Real con el estandarte, acom- 
pañado de todos los vecinos y del gefe y los ofi- 
ciales de la guarnición, se encaminaban á la 
iglesia. Allí con un recojimiento ejemplar se cele- 
braban las vísperas del Apóstol : al dia siguiente 
se hacia la función y después venia la procesión 
con igual solemnidad. Sinembargo, el orden de 
marcha por las calles y la colocación del Alférez 
Real, fué obgeto de serias disputas : el Cabildo 
sostuvo siempre que el estandarte representaba 
la persona del Rey y el poder de su soberanía, 
por lo cual le competía el primer puesto á la de- 
recha de todos : sostuvieron lo contrario algunos 
gefes militares y después los gobernadores de 
Montevideo, alegando que el Cabildo por ensal- 
zarse á si mismo colocaba al Alférez Real en el 



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264 Esludios Literarios 

puesto de preferencia : la disputa llegó hasta la 
Corte, y el Rey dio la razón al Cabildo. 

El clero era muy respetado, por ser tan humilde 
<;omo bueno : su personal se componía de frailes 
franciscanos, cuyos servicios se recordaban .con 
mucha gratitud. Asi consta de un certificado 
puesto por el Cabildo al pié de cierto memorial 
que presentó fray José Gabriel Cordovés, y en el 
cual se dice : « Certificamos y damos verdadero 
testimonio de ser cierto todo lo que este Memo- 
rial refiere : que nos consta que no han habido 
otros capellanes desde el año de veinte y cua- 
tro (1724) hasta el presente sino los relijiosos de 
nuestro Seraphico Padre San Francisco, y que el 
año de 26 vino de sota cura el R. Padre Fray Ber- 
nardo Casares, y el año de veinte y siete vino de 
cura y Vicario el R. Padre Fray Esteban Méndez, á 
quien le sucedieron el R. Padre Fray Juan Cardoso 
y el R. Padre Fray Marcos Toledo: todos relijiosos 
del Seraphico y Sr. San Francisco, y que el R. Pa- 
dre Fray Joseph Gabriel Cordovés ha estado de 
Capellán de esta Guarnición y teniente de Cura 
desde el año de treinta y uno hasta el presente; 
con mucha estimación y honor pues en todas las 
ocasiones que se han ofrecido en administrar los 
Santos Sacramentos, ha estado muy pronto con 
toda voluntad y cariño; y en todo lo demás que 
se ha ofrecido ; y más certificamos que es cierto, 
que la primera Misa que se celebró en nuestra 
iglesia Matriz la hizo dicho R. Padre Fray Ga- 
briel Cordovés rezada &.» 

La pobreza de los habitantes de Montevideo 



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Un Gobierno de otros Tiempos 265 

hacia totalmente imposible por estos tiempos, la 
creación de impuestos ó contribuciones que no 
hubiesen podido ser satisfechos. Apelábase en 
los casos graves á prestaciones voluntarias, por 
medio de las cuales convenían los vecinos en 
cotizarse según el monto de sus exiguos sobran- 
tes. De aqui nació la costumbre de ciertas reu- 
niones populares efectuadas generalmente en la 
iglesia, á las que asistían los majistrados y los 
vecinos, asumiendo tales juntas el carácter de 
una deliberación pública. Las cuestiones de culto 
relijioso y la fundación de hospicios de caridad, 
alcanzaron solución por estos medios. 

En ima reunión de esa clase que se convocó en 
la capilla de la fortaleza, « en donde infaliblemen- 
te todos los entendimientos convocados serian 
alumbrados de nuestra Señora y Madre de Dios», 
según la espresion del Cabildo, fué acordado 
en 1730 el establecimiento de un hospicio de San 
Francisco, que constase dedos sacerdotes relijio- 
sos y dos legos, sin que se obligaraal pueblo para 
este efecto á ninguna carga, concurriendo cada 
uno con lo que pudiese. Es singular la nómina de 
los donativos que se hicieron en aquel acto, por- 
que ella demuestra una vez más la pobreza de la 
ciudad y la buena voluntad de sus hijos. El de- 
positario general don Jorge Burgués, dijo : « que 
se obligaba á dar cada un año cuatro fanegas de 
trigo, cuatro reses y cuatro carretadas de leña, 
por el tiempo de cuatro años, que se contarían 
desde el dia del desembarco de los padres funda- 
dores.» El Fiel ejecutor don José de Meló, dijo: 
« que se obligaba por el mismo tiempo de los cua- 



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206 Esludios Literarios 

tro años, en dar cada uno de ellos cuatro fanegas 
de trigo, seis carretadas de leña y doce reses.» El 
Alcalde provincial don Bernardo Gaetan, dijo: 
«que se obligaba á dar seis fanegas de trigo, doce 
reses por cada año y seis carretadas de leña en la 
misma conformidad de los referidos cuatro años.» 
Y el Alguacil mayor don Cristóbal Cayetano de 
Herrera, «á dar á los dichos padres por seis años, 
una fanega de trigo porcada un año.» Los padres 
franciscanos aceptaron agradecidos la corta dá- 
diva que se les ofrecía , y vinieron á fundar su 
hospicio para ser los capellanes, los enfermeros y 
los médicos de la ciudad. 

Esta forma de acuerdos se conservó durante 
casi todo el resto del tiempo de la dominación 
española, y si el despotisrho de los gobernadores 
militares la echó en olvido, no por eso dejaron de 
tenerla en cuenta y desearla siempre los vecinos. 
Cuando quería echarse sobre la ciudad algún 
impuesto nuevo, reuníanse de esta suerte los po- 
bladores convocados por el Cabildo, y daban su 
adquiescencia levantando la mano derecha en 
señal de aprobación si lo admitían, y en seguida 
ofrecía cada uno la cuota que le era posible dar; 
pero si lo rechazaban, decían sencillamente «no 
podemos» ó «no queremos.» Si el gefe militar de 
Montevideo ó el gobernador de las .provincias del 
Rio de la Plata que residía en Buenos Ayres, 
insistían en el empeño,el Cabildo replicaba enton- 
ces que era imposible ceder á lo pedido, pues los 
escasos recursos de los pobladores no les dejaban 
hacer sin grandes sacrificios el desembolso que 
se les exijía en nombre de S. M. ; alegando que 



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Un Gobierno de otros tiempos 267 

nadie menos que S. M. habia de desear que sus 
fieles vasallos pasasen hambres. Pero si apesar de 
esto la imposición y la amenaza se hacían sentir 
de parte de aquellas autoridades, el Cabildo es- 
cribía una larga carta al rey notificándole esten- 
samente lo ocurrido, y el rey contestaba ordenan- 
do á su gobernador en Buenos Aires que no se 
incomodase en nada á aquellos vasallos y de paso 
les trascribía á ellos la carta, enviándoselas bajo 
cubierta del gobernador, que era como darle á 
este un golpe en medio de la cara. 

Las cartas del rey se abrían con mucha cere- 
monia y en plena reunión del Cablido, con asis- 
tencia del comandante militar de la fuerza ar- 
mada : el Alcalde de primer voto como presidente 
nato de la corporación rompia los sellos estando 
él y todos los concurrentes de pié : luego ponia 
tres veces la carta sobre su cabeza en señal de 
obedecimiento, y después la leia. Concluida la 
lectura, mandábase copiar la carta en los libros 
capitulares precediéndola de señaladas muestras 
de agradecimiento al rey por sus favores, para 
depositar después el orijinal en los archivos : el 
comandante militar firmaba el primero de todos 
el acta, y en seguida salia tirándose del bigote ya 
que no podia tirar de la espada para concluir con 
aquellos charlatanes que á la larga solian ganarle 
la partida. 

Pero no se crea que era solo escondiéndose 
tras de 1a autoridad de rey que el Cabildo luchaba 
contra el despotismo de los gefes militares : tam- 
bién les acometía de frente y sabia desafiar sus 
iras. En 1734 el capitán don Frutos de Palaphox 



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208 Estudios ¡Jierarios 



y Cardona, despachó al campo por su cuenta al 
Alguacil mayor y á otro de los miembros del Ca- 
bildo : quejóse la corporación de este proceder 
ilegal, y como que Palaphox no desistiera de su 
empeño, el Cabildo impuso una multa de veinte 
pesos al Alguacil cada vez que saliera sin su per- 
miso ; por manera que cada ocasión que el gefe 
militar le ordenaba una salida, el Alguacil le 
hablaba de la multa. Otro dia, un oficial déla 
guarnición se tomó en palabras con el Alcalde 
de 2**. voto : replicóle el Alcalde de tan mala ma- 
nera y con semblante tan hosco, que el oficial no 
quiso pasar mas adelante y se quejó á su gefe. 
El asunto llegó hasta el gobernador de Buenos 
Aires, quien inmediatamente ordenó la destitu- 
ción y aprisionamiento del Alcalde, con embargo 
de bienes, etc., pero las palabras del majistrado 
al oficial quedaron subsistentes. Con motivo de 
estos piques, mandó el gobernador que no se 
reuniese el Cabildo sin permiso del comandante 
militar, lo que era una violación flagrante de las 
leyes. Protestó el Cabildo con cargo de apelar al 
rey, pero tuvo que someterse á la imposición de 
la fuerza. Asi andaban las cosas cuando un dia en- 
viaron recado á don Domingo Santos de Uriarte, 
teniente coronel y gefe de la plaza entonces, para 
que concurriera á una junta de la corporación 
que le esperaba en el local de su ayuntamiento : 
replicó el comandante « que pasaran al Fuerte ó 
que el enviaria á buscarles» mandáronle ellos 
decir «que se sirviera pasar al local de sus juntas, 
por no ser costumbre celebrarse cabildos en el 
Fuerte,» y entonces montando en cólera Uriarte 



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Un Gobierno de otros tiempos 269 

les respondió : « que se aprontasen para ir todos 
presos al Fuerte: que él daría parte al gobernador 
de Buenos Aires ». Ante una amenaza de esa laya 
el Cabildo determinó declararse en junta perma- 
nente y oponer el derecho á la fuerza. Súpolo 
Uriarte, y después de tanto barullo concluyó por 
hacer la cosa mas vulgar del mundo : callarse la 
boca. 

No estaban sinembargo, libres de disensiones 
y rencillas internas, los miembros de aquella 
corporación, puesto que su triple resistencia álos 
charrúas, á los portugueses y á los gefes militares, 
todavía les dejaba tiempo para reñir entre ellos. 
El primer Cabildo tuvo discusiones tan acalora- 
das y altercados tan violentos, que Zabala desti- 
tuyó desde Buenos Aires al Alcalde de primer vo- 
to y al Procurador general. Cuando el oficio de 
destitución llegó á manos del Cabildo, reunióse 
éste, y tuvo el dicho alcalde, su presidente, que 
abrirlo: leyó el contenido, y sin decir una palabra, 
arrojó la vara sobre la mesa, se cubrió y salió: el 
Cabildo hizo constar en su libro de actas aquella 
desdeñosa demostración. En 1737 don Tomás Te- 
jera electo Alférez Real, no comparecía al Cabildo: 
conminósele á asistir, y replicó por toda respues- 
ta al Alguacil mayor: « pueden multarme si quie- 
ren, y rematar mi casa y atahona para pagar la 
multa; pero en cuanto al empleo no lo quiero, 
pues yo no vivo de la Vara como el Alcalde de 
primer Voto.» En 1738, don Juan Delgado Melilla 
electo Alguacil mayor, tuvo varias disputas con 
el Alcalde de segundo Voto teniente don Ramón 
Sotelo: una noche, á las once de ella, encontró 



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370 Esludios Ulerarios 

Mclilla á Sotelo por la calle, tiró de la espada, le 
provocó con palabras, y se acometieron ambos 
á sablazos batiéndose hasta que vino la ronda á 
separarles. Dejaran, pues, de ser hidalgos espa- 
ñoles aquellas gentes, si no hubieran dedicado 
una parte de sus ocios á dormir la siesta y á re- 
ñir, dos operaciones de tanta importancia que 
constituian el buen tono español en la vida délos 
hombres bien nacidos. 

Se preguntará, con todo, { cómo era posible 
dormir tres horas de siesta, teniendo tantos que- 
haceres públicos y privados á que atender, y vi- 
viendo en un estado permanente de guerra con- 
tra el estrangero y contra los naturales del país ? 
La respuesta es sencilla. Levantábanse nuestros 
abuelos antes de venir el dia, y después de rezar 
y desayunarse trabajaban sus chacras desde esa 
hora hasta las once de la mañana: á las once co- 
mian, desde las doce hasta las tres dormían su 
siesta: á las tres, después de un lijero refirijerio 
volvían al trabajo hasta ponerse el sol: mas tarde 
cenaban, luego tenían un rato de ' conversación 
en familia, en seguida se rezaba el rosario, y á las 
nueve de la noche todo el mundo estaba dur- 
miendo tranquilamente. Las reuniones del Ca- 
bildo eran generalmente á las siete de la mañana: 
las deliberaciones públicas se efectuaban el día 
Domingo, después de Misa, día en que nadie tra- 
bajaba. Los cuidados de la guerra se repartían 
entre todos, pero el Alcalde provincial y el de la 
Santa Hermandad tenían á su cargo varías parti- 
das de soldados con las cuales ejercían la víjilan- 
cia de vanguardia. No se movía un hombre por 



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Un Gobierno de otros Tiempos 271 

las vecindades del Santa Lucia sin que el Cabildo 
y el gefe militarlo supieran en el acto: si este mo- 
vimiento era precursor de alguna correría de los 
portugueses ó de algún asalto de los charrúas, 
entonces se convocaba la milicia, repartíase en- 
tre todos el servicio activo, y no habia descanso. 
Por estos medios lograban aquellos hombres de 
hierro gobernar la república, administrar sus 
haciendas, hacerla guerra, reñir entre ellos, edu- 
car á sus hijos y dormir la siesta. 

Constantes y aferrados en sus ideas, incubaron 
en los que les rodeaban un espíritu de saludable 
resistencia á la opresión, y una tendencia fiscali- 
zadora que regularizó y fortificó la administra- 
ción pública. Sin desmayar un dia lucharon vein- 
tiséis años para obtener un gobernador nombrado 
por el Rey, y algunas franquicias comerciales 
que les permitieron desarrollar sus elementos de 
industria. Los anales de sus actos políticos, ad- 
ministrativos y militares, escritos en los libros 
de sus cabildos y en su correspondencia oficial 
con el Rey, el Gobernador de Buenos Aires y más 
tarde con el de Montevideo, demuestran en ciern 
tos casos un sentido práctico que se asemeja mu- 
cho á la razón política iluminada por la moral y 
la ciencia. El respeto de que supieron rodearse 
. en el hogar doméstico, les dio una autoridad sin 
límites sobre sus hijos, á quienes modelaron en 
las formas de su carácter propio, preparando sin 
saberlo aquellas almas fuertes que concibieron y 
ejecutaron la gran revolución que nos dio la in- 
dependencia y la libertad. 
Sin que muchos de ellos supieran leqr, ni la 



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2/2 Estudios Literarios 



minoría tuviera una ilustración que pasara del 
nivel común de la mediocridad, la gestión de los 
negocios públicos les abrió horizontes que ilu- 
minaron sus espíritus, perfeccionándolos por el 
ejercicio de la noble misión de hacer el bien co- 
lectivo. El orgullo de un mando restringido por 
el despotismo de los dueños de la fuerza, les obli- 
gó á hermanar su interés propio con el interés 
público, y de ahí nació el patriotismo que les fué 
ennobleciendo dia por dia hasta hacerles aptos 
para afrontar los sacrificios mas duros. La fic- 
ción que diviniza el obgeto de un cariño desinte- 
resado y puro, concluyó por hacerles creer que 
su pueblo era el más hermoso y el más noble de 
la tierra, y así hablaban de su ciudad de cien ran- 
chos, como un romano de los tiempos de Mételo 
hubiera podido hablar de la capital del mundo. 
Tales eran los fundadores de Montevideo, en su 
carácter oficial y en sus cuestiones domésticas. 

Lsi fagon parisienne de ciertos petimetres de hoy, 
podrá encontrar un tanto ridicula la coleta em- 
polvada y los zapatos con hebillas de plata de 
aquellos pobres viejos; podrá la facundia ergotís- 
tica de algún leguleyo, jactarse de que hablando 
con ellos les habria confundido al primer distin- 
guo et argumentabor que les lanzase al rostro; la 
pretensión fastidiosa de algún retórico de punto 
y coma, encontrará demasiada prosopopeya en 
el modo como espresaban sus sentimientos; la 
vanidad de algún poeta inédito, no querrá conce- 
derles esa sencillez de corazón que lleva en los, 
momentos supremos á la poesía; pero el hombre 
sensato, el jurisconsulto, el literato sin preocu- 



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Un Gobierno de oli'os fiempos 273 

paciones y el poeta verdadero, convendrán en 
que si la forma esterior de su individualidad y de 
sus actos no se ajustaba á prescripciones amane- 
radas, el móvil que los guiaba era noble, y apesar 
de las dificultades que les creó su escasa noción 
de los negocios, tuvieron el sentimiento del pa- 
triotismo y procuraron labrar la felicidad común, 
único fin del derecho. Y si bajáramos nosotros al 
fondo de nuestra conciencia, para examinar á su 
luz nuestros procederes del pasado y nuestras 
pipetensiones ocultas del porvenir; si concediéra- 
mos á la vanidad de nuestra generación el des- 
cender un instante del pináculo donde ella se ha 
colocado, y poniéndose al nivel de aquellos viejos, 
la permitiéramos que nos dejase compararnos 
con ellos; si nuestra crónica de lo presente se re- 
capitulara y osásemos ponerla al lado de la his- 
toria de lo que fué ; con cuánta razón podria re- 
petir cada uno al que le precediese : « no hemos 
sido dignos de nuestros abuelos : no lo somos 
tampoco de nuestros padres ! » 




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LAS TRILLAS 




I L labrador uruguayo no ha conquistado 
aún la importancia que su misión civili- 
zadora le dá derecho á tener. Aislado por 
las grandes distancias que le separan de 
los principales centros de comercio, damnificado 
por la carestía de los trasportes, divorciado del 
estanciero y del gaucho, porque el primero afecta 
no necesitarle y el segundo le mira de reojo ; el 
labrador pasa su vida entre el miedo de la gue- 
rra, el presentimiento de las malas cosechas y el 
disgusto de las antipatías que inspira. Por esta 
razón la agricultura, si se esceptüan los departa- 
mentos de Montevideo, Canelones y Maldonado, 
no se ha aventurado en el resto del país á salir 
del ejido de los pueblos. Algunos ensayos muy 
importantes en los departamentos de la Colonia 
y Paysandü, no son sino escepciones que confir- 
man la regla. 



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276 Estudios Literarios 

De manera que el labrador, estrechado por mu- 
chas necesidades, no tiene otro medio social en 
que espandirse que las relaciones con sus vecinos 
del mismo gremio, lo cual si bien ha orijinado en- 
tre todos una amistad tradicional, no por eso les 
ha librado de los inconvenientes anexos al aisla- 
miento, con respecto á las otras parcialidades in- 
dustriales de la nación. Se infiere desde luego, 
que á esta acumulación de inconvenientes ha de 
seguirse una laxitud muy marcada en los progre- 
sos de la industria agrícola, cuyos trabajos, pro- 
lijos de suyo, se recargan por la escasez de ele- 
mentos con qué llevarlos á cabo. 

Asi, mientras los descubrimientos modernos 
parecen haber reivindicado para el labrador yan- 
kee el derecho de no regar la tierra con el sudor 
de su frente, colocándole sobre un arado que es 
un carruaje y dándole segadoras y trilladoras 
movidas por el vapor ; el labrador nuestro se sir- 
ve todavía, con raras escepciones, de aquel arado 
que pudo ser una prenda admirable en los tiem- 
pos de Darío el persa, pero que hoy es un mueble 
en desuso doquiera que la agricultura adopta 
procederes científicos, y aspira á señalarse por 
pingües rendimientos. Que este suceso pueda 
ser culpa en parte de la posición escepcional en 
que el labrador se halla colocado, no por eso 
revela menos un atraso grande en los que vi- 
ven del producto directo de la tierra. Es cierto 
que algo se reacciona en el sentido de matar la ru- 
tina que tantos daños causa en el arte agrícola, 
es verdad también que algunos instrumentos mo- 
dernos se han introducido y algunos procederes 



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Las Trillas 277 



enderezados á utilizar esos instrumentos se han 
puesto en práctica, pero con todo, nuestro labra- 
dor no ha salido todavía de la pobre condición 
del labriego. 

Por otra parte, sus aperos de labranza, el ajuar 
de su casa y los vestidos de su persona, revelan 
esta verdad. Unos tamangos de cuero, rellenos de 
bayetas y ajustados al pié por una correa ó liento 
que se enhebra en ojales abiertos acuchillo: unos 
calzones gruesos y remendados, ó en su defecto 
un chiripá puesto á guisa de faja cayendo desde 
la cintura hasta cubrir las pantorrillas ; una ca- 
misa de lienzo con hormillas en vez de botones, 
abierta lo suficiente en la pechera para dejar ver 
la punta de un escapulario ó reliquia que su due- 
ño lleva al cuello ; una chaqueta de paño burdo ; 
cuchillo á la cintura, pañuelo en la cabeza para 
aprisionar el cabello que pugna por salirse en bu- 
cles, un sombrero deteriorado, otro pañuelo so- 
bre el sombrero en forma de barbijo y á fin de 
que no vuele con el viento : hé aquí el traje del 
labrador uruguayo. En cuanto al hombre dueño 
de este traje y subdito de esa profesión, basta co- 
nocer á uno para suponerlos á todos. El rostro y 
las manos tostados por el sol, formando un raro 
contraste con la frente blanca de puro estar cu- 
bierta ; la mirada tranquila como de quien gana 
el pan con el trabajo honrado y diario; el pecho 
ancho y fornido, los músculos desarrollados ; vi- 
goroso, derecho, nunca obeso ; desconfiado de 
los que no conoce, pero franco y abierto con sus 
amigos ; severo con sus hijos varones á quienes 
hace trabajar desde pequeños, pero indulgente 



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278 Estudios Literarios 



con las mujeres cuya educación confía á su es- 
posa ; tal es el tipo físico y moral de nuestro 
labrador. 

Su vivienda se divide en dos departamentos ó 
ranchos separados : en el uno habita él con su fa- 
milia, y en el otro deposita sus herramientas y los 
frutos de la cosecha, y tiene el fogón de la cocina 
y el gallinero. En vez de la ramada que el estan- 
ciero forma para dormir la siesta ó hacer descan- 
sar á los caballos de los transeúntes y al suyo pro- 
pio, el labrador edifica una especie de tinglado al 
cual llama culata^ bajo cuyo techo puntiagudo de- 
posita las provisiones frescas. También constru- 
ye un pequeño chiquero para crear el cerdo ó los 
cerdos que siempre mantiene y un horno para 
fabricar el pan. Las piezas que habita y lasque 
sirven de depósito para sus menesteres indus- 
triales, están edificadas de suerte que forman ca- 
lle, dejando á su frente un espacio cuadrado que 
se llama patio. En el patio hay uno ó dos barriles 
llenos de agua para beber ; á poca distancia de la 
casa y limitando el patio, hay por lo común un 
pequeño jardin, cuyas flores sirven para adornar 
á las muchachas y obsequiar á las visitas que no 
son muy frecuentes. 

El interior de las piezas que habita está dividi- 
do por dos tabiques : el primero cuadra la vivien- 
da del matrimonio, y el segundo divide el alo- 
jamiento de los hijos varones que á la vez es 
comedor, del de las mujeres que siempre es el 
último de la casa. Las piezas están amuebladas 
con sencillez y las paredes adornadas con algu- 
nas estampas de santos : también suelen ostentar 



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Las brillas 279 



por adorno alguna décima ó composición poética 
puesta en letra sobre un papel lleno de dibujos de 
mal gusto, y en ocasiones el retrato de algún cau- 
dillo célebre ( Rivera ó Flores) . El pavimento de 
las habitaciones es duro y terroso, pero muy ba- 
rrido ; el mobiliario lo constituyen las camas, una 
mesa de comer y algunos bancos ; y los hay que 
tienen cuatro ó seis sillas de madera gruesa y 
hasta una guitarra y unacordion grande. Dos co- 
midas hace el labrador por dia, una á las doce y 
otra después de entrado el sol : se levanta al ra- 
yar el alba, desayunándose con mate ó café ; al- 
gunos duermen siesta á medio dia en verano, 
pero ninguno se acuesta tarde á la noche. Los 
cuidados domésticos en su totalidad, la cocina, 
el lavado, la costura, el reparo del pequeño jardin 
cuando lo hay, corren todos por cuenta de las 
mujeres de la casa. Si el labrador es rico, las pa- 
redes de su vivienda son de material : si es muy 
rico, la casa es de azotea. 

Sus herramientas imprescindibles son, en pri- 
mer término el arado sea de antiguo ó nuevo sis- 
tema, después la horquilla palo largo que se bi- 
furca hacia su fin en dos puntas como lo indica 
su nombre, y sirve para amontonar las mieses, 
echarlas al carro, andar con la leña y revolver la 
parva; después el aven/arfor, que esotro palo en 
cuya punta se clava horizontalmente un trozo 
recto como de media vara de largo con dientes de 
madera, y sirve para separar el grano de la paja ; 
después el rastrillo, la azada, la pala, el pico,, un 
morral de cuero para echar el grano en los dias 
de siembra, una picana para avivar á los bueyes, y 



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28o Esltidios Literarios 



una correa, tiento ó cuerda que se le ata al buey 
de la izquierda en la oreja del mismo lado para 
dirijirle cuando vá arando en 3runta : también se 
les ata á ambos un medio bozal ó bocado, que se 
llama trompeta para que no se coman los nacien- 
tes frutos de la siembra mientras trabajan. Estos 
instrumentos son tantos en número cuanto más 
rico es el labrador y más grande el área de tierra 
que cultiva. El camfK) de labranza representa en 
menores proporciones lo que debe ser una colo- 
nia agro-pecuaria : hay en él un retazo de terreno 
valdío que se destina á los bueyes y caballos para 
que pasten : el resto de la heredad es lo que se 
cultiva. Luego que un labrador obtiene rendi- 
mientos de alguna consideración, trata de aumen- 
tar su parque industrial con una carreta. 

Todos los bueyes de labranza tienen su nombre 
propio, que se deriva de sus calidades físicas ó 
del color del pelo : así les llaman, Bandera, Yagua- 
néf Leckiguana, Zaraza, etc. Para animarlos á arar 
y cuando se desvian del camino, el labrador tira 
de la rienda y les grita : Surco ! Al cruzar los cam- 
pos, en el acto se apercibe uno de si están arando, 
por las voces de entonación monótona que repi- 
ten á cada instante : / Surco Yaguané ! ¡ Surco Ban- 
dera I 

Después de los bueyes, el animal que goza de 
mayores prerogativas es el perro de la casa. Ge- 
neralmente es un mastín formidable atado á ca- 
dena; tiene vivienda propia, que es una especie 
de cabana, por que el labrador en seguida de ha- 
cer su casa hace la del perro. Las rojas fauces del 
animal^ sus poderosas manos, la anchura de sus 



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Las Trillas 281 



lomos y la fuerza con que ladra continuamente, 
prueban que está alimentado con abundancia. 
Por lo común, igualmente se deriva el nombre 
del perro de su color ó de sus condiciones pro- 
pias, y se llama Palomo, ó Tigre, Congo. Turco, 
según convenga calificarle. Otros perros hay 
también que se agregan á la casa, pero ninguno 
goza de la prerogativa de estar á cadena, ni se 
atreve á disputarle al encadenado la ración de ali- 
mento : para despicar el mal humor que esta in- 
ferioridad de posición debe causarles, se entretie- 
nen en atropellar á los caballos de los transeúntes, 
correr á las gallinas, y jugar allá á su modo entre 
los yuyos . 

Por el mes de Marzo levanta el labrador el ras- 
trojo. Esta operación se circunscribe á pasar el 
arado sobre la tierra cubierta de los residuos de 
la cosecha recojida, y á quemarlos. El arado se 
pasa por primera vez á lo largo del terreno, des- 
pués se cruza por lo ancho, á fin de remover la 
superficie del campo y alistarla para los dias de 
siembra. La planta cuyo beneficio tiene mayor 
trascendencia entre todas, es el trigo : sea por 
que con ella se elabora el pan, símbolo del ali- 
mento humano y del bienestar social ; sea porque 
requiera en si misma mayores cuidados que las 
otras, la siembra del trigo y su recolección gozan 
del privilejio de asumir las proporciones de un 
acontecimiento público. 

Desde el dia en que el trigo se deposita en los 
surcos abiertos para su cosecha, hasta el dia en 
que se recoje y se beneficia : sólo él tiene la facul- 
tad de ser tema obligatorio de todas las conver- 



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282 Estudios Literarios 

sacioncs, así en ei hogar doméstico como en el 
vecindario. Se calculan anticipadamente sus ren- 
ídimientos; se gradúan las heladas que trae cada 
luna, las lluvias que caerán, las ventajas de un sol 
fuerte á debido tiempo, y todo aquello que suscita 
ó atemoriza el interés del cultivador. 

La época de la siembra del trigo es desde Mayo 
hasta Julio. En ocasión de esta tarea, se conoce 
la fraternidad que reina entre los labradores. 
Luego que uno de ellos se propone sembrar y ha 
abierto las melgas, que son los espacios de tierra 
comprendidos entre cada dos grandes surcos pa- 
ralelos hechos por el arado, lo avisa á los vecinos, 
indicándoles el dia fijo en que comienza el trá- 
fago. Desde que rompe el alba del dia indicado, 
aparecen como en romería los vecinos con sus 
yuntas y sus arados : desayünanse juntos con 
aquel á quien van á ayudar, y parten alegres al 
trabajo; los sembradores con sus morrales de 
cuero repletos de grano, y los aradores con sus 
jruntas y sus arados. El dueño de casa, patriarca 
de aquella tribu improvisada, luego que ella llega 
á su destino, señala 'el terreno por donde ha de 
comenzarse el trabajo, toma el primer puñado de 
trigo, levanta el brazo y arroja la simiente á los 
cuatro vientos. A esta señal, rompen los sembra- 
dores la marcha paso á paso, arrojando en todo 
el espacio de la melga puñados de trigo. Tras de 
ellos pasan los aradores surcando la tierra, á fia 
de enterrar el grano, hasta que la primera melga 
queda sembrada. La misma operación se repite 
en seguida sobre las demás partes del terreno, 
dejándolo listo al caer de la tarde. Algunos dias 



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Las brillas 283 



después el labrador empareja la superficie del 
sembrado con una rastra ó aglomeración de pa- 
los de membrillo, sujetos por correas y gajos 
gruesos, y tirados por yuntas. Asi sembraban y 
cultivaban sus campos los patriarcas de las tri- 
bus antiguas. 

Apenas nacen l^s primeras espigas de trigo, el 
labrador las arranca y las lleva á la iglesia para 
ofrecerlas á San Isidro ó á la Virgen. Después que 
ha puesto su fortuna del año bajo los auspicios 
de la Relijion, espera la época de la siega que es 
en Diciembre. Gran movimiento reina en los 
cam'pos durante ese mes, porque los segadores 
cruzan en cuadrillas ofreciendo su trabajo, y los 
dueños de muías y de yeguas también se dan 
priesa á contratar sus servicios para las trillas 
que ya están en perspectiva. Como que todas es- 
tas gentes tienen la seguridad de encontrar re- 
compensa á sus afanes, se hacen rogar por los 
que les solicitan antes de cerrar trato, mas siem- 
pre hay una medida común que regula los pre- 
cios y que se establece de suyo, con la mayor ó 
menor abundancia de las cosechas. Por manera 
que los contratos llevan el sello de la condición 
del año en que se efectúan. Sinembargo de ello, es 
tan necesaria la presencia de los segadores, que 
una gran parte de los peones de la ciudad aban- 
donan su trabajo habitual para ocuparse de la 
siega, en cuya tarea ganan comunmente salarios 
mas altos de los que en los pueblos se les asignan. 
En cuanto á los dueños de tropas de muías y 
yeguas, tienen también una promesa de buenas 



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284 Estudios Literarios 



utilidades en la cooperación que prestan á los 
labradores. 

El trabajo de segar parece mas complicado de 
lo que es, y es mas sencillo de lo que parece. Á 
primera vista, cuando se mira á un segador ar- 
mado de su hoz filosa y abrazándose al trigo al 
mismo tiempo que tira el corte hacia adentro, 
cree uno que es inminente el peligro que corre el 
hombre de cortarse, y mucha la fuerza que hace 
para cojer la brazada de mies; pero luego de 
observarle con tiento, conviénese en que la ba- 
quía suple á todas las dificultades, pues el sega- 
dor tiene un tacto especial para hacer su trabajo. 
Cada brazada que ¿orta, la lía inmediatamente 
con un tallo del mismo trigo cortado; á esta ope- 
ración se llama engavillar^ y á cada mazo asi liado 
gavilla. Las gavillas de trigo se van dejando en 
el campo, hasta que llega el momento de formar 
las parvas. El segador ó los segadores empleados 
en el corte y engavillamiento del trigo, se detie- 
nen en la operación, según sea de grande ó de 
pequeña el área de tierra cuyo dueño les ha pues- 
to á su servicio. Suele suceder también que el 
deseo de concluir pronto, ó lo reducido del local 
cuyos frutos se cosechan, hagan que el dueño ,de 
casa prefiera no engavillar el trigo. 

Las trillas empiezan en los últimos dias de Di- 
ciembre y concluyen con el mes de Febrero. Para 
prepararse á la trilla, el labrador comienza por 
alquilar la mulada ó yeguada que debe pisar el 
grano. En seguida forma la Era, que es un corral 
provisorio de palos enclavados en tierra, separa- 



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Las brillas 285 



dos por espacios regulares entre sí y maneatados 
con correas de cuero que se enlazan de uno en 
otro. Si la cosecha es mucha, se forma mas de 
una era. Luego que la era está formada, empié- 
zase á trasportar el trigo para hacer la parva: hay- 
ocasiones en que el trigo se trae en carretas, mas 
otras veces no se hace así, porque todo depende 
de la cantidad de grano que ha de trillarse. El 
trigo se va colocando en la era de mayor á menor, 
con el fin de que en esta proporción asuma su for- 
ma tradicional la proyectada parva. Cuando la 
parva queda concluida, se la cubre con cueros 
para librarla de los rocíos fuertes ó de los aguace- 
ros tan frecuentes en el verano. Con esta opera- 
ción concluyen los preparativos para la trilla, y el 
labrador espera el concurso gratuito de sus veci- 
nos, y el concurso interesado del dueño de las 
tropillas de muías y yeguas que deben ayudarle 
en su faena. 

Por fin llega el dia de la trilla. Dia de júbilo 
más grande no lo hubo nunca en casa del labra- 
dor ! Desde muy temprano se ven aglomerados 
en la cocina los cargueros de leña y de provisio- 
nes que han de servir para regalo de los concu- 
rrenteSjtestificando á la vez el empeño del gefe de 
la casa en obsequiarles. El patio y las habitacio- 
nes están mas barridos que de costumbre : los 
muchachos y los perros corren á escape por to- 
dos lados : la hora de levantarse se ha anticipado 
ese dia sin protestas por parte de nadie . 

Comienzan á llegar los vecinos saludando con 
el Ave María ó el Deo Gracias de costumbre, á lo 
cual se les responde con el Sin pecado ó con el Ack- 



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286 Esludios Literarios 

lanle que es de práctica. Desayünanse todos en la 
habitación que sirve de comedor, con huevos, 
pan casero, carne y vino ; nadie gasta cumplidos, 
se toma lo que se quiere y no falta quien tome dos 
veces de todo, por que entre las gentes de trabajo 
las hay que son insaciables, siendo de notar que 
los menos aventajados en volumen corpóreo son 
por lo general los mas voraces en el sistema de 
alimentación propia. Durante el desayuno se 
combinan las posiciones que cada cual ha de ocu- 
par : las muchachas á cebar mate, las mayores á 
cocinar y á amasar : los hombres, algunos á ro- 
dear la era para evitar que las muías y yeguas la 
salten, otros á desmoronar poco á poco la parva 
con horquillas para que los animales vayan tri- 
llando. 

Mientras esta brigada de verdaderos trabajado- 
res está entregada á sus faenas, hay otra brigada 
de curiosos, mirones y gentes divertidas, que des- 
de el dia anterior se han hecho á si mismos pro- 
mesa de asistir, y que solo asoman de medio dia 
para adelante. La táctica de estos infaltables es la 
de simular que a3rudan : se presentan en todos 
los lugares afectando mucha priesa, traen partes 
detallados de la era á la cocina, se quejan de que 
el mate ó la caña escasea entre los que trabajan ; 
felicitan á la dueña de casa por la escelencia de 
las masas que ella acaba de trabajar, y que ellos 
se apresuran á consumir en gran parte, sin duda 
para que el elojio sea justificado ; profetizan que 
el precio del trigo será fabuloso ese año, aunque 
carezcan de datos para afirmarlo y lo bajo de las 
ofertas pruebe lo contrario ; lamentan no haber 



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Las Trillas 287 



llegado antes para tomar su puesto entre los mas 
activos, cosa que podrían hacer si lo quisieran ; 
y en suma, no desperdician recurso para dorar el 
móvil que les ha traidoá la trilla, y que en verdad 
no es otro que el de comer, divertirse y hacer lo 
posible por bailar. Los labradores que cuentan 
anticipadamente con esta concurrencia, no hacen 
más que sonreírse al ver sus mentidos apuros ; y 
la dueña de casa, muy mujer de su casa como to- 
das las de su gremio, se desvive por obsequiar á 
estos ingeniosos holgazanes, cuyos chistes y per- 
cances son la sal de la fiesta. 

El trabajo de la trilla prosigue todo el dia, has- 
ta que la parva está deshecha y el grano comple- 
tamente separado de la paja. Entonces comienza 
la operación de reconstruir la parva con el grano 
solamente. Quitanse los animales de la era, y al- 
gunos individuos provistos de aventadores y ios- 
trillos van echando los cimientos de la nueva par- 
va. Cuando todo el grano se ha aparvado, bárrese 
la era, y se echa una capa del polvo sobrante so- 
bre la parva, á fin de resguardar su superficie de 
la lluvia. La paja se amontona para aprovecharla 
mas tarde, sea vendiéndola á los fabricantes de 
ladrillos, sea empleándola en el abono de la tierra 
que la recibe de buen grado cuando se la dan en 
esa forma. Puede decirse con propiedad que solo 
cuando la parva está rehecha, la paja amontona- 
da y la era barrida, es que el trabajo de la trilla 
ha concluido. Entonces los trabajadores se lim- 
pian por última vez el rostro, beben el último tra- 
go, se restregan las manos y echan un cigarro 
como complemento de las fatigas del dia. Arrí- 



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288 Estudios Literarios 



manse los unos á los otros y emprenden coaver- 
sacion, á la cual hace coro el dueño de casa. 

En el Ínterin que se saborea este lapso de des- 
canso, los quehaceres de orden culinario han sido 
victoriosamente llevados á término por la dueña 
de casa y sus comedidas ayudantes. Resuena la 
voz de ordenanza / Á hacer penitencia ! y todos se 
dirijen al comedor, donde humean las fuentes 
bien provistas, sobre manteles blancos y una me- 
sa añadida á la de ordinario, á causa de que el 
tamaño de la habitual, no daría albergue á la 
multitud de convidados y no convidados pre- 
sentes. 

Durante la comida que es abundante y variada, 
la conversación rueda sobre las tareas del dia : 
hay elojios para los que se han mostrado más asi- 
duos, y alguna que otra puya amistosa para los 
flojos. Los mirones hacen olvidar su inutilidad 
sosteniendo el fuego graneado de las bromas, in- 
ventando cuentos al caso y trayendo á colación 
anécdotas de otras trillas, lo cual hace reír á los 
concurrentes que es cosa de ver. El dueño de ca- 
sa, sentado á la cabecera de la mesa, preside el 
banquete con su ordinaria gravedad patriarcal, y 
su esposa volviéndose toda ojos y manos se mul- 
tiplica para servir á los convidados, que jamás 
tienen que esperar mucho de un plato al otro. 

Después de la comida, es muy general que ven- 
ga el baile. Pero en casa del labrador el baile es 
muy diverso en sus formas y obgeto al baile del 
gaucho. Las hijas de los labradores bailan pol- 
kas y mazurcas como se danzan en los pueblos. 
Suele bailarse algún Nacional en estas reuniones, 



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Las Trillas 289 



pero es mas bien como estravagancia que como 
deber de cortesía. Por otra parte, las declaracio- 
nes de amor que el gaucho hace por intermedio 
del guitarrero y después por sí mismo, serian 
mal miradas entre los labradores, gente formal 
que educa á sus hijos bajo otro concepto de mo- 
ral consuetudinaria. Las demostraciones de sim- 
patía se reducen en estos bailes á solicitar dos ó 
tres veces á una misma muchacha para bailar con 
ella : lo que el solicitante pueda decirla respecto 
al estado de su corazón, queda reservado entre 
ambos, sin que el público sea partícipe mas que 
de las sospechas. No faltan ciertamente bromas 
sobre el particular entre las gentes jóvenes, pero 
ellas van siempre revestidas de la moderación 
que el caso requiere. Estos bailes concluyen tar- 
de, porque el dia que precede á la trilla y el que 
le sigue, son días de asueto. 

Como que la asistencia á los trabajos mas pesa- 
dos es común, también las diversiones son recí- 
procas. El labrador que trilla hoy en su casa, se 
trasportará dos días después con su familia á 
ayudar á trillar en casa del vecino. Por manera 
que los meses de trilla son meses de fiesta en el 
campo, y aun cuando las personas que se ven 
sean con pocas escepciones las mismas, el núme- 
ro de ellas es tan crecido, que llena la casa donde 
van y suscita la ilusión de que es nuevo cuanto 
rodea al espectador. Cada casa alberga en su se- 
no un dia de esos, á todo el vecindario de que ella 
forma parte. Regularmente imprime en los cir- 
cunstantes una sincera alegría la actividad á que 
todos se someten, y como igualmente activo se 

E. L. 19 



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290 Estudios Literarios 

muestra el mirón de oficio que el trabajador de 
buena fé, concluye la fiesta á muy entera satisfac- 
ción de los presentes. Los últimos que trillan 
aunque suelen ser los mas pobres, no por eso son 
abandonados de sus compañeros, y aun bajo cier- 
tos respectos son mas favorecidos si Cabe por la 
afluencia de curiosos que no quieren desperdiciar 
las últimas emociones que les proporciona el año. 
Este es en resumen, todo el lujo y todas las fies- 
tas que se permite el labrador. 

En presencia de una vida tan laboriosa y cos- 
tumbres tan enteras, parece que la atención de 
los hombres dedicados á dirijir las corrientes de 
la opinión pública, debia fijarse en los medios de 
adelantar los pro^^^resos de esta clase social tan 
escasamente pro tejida de las otras. El labrador 
por su modo de existencia arreglada y ahorrati- 
va, es no solo una base de orden y de progreso 
social, sino un espejo de costumbres que va mo- 
ralizando y convirtiendo á la vida del trabajo á 
cuantos le rodean. Animoso en cuanto cabe serlo 
para, hacer rostro á las preocupaciones de los 
vagos, lleno de fé en sus esfuerzos apesar del ren- 
dimiento mediocre que le dan ; sin pedir nada á 
los gobiernos, ni la paz siquiera, puesto que tra- 
baja en medio de la guerra; sobrio, sensato, mo- 
ral, su hogar es el fundamento de una civilización 
sazonada, y su tipo es el molde en que ha de fun- 
dirse el ciudadano sin veleidades anárquicas, que 
aspira á la primera de las libertades : la indepen- 
dencia personal. Un país que cuenta con elemen- 
tos de esta laya, puede pregonar sin reparo que 
ha sido favorecido por un hallazgo. 



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Lxis brillas 291 



Se dirá que nuestro labrador es estacionario. 
¿A quién la culpa? Si la condición del país le ha 
aislado en medio de los campos, no ha de ser él 
quien fabrique ferro-carriles para comunicarse 
con los centros de comercio. Si la escasez de su 
producción no le permite modificar por la com- 
pra de nuevos útiles el procedimiento de sus tra- 
bajos, no es á él á quien incumbe abrir relaciones 
comerciales que levanten el precio de su merca- 
dería. Demasiado ha hecho luchando solo, con 
triunfar de la rivalidad de los labradores norte- 
americanos, estableciendo concurrencia á sus 
harinas en el Brasil. Demasiado ha hecho, siem- 
pre solo, con desterrar del país por una compe- 
tencia lejítima, las harinas y los trigos de Chile. 
Demasiado ha hecho, á fuerza de dedicación, con 
llamar sobre el maíz uruguayo, la atención de los 
comerciantes del esterior. Que se le den caminos 
y se le den puertos, es decir, medios de trasporte 
baratos ; que se hagan conocer en el esterior sus 
productos, y entonces triunfará de todas las con- 
currencias, porque tiene á su favor una tierra sin 
rival, y el cariño de su profesión se la hará culti- 
var cada vez con mayor esmero. 




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ÍNDICE 



Francisco Acuña de Figucroa 5 

Diógencs y sus ideas 47 

Los Poetas de la Revolución 67 

La Relijion y la Ciencia. (Juicio crítico sobre el libro de 

Draper) • . . 113 

César Diaz 189 

Juan Carlos Gómez 203 

CUADROS DE COSTUMBRES 

El Gaucho 233 

Un Gobierno de otros tiempos 355 

Las Trillas 275 




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